Cuando la novela histórica se cruza con la ciencia ficción: «Eifelheim», de Michael F. Flynn

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Portada de Eifelheim, de Michael F. Flynn

Imagínate una aldea alemana en plena Edad Media: un triste poblacho perdido en la Selva Negra, dominado por el noble de turno, con su sacerdote, su herrero, su molinero, sus siervos...

Ahora imagínate que estás en 1348. Sí, el año de la Peste Negra, la que se llevó por delante, según las estimaciones más conservadoras, al 30% de la población europea. Y que vives con el miedo al contagio (o al castigo divino) cerrándote los esfínteres día y noche. Rezando, probablemente. Pensando en aquella vez que estafaste al cura en el cobro del diezmo. Pensando que dios te va a castigar por tan grave ofensa.

Imagínate que un día oyes un gran estruendo, una explosión tan brutal que solo puede tener una explicación: se han abierto las entrañas de la Tierra y los demonios infernales de la Peste van a salir por la brecha para devorarte.

Y entonces los ves. Y compruebas que tenías razón: dios te está castigando. Los demonios son unos bichos de aspecto repulsivo, como insectos gigantes, las criaturas más extrañas que jamás imaginaste ver. Tú no lo sabes, pero son seres de otro planeta, cuya nave espacial acaba de aterrizar en tu aldea...

Este es el comienzo de la magnífica Eifelheim, de Michael Flynn, obra ganadora del Premio Robert A. Heinlein en 2003. Un inicio clásico para una obra de ciencia ficción, la historia del primer contacto humano con una inteligencia extraterrestre. Y, sin embargo, créeme, está plenamente justificado que la reseñe en este bloc de novela histórica...

Lo está por que Eifelheim es una magistral recreación de la vida en un pueblo medieval, profundamente documentada, que ahonda no solo en los aspectos materiales o sociales de esa vida, la alimentación, las costumbres y los trabajos, los hábitos, las relaciones entre señores y vasallos, entre el clero y los creyentes o entre los propios campesinos, sino también en la mentalidad medieval, que refleja con brillantez. Pocas veces me he encontrado con una representación tan lograda del pensamiento mágico-religioso de la Edad Media.

A través de esos ojos teñidos de superstición, los habitantes de Eifelheim se enfrentan a la llegada de los krenken, extraterrestres cuya nave ha sufrido un percance que les ha obligado a aterrizar y a quienes los lugareños creen procedentes de algún lugar lejano de la propia Tierra. ¿Pues no hablan los viajeros, como ese tal Marco Polo, de que hay gentes por esos mundos que tienen la cabeza en el pecho, y otros con cola de pez o cabeza de pájaro?  

Flynn lo borda: construye una historia sólida, profundamente inmersa en la Edad Media y basada en personajes potentes (como el culto e inteligente sacerdote Dietrich, el encargado de mediar entre los krenken y los humanos, cuyo afán de conocimiento se enfrentará una y otra vez a los límites marcados por sus propias creencias; el fanático franciscano Joachim, obsesionado por salvar el alma de los recién llegados; o Hans, uno de los krenken, que establecerá una peculiar relación con Dietrich).

Ahí reside, en mi opinión, la fuerza de la novela: en la lucidez con la que se relata un encuentro imposible entre dos mentalidades profundamente alejadas entre sí y en la verosimilitud de la recreación del encuentro, visto siempre a través de los ojos de la filosofía y las creencias medievales. Con detalles brillantes, como el momento en que, al escuchar por primera vez la música humana, los krenken comienzan a chascar las mandíbulas al ritmo del laúd y Dietrich, tras el asombro inicial, reflexiona: «Era uno de esos pequeños detalles en los que se les notaba su esencia humana, y pidió perdón a dios por haber pensado que eran bestias».

Con lo escrito hasta aquí, está claro que la novela me ha sorprendido y encantado, quizá porque la ciencia ficción es otra de mis pasiones ocultas.

Sin embargo, advierto (e incluso creo un punto y aparte para que te fijes más): no esperes un texto de acción, al estilo de la space opera de turno, sino un texto reposado, sereno y, probablemente, no del gusto de todos los lectores. Me ha recordado, con la salvedades y diferencias que quieras, al clásico de Umberto Eco, El nombre de la rosa, también (más allá de la trama negra) una brillante recreación de la mentalidad medieval... que no gusta a todo el mundo (aunque te cueste creerlo).

  

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