Mis queridas y puñeteras agentes

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Les tengo un gran aprecio, que conste. No solo eso: las considero unas profesionales de primera, con un olfato privilegiado desarrollado a base de dejarse la piel durante años bregando con libros, autores, editoriales, derechos, egos, intereses y mercados. Pero de vez en cuando me entran unas ganas tremendas de mandarlas a freír espárragos. Porque las puñeteras dan donde más duele.

Escalador

Como ya sabéis, acabo de terminar una novela y estoy comenzando la carrera de obstáculos que algunos llaman edición y que convierte un manuscrito en un libro... o algo parecido. El primer paso de esa carrera es enviar el texto a tu agente y esperar a que emita su veredicto. Por supuesto, qué menos que un poco de dignidad, todo aderezado con medio vaso de «sin-prisas-tomaos-vuestro-tiempo-y-ya-me-diréis», una pizca de «creo-que-no-ha-quedado-mal-del-todo» y uno o dos puñados de cara de póker, que siempre ayuda a disimular la temblequera interna.

Pero esa, la temblequera, no te la quita nadie por mucho que trates de disimularla: es la primera vez que tu criatura se enfrenta al juicio de los demás, y ya sabéis que los papás y las mamás llevamos muy mal eso de que venga alguien de fuera a decirte que el niño no salió tan espabilado como crees. Y si es el profe el que te lo dice (o el agente, que tanto monta), peor que peor, porque se supone que tiene criterio. En mi caso, además, la tortura es doble: tengo la suerte de contar con dos agentes, coaligadas para airear hasta el último defectillo de mi criatura.

A ver, seré justo: es su labor, o parte de su labor, qué le vamos a hacer. No solo eso: en mi experiencia, sus comentarios y propuestas siempre han servido para mejorar el texto... pero eso no quiere decir que sean agradables de oír. ¿Y a qué viene esta pelotera? Pues justo a lo que sospecháis: mis agentes acaban de emitir su veredicto (vaale, acaban de comentarme sus impresiones sobre la novela) y me han sugerido algunos cambios. Por supuesto, puedo asumirlos o no, el texto es mío y mía es la responsabilidad. Pero las puñeteras tienen buena puntería. Como siempre. Y eso es lo que duele, narices. Así que toca ponerse a revisar y corregir. Qué pereza.

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