La frase que me convirtió en escritor

Dicen que la primera frase de una novela es fundamental para captar el interés del lector. Una buena primera frase nos permite intuir un mundo, nos atrapa con su estilo y nos plantea un conflicto que nos sumerge en la historia. Una buena primera frase consigue que sigamos leyendo sin siquiera darnos cuenta, hace que nuestros ojos se deslicen por el papel (o la pantalla) y que el mundo a nuestro alrededor se difumine mientras un nuevo universo cobra consistencia. Todos los lectores del mundo hemos experimentado más de una vez esa sensación, como si una fuerza desconocida nos abdujera y nos transportara a otro lugar. Pero la primera frase de una novela no solo es fundamental para el lector, también lo es para el escritor... Represa

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El origen de «La cruz de ceniza»

Aunque ha pasado ya un buen puñado de años y mi memoria es, por decirlo de forma suave, aleatoria, recuerdo muy bien cómo nació La cruz de ceniza. En realidad no se me ocurrió la idea de repente ni cayó del cielo como una revelación, sino que fue gestándose poco a poco, a lo largo de muchos meses, muchas lecturas y muchas reflexiones, pero hubo dos momentos decisivos.

El primero debió de ser a mediados de 1999. Por entonces yo andaba bastante despistado. Llevaba toda la vida diciendo que era escritor, sintiéndome escritor, pero no conseguía juntar cuatro frases seguidas ni bajo amenaza. Sí, por supuesto, lo había intentado una y otra vez, llevaba años emborronando folios con historias, pero nada que tuviera la menor consistencia. Dos o tres años antes había conseguido terminar una novela que me gustaba bastante... hasta que se la dejé leer a dos o tres amigos. La tibieza de sus comentarios me convenció de que lo mejor sería dejarla reposar en un cajón (ahí sigue, imagino que profundamente relajada, a estas alturas) y ponerme con otra cosa. El problema era el de siempre: ¿sobre qué escribir? ¿Qué historia contar? Fue entonces cuando, un buen día, sin saber siquiera qué hacía allí, me encontré delante de esto...

Monasterio de Santa María de Oia, Pontevedra

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Una pista sobre mi próxima novela

Lo peor que podemos hacer los escritores es contar de qué va la novela que estamos escribiendo: crea expectativas que después, de alguna retorcida forma, terminan contagiando la propia escritura, y normalmente no para bien. Eso por no hablar de las veces en que, por lo que sea, el libro no prospera y hay que aparcarlo. Así que lo mejor es mantener la boca cerrada. Pero cuesta, no sábeis lo que cuesta. Una nueva historia te atrapa, te devora por dentro, te absorbe y te obsesiona, te despiertas con ella, te acompaña durante todo el día y te duermes con ella. Así que deseas hablar de ella a todas horas, leerle a la persona más cercana el último párrafo, el último capítulo, y esperar a ver qué te dice, si va todo bien, si también le atrapa.

Devesa de Rogueira. Foto de Pío García

Pero no se puede, así que voy a ser un poco bicho. No os voy a decir de qué va, pero os voy a dar una pista. Una pista curiosa, además, porque es una demostración en vivo y en directo de la forma en que la realidad y la ficción se contaminan mutuamente. En este caso se trata de un hecho real que viví en riguroso directo y que, sin esperármelo, se me ha colado en la escritura. ¿Quieres saber de qué hablo? Pues solo tienes que darle al «Leer más», ver lo que sigue y ponerte a imaginar...

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«Medievalario», la historia de un fracaso y una redención

Voy a confesaros algo que hasta ahora nunca me había atrevido a contar. Por pudor, supongo, porque a nadie le gusta hablar de sus fracasos: Medievalario es, en realidad, la historia de un fracaso. O, mejor dicho, nació de los restos de un naufragio. Y fue un naufragio doloroso.

Naufragio

La cruz de ceniza supuso un esfuerzo intenso, años de documentación y escritura que me dejaron agotado. Mientras se publicaba y comenzaba a obtener buenas críticas y algunos modestos éxitos, me puse a buscar algún otro tema que me atrapase. Era consciente de que los tiempos editoriales son muy exigentes y que, si no publicaba una nueva novela en un tiempo razonable, los lectores se olvidarían de mí y, por tanto, las editoriales también lo harían. Durante meses leí sin tregua libros de historia, sin un plan prefijado, dejándome llevar por el impulso del momento y sin acabar de encontrar algo que me atrapara.

Hasta que me topé de bruces con el arzobispo de Compostela don Diego Xelmírez y la reina doña Urraca, que vivieron allá por el siglo XI. Hasta ese momento sabía poco de ambos, pero son unos personajes tan excepcionales, con unas vidas tan fuera de lo común, que me atraparon sin remedio. Durante dos o tres años (mientras los plazos editoriales se alargaban más y más), buceé en la historia de ambos, devoré libros, busqué datos aquí y allá, mientras en mi cabeza iba tomando forma una novela con ellos como protagonistas...

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