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11 marzo , 2013 2 Comentarios Otros

Esto de Google es alucinante. Sí, soy conciente de los peligros intrínsecos a un gigante tal, los riesgos de que se convierta en el único filtro de la realidad (que al cabo son ellos los que deciden qué resultados vemos cuando buscamos algo en internet) o los posibles problemas derivados de que almacenen nuestros correos y, por tanto, nuestros datos personales, gustos, aficiones, cuentas bancarias y todo lo que en algún momento transmitimos a través de gmail. Sé que se trata de una empresa y que como tal su fin último es el beneficio económico, de acuerdo. Pero, aun así, lo que han conseguido en una década es asombroso. Un hito en la historia de la Humanidad, si lo pensamos un poco. Y no creo estar exagerando: desde que han hecho su aparición, nos hemos acostumbrado de tal modo a convivir con lo portentoso que cada vez cuesta más asombrarnos, la maravilla nos parece cotidiana. Ni siquiera sabría qué destacar, tal es la cantidad de servicios revolucionarios que han puesto a nuestro servicio.

Porque, en realidad, lo que han puesto a nuestra disposición es un buen pedazo del mundo. Por solo citar un ejemplo: hace ocho o nueve años, la mayor parte ni siquiera habíamos oído hablar de los ahora omnipresentes GPS. Recuerdo que allá por 2005 compré uno para orientarme en la montaña. Se trataba de un aparato de considerable tamaño y cuyos mapas, difíciles de encontrar y complicados de descargar, eran representaciones topográficas, simples líneas en blanco y negro que costaba lo suyo interpretar. Si entonces me dicen que en breve iba a llevar en mi bolsillo (en el móvil, en la tableta) un mapa fotográfico extremadamente detallado de todo el planeta, un globo en miniatura, me parecería ciencia ficción. Y solo es uno de los muchos ejemplos de la revolución constante que Google ha traído a nuestras vidas.

Esta semana, sin embargo, han conseguido volver a sorprenderme. Sabía que llevaban tiempo escaneando y digitalizando millones de libros de todo el mundo y que han creado la mayor biblioteca de la historia. En sí mismo, esto ya es algo digno de asombro, una más de esas maravillas a las que nos tienen habituados. Pero hace unos días descubrí hasta dónde llegaba en realidad esta biblioteca universal. Como sabéis, llevo una temporada documentándome para la nueva novela. Y como me gusta que los datos sean lo más rigurosos posible, me está pasando lo de siempre: un libro me lleva a otro, este al siguiente y el siguiente al infinito, cada cual más extraño y difícil de localizar. Y como además lo paso de vicio, pues no hay forma de avanzar en la novela... Pero no es eso de lo que quería hablaros. El caso es que localicé referencias de dos libros, uno publicado en Cuba en 1868 y otro en Madrid en 1923, que tenían una pinta estupenda. Pero claro, ninguno de los dos los iba a encontrar en la biblioteca de la esquina, ya no digo en la librería. Así que me puse a buscarlos por internet. Y me quedé alucinado. Porque Google los había digitalizado, pese a tratarse, os lo aseguro, de dos volúmenes de un interés nulo para el 99,99% de los lectores. Había dado por hecho que digitalizarían los libros que mayor demanda pudieran tener, novela principalmente. Pero en ningún momento se me pasó por la cabeza que perdieran el tiempo con algo a priori tan abstruso como lo que yo estaba buscando. Y ahora viene lo bueno: uno de ellos estaba a disposición del que lo quisiera gratuitamente, con lo que me lo descargué al momento; el otro no se podía descargar, no sé por qué.... ni me preocupó. Porque Google me encaminó a una librería del Reino Unido que se dedica a imprimir bajo demanda los volúmenes que le solicites. Y no es la única. De modo que por unos diez euros, en cuatro días recibí en casa un opúsculo histórico de 1923 publicado en castellano y enviado desde Inglaterra. ¿No os parece asombroso? ¿Es que ya nadie se acuerda de aquellos tiempos en que si queríamos echarle un vistazo a unos documentos tan específicos como estos había que desplazarse a un archivo histórico, léase Simancas o Indias, con el correspondiente carnet de investigador en el bolsillo?

Como decía antes, me da la sensación de que nos hemos acostumbrado de tal modo a convivir con lo portentoso que ya nos parece cotidiano. Google será una empresa y su actividad abarca tantos terrenos que es un peligro potencial, no lo dudo. Pero reconozcámosle lo mucho que nos ha dado, lo mucho que nos facilita la vida cada día. Porque posiblemente estamos ante la empresa más influyente y más revolucionaria de la historia.

En fin. Aunque no tiene nada que ver, termino hoy con otro hecho que también me tiene maravillado. Y es que entre las miles de novelas históricas que hay en Amazon, ¿sabeis de quién son las tres mejor valoradas por los lectores? Sí, en efecto, podéis imaginar la sonrisa de oreja a oreja que se me quedó cuando lo vi: ¡las tres mías! Medievalario, La cruz de ceniza y El bando perdedor. Eso sí que es asombroso, y no lo de Google... ;-) Os dejo con la imagen, ¡desconfiados!



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04 diciembre , 2012 5 Comentarios Mundo editorial

Estos días estoy leyendo Gratis, de Chris Anderson, un libro que os recomiendo encarecidamente. A todos, porque todos estamos implicados, de una u otra manera, en lo que está pasando con la difusión de productos culturales. Podréis estar de acuerdo o no con las premisas del autor (he leído todo tipo de comentarios y análisis, a favor y en contra en la red), pero sin duda es un libro esclarecedor, que pone sobre la mesa la gran cuestión: ¿vamos hacia una cultura digital libre y gratuita?

Anderson habla de dos tipos de economía, intensamente relacionadas entre sí: la "economía de los átomos", que se refiere a todos los objetos físicos (desde verduras a libros en papel) y la "economía de los bits", que hace referencia a cuantos productos podemos encontrar en internet. Defiende que todo lo que esté constituido por bits acabará siendo gratis a largo plazo, por lo que si queremos sobrevivir en este nuevo panorama deberemos buscar modelos de negocio basados en lo gratis.

El tema es jugoso y polémico, está claro. No voy a exponer sus razonamientos con detalle (¡leed el libro, merece la pena!), pero quizá no esté de más que echemos un vistazo alrededor. ¿Os habéis fijado en cuántos productos están hoy a nuestro alcance de forma gratuita en la red? Productos a los que, no hace mucho, solo podíamos acceder previo pago, o también productos nuevos, desarrollos de empresas que obtienen ganancias millonarias sin cobrar un euro por sus servicios: desde canciones a videojuegos, pasando por prensa, enciclopedias en línea (como la Wikipedia), buscadores (Google), redes sociales (Facebook, Twiter), software de comunicaciones (WahtsApp), vídeos y películas online (Youtube y cien más)... hasta la compra-venta de acciones (Zecco.com, entre otras). Vivimos en la era de la abundancia de la oferta, una época en la que los costes de distribución a través de la red se reducen drásticamente en comparación con los costes del mercado de átomos. Un libro o una canción digital puede "clonarse" cien millones de veces sin que suponga ningún desembolso para los creadores, la industria o los distribuidores. En esta nueva era, lo realmente valioso es nuestro tiempo, el de los consumidores, los lectores, los usuarios: es limitado.

Tenga razón o no Anderson, nos guste o no, nos favorezca o no, me parece evidente que estamos entrando en una nueva era, con nuevas reglas y nuevos comportamientos: la Generación Gratis. Y, como siempre, con resistencias (inevitables y comprensibles) por parte de los perjudicados, que suelen ser aquellos a los que les va bien con el modelo actual. Un ejemplo clásico es el de los sellos discográficos tradicionales, que acusan a las descargas gratuitas de su declive. Y tienen razón, desde luego. Pero solo en eso: hace unos años, estos sellos alertaban de los grandes males que sobrevendrían debido a las descargas: impedirían a los músicos vivir de su trabajo y empobrecerían la oferta. La realidad ha sido la contraria: ciertamente, la música grabada es un negocio en declive terminal, pero el mercado de la música está creciendo. Hoy hay más bandas que nunca haciendo música. El dato lo da Anderson: "En 2008, iTunes, el mayor minorista de música de Estados Unidos, añadió 4 millones de nuevas pistas a su catálogo (¡el equivalente aproximado a 40.000 álbumes!)". En mi pequeña experiencia, las descargas gratuitas no merman las ventas, al contrario. Y un ejemplo: esta semana he puesto una de mis novelas, El bando perdedor, en descarga gratuita en Amazon. La consecuencia ha sido el incremento de las ventas (una vez finalizado el período de descarga gratis) hasta entrar en el top 100. Algo que esa novela no había conseguido antes.

Me encantaría saber por dónde van a ir las tendencias del futuro, qué modelo de negocio digital se impondrá en la difusión de la literatura. Me encantaría que los lectores pagaran por mis libros gustosamente. Pero, por mucho que lo desee, la realidad parece ser otra. E intentar frenar la marea es absurdo, especialmente cuando nosotros mismos somos usuarios de descargas gratuitas. Cuando yo mismo creo que la cultura es un bien común, universal, y que la difusión de productos culturales beneficia a toda la humanidad. 

Así que a los creadores no nos queda otra alternativa. Anderson defiende, entre otras opciones, que la publicidad será la principal encargada de pagar las cuentas (ya lo hace ahora en la radio, la prensa y la televisión, entre otras). Pero el análisis de Anderson se fija en los grandes ejemplos, no en los pequeños autores. Dicho de otra forma: ¿podremos sobrevivir los autores pequeños con ingresos por publicidad en nuestros blogs o en nuestros libros? (Ya sé que esto es anatema, ¡publicidad en los libros! Pero no seamos tan rigurosos: esa misma publicidad interrumpe las películas y nos bombardea en medio de los telediarios o de la radio, por poner solo dos ejemplos). Imagino que no, que la publicidad no alcanzará para pagar las facturas de la mayor parte de los escritores... aunque también es cierto que no las paga, en la gran mayoría de los casos, con la publicación en papel.

No nos queda más remedio que buscar caminos alternativos, o buscar modelos complementarios. Y ya que parece que estamos abocados a lo gratis, ¿por qué no aceptarlo y experimentar?

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22 noviembre , 2012 10 Comentarios Mundo editorial

Soy escritor. Vivo de las historias que creo, que se transmiten en forma de libro. Hasta hace una década, la cuestión no ofrecía dudas: tras terminar una novela, tocaba buscar editor, ofrecerla aquí y allá hasta que alguien decidía que merecía la pena apostar por ella y la publicaba... en papel. Después llegaba la promoción, la venta en librerías. Todo reglado, medido, controlado. Las editoriales (y quizá más las distribuidoras) tenían la sartén por el mango. Ellas decidían qué se publicaba, qué se distribuía, qué llegaba a las librerías, qué libros podían comprar los lectores y a qué precio. Cuanto más grande era la editorial, más posibilidades tenías de "ser visto". Durante décadas, este sistema nos pareció normal. Natural. El único posible, aunque en realidad supusiese que solo una minoría de escritores podían llegar al lector. Pero en apenas diez años el panorama ha cambiado radicalmente. Primero en la música, después en el cine... y ahora en la literatura.

La digitalización de la cultura es imparable. Y, con ella, la difusión de los "productos culturales", sean canciones, películas o libros, se ha multiplicado exponencialmente. Hoy podemos encontrar lectores en una isla del Pacífico que ni siquiera sabemos que existe: la cultura se ha hecho universal. Un hecho a priori tremendamente positivo, pero que provoca un incontenible nerviosismo en las empresas (discográficas, productoras de cine, editoriales) que hasta ahora controlaban el proceso. Y también en los creadores. Porque con la digitalización ha llegado también la descarga gratuita, lo que muchas empresas se empeñan en llamar, con evidente afán demonizador, "piratería".

Hoy, por poco que busque, puedo encontrar mis libros "colgados" en descarga gratuita en multitud de páginas web. Puede gustarme o no, pero es así. Yo mismo ofrezco de cuando en cuando mis novelas, publicadas con licencia Creative Commons y sin DRM, para que se descarguen gratis en páginas como Amazon, a modo de promoción. Y los datos son abrumadores: hace unas semanas, ofrecí gratis La cruz de ceniza durante dos días. Solo en España, donde se supone que los ereaders todavía no son mayoritarios, se descargó más de cuatrocientas cincuenta veces. Cuatrocientas cincuenta personas, de las cuales quizá una tercera parte termine leyéndola. Y, por tanto, conociendo mi trabajo como escritor. Muchas ediciones en papel no alcanzan ese número. En la semana que siguió, las ventas de La cruz de ceniza se multiplicaron. Y sigue vendiéndose.

Yo mismo suelo descargar libros de forma gratuita. Y música, y películas. En realidad, muchos lo hacemos, lo reconozcamos o no. Miles, millones de personas descargamos contenidos culturales de forma gratuita de la red. En todo el mundo. Como escritor, soy muy consciente de la contradicción que eso supone: ¿cómo voy a pretender vivir de la escritura si después yo mismo leo los libros de otros gratis? No tengo respuestas claras, pero sí una intuición: caminamos, quizá de modo imparable, hacia un nuevo panorama en el que la mayor parte de los productos culturales digitales serán gratuitos o tendrán precios muy módicos. Como lector, como consumidor de cultura, el panorama me estimula, me parece fascinante. Al cabo, ¿no es esta una vieja aspiración profundamente social, una cultura libre y gratuita, un escenario en el que cualquier individuo de cualquier lugar del planeta puede acceder a la cultura sin trabas, sea cual sea su poder adquisitivo o su procedencia? Me atrae la idea de un mundo en el que cualquiera pueda formarse, entretenerse y educarse de forma gratuita. Creo firmemente que la cultura nos aleja de la barbarie y que gran parte de nuestros problemas sociales tienen su origen en nuestro desinterés por la cultura... o en la dificultad de acceder a ella. Pero, como escritor, el nuevo panorama me plantea muchas dudas, muchas preguntas: si todo el mundo se descarga gratis mis libros, ¿podré seguir viviendo de lo que escribo? Y, si la respuesta es no, ¿podremos los escritores, los músicos, los actores, seguir escribiendo, creando música, interpretando?

No sé cómo, pero estoy seguro de que así será. Vivimos en un tiempo de cambios revolucionarios, no me canso de decirlo, y como suele suceder en todo proceso de transformación, todavía no acertamos a descubrir por dónde irán las tendencias del futuro. Desconozco cuáles serán los mecanismos que nos permitirán sobrevivir como creadores, pero también sé que no tiene sentido poner barreras al futuro. Comprendo que las empresas culturales, que hasta ahora han dominado el mercado y se han enriquecido con ello, demonicen la descarga gratis. Son resistencias inevitables. Comprendo que la incertidumbre nos paralice, pero creo que ya no tiene sentido seguir repitiendo el mismo mensaje machacón de que las descargas gratis son piratería y que la cultura está muerta si no se paga por ella. Esa es la respuesta fácil, la del que quiere mantener el statu quo. Si los creadores seguimos poniéndonos la venda en los ojos, terminaremos por estamparnos contra el primer muro que encontremos. ¿Cuántas empresas que se dedican a ofrecer sus productos gratis consiguen beneficios multimillonarios? Google, Twiter o Facebook, sin ir más lejos. Por el momento, este nuevo panorama es tremendamente alentador: está rompiendo el férreo control de las empresas culturales sobre los libros, el cine, la música. Ahora, miles de escritores o músicos podemos llegar a los ciudadanos, darnos a conocer, ser leídos o escuchados... y que sean ellos los que decidan. Es un primer paso fundamental. Al multiplicarse las descargas de mis libros gratis, más lectores me conocen. Y más lectores me compran en papel. Mi experiencia hasta el momento es tremendamente positiva: obtengo mayores beneficios desde que mis libros están en páginas en la red para ser descargados gratis. Quizá no sea la solución perfecta, pero insisto en que estamos en medio de un proceso de transformación. Apasionante. Y estoy encantado de dedicarme a escribir justo en este momento: nunca fue tan fácil llegar al lector; nunca hubo tantos lectores ávidos; nunca hubo un panorama de futuro tan abierto, tan rebosante de posibilidades. Solo se trata de seguir adelante... y disfrutar por el camino.

Si os interesa el tema, os recomiendo Copia este libro, de David Bravo, y Gratis, de Chris Anderson. ¿Y vosotros, qué opináis?

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03 agosto , 2012 5 Comentarios Mis libros

Qué cosas. Ayer, por aquello de experimentar (que esto de dar a conocer los libros propios es una tarea ímproba, os lo aseguro), hice una prueba: poner El bando perdedor gratis en Amazon. Como sabéis, El bando perdedor es una de las novelas incluidas en Medievalario, un bestiario medieval. En principio, la idea era dejarlo en descarga libre durante un día... pero la respuesta ha superado las previsiones. Lo que quiere decir que hay muchos lectores que, a través de El bando perdedor, oirán hablar de Medievalario.

Así que hoy he decidido ver adónde lleva este experimento y ampliaré durante todo el fin de semana, hasta el lunes por la noche, la oferta de descarga gratuita de El bando perdedor. Mi duda es... ¿sirve de algo ofrecer un libro en descarga gratuita durante unos días? ¿Incrementará esto las ventas a posteriori, o las de otros de mis libros, o el interés por lo que escribo? ¿Qué opináis? En realidad, soy el primer sorprendido por la respuesta hasta el momento, pues el precio habitual de El bando perdedor es simbólico: 0,89 €. Pero está claro que pocos podemos resistirnos al atractivo del "gratis". Lo que me parece bien, pues si quiero que me lean, primero tienen que conocerme. Y está claro que en este revolucionado mundo editorial, repleto de tentadoras novedades, hay que probar nuevos caminos. Continuamente. ¡Que no se diga que somos cobardes! :-)

Resumiendo: podréis descargaros El bando perdedor todo el fin de semana, gratis. Con una sola petición: que, tras descargarlo (y leerlo, claro), me hagáis el favor de comentarlo en Amazon, para que otros lectores puedan descubrirlo. ¡Ah! Y, si no tenéis Kindle, no pasa nada: desde la web de Amazon podréis descargaros el software necesario para leerlo, ya sea en el ordenador, en un tablet o hasta en vuestro teléfono. Si es que esto de la tecnología informática es todo un mundo...

¡Buen fin de semana de verano... y lecturas!
 

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02 agosto , 2012 7 Comentarios Mundo editorial

Haced una búsqueda en internet: poned "Generación Kindle" y os encontraréis con más de un millón de resultados. De todo tipo: blogs, redes sociales, prensa especializada y general. Todo el mundo habla de lo mismo. Pero, ¿qué es la Generación Kindle? ¿Existe? ¿Es una moda? A ver, a ver: Amazon lleva apenas unos meses en España, desde finales de 2011. Entonces, ¿es posible que en tan poco tiempo se forme una generación de escritores? ¿O es que Amazon solo ha sido el catalizador, la herramienta que ha dado voz a miles de escritores nuevos?
En realidad, no sé si se puede hablar de "generación", en el mismo sentido que se habla de la Generación del 98 o la del 27. ¿Qué tienen en común todos estos escritores que, de la noche a la mañana, están saliendo de debajo de las piedras? Nada. Ni edad, ni estilo, ni temática. Nada... salvo Amazon y su KDP, su Kindle Direct Publishing o, lo que es lo mismo, su herramienta de edición digital online. Una revolución. Tanto, que ha dado voz a los que no tenían voz: ha permitido que cientos, miles de escritores que no conseguían hacerse un hueco en un mercado editorial anquilosado encontrasen una vía para publicar. Para hacer realidad sus sueños. Más, todavía: para vender sus libros. Para vender mucho. Incluso, para vivir de las ventas de sus libros. Algunos han vendido tanto en tan poco tiempo que ya han sido captados por las editoriales "tradicionales" y se han pasado al papel. Otros, pese a ser tentados, renuncian al papel y apuestan por seguir publicando en Amazon y por dirigir ellos mismos sus carreras literarias. La diferencia, a priori, es obvia: una editorial "de papel" te permite llegar a todas las librerías físicas, es cierto, y te da más "caché". Pero te paga los derechos una vez al año. Un 10% del PVP, en el mejor de los casos. Y nunca es mucha cantidad, para qué engañarnos, salvo que seas un superventas. Pero, si ya eres un superventas y Amazon (que está en continuo crecimiento) te hace llegar un cheque todos los meses con los ingresos derivados de la venta de tus obras, y además te permite acceder no solo al mercado español, sino literalmente al del mundo entero, ¿merece la pena seguir las vías tradicionales?
No lo sé: depende de los casos, de los objetivos de cada cual. Pero Amazon, está claro, es ya (insisto) una completa revolución que está cambiándolo todo. Y poniendo nerviosos a muchos. Es cierto que está provocando una saturación de publicaciones, si eso es posible. Es cierto (imagino, no he leído a todos esos nuevos autores) que habrá de todo. Que muchas obras no habrán pasado por el tamiz de un corrector ortotipográfico ni de estilo, y que su calidad se verá por tanto mermada (aunque otros autores que publican en Amazon primero encargan la revisión de sus libros a empresas de servicios editoriales, con lo que consiguen una calidad comparable a la de las ediciones en papel). Es cierto que, con este panorama, resultará más difícil separar el grano de la paja. Todo eso es cierto, sí. Pero también es cierto que estamos en un momento de transición, y que poco a poco el tiempo (y los lectores) irán "limpiando" el panorama. Y de paso llegaremos a un nuevo escenario, que en realidad ya está aquí: la más completa democratización de la edición y de la lectura. Y, de rebote, una vertiginosa bajada de precios. Frente a las editoriales grandes, que venden sus ebook a precios desorbitados (10, 15 euros), ahora podemos encontrar miles de libros en internet por uno, dos euros, tres euros. Eso perjudica al autor, podéis pensar. Sí... o no. ¿Qué es mejor, vender 100 ejemplares a 10 euros, de los cuales te llevas como mucho uno o dos euros por ejemplar, o miles a un euro, de los que te llevas entre el 35 y el 70% del PVP, según la plataforma? Una compra a uno, dos o tres euros es, muchas veces, casi instintiva. No te lo piensas. ¿Te atrae ese libro? Lo compras, y punto. No me extraña que las editoriales de siempre estén nerviosas.
No sé qué va a pasar en el futuro, pero el momento que estamos viviendo me parece apasionante. Por primera vez, un autor puede llegar a todo el mundo sin (casi) intermediarios. Y un camino, además, no anula los otros: yo tengo algunos de mis libros en librerías físicas, otros en físicas y digitales, otros solo en las digitales. Incluido Amazon. Publico algunos libros con editoriales de siempre y otros por mi cuenta. Al final, de lo que se trata es de llegar al lector. Y Amazon, por el momento, lo está consiguiendo. ¡Y de qué manera!  Así pues, ¡bienvenida, Generación Kindle... seas lo que seas! Eso sí: otro día hablaré de la contrapartida: la necesidad de promocionar tus obras para que destaquen en la selva digital. Un durísimo trabajo... Os dejo con el enlace a mis libros en Amazon... que, por cierto, se están vendiendo cada vez más. ¡Y que siga así!

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