La nostalgia de lo desconocido

PortadaCuando hace un puñado de años me topé con Mi familia y otros animales, el delicioso inicio de la Trilogía de Corfú de Gerald Durrell (recientemente convertida en serie de televisión por la BBC, magnífica, por cierto) quedé fascinado, entre otras muchas cosas, por las imágenes de la vida relajada y pacífica en una isla perdida de Grecia y el sol del mediterráneo. La escritura de Durrell era tan vívida y potente que cuando terminé el último volumen me quedé con una profunda sensación de pérdida, como si me hubieran arrancado del territorio soñado de mi infancia. Tenía nostalgia de un mundo que no había conocido más que a través de las páginas de los libros.

Me acaba de pasar lo mismo, pero esta vez con el Yorkshire de la segunda mitad del siglo XX. El respondable es James Herriot, otro de esos autores de los que no sabía nada hasta que el destino, disfrazado de casualidad, me lo puso en las manos. Herriot, como Durrell, no se dedicaba (al menos como actividad principal) a escribir. Era veterinario, y de eso es de lo que nos habla en este entretenidísimo Todas las criaturas grandes y pequeñas: de su vida como veterinario en la campiña inglesa, de sus primeros años de ejercicio profesional, de su amor por la naturaleza y de las chocantes y divertidas anécdotas de su cotidiano bregar con vacas, caballos, perros, gatos, cerdos y demás bichos más o menos domésticos. Una obra que nos permite viajar a un mundo que imagino ya desaparecido pero que aparece vivo y vibrante en sus páginas, repleto de personajes peculiares, algunos estrambóticos, otros cargados de profundo sentido común. Como Durrell, Herriot narra con envidiable naturalidad tanto las tareas más sorprendentes a que debía enfrentarse un veterinario rural como las escenas más íntimas, desde sus escarceos amorosos hasta su relación con el peculiar veterinario que le contrató como ayudante nada más salir de la universidad. El resultado es uno de esos libros capaces de despertar en el lector, cuando pasa la última página, la nostalgia de lo que nunca ha conocido. Un nuevo acierto de una de las editoriales más originales, sorprendentes y deliciosas del panorama hispano: Ediciones del Viento, cómo no.

 

 

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La deslumbrante libertad del Salvaje Oeste

Portada El tramperoComo ya comenté alguna vez, una de las mejores cosas de la literatura es que no importa el tiempo que lleves leyendo o los miles de libros que hayas devorado a lo largo de tu vida: siempre hay uno más que te sorprende. Y, a menudo, cuando menos te lo esperas. Al menos, si no eres uno de esos «lectores poltrona» de los que hablaba en la entrada anterior. 

Yo no lo soy. Al contrario, me gusta adentrarme por territorios desconocidos y explorar nuevas fronteras. Me dejo atrapar por una portada, una sinopsis, un comentario entusiasta perdido en la red o simplemente por la intuición y me lanzo de cabeza, convencido de que la única forma de descubrir un tesoro es buscándolo con empeño. Y doy fe: de vez en cuando, lo encuentras.

No tengo ni idea de cómo llegué al libro que hoy reseño, El trampero, de Vardis Fisher: no pertenece a uno de mis géneros habituales y ni su sinopsis ni su portada me atraían especialmente, pero me dejé llevar por la intuición de veterano lector (y por una antigua fascinación juvenil por las películas de indios y vaqueros, eso también). Qué buena decisión. 

Vardis Fisher, del que no había oído hablar nunca, es al parecer una autoridad en esto del Lejano Oeste. Nacido en Idaho, profundo conocedor de su tierra, escribió algunas de las novelas más interesantes sobre la vida de los colonos de la frontera norteamericana, entre ellas esta Mountain man, traducida al castellano como El trampero, en la que nos cuenta la vida a lo largo de varios años de Sam Minard, un trampero que recorre las Montañas Rocosas.

Sam es un hombre austero, habituado a la dureza de la naturaleza en un lugar en el que las temperaturas en invierno pueden llegar a los veinte o treinta grados bajo cero, pero es también un hombre dotado de una extraordinaria sensibilidad, enamorado de las montañas, de los animales, de la música, los pájaros y la misma vida, incapaz de imaginar siquiera lo que sería vivir en un pueblo o una ciudad, a cuyos habitantes desprecia con el desdén del que está habituado a hacer lo que le place. Como dice el autor, Sam era un hombre que «Admiraba el valor sobre todas las demás virtudes; inmediatamente después venía el temple, y el tercero de sus valores era la compasión por los débiles o indefensos». Y estos tres elementos están muy presentes en la novela: en su compasión por la mujer que, asesinada su familia, queda encerrada en sí misma, transida de dolor; en el valor que admira hasta en alguno de sus enemigos, los indios Crow y Pies Negros; en el temple que él mismo demuestra en duras circunstancias.

El trampero es un canto a un mundo que desaparece: el de los pioneros del Salvaje Oeste y el de las últimas naciones indias libres, el de una forma de vida amenazada por la inevitable llegada del progreso, de los burócratas y los colonos, los pueblos y las ciudades, de la autoridad, la ley y los impuestos. Un mundo duro, de una violencia brutal y, sin embargo, fascinante, arrebatador, que hace soñar con amplios horizontes, hogueras bajo un manto de estrellas y montañas agrestes y salvajes. Un mundo así, ¿quién no lo necesita de vez en cuando?

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La verdadera historia del austericidio

Si hay un libro imPortada de ¡Acabad ya con esta crisis!prescindible para comprender qué diantres le ha pasado a la economía (y, de paso, al mundo) en la última década, es este. Un análisis lúcido, brillante, de lectura sencilla y, sobre todo, demoledor: derrumba una por una todas las tesis neoliberales, expone con lucidez las causas profundas de la crisis y desmonta la política de recortes, que no solo ha resultado inútil, sino terriblemente dañina para la gente y para el propio sistema y ha agudizado y prolongado la propia crisis. Si hoy seguimos sufriendo sus efectos es en gran medida debido a estas políticas de ciegos.

Por cierto, antes de seguir, por si alguien lo desconoce: Paul Krugman dista de ser un indocumentado. Por el contrario, es todo un Premio Nobel de Economía (aunque es cierto que últimamente los Nobel ya no son lo que eran), profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, profesor en la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, académico distinguido de la unidad de estudios de ingresos Luxemburgo en el Centro de Graduados de CUNY... En fin, que es alguien del que, a priori, tenemos que presuponer que sabe de lo que habla.

¡Acabad ya con esta crisis! detalla y aclara el enrevesado proceso por el que una crisis relativamente fácil de solventar se ha convertido en un profundo problema global. Y, además, aporta la solución, que por cierto no es ninguna novedad (nada que no supiéramos ya, aunque el neoliberalismo se ha resistido con uñas y dientes a ponerla en práctica): incrementar la demanda (como veis, puro Keynes). ¿Cuál ha sido, entonces, el problema? Las políticas de austeridad defendidas por hordas de economistas neoliberales y fomentadas por los más ricos, que son los que subvencionan las cátedras, becas e investigaciones de los primeros. Y todo sobre el telón de fondo de la desregulación financiera iniciada en la década de 1980, una regulación que llevaba funcionando correctamente desde el crack del 29. Su progresiva desaparición desató la especulación, con la seguridad de que cualquier quiebra sería asumida por el Estado. Que es lo que ha sucedido.

¡Acabad ya con esta crisis! es un ensayo claro y documentado que desvela la profunda ignorancia y la desvergüenza de los que nos gobiernan. Si queréis entender de una vez por todas qué está pasando con la economía y conocer la verdadera historia del austericidio y sus terribles consecuencias, no os lo perdáis. En serio. 

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La asombrosa vida del verdadero conde de Montecristo

El conde negro, portada Unos buenos amigos, dejándose llevar por su instinto de curtidos lectores, me regalaron el año pasado este libro. Esto de regalar libros es algo complicado, sobre todo si el destinatario es lector habitual. Los que leemos mucho, lo sabéis de sobra, tenemos nuestras manías que a menudo ni siquiera tienen que ver con la calidad del libro en cuestión, sino con nuestras filias y nuestras fobias. Por eso siempre pensé que, aunque suene contradictorio, es muy arriegado regalarle un libro a un lector. Pero Pablo y Sagra (los amigos de los que os hablaba) han acertado de pleno. En la diana. Y es que hacía tiempo que no leía un ensayo tan ameno, interesante y absorbente como este. A priori, el tema puede parecer anecdótico, incluso irrelevante. Pero nada más comenzar la lectura, ya estás atrapado. Te cuento de qué va.

El conde negro es la biografía de un hombre excepcional en un tiempo excepcional. Para empezar, era negro, o al menos mulato, en un mundo de blancos: había nacido en Haití en 1762, hijo de un aristócrata y de una esclava. El padre, aunque pasó olímpicamente de él durante muchos años e incluso llegó a venderlo como esclavo, terminó trayéndolo a Europa y convirtiéndolo en su heredero. Lo que, sin embargo, le produjo a Thomas Alexandre Dumas, que así se llama nuestro protagonista, más de un problema, pues lo de ser noble en los tiempos de la Revolución Francesa era garantía casi segura de que te cortaran la cabeza. Pero Thomas Alexandre fue un ferviente partidario de los ideales revolucionarios y consiguió zafarse incluso durante la etapa más negra de la Revolución, El Terror. Pese a ser negro, esclavo y noble heredero, logró convertirse en el primer general de color de un ejército europeo, admirado por sus soldados y por sus conciudadanos por sus proezas (no solo era un magnífico esgrimista, también era un excepcional estratega y audaz como pocos en el combate)... hasta que Napoleón, al que le chirriaban los dientes de envidia cada vez que oía su nombre, decidió quitárselo de enmedio para que no le oscureciera la fama.

El conde negro no solo es la biografía de un hombre apasionante. Es también un ensayo excepcionalmente bien escrito y una lectura vibrante, que transmite con vivacidad la emoción de una vida aventurera y que, de paso, nos ofrece una interesante visión de la Europa (y el Caribe) de finales del siglo XVIII. No os lo perdáis. En serio.

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El perturbador mundo de «Perros de paja», de John Gray

Perros de pajaNo, no somos mejores que las demás especies animales. No estamos por encima ni constituimos la cúspide de nada. Durante siglos, el pensamiento occidental ha ido construyendo mitos sobre la superioridad del ser humano, su poderosa espiritualidad y su destino manifiesto. Chorradas. Simples mitos que nos consuelan, pero que no se sustentan ni resisten un análisis exhaustivo. Somos, simplemente, una especie más. Con una gran capacidad de adaptación, eso sí, que le ha permitido expandirse y colonizar cada vez más nichos ecológicos, desde la tundra al desierto, en un proceso que ha llegado a amenazar el equilibrio del planeta.

Todo esto, y mucho más, es lo que nos cuenta el filósofo John Gray en su imprescindible Perros de paja: reflexiones sobre los humanos y otros animales. Una obra tan breve (apenas 200 páginas) como demoledora, escrita con la precisión de un cirujano. Una obra que echa por tierra religiones, creencias, leyendas urbanas y mitos tan arraigados, y a menudo tan inconscientes, como la confianza en las bondades del idealismo, de la verdad, la justicia y la moral o la fe (a menudo tan ciega como inquebrantable) en el inevitable progreso humano, esa íntima seguridad de que la Historia nos va llevando poco a poco hasta nuestro destino, hacia un futuro de paz, armonía e igualdad, la creencia irracional en que en el pasado se vivía peor y la seguridad de que el futuro será siempre mejor.

Perros de paja es un ensayo compuesto por textos incisivos y reflexiones certeras sobre el ser humano y su lugar en el universo, un replanteamiento de toda la historia del pensamiento humano que defiende con agudeza que los seres humanos no somos ni distintos ni superiores al resto de los seres vivos. Hacía tiempo que no me encontraba con un texto tan brillante y esclarecedor. Leerlo es someterse voluntariamente a un bombardeo de ideas nuevas que sacuden nuestras creencias más arraigadas y nos obligan a detenernos, a tomar aire, a reflexionar. Una lectura tan fascinante como perturbadora. De las que no abundan.

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