Viaje al interior: por las entrañas del Levante

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Viaje al interior por las entrañas del levante

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Decía Lao Tse, uno de los filósofos más influyentes de la antigua China (cuya existencia, como la de todo filósofo que se precie, no está del todo demostrada), que un buen viajero no tiene planes fijos ni la intención de llegar. A esa idea me aferro el domingo por la tarde cuando, tras un buen rato comprobando las previsiones del tiempo, decido renunciar a uno de los destinos que más me apetecía visitar: el Parque natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, en Jaén, el mayor espacio protegido de España y el segundo de Europa, en el que se encuentra el bosque más extenso de nuestro país. 

Pero no tengo ganas de visitar el parque natural bajo una lluvia intensa y eso es lo que anuncian las previsiones metereológicas para los próximos días, así que decido abandonar Andalucía y a media tarde me subo a La Lagartija para dirigirme a Caravaca de la Cruz, en una tierra en la que nunca he puesto un pie: la Región de Murcia.

 

Caravaca, la ciudad de la cruz

Situada en las estribaciones orientales de la Cordillera Subbética, Caravaca de la Cruz es una población de unos 25.000 habitantes que se aferra a la ladera de una colina en cuya cima se alzan los restos de un imponente castillo de origen musulmán. En su interior se levantó a partir de 1617 un edificio que, con el tiempo, se ha convertido en el corazón y la principal seña de identidad de la ciudad: la basílica de la Vera Cruz, intensamente barroca, que custodia, aseguran, un fragmento del madero en que fue crucificado Jesús de Nazaret. Una afirmación cuando menos peliaguda que merece la pena analizar.

Según defiende la Iglesia Católica, en el año 326 la emperatriz Helena de Constantinopla viajó a Jerusalén para buscar el sepulcro de Jesús. Tras interrogar a los judíos más prominentes (torturándolos y amenazando con quemarles, que es una manera muy efectiva de interrogar), uno de estos, un tal Judas, la llevó al Gólgota, el lugar donde se cree que Jesús de Nazaret fue crucificado. En ese lugar se alzaba un templo a Venus que había ordenado construir, por cierto, un emperador español: Adriano, nacido en Hispalis (cerca de la actual Sevilla), bajo cuyo gobierno Roma alcanzó su máxima extensión territorial.

Helena no se anduvo con rodeos: ordenó demoler el templo y excavar en sus cimientos. Allí se encontraron tres cruces que, al instante, identificaron como las de Jesús y los dos ladrones, sin que al parecer a nadie se le ocurriera que en ese lugar, y durante muchos años antes y después de la crucifixión de Jesús, Roma se había dedicado a crucificar a gente por los más variados motivos.

Fuera como fuese, Helena se enfrentaba a un problema: ¿cuál era la cruz de Jesús y cuáles las de los ladrones? Tampoco era cuestión de ponerse a adorar la cruz de un ratero cualquiera, así que la emperatriz ideó el precedente del método científico: prueba y error. Ordenó traer a un enfermo y le hizo tocar una de las cruces. Al instante el enfermo empeoró, por lo que la emperatriz decidió que aquella era la de Gestas, el ladrón que se burló de Jesús. Después le hizo tocar otra cruz y no sucedió nada: tenía que ser la de Dimas, el buen ladrón. Finalmente, al tocar la tercera, el enfermo (del que no sabemos si padecía un simple catarro o un cáncer galopante), se curó completamente. Estaba claro: esa era la Vera Cruz. Otras versiones afirman que el enfermo era en realidad un muerto, aunque en ese caso no sé cómo podrían haber comprobado que el muerto empeoraba al tocar la cruz de Gestas...

En el lugar del hallazgo, Helena hizo construir una iglesia que todavía hoy existe, la Basílica del Santo Sepulcro, en la que guardaron la cruz.

El problema de este relato, o uno de sus problemas, es que llegó hasta nosotros porque así lo contó Jacopo della Voragine, un dominico italiano del siglo XIII que escribió un libro, la Legenda aurea, en el que narraba vidas de santos y hechos milagrosos no porque tuviera afán histórico alguno, sino con la intención de inducir a la devoción a la gente común, para que tuvieran modelos de comportamiento que imitar. Muchas de las historias de santos que hoy los creyentes católicos dan por ciertas, como el asaetamiento de san Sebastián, salieron de su imaginativa (y un tanto macabra) pluma. Pero es que ya se sabe que la propaganda, si tiene un punto trágico funciona mucho mejor.

Sigo con la Vera Cruz. Siglos después, en el año 614, el persa Cosroes II conquistó Jerusalén y se la llevó para fastidiar a los cristianos, aunque la alegría le duró poco: en 628 fue recuperada por el emperador bizantino Heraclio y devuelta a su lugar.

Apenas diez años más tarde, en 638, le llegó el turno a los musulmanes: conquistaron Jerusalén y se apoderaron de la reliquia, que con tanto cambio de manos a estas alturas debía de estar ya hecha unos zorros. Los cristianos no la recuperarían hasta la conquista de Jerusalén por los cruzados en 1099.

Por cierto que esa última conquista se saldó con una terrible matanza en la que fueron asesinados casi todos los habitantes de la ciudad. Un piadoso cristiano, Raimundo de Aguilers, canónigo de Puy, la recordaba años después con el cariño que reservamos para los días gloriosos de nuestra juventud:

 

Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias.

 

Tras recuperar la cruz, su custodia fue encomendada a los caballeros del Temple, quienes adoptaron la costumbre de cargar con ella en cada batalla en la que participaban para que les diera ánimos y buena suerte. Con poco éxito, al parecer, porque en 1187 Saladino se apoderó de la cruz tras la batalla de Hattin.

A partir de ahí se pierde su rastro... lo que no parece incomodar a las muchas localidades, iglesias y conventos que todavía hoy siguen defendiendo estar en posesión de un fragmento de la Vera Cruz, como esta de Caravaca en la que me encuentro, la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma, el monasterio de Santo Toribio de Liébana, la colegiata de Santa María la Mayor de Caspe en Zaragoza, la abadía de Heiligenkreuz en Austria, la iglesia de la Santa Cruz en Barquisimeto en Venezuela, las iglesias de San Francisco y de la Recolección en Guatemala, la catedral metropolitana de Costa Rica...

Aquí, a Caravaca, el fragmento de la cruz llegó de forma harto misteriosa. Me lo cuenta la guía del museo de la Fiesta, que visito el lunes por la mañana. El museo está dedicado a las fiestas en honor de la Vera Cruz que todos los meses de mayo transforman esta localidad en un espectáculo en el que la mitad del pueblo se visten de cristianos (cristianos ricos, por supuesto, no de simples labriegos) y la otra mitad de opulentos e imaginativos moros con trajes bordados a mano cuya elaboración les ha llevado todo el año. Me quedo con ganas de asistir, pues por lo que veo en el museo debe de ser un acontecimiento tremendamente interesante y vistoso, con miles de personas desfilando y las peñas de moros y cristianos compitiendo entre sí por destacar entre las demás.

La guía es joven, cordial y, pronto me percato, apasionada por su ciudad y por la fiesta, en la que participa por el bando cristiano. Me cuenta que según la tradición el fragmento de la cruz apareció el 3 de mayo de 1231 en la fortaleza todavía musulmana de Caravaca...

—El entonces señor de Caravaca, el sayid almohade de Valencia Abu-Zeit, tenía aquí varios prisioneros cristianos, entre ellos un cura cristiano, Ginés Pérez de Chirinos. Abu-Zeit preguntó a los prisioneros a qué se dedicaban, y cuando le llegó el turno a Chirinos este respondió que a decir misa. Al moro le entró la curiosidad y le pidió que celebrara una, para ver cómo era. Chirinos lo preparó todo y comenzó el oficio, pero a la mitad se detuvo y dijo que no podía continuar porque le faltaba el símbolo del crucifijo. En ese momento, por la ventana del salón del alcázar entraron dos ángeles transportando la Vera Cruz, que depositaron sobre el altar...

—Y claro, Abu-Zeit y todos los suyos se convirtieron al cristianismo... —interrumpo yo con una mueca de guasa, imaginándome la cara de los presentes. Hay que reconocer que con una aparición en escena tan creativa cualquier duda sobre la autenticidad del fragmento de madera en cuestión queda descartada. Eso es lo bueno de la fe: ahorra un montón de preguntas incómodas.

Ella sonríe:

—Parece que sí se convirtieron, aunque no está claro. En fin, eso es lo que dice la tradición sobre la aparición de la Vera Cruz. Cada año, durante las fiestas, la llevan en procesión de casa en casa para aliviar a los enfermos más graves, y cuentan que muchos se han curado. Por eso Caravaca se ha convertido en un importante centro de peregrinación...

—Y, de paso, la Iglesia se ha enriquecido con limosnas y donaciones de los fieles, y con la venta de cruces y rosarios... —añado yo sin poder contenerme.

Pero ni con esas consigo borrar la sonrisa cordial de su cara. Se encoje de hombros:

—Bueno, que cada uno crea lo que quiera, si le sirve de algo. Pero todo el mundo dice que en el santuario se percibe algo especial, seas creyente o no, como una energía...

Fruto de los anhelos de los miles de peregrinos que lo han visitado, pienso yo, aunque esta vez me callo. También en un estadio de fútbol con cien mil espectadores enardecidos se percibe una energía especial, o en una manifestación en la que cientos de miles de personas claman por una causa común.

Lamentablemente, no podré comprobar si es cierto que se percibe esa energía, porque cuando me acerco a la basílica, un poco después, compruebo lo que ya temía: hay que pagar entrada. Como me niego a pagar para entrar en un edificio religioso (pues considero que deberían estar abiertos a cuantos quisieran entrar en ellos y no dejo de preguntarme lo que diría su líder espiritual, Jesús de Nazaret, si les viera cobrar por entrar en un templo; además, la Iglesia ya recibe millones de euros anuales del Estado para su conservación, entre otras cosas), me quedo sin verla.

La vista de Caravaca desde las alturas sí merece la pena, y paso un buen rato asomado a las murallas de la antigua fortaleza musulmana pensando en que tengo delante una ciudad que ha construido su identidad en torno a una leyenda. Algo que en sí mismo tiene considerable valor, pues ha permitido crear comunidad, la sensación de pertenencia a una colectividad, y esa es la base de la convivencia. 

Sin embargo, no dejo de darle vueltas a las consecuencias que para la cultura occidental ha tenido durante siglos la adoración de las reliquias. Mario Merlino, autor de El medievo cristiano, un volumen imprescindible para conocer la vida en la Edad Media (ya desafortunadamente descatalogado), lo explica mucho mejor que yo:

 

La Iglesia, durante la Edad Media, estimula el surgimiento de supersticiones: el fetiche de las reliquias, por ejemplo. Al monopolizar la cultura (...), la explicación del mundo es reemplazada por leyendas, fábulas o, en el caso límite, el culto del temor (esa fuente de autoritarismo) que conduce a no explicarse nada y, es lo mismo, a aceptar todo como parte del orden que Diosa Natura impone.

 

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Caravaca de la Cruz
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En el interior de la tierra

Tras pasar dos días en Caravaca visitando la ciudad y sus alrededores, el miércoles me subo de nuevo a La Lagartija (que desde el berrinche de la bomba de agua se está portando muy bien, quiero pensar que como desagravio) y me dirijo a las cercanías de Calasparra, a un lugar que tengo muchas ganas de visitar: la Cueva del Puerto, en el noroeste de la Región de Murcia.

Mi afición por las cuevas viene de antiguo. La primera vez que accedí a una debía de tener quince o dieciséis años. Por entonces, unos compañeros del colegio que pertenecían a una asociación de espeleología me invitaron a ir a la Cueva del Rei Cintolo, en Mondoñedo, Lugo, una cavidad de casi seis kilómetros de galerías, pasadizos y gateras poco habitual en Galicia, donde predominan las masas graníticas. Hoy en día se organizan visitas guiadas por ella, pero por entonces la única forma de recorrerla era armándote de carburero, cuerdas, mosquetones y muchas ganas de arrastrarte por cavidades imposibles en el corazón de la montaña.

Estuve a punto de no poder ir. Se trataba de un viaje de cuatro o cinco días, demasiados (y demasiado lejos) para que mis padres me dieran permiso. Recuerdo que, como buen adolescente, estuve semanas insistiendo y agarrándome tremendos berrinches, y que solo a última hora, casi escapándome de casa, conseguí la autorización.

Fue una de las experiencias más asombrosas de mi vida. Dormíamos en el pajar de un vecino, pero la mayor parte del tiempo lo pasábamos reptando por túneles encharcados, clavándonos las piedras del suelo y de los laterales, golpeándonos los cascos contra el techo y contemplando maravillados grandes galerías llenas de perlas de caliza que refulgían a la luz del carburo como noches estrelladas.

El primer día, nada más entrar, tuvimos que echarnos al suelo al sentir un estruendoso aleteo. Eran cientos de murciélagos que, alarmados por nuestra presencia, se nos echaron encima, rodeándonos y esquivándonos gracias a sus afinados radares naturales. Pero tras el susto inicial fui de descubrimiento en descubrimiento, con la sensación de que el tiempo no pasaba: era prisionero de aquellos espacios que habían permanecido aislados durante milenios.

Tras el susto inicial fui de descubrimiento en descubrimiento, con la sensación de que el tiempo no pasaba: era prisionero de aquellos espacios que habían permanecido aislados durante milenios.

El nivel más profundo está recorrido por un río de aguas negras y heladas, el mismo que ha ido excavando la roca con paciencia infinita. Un día, llevaba ya muchas horas en la cueva, empapado, repleto de barro, agotado por el esfuerzo y con todos los músculos doloridos, me tumbé a descansar al lado del río. Apagué el carburero y me limité a sentir la montaña sobre mí, esos miles de toneladas de roca que me cobijaban. Me rodeaba la oscuridad más absoluta que jamás he conocido. El único sonido era el rumor del agua: el fluir del río, el eco de las gotas que rezumaban de las estalagtitas. Nada más. Solo el agua y el silencio de las entrañas de la tierra, frío e indiferente.

Me quedé dormido. Cuando me desperté, tardé mucho rato en darme cuenta de dónde estaba. Me levanté bruscamente... y me pegué un tremendo cabezazo contra una roca que tenía sobre mí. Afortunadamente, todavía llevaba puesto el casco.

Con esos recuerdos revoloteando en la memoria, me acerco hasta la entrada de la Cueva del Puerto, unos siete kilómetros de galerías de los que son visitables la décima parte. Mientras espero a que llegue un grupo con el que voy a entrar, Fran —el guía se llama como yo— me explica que esta es una cueva hipogénica, muy distinta de las que conozco.

—La diferencia está en el proceso de formación. Habitualmente, una cueva se origina de arriba abajo, como consecuencia de la erosión producida por el agua y la filtración de esta a niveles inferiores. Por eso, en la parte más profunda de la mayor parte de las cuevas hay un río, que es el que ha ido formando la cavidad. Sin embargo, las cuevas hipogénicas se forman de abajo hacia arriba: el agua está depositada desde el principio en un acuífero subterráneo que se va llenando, buscando por dónde salir y desprendiendo gases. El proceso de desgaste crea formas que no se encuentran en ninguna otra parte. Hay estalagtitas, estalagmitas y columnas, pero también texturas muy diferentes con forma de nubes, canales, conos o cristales de yeso...

En efecto, cuando poco después entro en la cueva compruebo con asombro que aquí el agua ha sido generosa: las salas se suceden con formas extrañas, algunas que parecen casi sedas al viento, otras finas y delicadas como branquias de pez, otras más que imitan caprichosas formas animales, una oreja de elefante, el perfil de una bestia prehistórica...

Voy cerrando el grupo, que avanza casi en silencio, atento a cuanto nos descubre el guía. El hombre que va delante, un funcionario cartagenero de unos sesenta años, no deja de señalarme aquí y allá cuanto le llama la atención, fascinado por lo que ve. Señala el gusano de luz led que marca el camino y me dice:

—Imagínate quedarte aquí a oscuras.

—Y no saber por dónde se sale... —sonrío para mí.

Pues aquel día en que me quedé dormido en la Cueva del Rei Cintolo yo tampoco sabía por dónde salir. Tras dar unas vueltas, hubo un momento en que me supe perdido. Me senté para comprobar si me quedaban piedras de carburo y comprobé que estaba utilizando las últimas. Fue un momento de pánico que permanece grabado con especial intensidad en mi memoria.

Apagué el carburero para ahorrar lo poco que me quedaba. Notaba el corazón retumbando salvajemente en el pecho. El vientre de la montaña, que un rato antes me había parecido acogedor, me oprimía con el peso de miles de toneladas de piedra. Por mi cabeza desfilaban imágenes absurdas en alocada carrera. Imaginé mi funeral, con cientos de compañeros de clase acompañando al cortejo. La tristeza de mis padres, que no habían querido que fuera. La noticia en los periódicos. El hambre que pasaría antes de morir desfallecido. Pese al frío de la cavidad, comencé a sudar.

Grité. Una y otra vez. Callé. Pasé largo tiempo anonadado, tratando de decidir qué hacer. Volví a gritar.

Y entonces, al cabo de una eternidad, débil tras un recodo, distinguí la llama de los carbureros de mis compañeros, que volvían a buscarme.

—Tiene que ser jodido, muy jodido —dice el funcionario.

—Sí, supongo que sí.

 

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El monte Arabí

Por la noche me espera otra experiencia singular. Necesito recargar los depósitos de La Lagartija y vaciar las aguas grises, las de la ducha y el fregadero. En la aplicación de móvil que utilizo para localizar áreas de autocaravanas (sí, hay aplicaciones móviles para todo), compruebo que en la zona en la que me encuentro, justo en el límite entre Murcia y Albacete, solo hay un área, y además de pago.

Sin opciones, me dirijo hacia allí. Se encuentra en una zona apartada, en medio de un vasto altiplano deshabitado. Diviso las caravanas desde lejos y conduzco los últimos cientos de metros por un camino sin asfaltar.

—Hola, ¿tenéis sitio, puedo quedarme? —le pregunto al que se me acerca nada más llegar, un hombre grueso de cincuenta y tantos años que me recibe con una ancha sonrisa.

Hi. Do you speak English?

Well, I can try...

Pronto me doy cuenta de que acabo de aterrizar en medio de una suerte de colonia alemana en pleno Levante. Entre las autocaravanas de paso y las que tienen pinta de ser más permanentes, debe de haber unas veintitantas personas. Todas alemanas, ninguna habla español y solo tres o cuatro inglés, aunque sin soltura. El dueño me indica dónde aparcar y después me comenta que en una hora encenderán una hoguera y que seré bienvenido si decido acercarme.

Una hora después, con una cerveza en la mano, me siento al lado de un buen fuego que, ahora que comienza a refrescar, se agradece. Me reciben con cordialidad y pronto me enfrasco en una conversación con una pareja. Ella es profesora y él se dedica a instalar casas prefabricadas por toda Europa. De hecho, acaba de llegar para instalar una en aquel rincón apartado.

El fuego crepita, la noche va cayendo y se puebla de personas que se van acercando. Tras un rato de mutuo tanteo, la charla se anima. Algunos llevan años en la carretera, otros están de vacaciones y también hay un par de jubilados que todos los inviernos escapan al sur. Pero, inevitablemente, la mayor parte de las conversaciones cruzadas son en alemán.

La noche ya oscura, los extraños sonidos guturales de sus voces y el crepitar del fuego me convierten en espectador de una exótica danza, como si asistiera a alguna ignota ceremonia tribal. Pienso en las vidas que habrán llevado y en los caminos que habrán recorrido para llegar hasta este lugar desolado en medio de la nada y me acuerdo de una frase de Jack Kerouak: «La vida es un país extranjero», escribió.

Another beer?

Yes, of course...

Por la mañana, a primera hora, me despido de mi anfitrión y me dirijo a un monte cercano que ha despertado mi curiosidad: el monte Arabí, un peñasco calizo que se alza unos trescientos metros sobre el altiplano que lo circunda, hasta los 1.068 m de altitud. Se trata de una roca horadada por el modelado kárstico y la erosión del agua y el viento, que han creado en él infinidad de cuevas, abrigos, huecos y refugios y que ha sido declarado en 1998 Patrimonio de la Humanidad debido a las pinturas rupestres que alberga.

En realidad, el Arabí está repleto de restos de sus antiguos pobladores. Además de las pinturas, las más antiguas de las cuales tienen unos 10.000 años, abundan los petroglifos, dibujos esquemáticos y cazoletas grabadas en la roca hace unos 4.000 años, y se han encontrado también restos de un poblado íbero y de una fortaleza romana. Esta larga ocupación y las leyendas que abundan sobre la zona hablan de la importancia simbólica que debió de tener en la prehistoria. Su silueta visible desde muy lejos sobre la llanura y sus abrigos y cuevas debieron de convertirla en un lugar de culto, un santuario para los primeros hombres que poblaron estas tierras.

Tras aparcar La Lagartija, comienzo a seguir un sendero que he descargado de Wikiloc, la aplicación que suelo utilizar para hacer senderismo. No llueve, pero el monte está cubierto por una densa niebla que crea un ambiente de misterio que combina extrañamente bien con el lugar.

Me interno por un bosque de pinos carrascos y encinas con un denso sotobosque de espino negro, jara, madroños y sabinas. Por momentos, el sendero se acerca al borde de precipicios que se abren ante una vasta llanura que solo intuyo antes de regresar a la espesura. No se ve un alma. Solo el piar de los pájaros y el susurro de las copas. La niebla refulge lechosa a través de los árboles. Recuerdo haber leído que aquí hay jabalíes, y el pensamiento me inquieta y me hace escudriñar con atención alrededor.

La niebla refulge lechosa a través de los árboles. Recuerdo haber leído que aquí hay jabalíes, y el pensamiento me inquieta y me hace escudriñar con atención alrededor.

La senda asciende, se retuerce sobre sí misma y me obliga a volver sobre mis pasos una y otra vez. El sudor empapa mis ropas. Maldigo por lo bajo al que grabó el recorrido en Wikiloc por meterse por estos lugares, y a mí mismo por no comprobar antes la fiabilidad de la senda. Quizá cuando se grabó había camino, pero ahora los matorrales se han apoderado del espacio y resulta muy costoso avanzar. Sin embargo, una hora después alcanzo la cima, un punto geodésico apenas visible entre la niebla, y el sendero comienza a descender.

A partir de ahí el paseo se hace más agradable. Comienza a levantar la niebla, cuyos últimos jirones se entretienen creando formas sinuosas en la espesura. Aquí y allá distingo las bocas de cuevas encaramadas en paredes verticales que me traen a la memoria algunas de las muchas leyendas que pueblan el lugar. Cómo no, una de ellas asegura que una de esas cavidades es en realidad la entrada a una red de pasadizos que conducen a una gran galería subterránea en la que se esconde un fabuloso tesoro. Pero, ¡ay!, no debe de ser fácil hacerse con él, ni siquiera conociendo el camino, pues dos guardias fantasmales protejen la entrada. Cuentan que, allá por el siglo XIX, dos hombres llegaron hasta la zona y pidieron a unos vecinos que les guardaran sus caballos. Después se internaron en el Arabí durante tres días, al cabo de los cuales regresaron con grandes fardos. Tras agradecer con unas cuantas monedas de oro el cuidado de sus monturas, desaparecieron para no volver...

Otras leyendas, más próximas en el tiempo, hablan de una de las obsesiones de nuestro tiempo: el avistamiento de ovnis. Al parecer, a mediados de la década de 1990 se produjo aquí una gran oleada de avistamientos, según atestiguan las gentes de la comarca. En la Wikipedia leo que un poco antes, en 1991, Pedro Ortiz, un radioaficionado que viajaba en compañía de un familiar, tuvo que detener el coche cuando una esfera luminosa de gran tamaño le impidió el paso mientras otras esferas menores subían y bajaban en el cielo. Tras un rato desaparecieron y los viajeros pudieron continuar su camino. La escena me hace sonreír al pensar, malévolamente, que menos mal que en 1991 todavía no había control de drogas en las carreteras...

Y entonces aparecen los petroglifos a un lado de la senda. Se trata de una serie de losas que se extienden a lo largo de, quizá, cien o ciento cincuenta metros, repletas de formas: cazoletas, líneas sueltas y entrelazadas... misteriosas señales que escapan de la viscosa coraza del tiempo para transmitirnos un mensaje que, desgraciadamente, ya no podemos entender. Hace cuatro mil años, nuestros lejanos antepasados dejaron en estas rocas la única señal de su paso que conservamos.

Cazoletas, líneas sueltas y entrelazadas... misteriosas señales que escapan de la viscosa coraza del tiempo para transmitirnos un mensaje que, desgraciadamente, ya no podemos entender.

Muy cerca ya del final me espera una decepción prevista y una alegría inesperada. Los abrigos de las pinturas rupestres están vallados y no se pueden visitar, pero a pocos metros de distancia se abre la asombrosa cueva de La Horadada, una cavidad perforada por la erosión cuya boca principal se abre hacia la meseta. Un espacio fascinante, un refugio de paredes que parecen olas de espuma petrificada.

Lamentablemente, dos mentecatas llamadas Andrea y Begoña, entre otros tantos, decidieron gritarle al mundo que estaban vivas en una de las paredes, como si estuvieran convencidas de que solo apropiándose de la eternidad de un lugar así podrán ser recordadas alguna vez. Y, por el momento, lo están consiguiendo, aunque quizá no de la forma que deseaban...

 

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La colonia alemana
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 Una batalla decisiva y una noche oscura

Tras abandonar el monte Arabí me dirijo hacia Almansa, en la provincia de Albacete, con la intención de visitar su castillo, una fortificación de figura estrecha y alargada que se levanta en el Cerro del Águila, en torno a la cual ha ido creciendo la población.

Pero está cerrado por obras de restauración, así que me tengo que limitar a sacarle una o dos fotos desde el exterior y después me acerco hasta un pequeño local cercano que alberga un museo dedicado a la batalla de Almansa, uno de los enfrentamientos decisivos de una guerra hoy olvidada, pero trascendental para nuestra historia, cuyas consecuencias seguimos pagando: la Guerra de Sucesión Española, que entre 1701 y 1715 enfrentó a las principales potencias europeas del momento.

Todo comenzó cuando Carlos II el Hechizado, triste consecuencia de varias generaciones de casamientos consanguíneos y último rey de la dinastía de los Austria, murió en 1700 a los 39 años sin descendencia. De repente, los inmensos territorios que todavía dominaba España quedaron sin amo, resignados a entregarse, qué remedio, al que más redaños tuviera. En su testamento, Carlos II nombró heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, el famoso Rey Sol francés. Pero ni el emperador Leopoldo I de Austria ni los ingleses o los holandeses estaban dispuestos a que los Borbones se hicieran con el gobierno de los dos países más extensos y poderosos del momento.

Y ahí comenzó el conflicto. En septiembre de 1701, el Imperio Austriaco, Inglaterra y Holanda firmaron la Gran Alianza de la Haya y declararon la guerra a Las Dos Coronas, España y Francia. Durante catorce años, el conflicto asoló el continente (y América), con enfrentamientos en Portugal, Francia, Bélgica, Italia, Alemania, Austria, España y numerosas localidades de América, donde la presencia francesa, inglesa y holandesa era ya importante. Por cierto que en este contexto tuvo lugar la Batalla de Rande, que los vigueses conocemos muy bien y que ha dado a interminables elucubraciones sobre el destino final del tesoro que transportada la flota franco-española que allí fue derrotada.

El museo de Almansa recrea la batalla que tuvo lugar a las puertas de la localidad el 25 de abril de 1707. Por entonces, la Corona de Aragón apoyaba ya decididamente al pretendiente austriaco, el archiduque Carlos de Habsburgo, al que reconocía como rey frente a la Corona de Castilla que apoyaba a Felipe de Anjou.

En abril de 1707, decía, se enfrentaron en Almansa dos ejércitos: el franco-español, comandado por el duque de Berwick, con unos 25.000 soldados, y el anglo-luso-holandés, comandados por el marqués Das Minas y el conde Galway, con unos 18.000. La derrota sin paliativos de estos últimos supuso para el pretendiente austriaco la pérdida del reino de Valencia y el cambio de tornas de la guerra.

De esos barros derivan buena parte de los lodos que agitan hoy en día la política española y catalana. Con esta guerra llegaron al trono español los Borbones, que ahí siguen, inmunes a mudanzas y revoluciones. El apoyo de la Corona de Aragón al pretendiente austriaco supuso la abolición de los fueros de Valencia, Aragón, Mallorca y el Principado de Cataluña mediante los Decretos de Nueva Planta, una humillación que se convirtió en bandera de agravios y que, a la vista está, todavía no ha sido superada. Además, fue en esta guerra, cuando una flota inglesa se apoderó de Gibraltar en 1704 y de Menorca en 1708. La segunda fue devuelta definitivamente, después de muchas vueltas y revueltas, en 1802, pero la primera... En fin, la primera se ha convertido en un magnífico recurso para desviar la atención de los problemas del país cuando el gobierno de turno se encuentra en apuros.

El apoyo de la Corona de Aragón al pretendiente Habsburgo supuso la abolición de los fueros de Valencia, Aragón, Mallorca y el Principado de Cataluña mediante los Decretos de Nueva Planta, una humillación que se convirtió en bandera de agravios y que, a la vista está, todavía no ha sido superada.

Paso la noche en Almansa, en un aparcamiento un tanto desangelado sin servicios de ningún tipo, y por la mañana me pongo en marcha con la intención de acercarme a Bicorp, en Valencia, donde he concertado para el domingo por la mañana una visita a las Cuevas de la Araña, famosas por contener las pinturas rupestres más representativas del arte parietal levantino, entre ellas dos escenas, una de un hombre recolectando miel silvestre subido a unas lianas y otra de una cacería. Ambas las conozco bien porque durante años las he incluido en los libros de texto de secundaria, pero nunca he tenido la oportunidad de contemplarlas.

Pero todavía es viernes, así que antes de llegar a Bicorp me detengo en las afueras de la pequeña localidad de Anna, ya en Valencia, con la idea de disfrutar del magnífico tiempo que me acompaña (de repente las temperaturas han subido hasta unos 23 y 24º nada invernales) y aprovechar para escribir esta entrada. Y tengo suerte, porque, un poco por casualidad, como siempre suceden estas cosas, localizo un lugar de excepcional belleza: el paraje de la Fuente de Marzo, un pequeño lago excavado en la roca, de aguas cristalinas en las que veo nadar gruesas truchas de dos palmas de largo.

Paso el día escribiendo y paseando. Hay muy poca gente, apenas cinco o seis personas que se acercan hasta aquí un momento en coche, se quedan un rato y se van. Charlo con una pareja de abuelos que vienen con su nieta, una chiquilla de tres o cuatro años. Él es agricultor de la zona, me comenta con orgullo que tiene un olivar «en propiedad», y de niño venía con sus amigos a bañarse en el lago. 

Cuando se van, todo queda en silencio. La noche va cayendo poco a poco, pero la temperatura se mantiene lo suficientemente agradable para animarme a dar un paseo por la ribera. Me siento en una roca a leer, aunque pronto tengo que dejarlo por falta de luz.

Hacía tiempo que no me encontraba en un lugar tan calmo, tan oscuro. Las estrellas brillan en el cielo con gélida indiferencia y aquí, en la tierra, no se mueve ni la menor brisa. La noche, esta noche del campo, negra y silenciosa, es el dominio de los depredadores. Por la noche salen de sus guaridas para acechar a sus presas y alimentarse, y me pregunto qué animales estarán rondando en este momento por aquí, tratando de llevarse algo a la boca.

Bill Bryson, en su interesantísimo libro En casa. Una breve historia de la vida privada, dedica un capítulo entero a relatar cómo el ser humano consiguió hacer retroceder a las tinieblas. Hoy en día estamos tan acostumbrados a contar con alumbrado público en las calles que nos cuesta imaginar escenas como la que relata del Londres del siglo XVIII:

 

En las noches más negras no era excepcional que el peatón tropezara y se «diera con la cabeza contra un poste» o sufriera cualquier otra dolorosa sorpresa. La gente tenía que abrirse paso a tientas en la oscuridad, aunque en algunos casos se limitaba simplemente a palpar a oscuras. La luz en Londres seguía siendo tan escasa en 1763 que James Boswell fue capaz de mantener relaciones sexuales con una prostituta en el puente de Westminster, un lugar para citas no precisamente muy íntimo. La oscuridad se traducía también en peligro. Abundaban los ladrones por todas partes y, tal y como una autoridad londinense apuntó en 1718, la gente se mostraba reacia a salir por la noche por miedo a poder «ser cegada, pegada, herida o apuñalada». Para evitar tropezar en la insondable oscuridad, o ser víctima de una emboscada de criminales, la gente contrataba los servicios de los linkboys —llamados así porque llevaban unas antorchas conocidas como links hechas con cuerdas gruesas empapadas en resina u otros materiales combustibles—, o niños portadores de antorchas, para que los acompañasen hasta casa. Por desgracia, tampoco estos chiquillos eran de confianza y a veces guiaban a sus clientes hacia callejones donde ellos mismos o sus cómplices dejaban al desdichado cliente limpio de dinero y objetos valiosos. 

 

Según afirma Bryson, la forma habitual de iluminación eran las velas, de las que había tres clases principales: las de junco, que se fabricaban uniendo juncos que se untaban con grasa animal y que duraban unos quince minutos, lo que obligaba, además de a disponer de una buena reserva de juncos, a interrumpir cualquier labor cada pocos minutos; las de sebo hechas con grasa animal derretida, que proporcionaban una luz irregular, apestaban y obligaban a recortarlas hasta cuarenta veces en una hora; y las de cera de abeja, que proporcinaban una luz regular y necesitaban menos atención, aunque resultaban cuatro veces más costosas, hasta el punto de que las velas que utilizaba una casa eran un indicador del estatus de la familia. Los más ricos utilizaban lámparas de aceite, pero eran tan sucias que necesitaban limpiarse continuamente y llenaban la estancia de hollín.

La conquista de la noche gracias al petróleo, el gas y, finalmente, la electricidad, es una de esas gestas silenciosas que se ha vuelto tan cotidiana que apenas reparamos en ella... salvo cuando, como en mi caso, nos vemos repentinamente en medio de la oscuridad. Me he olvidado la linterna en La Lagartija, así que tengo que volver a tientas, rodeado por los susurros de la noche más impenetrable...

 

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Castillo de Almansa
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Las Cuevas de la Araña

Como si el dios de las tormentas me hubiera concedido un deseo, el tiempo se mantiene cálido y soleado durante el tiempo que paso en la Fuente de Marzo. Sin embargo, el sábado por la tarde, nada más subirme a La Lagartija para dirigirme a Bicorp, donde se encuentran las Cuevas de la Araña, el cielo se cubre y estalla una tormenta. Conduzco por un terreno montañoso a través de una densa cortina de agua mientras en el horizonte restallan uno tras otro, sin tregua, los fogonazos de luz de los rayos.

Nada más llegar a Bicorp la tormenta cesa y el cielo vuelve a despejarse, con tal precisión que no puedo menos que guiñarle el ojo, agradecido, a ese dios travieso que se divierte conmigo. 

Bicorp es una pequeña localidad que, me dicen, no pasa de 560 habitantes: un racimo de casas encaramadas en una pequeña meseta flanqueada por un barranco y rodeada por montañas. Apenas una docena de calles silenciosas y tranquilas perdida en una paz serena.

—Aquí se vive muy bien —me dice al día siguiente Silvia, la guía del pequeño Ecomuseo de Bicorp que organiza la visita a las cuevas. Tiene unos cuarenta y pocos años y es de presencia callada, pero muy cordial—. Todos nos conocemos y no nos falta de nada, aunque si tenemos que hacer alguna gestión hay que ir hasta Xátiva, que está a  una hora, más o menos. Pero esto es muy tranquilo y el tiempo es bueno, ni muy frío ni muy cálido...

—¿De qué vive el pueblo? ¿Del turismo?

—Bueno, turismo hay, con lo de las cuevas, pero aquí la gente vive del olivo...

Tras visitar el ecomuseo, Silvia nos sube a su coche —a una chica de Barcelona, un chico de Mallorca, un australiano amigo de ambos y a mí— y conduce por un sendero de tierra hasta las cuevas, que distan unos diez kilómetros. Por el camino, la chica nos cuenta que tanto el australiano como ella son apicultores, y que por eso han venido hasta aquí: para conocer la primera representación apícola de la historia. En efecto, una de las pinturas que vamos a ver representa a una figura, probablemente una mujer, subida a unas lianas, con un cesto en la mano y rodeada de abejas: recolectando miel de un panal silvestre.

La imagen la conozco bien, pues durante los años en que trabajé como editor la he visto a menudo en los libros de texto escolares... o la he seleccionado yo mismo. Es una imagen muy sencilla, dotada de una gracia un tanto ingenua, que resulta poderosamente seductora.

Sin embargo, cuando por fin la tengo delante —esa y otras igualmente conocidas, como la de un caballo despeñándose en plena cacería por un acantilado, u otra escena de caza en la que un grupo de hombres acorralan a varias cabras— me llevo una considerable sorpresa. Es mucho más pequeña de lo que imaginaba, quizá por estar habituado a verla ampliada en los libros de texto: el cuerpo de la recolectora de miel apenas tiene dos centímetros. Me quedo con la boca abierta, porque el pequeño tamaño incrementa muy considerablemente la dificultad de la ejecución y la precisión del pincel.  

No está muy clara la fecha en que fueron hechas las pinturas, quizá unos 7.000 años, pero sí parece que hay consenso en situarlas al final del Paleolítico, en una etapa de transición hacia la agricultura. Sus autores vivían en abrigos rocosos y se dedicaban a la caza y la recolección, como atestiguan de forma muy gráfica estas imágenes. El lugar es casi perfecto para una vida tal: situadas a media altura en la ladera de un barranco, disponían de agua, protección y alimento. Incluso de facilidades para la caza, como ha quedado representado en el caballo que se despeña, muy probablemente en este mismo lugar en que se abre la cueva.

Nos quedamos toda la mañana en el lugar, fascinados por las pinturas y por los múltiples detalles que vamos descubriendo: aquí un zorro, allí un ciervo, más allá una representación esquemática... Las Cuevas de la Araña son Patrimonio de la Humanidad. Hasta este viaje no era consciente de la cantidad de lugares que han merecido esa distinción en nuestro país.

El contraste con las pinturas rupestres del Cantábrico, unos veinte mil años anteriores, es tremendo: donde allí hay volumen y color, aquí hay esquematismo y uniformidad. Sin embargo, pese a lo que puede parecer, estas pinturas suponen un gran salto adelante, pues implican ya una capacidad de abstracción y el desarrollo de conceptos universales. Si en Altamira o Lascaux se representan un bisonte o un caballo, están mostrando individuos, no especies: un bisonte concreto, un caballo concreto. La esquematización, por el contrario, obliga a desarrollar primero el concepto universal de hombre, mujer, ciervo, liana... Es el paso previo al desarrollo de la escritura, y se me antoja similar, salvando las inevitables distancias, al que dio Pablo Picasso cuando pintó en 1907 Las señoritas de Avignon, en las que muestra las figuras al mismo tiempo por delante y por detrás, ofreciendo al espectador diversos planos en uno solo; con ello abrió la puerta que desembocaría en el arte abstracto.

La semana se acaba ya. Han sido unos días peculiares, un particular viaje a las entrañas de la tierra tras los pasos de hombres y mujeres que amaron, sufrieron, lucharon y soñaron hace miles de años. De ellos nos separan muchas cosas, pero no puedo dejar de pensar que, en esencia, seguimos siendo los mismos: animales racionales que contemplan con una mezcla de temor y admiración el fascinante universo que les rodea.

 

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Barranco de Hongares
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Indice Viaje al interior

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