Las historias detrás de «Medievalario»: Roi, la maldición de la belleza

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La historia de Roi, el protagonista de El husmo de la tierra, se centra en el tercer estamento que conforma la sociedad medieval: los laboratores, los campesinos. Es la única que no se basa en hechos reales documentados, y ello tiene una fácil explicación: los campesinos apenas dejaron huella en los documentos escritos. No formaban parte de la historia y sus nombres no aparecen en tratados y crónicas. Solo se puede seguir su evolución en los documentos contractuales como foros o contratos de compra venta y en los registros legales, juicios y sentencias, pero siempre como menciones aisladas, y solo en unos pocos casos con exposición de algún aspecto concreto de sus vidas. De hecho, conocemos bastantes detalles de las revueltas irmandiñas precisamente por un proceso de 1526 en el que el arzobispo Juan Pardo de Távera pleitea con su antecesor Alonso de Fonseca III sobre  la reconstrucción de las fortalezas del arzobispado. Esa indefensión campesina fue lo que me decidió a elegir un niño para simbolizar el tercer estamento medieval.

Cacharros de cocina antigua

El campesino, como el niño, permanece al margen, ignora los hilos de la realidad que se mueven a su alrededor y vive sumido en el esfuerzo puro y duro por sobrevivir. El campesino no accede a la educación, que se limita a unas cuantas oraciones mal aprendidas y a los conocimientos que sobre cultivos y animales se transmiten de padres a hijos. Vive rodeado por el bosque, que en la mentalidad medieval dista mucho de ser el paraíso que hoy nos imaginamos los habitantes de las ciudades y se parece mucho más a un territorio poblado por bandidos, fieras y seres mágicos, a veces benéficos pero a menudo dañinos. (Por cierto que me gustaría dejar testimonio de un magnífico libro que me ha servido de base para reflejar muchas de estas creencias paganas: Diccionario dos seres míticos galegos, de Xoán R. Cuba, Antonio Reigosa y Xosé Miranda. A ellos mi agradecimiento y el testimonio de mi disfrute). El campesino acepta la autoridad eclesiástica o nobiliaria como un mal inevitable, como acepta las enfermedades o el frío del invierno, y carga con los tributos y diezmos que alimentan a los otros dos estamentos como si tal fuera su naturaleza insoslayable. Cierto que a menudo pleitea contra esta o aquella carga, pero por lo general lo hace cuando un noble o un abad trata de imponer un nuevo tributo o reimplantar uno que ha caído en desuso, como el caso frecuente de resistencia contra la luctuosa, un impuesto que obligaba a pagar a la iglesia, tras la muerte del cabeza de familia, la mejor cabeza de ganado de cuatro patas.

Los abusos contra los campesinos son continuos. Basta un testimonio para conocer cuál es su lugar en la sociedad medieval, el de Bertrán de Born, un noble francés del siglo XII, que resume muy gráficamente la opinión que sobre los campesinos tiene la nobleza:
 
«El labriego viene después del cerdo, por su especie y por sus maneras. La vida moral le repugna profundamente. Si por casualidad alcanza una gran riqueza, pierde la razón. Así pues, hace falta que su bolsa esté siempre vacía. Quien no domina a sus labriegos, no hace más que aumentar su maldad».
 
El campesino es reflejo de la sociedad en la que vive. Sus creencias, sus miedos y sus fobias son los de la sociedad en la que vive, acrecentados por la ignorancia en la que se le mantiene durante toda su existencia. En una sociedad supersticiosa, los campesinos son supersticiosos; en una sociedad inculta, son incultos; en una sociedad violenta, son violentos, y de ahí que las picotas y los ajusticiamientos públicos fueran espectáculos concurridos y que el hambre obligara a muchos a asaltar a los viajeros, como por otra parte hacían los nobles desde sus castillos.

La historia de Roi es ficticia y se nos puede antojar de una violencia exagerada, pero hay que tener presente que la niñez es un concepto relativamente reciente. En la Edad Media era frecuente que los niños trabajaran como pastores desde los seis años. Se encargaban de llevar a animales varias veces más grandes que ellos a los campos y de recogerlos por las noches. Su trabajo era necesario para la familia pero, además, servía de aprendizaje. No es comparable una sociedad como la actual, en la que la edad de incorporación del joven a la vida adulta se ha retrasado hasta bien adentrada la veintena o incluso la treintena, con una sociedad medieval en la que los jóvenes eran considerados adultos y se casaban a edades muy tempranas, con frecuencia apenas salidos de la pubertad. Problema añadido era el de la belleza en un mundo en el que nobles, monjes y campesinos tenían el cuerpo repleto de llagas, marcas de viruela y deformidades varias. En un mundo así no sorprende que muchos creyeran que la hermosura solo podía ser consecuencia de un pacto con el diablo...

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