La Celestina, las adaptaciones y la vida de los libros

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La semana pasada me llegó una de esas noticias que te dejan con una sonrisa en los labios. No es nada del otro mundo, pero qué quieren vuesas mercedes, me ha hecho ilusión. Y es que los de Ediciones SM me han informado de que mi adaptación para jóvenes de La Celestina, publicada en la colección Clásicos Adaptados de SM, acaba de alcanzar la séptima edición. Ahí es nada.

Es curioso esto de los ciclos de la vida de los libros. A veces pensamos que si un libro no se vende mucho en los primeros meses, no va a conseguir despegar... De hecho, eso dan por supuesto muchas veces las propias editoriales, presionadas por el elevado número de títulos que se publican: si un libro no ha alcanzado un cierto número de ventas al cabo de cuatro o cinco meses, lo retiran del mercado... sin dar tiempo a que funcione el boca a oreja.

Pero los libros, como los buenos vinos, necesitan de un período de maduración, ir aposentándose, ir ganando nombre y lectores.

No sé hasta qué punto es comparable esto con La Celestina, pues en este caso se trata de una adaptación que funciona como libro de lectura en muchos colegios, lo que distorsiona los procesos habituales del boca a oreja. Pero lo hace solo en parte, porque aunque los destinatarios últimos de esta adaptación, los lectores de diez a catorce años, no sean los que eligen, sí lo hacen sus profesores, que van seleccionando entre las distintas adaptaciones.

Todo lo cual viene a cuento de que mi particular La Celestina ha seguido un ritmo de vida curioso. La primera edición se publicó en junio de 2008 y para la segunda tuvieron que pasar dos años, hasta junio de 2010. La tercera salió siete meses después, en enero de 2011, y desde entonces han salido a ritmo de una cada seis meses, más o menos. Como si, superadas las dificultades iniciales, hubiera encontrado su hueco. Y, qué demontres, que siga así muchos años...

Esto de adaptar clásicos me fascina. Porque adaptar un clásico te obliga a empaparte de él, a leerlo y releerlo hasta que ese ritmo peculiar de cada gran obra se te mete dentro, se hace parte de ti, hasta que puedas reproducirlo para que los nuevos lectores lo identifiquen aunque no lean el texto original. Un reto complicado y apasionante, porque te permite, como autor, llegar a establecer un diálogo íntimo con los auténticos maestros y aprender de ellos en el proceso. 

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