Viaje al interior: el país de los castillos

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Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

—¡Eh, Pierre, otra vez por aquí!

A sus setenta años, Pierre tiene un cuerpo fibroso y la piel requemada de quien ha visto demasiados soles. Una cabellera blanca y enmarañada se mezcla con una barba que no ha visto unas tijeras hace años. Tiene la mirada viva y cada vez que sonríe muestra sin rubor la ausencia de varios dientes. Hace tiempo que no le importa mucho lo que piensen de él.

—¡Aquí estamos! —abre los brazos, como para abarcar la ciudad entera, y suelta una risa breve. Nos hallamos en el área de autocaravanas de Aranda de Duero, en la provincia de Burgos—. Me alegro de verte, amigo.

Pierre es un personaje muy curioso, uno de esos espíritus que van por libre. Me lo he encontrado varias veces a lo largo de este viaje y poco a poco hemos ido contándonos vida y aventuras. Entre los dos van creándose esos lazos de camaradería que suelen ir surgiendo entre viajeros que comparten experiencias. Aunque es francés, vivió buena parte de su vida en Madagascar trabajando en muy distintas cosas, desde pescador hasta hostelero. Allí ha dejado familia, aunque hace tiempo que no la ve. Ahora, jubilado ya, viaja por el mundo en una furgoneta destartalada y repleta, literamente, de piedras.

Le encantan las piedras, que va recogiendo en sus largas caminatas solitarias por los montes: simples piedras, sin nada especial, que inundan el espacio entre el cristal delantero y la guantera, que se desparraman por el asiento del conductor y rebosan por doquier. Cada vez que pone en marcha su vieja cafetera, el interior se convierte en un campo de pruebas de aludes y terremotos. Pero a Pierre le encantan las piedras.

—¿Dónde se ha metido la primavera? —se queja con una mueca. Y es que llueve, hace frío y sopla un viento invernal que sacude las furgos.

—¿Quién te manda venirte de Madagascar? —me encojo de hombros—. Anda, vamos a tomar una cervecita.

—Vale, pero esta toca en mi casa...

 

Entre buitres y pueblos perdidos

El lunes, tras dos días descansando en Aranda de Duero y despedirme de Pierre, llega la hora de reemprender el viaje. Tras un fin de semana de lluvia y frío las temperaturas han bajado todavía más y la previsión metereológica habla de nevadas para los próximos días por la zona que pretendo recorrer.

Por primera vez desde mi partida, me flaquea el ánimo. Me gusta el sol. Me gustan las endorfinas. Bien, a quién no, por algo las llaman las hormonas de la felicidad. En realidad, ¿cuántas cosas son una simple cuestión de luz, de esos sutiles cambios de ánimo que la intensidad de la luz es capaz de producir en nosotros?

No son todavía las diez de la mañana cuando llego a Maderuelo, en Segovia. Una población pequeña, de no más de cien habitantes, alineada en la cresta de un cerro que se asoma al embalse de Linares. Unas calles desiertas, con la hermosura decrépita del abandono. Aquí y allá, algún negocio de hostelería cerrado. Carteles de «Se vende» en fachadas destartaladas.

Recorro las calles sin ver una sola persona, sin oír a una sola persona, sintiéndome forastero, como si estuviera hollando el territorio de alguna tribu perdida. Hay belleza en el entorno, en la contemplación de las aguas plácidas del embalse a los pies, pero es una belleza que hoy se me antoja despojada de esperanza.

Hay belleza en el entorno, en la contemplación de las aguas plácidas del embalse a los pies, pero es una belleza que hoy se me antoja despojada de esperanza.

Hasta que algo sucede. Estoy asomado a un mirador sobre el agua cuando el cielo se llena de grandes aves. Primero localizo cuatro, cinco. Después, siete, ocho, diez más, hasta que pierdo la cuenta. Planean en el aire dejándose llevar por las corrientes, casi sin aletear, como si desdeñaran los esfuerzos vanos. Son tan majestuosas que no consigo apartar la mirada. Al principio pienso que se trata de águilas reales, pero las colas son más cortas y anchas y en algunas se distingue sin dificultad una silueta en forma de S en las alas. Son buitres leonados, hermosos y altivos en pleno vuelo. 

Me acuerdo entonces de algo que he leído sobre esta zona. Rodeando el embalse se halla, lo acabo de cruzar al venir, el Parque Natural de las Hoces del Río Riaza, una zona de vegetación esteparia, de sabinas, encinares y quejigos, con una gran riqueza de aves: buitres leonados, alimoches, cernícalos vulgares, aviones roqueros, chovas piquirrojas, búhos reales...

En un extremo del parque se encuentra el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega, gestionado por WWF y creado en 1974 por impulso de Féliz Rodríguez de la Fuente. Sus gestiones y su compromiso frenaron la decadencia de la población de buitres leonados y salvaron al alimoche de la desaparición gracias, entre otras medidas, a la firma de acuerdos con agricultores, ganaderos y cazadores de la zona para crear muladares para aves carroñeras y zonas sensibles. Hoy viven aquí más de quinientas parejas de buitres, una de las principales colonias del mundo.

Sin embargo, lo que más me llama la atención es que muy cerca de aquí, en la Peña Portillo, un cerro agujereado por la erosión que hoy rebosa de actividad mientras los buitres se preparan para nidificar, Félix estableció un campamento para jóvenes que se convirtió en una cantera de naturalistas, ecologistas y biólogos que hoy son punteros en la conservación de la naturaleza en España. Acabo de entrar, casi sin darme cuenta, en uno de los santuarios del ecologismo, un lugar que merece la pena recorrer demoradamente, pateándolo y disfrutando de sus rincones.

Pero ha vuelto a llover, una aguanieve densa que corta mis reflexiones. No, no será hoy cuando lo recorra.

Sigo camino. Durante el resto de la jornada recorro carreteras vacías, simples cintas grises entre el verde de los cereales que brotan a ambos lados. Es ya una constante que no deja de asombrarme: más allá de autovías y algunas carreteras nacionales, el país entero está repleto de carreteras vacías. Kilómetros y kilómetros recorridos por, quizá, diez o doce coches al día, como sendas olvidadas de elefantes.

Es ya una constante que no deja de asombrarme: más allá de autovías y algunas carreteras nacionales, el país entero está repleto de carreteras vacías.

La nieve tiñe de blanco las cumbres del Sistema Central, cada vez más cerca, al sur. Visito Ayllón y Sepúlveda bajo la lluvia y solo me dejan imágenes sueltas en la retina, alguna plaza hermosa, canecillos y pantocrátores de piedra. Estoy ya en pleno territorio del «románico de ladrillo», como se conoce a la variante arquitectónica mudéjar de estas tierras de Segovia, Ávila, Valladolid y León, y las localidades aparecen salpicadas de pequeñas iglesias ancladas en el pasado, de imágenes que congelan su ingenuidad en el tiempo.

No deja de ser irónico que estas obras mudéjares, algunas de las cuales se encuentran entre las más exquisitas y sensibles del románico y el gótico, se deban a los mudéjares, esto es, a «musulmanes domesticados», aquellos que se quedaron viviendo en territorios conquistados por los cristianos: albañiles y artesanos que pusieron sus habilidades al servicio de un dios al que no adoraban, pero para el que levantaron templos de singular belleza.

 

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Maderuelo
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La tierra encastillada

 —Lo siento, pero no hay visita guiada. Al ser uno solo...

—No merece la pena, ¿no?

La mujer se encoge de hombros y se pone a la defensiva:

—No puedo dejar mi puesto. ¿Y si viene alguien?

—¿Y si fuéramos dos, o cuatro, nos hicieras la visita y apareciera alguien mientras? —Pero sé que estoy siendo injusto, que ella no tiene ninguna culpa de que lleve veinte horas sin parar de llover o de que el aliento se congele al salir de la boca—. En fin, no pasa nada. ¿Se puede visitar algo?

—Puedes asomarte al patio. Pero solo asomarte. Es un instituto, y no vas a interrumpir...

Me trago las ganas de soltar un improperio. Así que me he pasado la noche durmiendo a los pies del castillo de Cuéllar para asomarme al patio.

—Ostras, qué gran oportunidad... —De vez en cuando, no puedo evitarlo, se me escapa la sorna por la boca.

Me quedo plantado ante el patio. El castillo es recio, grande y bien conservado, un excelente ejemplo de las poderosas fortalezas palaciegas que llenan estas tierras, consecuencia directa de la proximidad de la corte, de Segovia, de Madrid, de Valladolid. Castillos defensivos, sí, pero sobre todo señoriales, edificados a conciencia y sin reparar en gastos para mostrar el poder y la influencia de sus amos.

Este de Cuéllar es hijo de distintas épocas y arquitectos, algunos de sobrada fama como Juan Guas o Rodrigo Gil de Hontañón. Durante siglos fue residencia de los duques de Albuquerque, cuyo primer titular fue nada menos que Beltrán de la Cueva, el favorito de Enrique IV. Claro que, antes de a Beltrán, el castillo ya había pertenecido a otro favorito real, Álvaro de Luna, condestable de Castilla y valido de Juan II, el padre de Enrique.

La historia, aunque conocida, es de las que merece la pena recordar, sobre todo aquí, en Cuéllar, ante este señorial (y poco visitable) patio de instituto en el que la suerte del hombre más poderoso de Castilla se torció definitivamente, traicionado por el rey al que había consagrado su vida.

Álvaro de Luna, nacido hacia 1390, lo fue todo en su tiempo. Bastardo, miembro secundario de la familia Luna (los del famoso papa Luna de Peñíscola), hacia 1410 se convirtió en paje de Juan II, que a sus cinco años ya llevaba uno como rey. Álvaro era apuesto, gentil, cordial, inteligente y bien dispuesto, además de poeta y hábil lancero, lo que le ganó pronto la admiración y el cariño del niño rey.

Por supuesto, cada uno interpreta lo que quiere en esta «admiración y cariño». El cronista Fernandez de Palencia, por ejemplo, lo comenta sin demasiados tapujos:

 

(...) el rey don Juan ya desde su más tierna edad se había entregado en manos de don Álvaro de Luna, no sin sospecha de algún trato indecoroso y de lascivas complacencias por parte del privado en su familiaridad con el rey.

 

Otro cronista contemporáneo, Fernán Pérez de Guzmán, asegura que el rey Juan no se ocupa del reino, que lo deja todo en manos de su condestable, su favorito, que lo ha hechizado hasta el punto de que, sin su venia, no solo no firma ninguna resolución, sino que ni siquiera entra en la cámara de la reina, ni tiene mujeres. 

Sobre esta cuestión y las sospechas de homosexualidad tanto de Juan como, después, de su hijo Enrique IV, hay que recordar una curiosa costumbre de la época, una figura habitual en todas las cortes europeas (salvo en esta, en la castellana, al menos de forma oficial): la existencia de los mignon de titre, jóvenes hermosos, de largas cabelleras y aspecto lánguido que acompañaban al rey en casi todos los actos de su vida, se vestían como él, dormían en su cuarto o incluso en su cama y le servían de apoyo en las ceremonias oficiales. Que fueran además amantes es algo que no queda del todo claro... Lo que no es extraño, considerando las obsesiones católicas contra la homosexualidad.

Pero sigo con Álvaro de Luna. Por entonces, primeras décadas del siglo XV, Castilla y Aragón estaban en lo de siempre: enfangadas en rivalidades entre facciones por hacerse con el poder. Los Trastámara gobernaban en Castilla con Juan II y en Aragón con Fernando de Antequera, pero entre ambas ramas familiares (Fernando era tío de Juan) distaba mucho de reinar la paz. Las luchas por controlar el poder se saldaban con celadas y traiciones.

Álvaro fue ganando cada vez más poder al lado del rey, que confiaba plenamente en él y que no mostraba ningún interés por el gobierno, pues le cautivaba mucho más el arte y la poesía. Se enriqueció y enriqueció a los suyos, aunque buscó siempre defender la monarquía frente a la nobleza palaciega y sus conspiraciones. Obtuvo grandes éxitos y sufrió persecuciones, e incluso llegó a ser desterrado en dos ocasiones al no poder resistir la oposición coaligada de la alta nobleza. Muchos, de rancias estirpes, no veían con buenos ojos tanta concentración de poder en un noble menor.

Buscando contrapesar el poder de la aristocracia, forjó una alianza con la pequeña nobleza, los burgueses y el bajo clero que le permitieron consolidar su poder y convertirse en el hombre más influyente del reino, en el árbitro de la política castellana.

Pero tenía los pies de paja: todo su poder se basaba en el favor del rey. Y cuando este se casó en segundas nupcias con Isabel de Portugal, la que después será madre de Isabel la Católica, las cosas comenzaron a torcerse.

La nueva reina lo odiaba. Lo consideraba un arribista, creía que dominaba a su marido y se propuso librarle de él. Trató de asesinarlo en varias ocasiones, le tendió celadas y trampas, pero Álvaro se libró de todas ellas, casi como si fuera inmortal.

Hasta que Isabel cambió de táctica. Comenzó a predisponer a Juan II contra su valido y a insistir en que era un peligro para el reino, un descrédito para la monarquía y un traidor, y él, el rey, un pelele que se dejaba manipular, pero que si se libraba de su valido todos verían lo mucho que valía realmente como monarca.

Y así, gota a gota, hasta que pasó lo inevitable. Primero, Isabel consiguió que Juan desterrara a Álvaro de la corte. Después, el 4 de abril de 1453, el rey dio un paso más y ordenó apresarlo, llevarlo a Valladolid y juzgarlo por usurpación del poder y apropiación de rentas.

El 1 de junio fue juzgado y condenado a muerte en un juicio sin garantías. Uno o dos días después, el 2 o el 3 de junio, subió al cadalso en la Plaza Mayor de Valladolid para ser decapitado. Pero era demasiado poderoso, demasiado imponente. El verdugo, intimidado, no se atrevía a realizar su trabajo.

—Adelante, cumplid con vuestro cometido —lo animó Álvaro, muy dueño de sí—. Pero tened cuidado de hacerlo de un solo tajo, y a ser posible con un arma de buen filo.

Ante la muchedumbre expectante, Álvaro revisó la espada él mismo y asintió, dando su aprobación. Luego volvió a dirigirse al verdugo.

—Si lo tenéis a bien, atadme las manos, para no llevármelas al cuello en defensa de mi vida. —El hombre asintió, aturullado, y se hizo con una cuerda de cáñamo, pero cuando iba a atarle las manos, Álvaro meneó la cabeza con gentil desaprobación—. No parece bien, amigo, atar con una cuerda estas manos de soldado. Más decoroso será que me las sujetes a la cintura con esta cinta de seda de mi manto...

Después, regaló a un paje su capa, su anillo y el último caballo que montó, se arrodilló y exigió que uno de los pregoneros se sentara sobre sus pies para que el cadáver no quedara en postura inconveniente. Finalmente, ante una muchedumbre enmudecida, el verdugo cumplió su función.

Cuentan que el rey lloró al enterarse de la muerte de su valido. Cayó enfermo de desesperación y melancolía y, apenas un año después, falleció profundamente arrepentido. Cuatro años después, en 1458, el juicio fue declarado nulo.

Magro consuelo, pero Álvaro pasó a la historia como un gran caballero humanista y su muerte dejó una profunda huella en Castilla. El propio Jorge Manrique incluye en las Coplas a la muerte de su padre un hermoso epitafio a él dedicado...

 

Pues aquel gran condestable
maestre que conosçimos
tan privado
no cumple que dél se fable,
sino solo que lo vimos
degollado;
sus infinitos tesoros
sus villas y sus lugares
su mandar
¿qué le fueron sino lloros?,
¿qué fueron sino pesares
al dexar?

 

Dejo Cuéllar sin ver el castillo en condiciones y me dirijo a Medina del Campo para visitar otra de estas soberbias fortalezas: el castillo de la Mota, una impresionante estructura de ladrillo castellano de finales del siglo XV que conserva en su fachada la huellas de la pólvora que quiso derribarlo.

Sin embargo, una vez más me encuentro con que el edificio es apenas visitable, solo accesible el patio de armas, una capilla y una sala sin mayor interés que unos paneles con cuatro generalidades. Me comentan que hay una visita guiada, pero que, claro, depende del número de visitantes, que hacen falta al menos cinco personas. Resignado, me encojo de hombros, cansado de hacer kilómetros para no ver nada.

 

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Castillo de Cuéllar
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El que se fue a Sevilla...

Al día siguiente me subo a La Lagartija y me dirijo a Coca. Quiero hacer un último intento de visitar este tipo de fortalezas, tan diferentes por su tamaño y disposición a las gallegas. Además, en el caso del castillo de Coca tengo un interés especial, pues de aquí ha salido el linaje de arzobispos compostelanos más conocidos e influyentes: los Alonso de Fonseca. Tres de ellos, tío, sobrino e hijo, se sucedieron en el cargo allá hacia finales del siglo XV y principios del XVI.

Curiosamente, toda esta proliferación de grandes fortalezas tiene mucho que ver con la afición real por la caza. Juan II organizó la Real Montería con más de doscientos monteros entre escuderos, ballesteros, monteros de jineta y mozos de perros. De vez en cuando, para entretener al rey, con fieras previamente apresadas, organizan espectáculos festivos en los que participan leones y osos atados con cadenas.

Enrique IV eligió Segovia como residencia favorita gracias a la abundancia de caza en los alrededores y, al hacerlo, provocó que más de cien nobles abrieran sus casas en la zona. El rey incluso llegó a montar en el alcázar de Segovia una leonera particular con la que organizaba peleas de fieras. Fue en esta época cuando se establecieron cotos como los de Segovia, Balsaín y El Pardo.

La nobleza entera, según cuenta el marqués de Lozoya en su libro La España de Fernando e Isabel, parece estar obsesionada por la naturaleza.

 

Hay como un intento de vuelta a la naturaleza, un gusto particular por lo selvático y montuno. En la decoración de los castillos se fingen los ramajes de las florestas, y la flora y la fauna de la selva virgen palpitan entre la hojarasca del último gótico. Los caballeros se visten de salvajes en fiestas y torneos y hombres de la selva, velludos, figuran en multitud de monumentos.

 

Coca es una pequeña población, casi un suspiro en mitad de la meseta: un puñado de calles que se arraciman junto a la imponente estructura del castillo, monumento nacional y joya de la arquitectura militar gótico-mudéjar hoy reconvertido en escuela de capacitación forestal.

—Se puede visitar, pero no hay visitas guiadas si no...

—Vale, vale.

—Son dos euros y medio.

El conserje me indica lo que puedo ver. Básicamente, subir por una torre, recorrer una galería y bajar por otra. En fin, algo es algo, me digo, mientras me dirijo a la primera torre. La estructura parece bien conservada, imponente desde el exterior.

Sin embargo, pronto me quedo con la boca abierta. Las tres o cuatro estancias de la torre que asciendo no ofrecen más que un simulacro ridículo de musealización: una o dos armaduras descontextualizadas, dos o tres piedras sacadas de cualquier parte, uno o dos muebles que lo mismo da. Una tomadura de pelo, ya no porque cobren por ver algo así, sino por el desinterés y la desidia que suponen. ¿Cuántas personas se han desplazado hasta aquí, ilusionadas por acercarse a un pedazo de nuestra historia, para encontrarse con algo tan pobre, tan decepcionante?

Al menos, la fortaleza es hermosa. Un palacio sólido y lujoso edificado por una poderosa familia, los Fonseca, que llegaron aquí casi por casualidad, al intercambiar la villa, como si de un cromo se tratara, con el marqués de Santillana, al que entregaron a cambio la población de Saldaña, en Palencia.

El primer Fonseca señor de Coca fue Alonso I de Fonseca, obispo de Ávila y arzobispo de Sevilla. De joven, Fonseca fue arcediano en Santiago de Compostela, donde tuvo ocasión de conocer de cerca el levantisco carácter de los nobles gallegos.

En 1460, tras la rebelión de los compostelanos contra el arzobispo Rodrigo de Luna (hechos que novelo en En tiempo de halcones), quedó vacía la sede de Compostela y Alonso de Fonseca maniobró para conseguir que su sobrino, también llamado Alonso de Fonseca, fuera nombrado arzobispo de Compostela.

Lo logró, pero, una vez con el nombramiento en la mano, se pensó mejor la cuestión. La situacion en Galicia era explosiva. Los burgueses y la nobleza seguían en pie de guerra y hacía falta mano izquierda para hacerse con la situación. Su sobrino era todavía joven e inexperto, sin duda se lo merendarían los gallegos en dos días, pero él era perro viejo y conocía los usos del país, así que le propuso una solución: intercambiar temporalmente las sedes. El tío se convertiría en administrador apostólico de Santiago y el sobrino de Sevilla.

Hecho el intercambio, Alonso I de Fonseca se desplazó a Compostela y en unos años consiguió atraerse a la nobleza y calmar a la burguesía. Ya pacificada la zona, quiso volver a cambiar su sede con su sobrino... pero este había probado las mieles sevillanas y no estaba demasiado dispuesto a cambiar el sol andaluz por las nieblas compostelanas.

Así que le dijo a su tío que bueno, que ya verían, que tampoco había prisa.

—El que se fue de Sevilla, perdió su silla —concluyó, inaugurando sin pretenderlo un lugar común que todos seguimos repitiendo a la menor ocasión.

No sabemos qué le respondió Alonso I de Fonseca, pero no se quedó de brazos cruzados. Era ya mayor y, supongo, añoraría también el sol andaluz, así que se presentó ante Sevilla al frente de un ejército. 

—Arreando, que es gerundio.

Alonso de Fonseca y Acevedo, el sobrino, no tuvo más remedio que hacer las maletas y emigrar a Galicia. Donde, por cierto, no todo estaba tan tranquilo como parecía: poco después de regresar, fue hecho prisionero por Bernal Eáns de Moscoso, metido en una jaula y arrinconado en una chimenea del castillo de Vimianzo, en A Coruña, durante dos años. Todo un señor arzobispo en una jaula. Mucho menos saludable que el sol sevillano...

 

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Castillo de Coca
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Y de repente la Edad Media

El jueves, tras unos días dando vueltas con poca fortuna por tierras segovianas y vallisoletanas, decido cambiar de tercio. Tengo ganas de nuevos escenarios y se me ocurre la posibilidad de regresar a Extremadura para recorrer la zona norte de la comunidad, que no pude visitar al comienzo del viaje por uno de esos temporales de frío y nieve que me han acompañado desde el principio.

La idea tiene además otro atractivo: me va a permitir hacer una parada en Oropesa, en la provincia de Toledo, muy cerca ya de Cáceres, donde este fin de semana se celebran unas jornadas medievales de las que me habló (y a las que me invitó) Mayra Herrero, la periodista de Radio Castilla-La Mancha que me entrevistó hace unas semanas en Toledo.

Por la tarde atravieso un Madrid paralizado por los atascos de la hora punta y me dirijo hacia Oropesa. Todavía no he llegado cuando ya me he dado cuenta de lo acertado de la decisión: ha salido el sol, el ambiente se ha caldeado y la carretera atraviesa un paisaje de asombrosa belleza, una tierra de encinas y verdor intenso, casi imposible. Al fondo, cerrando el horizonte por la derecha, las imponentes siluetas nevadas de la sierra de Gredos parecen tan cercanas que casi se pueden tocar.

Mayra me recibe con una gran sonrisa. Damos un paseo por la localidad en medio de los últimos preparativos para la fiesta mientras me cuenta en qué consiste y me va presentando a amigos y conocidos. Antes de que me dé cuenta estoy inmerso en una de las fiestas medievales más interesantes que he vivido, y no me cuesta comprender cuál es la diferencia: la implicación de la gente.

Todo el mundo participa. El viernes por la noche asisto a una representación teatral en el castillo en la que intervienen, entre actores y figurantes, casi un centenar de vecinos. Otros forman parte de grupos de música que recorren las calles al son de tonadas medievales o colaboran en la organización de las diferentes actividades. Por supuesto, no falta un mercado ni un torneo medieval.

Las calles, aunque muy animadas, distan de resultar agobiantes. Se respira un aire de colaboración, de pertenencia e identificación con un lugar que me seduce desde el primer momento y que se une a la abierta hospitalidad de cuantos tengo la fortuna de conocer. Durante dos días me sumerjo en una Edad Media completamente inesperada. Pocas veces me he sentido acogido y aceptado con tanta naturalidad, con tanta generosidad.

El lunes por la mañana, antes de continuar viaje, mientras redacto a toda prisa estas líneas que no consiguen reflejar la intensidad del fin de semana, me doy cuenta de que esta ha sido una experiencia única, muy especial. Pienso en el frío inicio de la semana y en el tremendo contraste con el calor de estos días y sonrío para mí, porque la decisión de venir no fue fruto de la reflexión, sino de un impulso, de la sensación de que era lo que tenía que hacer.

Y no me he equivocado. Muy al contrario, mientras arranco me domina la sensación de estar abrumado por el cariño espontáneo con que me han recibido y aceptado. Me voy con la impresion segura de haber contraído un buen puñado de deudas de gratitud y de cariño, que son siempre las mejores, las únicas que da gusto pagar. 

 

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Indice Viaje al interior

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