Las historias detrás de «Medievalario»: Lopo Feixoo, el caballero renegado

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Como ya dije en entradas anteriores, tras decidir retratar la sociedad de la Edad Media a través de un personaje de cada estamento, un monje, un caballero y un campesino, tocaba elegir a los protagonistas de cada una de las historias. En el caso de los caballeros la cuestión se presentaba complicada porque los nobles medievales gallegos distaban mucho del ideal que aspiraban a cumplir, el de defensores del conjunto de la sociedad. Muy al contrario, lo que abundaba en Galicia eran los personajes desaforados, violentos, brutales, zafios y desmadrados, verdaderas aves de rapiña empeñadas en desangrar a los villanos, como ya sabréis si habéis leído En tiempo de halcones. El problema además era que quería retratar el final de la Edad Media porque eso me permitiría ofrecer una visión de conjunto de la evolución de la caballería y serviría de contraste con la historia anterior, De correctione rusticorum, ambientada en una muy temprana Edad Media. Pero en el siglo XV gallego resultaba poco menos que imposible encontrar un caballero digno de tal nombre... 

Casco y espada

Este siglo fue un período brutal en Galicia. El hambre, las epidemias, las guerras y los conflictos sociales asolaron esta tierra de un extremo a otro. Como suele suceder, los campesinos fueron los más perjudicados, pues en este siglo culminó un largo proceso de enajenación de la propiedad de la tierra y de sometimiento a la autoridad de los señores, tanto eclesiásticos como nobles. A medida que las dificultades aumentaban por causa de la climatología adversa y las epidemias, también lo hacía la presión de los señores que, ciegos a las coyunturas históricas, se empeñaban en mantener su nivel de vida. La respuesta fueron las guerras irmandiñas de 1431 y 1467.

El primer levantamiento se centró en el señorío de los Andrade y tuvo como espoleta la imposición por parte de Nuno Freire de Andrade de un nuevo tributo sobre sus vasallos. Los campesinos se organizaron en hermandad y, dirigidos por Roi Xordo, cercaron las fortalezas del conde. Pero esta sublevación, que llegó a levantar a unos diez mil campesinos y ciudadanos, fue finalmente derrotada en el campo de batalla por las fuerzas señoriales.

El segundo levantamiento tuvo su detonante en las continuas guerras señoriales que favorecieron la extensión del bandolerismo, a menudo propiciado cuando no ejercido por los propios señores. En esta ocasión la revuelta se difundió como la pólvora por todo el reino y se convirtió en una auténtica guerra civil que provocó el derribo de cerca de ciento treinta fortalezas y torres y la expulsión de los nobles del territorio en el año 1467. Dos años después el noble Pedro Álvarez de Soutomaior, apodado Pedro Madruga, inició el contraataque feudal. Penetró en Galicia desde Portugal al frente de una tropa de arcabuceros y de un nutrido ejército. Pronto se le unieron el arzobispo compostelano y otros nobles y entre todos acabaron derrotando a los ejércitos irmandiños. Pero la paz todavía no había llegado. Poco después de recuperar el poder señorial estalló la guerra de sucesión entre Juana la Beltraneja e Isabel la Católica, lo que supuso el regreso a la situación anterior: un campesinado y una población urbana sometidos y unos poderosos enzarzados en luchas que solo a ellos atañían.

El cerco de la torre de Tenorio, el hecho central de mi novela El bando perdedor, se enmarca en esta guerra civil nobiliaria. Fue ahí donde encontré finalmente al caballero que estaba buscando, gracias a un texto de 1587 escrito por el letrado Juan de Ocampo titulado Descendencia de los Pazos de Probén que cuenta la historia de esta familia noble pontevedresa, aunque yo me basé en el magnífico trabajo del profesor Carlos Barros publicado en su libro ¡Viva el-Rey! Ensaios medievais. En él, el profesor Barros analiza la evolución de los Pazos de Probén como modelos caballerescos en un momento en el que la rapiña, la codicia y el desprecio del débil eran las características más destacadas de la nobleza.

En el siglo XV, el modelo caballeresco estaba agotado. Sin embargo, se mantenía vivo a través de los cantares de gesta, llevados de un lado a otro del reino por los trovadores. Los héroes caballerescos seguían despertando la admiración y la imaginación de pajes y donceles, como le sucede a uno de los protagonistas del relato. El contraste con la realidad debía de ser brutal, y para comprobarlo bastan dos ejemplos que aparecen en la novela: Nuño Gómez de Puga, tenente de Allariz, y el propio Pedro Madruga, conde de Camiña y señor de Soutomaior. Los dos son personajes históricos. De sus rapiñas y correrías han quedado sobrados relatos y documentos, como esta queja vecinal recogida en una cédula real del 2 de diciembre de 1487 en la que se puede leer lo siguiente acerca de Nuño Gómez de Puga:

« (...) tenía consigo en la dicha fortaleza algunos criados y parientes suyos y les consentían que matasen ombres y se llevasen mujeres casadas e que matasen despues aquellos que las llevaban a sus maridos e por aquella cabsa se han desfecho ocho o nueve casas de oficiales que en la dicha villa vivían (...) e que ha consentido apalear muchos vecinos asy de la villa como del alfoz y a otros apaleaba por sus manos; e que les ha llevado muchas penas asy el dicho merino como los suyos (...)».

En este contexto, la revuelta irmandiña (que, para la mentalidad nobiliaria suponía una violación del orden mismo de la creación) supuso una ruptura sin precedentes. Las injusticias eran tantas que fueron muchos los hidalgos y caballeros que participaron en la guerra del lado irmandiño. Algunos, como el capitán irmandiño Diego de Lemos, supieron cambiarse de bando a tiempo. De los otros, de los que fueron fieles hasta el final, nada se sabe. Pero no es descabellado suponer que tras la derrota irmandiña se convirtieran en parias, como le sucede en la novela al protagonista, Lopo Feixoo de Milmanda (que, este sí, es un personaje ficticio). La idea de un noble que hubiera renegado de los suyos para defender a los débiles me seducía mucho porque un personaje así, con seguridad, no habría tenido una vida fácil. Y ya se sabe que los escritores tenemos un poco de sádicos... 

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