Viajando en furgoneta camper: A Lanzada, la playa de la fertilidad

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A Lanzada, la playa de la fertilidad

No han pasado diez días desde que regresé de mi viaje de ochenta días por la España olvidada cuando el gusanillo del movimiento empieza a hacer de las suyas en mi tripas. De repente las lluvias y el frío son solo un recuerdo difuso, hay que ver lo rápido que olvidamos el mal tiempo, y el sol reluce con unos hermosos veintimuchos grados.

Con este panorama, la idea de quedarme en casa atado a un ordenador se me antoja un desperdicio, así que lío el petate en unos minutos y antes de que pueda pensarlo dos veces estoy subido en la furgo, la Lagartija, y buscando destino.

Con este tiempo apetece playa, claro, y uno de los privilegios de vivir en la costa es que hay muchas donde elegir. O al menos en teoría, si eres textil y lo que buscas es una simple playa. Pero si eres nudista como yo las opciones se reducen considerablemente...

La primera elección es Barra, en la península de O Morrazo, un paraíso de aguas transparentes entre pinares, pero la conozco demasiado bien, llevo yendo a ella media vida, y está demasiado cerca, así que al final me decido por la playa de Bascuas, en la ría de Pontevedra, mucho más pequeña pero con una gran ventaja: está al lado de A Lanzada, y tengo ganas de visitar su ermita, parte de un antiguo castillo medieval, el lugar en el que resistieron los últimos irmandiños, allá por el siglo XV. Un lugar cargado de historia que siempre es un placer visitar.

 

Sobre el nudismo

Con la práctica del nudismo pasa algo curioso. Cuando comentas que eres nudista, lo habitual es que te miren con extrañeza, como si estuvieran imaginándote desnudo y la idea les provocara vergüenza ajena. Casi puedes oír los pensamientos de tu interlocutor: 

—Pues no sé cómo te atreves, porque tampoco es que tengas un tipazo para mostrarlo por ahí...

Más de una vez he oído comentar a alguna persona no nudista que no entendía cómo tal o cual persona podía bañarse desnuda, con lo gorda que estaba o lo vieja que era. Pero lo más frecuente (y comprensible) es que, cuando preguntas a un textil si nunca pensó en practicar nudismo, te responda que no se atrevería, que le daría pudor.

Todo esto se debe, en realidad, a que de forma inconsciente asociamos desnudez con estimulación erótica, con sexo, y el sexo, mal que nos pese, sigue siendo un tabú en nuestra sociedad. Dos mil años de cristianismo pesan demasiado sobre nuestra moral, pese a que creamos que nos hemos librado hace tiempo de las ataduras de la superstición.

Pero no tiene nada que ver. De hecho, ¿hay algo más natural que el cuerpo humano? Lo antinatural, lo psicopático, es cubrirlo, esconderlo, considerarlo algo vergonzoso.

¿Hay algo más natural que el cuerpo humano? Lo antinatural, lo psicopático, es cubrirlo, esconderlo, considerarlo algo vergonzoso.

Sin embargo, el pudor es muy comprendible, pues desde que somos bebés nos inculcan que la desnudez es mala, pecaminosa. Nosotros mismos lo hacemos. Aunque no seamos creyentes y pensemos que la desnudez no tiene nada de malo, ¿cuántas veces le hemos dicho a un crío de, digamos, dos o tres años, «¡se te ve el culete!» o algo similar? ¿Por qué nunca le decimos lo mismo de un brazo o de la espalda? ¿Qué diferencia, en realidad, al culo o a los genitales de cualquier otra parte del cuerpo, más allá de nuestros prejuicios contra la desnudez? Pero nos han enseñado a relacionar la desnudez con el sexo. Y el sexo con el pecado o, cuando menos, con la privacidad... algo que también es una mera cuestión social, de educación.  

Cada vez que le decimos a un niño que se le ve el culete, aunque sea de broma y riéndonos, le estamos transmitiendo nuestros prejuicios: que el culo es algo malo, que debe permanecer oculto bajo la ropa. Y el niño asume ese prejuicio como algo natural, como nosotros lo asumimos en su día.

Hace más de treinta años que soy nudista, así que para mí lo natural es bañarme (y estar) desnudo. De hecho, lo que me cuesta es utilizar un bañador para meterme en el agua, las veces en que no me queda más remedio que hacerlo. Si lo piensas un poco, ¿no resulta un poco extraño meterse en el agua con una prenda que se moja, se pega a la piel y además, al menos en el caso de los hombres, es tremendamente incómoda, con un montón de tela sobrante que se llena de agua y arena?

Si lo piensas un poco, ¿no resulta un poco extraño meterse en el agua con una prenda que se moja, se pega a la piel y además, al menos en el caso de los hombres, es tremendamente incómoda, con un montón de tela sobrante que se llena de agua y arena?

La cuestión no es si tengo o no un tipazo, si los demás disfrutan contemplándome o no: se trata de disfrutar yo. Con mi cuerpo. Con mi desnudez y mi libertad. Y ahí está la clave que permite entender el nudismo.

Por cierto que, aunque siempre tendemos a pensar que vivimos en los tiempos más avanzados de la historia, esto a menudo es completamente falso. Nuestros abuelos eran tan audaces como nosotros y, en más de una cuestión, mucho más liberales. Basta echar un vistazo a algunas fotos aparecidas en la prensa española durante la Segunda República para desmontar algunos tópicos. Hoy, muchas, si no todas, estarían censuradas en Facebook o cualquier otra red social...

Por entonces, en la década de 1930, el naturismo ya tenía su historia. Surgió a finales del siglo XIX como reacción frente a la mecanización e industrialización del mundo, como un intento de recuperar el contacto con la naturaleza.

En apenas un siglo los seres humanos habían pasado de vivir y trabajar sin horarios estrictos en el campo a emplazarse en ciudades cada vez más grandes y asfixiantes, sometidos a jornadas laborales agotadoras y envueltos en nubes de carbonilla. El naturismo abogaba por reconectar con la naturaleza y con nuestro propio cuerpo y, al mismo tiempo, por liberarnos de la cárcel mental en la que nos había metido el pensamiento cristiano dominante, que consideraba el sexo algo pecaminoso y defendía la necesidad de ocultar el cuerpo humano, como si fuera algo de lo que deberíamos avergonzarnos.

Uno de los primeros países donde cuajó el naturismo fue Alemania, donde a principios de la década de 1930 había ya unos cien mil nudistas agrupados en diferentes asociaciones. Por entonces surgieron los primeros pueblos naturistas, en los que lo prohibido era llevar ropa. De hecho, lo habitual era realizar cualquier actividad desnudos, ya fuera jugar al golf o practicar senderismo.

Sin embargo, el advenimiento del nazismo y la Segunda Guerra Mundial dieron al traste con la expansión del movimiento. Durante la posguerra, en las décadas de 1950 y 1960, se impuso un conservadurismo moral que denostó al naturismo como una actividad propia de pervertidos, lo que frenó su expansión hasta que el mayo del 68 francés y la revolución moral que le siguió volvieron a revalorizar el nudismo. Lo mismo sucedió en España con la Guerra Civil y la dictadura de Franco: no fue hasta la recuperación de la democracia cuando el movimiento nudista comenzó a ganar pujanza una vez más.

Hoy, por cierto, no está prohibido bañarse desnudo en ninguna playa española (ni siquiera lo está pasear por la calle desnudo, siempre que no sea con una intención de exhibicionismo sexual). No lo está desde que se despenalizó, en el código penal de 1989, el delito de escándalo público. 

Hoy, por cierto, no está prohibido bañarse desnudo en ninguna playa española (ni siquiera lo está pasear por la calle desnudo, siempre que no sea con una intención de exhibicionismo sexual).

Al menos en teoría, porque otra cuestión son las normas de cada ayuntamiento: algunos prohíben el nudismo aunque no tengan ninguna competencia ni autoridad para hacerlo, simplemente porque al regidor de turno no le gusta o se le ocurre pensar que su práctica va a provocar una disminución del turismo.

Y es que en este país no terminamos de aprender que una cosa son las creencias personales de un cargo público y otra, muy diferente, su imposición al resto. Como cuando un ministro le pone medallitas a una virgen.

 

En la playa de Bascuas

Claro que, viendo cómo está la playa de Bascuas el sábado por la tarde, cuesta hacerse una idea de aquellos tiempos en los que el cuerpo desnudo era delito. En el arenal conviven textiles con nudistas, aunque, por una vez, con claro predominio de estos últimos. Siempre me llamó la atención la libertad con que los textiles usan las escasas playas nudistas (reconocidas como tales) de que disponemos... y lo difícil que es practicar el nudismo en una playa textil sin que alguien te lo recrimine. O sin que llame a la policía, como me pasó en alguna ocasión.

Y conste que no me importa nada compartir espacio con textiles (¡que cada uno haga lo que quiera con su cuerpo!). Pero sí me preocupa que, de seguir así, los nudistas terminemos expulsados incluso de estas playas.

Afortunadamente, encuentro un buen sitio para dejar la Lagartija y bajo a la playa casi corriendo. Por algo es mi primer día de playa del año...

Con esto de las playas me pasa algo peculiar. Me paso la mitad del año soñando con el momento en que haga buen tiempo para poder tirarme en cualquier playa. Me relaja el ir y venir de las olas, la brisa y el olor del mar. Me encanta pasear por la arena (desnudo, por supuesto) y dar unas cuantas brazadas vigorosas en el agua (vigorosas para no quedarte congelado, que estamos en Galicia).

Y, sin embargo, a la media hora de estar tumbado en la toalla empiezo a tener la sensación de que el calor aprieta más de la cuenta. De que hay demasiada arena en la toalla. Doy vueltas de un lado para otro y no acabo de encontrar la postura adecuada. Cansado, me pongo de pie y me voy a dar una vuelta por la orilla.

¡Ah, eso sí, qué relax! Hasta que empiezan a clavárseme los puñeteros cantos rodados en los pies, mira que hay piedras en esta playa. Y conchas. O demasiada gente. Y el simpático niño que te salpica, con lo congelada que está el agua. Y el padre que te sonríe como si su niño fuera de lo más simpático.

En fin, no todo va a ser perfecto, mejor volver a la toalla a tostarse un poquito...

A la hora ya no sé cómo ponerme. He leído un rato y me duele el cuello de tanto forzar la postura. Estoy empapado de sudor y cubierto de arena. La toalla es un giñapo arrugado. Empiezo a pensar que ya está bien de arena por un día.

Pero aguanto un poco más, solo un poco más. Por una sola razón: por ponerme moreno.

Hay que ver la de esfuerzos que hacemos para ponernos morenos. Y es que la cuestión tiene su tela, no te vayas a pensar. Que si estamos más atractivos morenos. Que si no hay nada como un poco de color para tener un aspecto saludable...

En realidad, lo de estar moreno es un símbolo. Un mensaje claro y potente dirigido a todo el que se cruza con nosotros. Cuando vemos a una persona morena vemos a alguien que tiene tiempo libre y que puede disfrutar de la naturaleza, de una vida relajada, del ocio. Alguien que ha triunfado, que no pasa estrecheces económicas. A alguien deseable. Evidentemente no lo pensamos, pero nuestro condicionamiento social traduce el mensaje por nosotros. Y por eso aspiramos a estar morenos.

Hablo de condicionamiento social, no de genes, porque se trata de algo aprendido, de una convención social. Hasta la Revolución Industrial, allá por el siglo XVIII, la mayor parte de la gente vivía y trabajaba en el campo, con lo que todos estaban requemados por el sol. Todos menos los que podían permitirse no estar al aire libre: los que no trabajaban. Por eso, durante mucho tiempo (hasta la segunda mitad del siglo XX, en realidad), tener la piel blanca era sinónimo de bienestar, de salud, de riqueza y posición social. Sí, exactamente igual que hoy en día el estar moreno... en Europa y Estados Unidos, claro. Que no en todas partes es igual.

Durante mucho tiempo (hasta la segunda mitad del siglo XX, en realidad), tener la piel blanca era sinónimo de bienestar, de salud, de riqueza y posición social. Sí, exactamente igual que hoy en día el estar moreno... en Europa y Estados Unidos, claro. Que no en todas partes es igual.

Por ejemplo: ¿sabías que en Corea del Sur o en la India se aprecia por encima de todo una piel blanca? En general, esto sucede en la mayor parte de los países asiáticos y africanos, en los que una mujer tiene muchas más posibilidades de casarse si es blanca de piel. Por eso, las cremas de belleza llevan blanqueador incorporado. Y es que en estos países la piel morena sigue asociándose a trabajar en el campo y, por tanto, a ser pobre e inculto...

 

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Playa de Bascuas
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Irmandiños y ritos de fertilidad

Me quedo en Bascuas tres días, pero como me pasa lo de siempre, que enseguida me canso de la playa, aprovecho la ocasión para patearme la zona y recorrer un sendero litoral que pasa por delante y que lleva a las playas que la flanquean: Pragueira al norte y Montalvo al sur. Son solo seis kilómetros, pero no cuesta mucho ampliarlo siguiendo los senderos de la costa. También aprovecho para acercarme hasta A Lanzada, uno de los arenales más extensos de Galicia (con permiso de Carnota, que tiene siete kilómetros de longitud) y uno de los más hermosos. Y mira que hay playas hermosas en Galicia...

La playa de A Lanzada es en realidad un largo istmo, formado por la acumulación de arena, que une a tierra la península de O Grove (que hasta el siglo XVII fue isla, como se puede comprobar en los mapas de la época). Tras la playa se ha creado un interesante complejo intermareal de gran valor paisajístico y natural. Hasta aquí, si hemos de creer a los autores clásicos, se acercaban púnicos y fenicios, allá por el siglo V a.n.e. (antes de nuestra era) para obtener estaño, oro y salazones de pescado. 

En el extremo sur de la playa de A Lanzada se localizan varias construcciones cargadas de historia y de simbolismo. En la punta de Nosa Señora da Lanzada se han encontrado restos de una larguísima ocupación, con varias construcciones prerromanas, romanas y medievales.

En la actualidad se conservan y son visitables los restos de un castro prerromano marítimo datado en el siglo VIII a.n.e., una necrópolis del siglo III, la muralla de una antigua fortaleza del siglo X y la ermita de Nuestra Señora de A Lanzada, una construcción románica que, en realidad, era la iglesia del castillo que se levantaba en la zona. Y fue lo único que quedó de ella después de que la furia de los nobles lo arrasaran...

La historia se remonta a la Gran Guerra Irmandiña que sacudió Galicia en el siglo XV. Por entonces, los abusos de los poderosos eran tan brutales y frecuentes que existía un sentimiento generalizado de agravio, de estar viviendo en un mundo injusto, de que los nobles señores y prelados eran bandidos. Los testimonios de los campesinos afirman textualmente:

 

Los señores prelados y caballeros del dicho reino (...) les hacían muchos agravios y daños y males en sus personas y en sus bienes, robándoles sus bueyes y bestias y forzándoles sus mujeres e hijas, y muchos de estos daños los hacían las gentes que vivían en sus casas y fortalezas.

 

En 1467, harto de tropelías y desmanes, el pueblo gallego creó una hermandad y se levantó en armas contra sus señores. Las hermandades eran organizaciones con larga tradición. Desde que se creó la primera en el siglo XII, cada vez que la violencia de los poderosos se hacía insoportable, el pueblo creaba una hermandad. Eran asociaciones de individuos que, al margen de su profesión o riqueza, se reunían para defenderse, perseguir malhechores y criminales e imponer la justicia. O intentarlo, al menos.

Así lo hicieron en Galicia en este año, y la rebelión se extendió como la pólvora: en unos pocos mese fueron derribadas la práctica totalidad de las fortalezas gallegas y la nobleza en pleno tuvo que huir a Castilla o a Portugal o refugiarse, escondidos, en monasterios o casas de campesinos afines. Fue en este momento cuando se creó la Xunta de Galicia, que durante dos años gobernó el reino sin oposición y sin la presencia de la nobleza, reinstaló la seguridad y pacificó los caminos.

Pero a los dos años se acabó lo que se daba: los nobles contraatacaron y sus ejércitos infligieron severas derrotas a los irmandiños en tres batallas campales, A Framela, Balmalige y Castro Gondián. Las principales ciudades, salvo Santiago y Pontevedra, resistieron todavía hasta 1470, pero una a una fueron cayendo en manos de los señores.

Y fue aquí, en este lugar de A Lanzada, en esta fortaleza hoy desaparecida, donde se refugiaron los últimos irmandiños, según cuenta la tradición. El último bastión en ser conquistado. La fortaleza, que debía de ser grande y bien pertrechada, se hallaba en un lugar fácil de defender, al extremo de una pequeña península y separada de tierra por un estrecho istmo fácil de controlar desde el castillo. Todavía hoy se puede apreciar el muro construido para facilitar el acceso a la fortificación y parte de la muralla que la cerraba.

Hasta aquí llegó Pedro Álvarez de Soutomaior, el temible Pedro Madruga, y sometió la fortaleza a un intenso fuego de bombardas hasta que no quedó piedra sobre piedra. Salvo las de la ermita, que se salvaron de la quema...

Cuesta imaginarse este lugar hoy tan apacible envuelto en gritos de dolor, sangre y furia, entre flechas y espadazos. Bastante menos cuesta imaginarse las escenas que tienen lugar aquí cada año cuando se acerca el solsticio de verano, esa fiesta cristianizada como San Juan: los ritos de fertilidad de las nueve olas.

En realidad, tales ritos no se celebran solo en el solsticio de verano. También cada plenilunio y, de forma muy especial, en el último fin de semana de agosto, aunque en este caso se trata de la versión cristianizada del rito: la romería de la virgen de A Lanzada.

Sea en la fecha que sea, el ritual es siempre el mismo... y siempre muy estimulante. Aquellas mujeres que deseen tener hijos deben acercarse hasta la playa en la fecha propicia. Tras mantener relaciones sexuales con su pareja —o con quien les apetezca, que en eso no hay nada escrito— deben darse un baño y mojarse con agua de nueve olas. Es fundamental que las nueve le lleguen hasta el vientre, para que pueda quedarse preñada: una ola por cada mes de embarazo.

Es fundamental que las nueve le lleguen hasta el vientre, para que pueda quedarse preñada: una ola por cada mes de embarazo.

En la variante católica, las mujeres deberán acudir a la ermita (que también se llama, comprensiblemente, Nuestra Señora de las Olas) el último sábado de agosto y bañarse en las nueve olas. En este caso no se menciona si han de mantener relaciones sexuales antes o no, pero dada la tradición cristiana de dejarse embarazar por espíritus invisibles quizá no lo consideren necesario. Eso sí: al día siguiente tienen que asistir a misa, realizar una ofrenda a la virgen y participar en la procesión.

Sea como sea, cristianizada o no, A Lanzada es un lugar especial, uno de esos lugares en los que, quizá porque en ellos se funden tierra, cielo y mar, parecen cargados de una energía especial, telúrica. Contemplándola a primera hora de la mañana, este lunes de mayo, me pregunto cuántos niños habrán sido concebidos aquí... 

 

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Castro de A Lanzada
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Información para autocaravanistas y furgoneteros

La playa de Bascuas cuenta con tres zonas de aparcamiento en las que se puede pernoctar. Sin embargo, las tres están ligeramente inclinadas y obligan a usar calzas. Además, son compartidas con los usuarios de la playa, por lo que conviene ir temprano si se quiere conseguir aparcamiento, al menos en verano. La playa no cuenta con agua, servicios ni duchas. Hay un chiringuito en el que se puede comer.

Las playas cercanas, Pragueira al norte y Montalvo al sur, cuentan ambas con campings, como este de la playa de Pragueira que tiene buenas reseñas. De todas formas, una opción interesante en esta misma playa de Pragueiras es su aparcamiento, nivelado y muy cerca de Bascuas, a la que se puede acceder por un corto sendero litoral. Otra posibilidad muy interesante es dormir al lado de la ermita y el castro de A Lanzada, en el aparcamiento de acceso. También sin servicios, me temo.

 

¿Has visitado este lugar? Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias.

 

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