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17 junio , 2012 2 Comentarios Historias

Günter Grass, el autor de El tambor de hojalata y Premio Nobel de Literatura en 1999, participó en la Segunda Guerra Mundial, con solo 17 años, como miembro de las Waffen-SS, unidad de élite nazi responsable de múltiples crímenes, como él mismo cuenta en sus memorias. Al término de la guerra fue internado en un campo de prisioneros. Y allí, asegura, coincidió con un joven Joseph Ratzinger, hoy más conocido como Benedicto XVI. Sí, con el mismo Papa. Lo curioso del caso (o quizá no tanto, dada su trayectoria como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe) es lo que Grass afirma de él:
 
Ratzinger fue hecho prisionero en el campo de Bad Aiblingen, en el que estuve yo en la misma época. (...) Y yo conocí allá a un bávaro llamado Joseph, de mi misma edad, cuya aspiración era hacer carrera en la jerarquía eclesiástica. Lo estoy viendo ahora mismo: los dos teníamos piojos, jugábamos a dados y masticábamos comino de la misma bolsa, para distraer el hambre. Él me intentaba convencer de que volviera al catolicismo, con una voz queda y algo fanática, pero yo le decía que quería ser artista. Le hablaba de mujeres, pero él no quería saber nada de eso. Tenía esa manera suave, penetrante, de hablar de los que están persuadidos de tener una creencia verdadera. No dejaba de explicarme que la Inmaculada Concepción era un hecho real. Yo le replicaba hablando mal de la virgen y enumerándole todos los instrumentos de tortura con los cuales se había hecho sufrir a gente en nombre de su venerada Madre de Dios. Él, impertérrito, bajo la lona, me leía textos piadosos en voz baja, de un librito encuadernado en negro, y yo pensaba: 'Madre mía, ¡este tío no llegará a nada en la vida!'.

Tras la publicación de las memorias de Günter Grass, unos periodistas alemanes indagaron en el Vaticano. La respuesta de la Santa Sede fue que se trataba de "un asunto privado".

(Extraído de 99 libros para ser más culto)

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22 mayo , 2012 2 Comentarios Literatura

Lev Nikoláyevich Tolstoi, el autor de Anna Karenina o Guerra y paz, debió de ser un tipo realmente curioso. Nacido en Yasnaia Poliana, Rusia, en 1828, hijo de una princesa y de un conde terrateniente, pertenecía por derecho de sangre a la más rancia aristocracia rusa. A los dieciséis años ingresó en la universidad de Kazán para estudiar lenguas y leyes, pero el joven Tolstoi debía de ser bastante vago y prefería las francachelas al estudio, así que acabó abandonando la carrera para entregarse "al juego, las mujeres y la bebida”, ocupaciones todas de gran prestigio entre la alta sociedad moscovita. Pero en 1847, harto de excesos, sufrió una crisis existencial y decidió irse a vivir a las posesiones de su familia en el campo. Allí descubrió de súbito las miserables condiciones de vida de sus propios siervos y comenzó a germinar en su cabeza la idea de implantar reformas que aliviaran su situación. Pero era joven todavía y le hervía la sangre: al poco tiempo regresó a Moscú para retomar su vida anterior.
Años después, Tolstoi participó en dos guerras, contra los tártaros y contra los turcos, experiencias que dejaron una profunda huella en su espíritu y que le sirvieron para descubrir su amor por la naturaleza y para admirar la vida sencilla de los cosacos. Y algo más: allí, en la soledad de la estepa, comenzó a escribir.
Regresó a San Petersburgo en 1856. Por entonces ya estaba convencido de que la clave para que los campesinos salieran de la miseria era la educación. Viajó por el extranjero, visitó escuelas alemanas y francesas y, cuando volvió a sus tierras de Yasnaia Poliana, sus ideas habían madurado: abrió una escuela para niños campesinos en la que él mismo impartió clases con métodos progresistas. En 1862 se casó con una muchacha de 18 años, Sofía, con la que tuvo ¡quince hijos! Entre parto y parto, Tolstoi escribía sin parar y se dedicaba a su cada vez más intensa lucha social. Se hizo vegetariano (decía que "Alimentarse de carne es un vestigio del primitivismo más grande. El paso al vegetarianismo es la primera consecuencia natural de la ilustración"), comenzó a hablar de la necesidad de que todos trabajaran con sus propias manos, se mezcló con los campesinos (¡algo impensable en su época, y que le debió de ganar fuertes antipatías!) y siguió escribiendo, cada vez con mayor éxito, hasta alcanzar fama mundial.
Pero, por dentro, luchaba consigo mismo. Los últimos años los pasó roto por la contradicción entre sus ideas de pobreza, abolición de la propiedad privada e igualdad entre los hombres y su vida de rico terrateniente. Para calmar su inquietud y predicar con el ejemplo, trabajaba como zapatero, se abstenía de fumar y de beber alcohol y dormía en un sencillo catre. Pero no era suficiente. Seguía considerándose un traidor a sus propias ideas. Intentó repartir sus propiedades entre los pobres, pero su esposa, Sofía, se negó tajantemente. Así que decidió huir de su casa: en la madrugada del 10 de noviembre de 1910, ¡a los ochenta y dos años!, metió en un pequeño baúl algo de ropa y unos pocos libros y, en compañía del doctor Marivetski, se fugó para vivir en la pobreza. Ahí es nada... Claro que la aventura duró poco: cuatro días después, un ataque pulmonar lo obligó a buscar refugio en la casa del jefe de estación de Astapovo, cuya familia le atendió con extrema solicitud –por entonces, era idolatrado en toda Rusia. Allí, al borde de la muerte, mientras su esposa Sofía acudía a la estación a toda velocidad, Tolstoi solo se preocupaba por los oprimidos. Exclamó: "Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren, ¿por qué me cuidáis solo a mí?". Murió en la estación, seis días después, sin volver a ver a su mujer.

(Extraído de 99 libros para ser más culto)

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16 noviembre , 2011 1 Comentarios Historias

Cómo cambian las cosas. Siguiendo con el tema del anterior post, la copia y los derechos de autor, me viene a la cabeza un texto que publiqué en 99 libros para ser más culto al hablar del arcipreste de Hita y su Libro del buen amor. Por cierto, una obra estupenda que, pese a estar escrita en el siglo XIV, rebosa alegría y sensualidad y celebra la vida frente a la moral pacata y restrictiva de la época. Para los que no la recordéis, narra la supuesta biografía amorosa de todo un arcipreste (curiosamente, como el mismo autor) de nombre bien chocante: don Melón de la Huerta, personaje libertino, salaz e infatigable perseguidor de los placeres carnales.

Pues decía en 99 libros... que, aunque hoy en día esto de reconocer la autoría y la originalidad de una obra nadie lo discuta e incluso esté penado por ley el plagio (sin pararnos a pensar que todo el conocimiento humano se crea sobre lo que nos ha precedido y, por tanto, toda obra es en cierta medida un plagio), no siempre fue así. En la Edad Media no solo era habitual "tomar prestado" de otros autores, sino que se animaba a ello. De hecho, tenía más valor una obra basada en un maestro precedente de reconocido prestigio que la elucubración de cualquier recién llegado. El propio arcipreste de Hita anima a otros autores, en su propio libro, a copiarlo, hasta el punto de afirmar que cualquier lector: "que sepa escribir, bien puede adicionarlo o enmendarlo". Todo tiene su explicación, por supuesto. Y es que, por aquel entonces, la mayor recompensa de un poeta (y el Libro del buen amor está escrito en verso), la señal inequívoca de que había alcanzado su consagración, estaba en que sus poemas circulasen en boca de los juglares como si fueran anónimas y que la "gente llana" llegara a considerarlas parte del acervo común. Claro que había otra razón más mundana...

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