El otro epílogo de «En tiempo de halcones»

El otro epílogo de En tiempo de halcones novela histórica

Fernando, un buen amigo vasco, lleva meses preguntándome qué le pasó a Martiño Cabreiro tras los hechos narrados en En tiempo de halcones. Y no es el único, ya son varios los lectores que os habéis interesado por el hermano de Mencía. Lo que no deja de resultarme llamativo, pues me cuesta creer que alguien haya podido cogerle cariño a un personaje tan... peculiar como Martiño.

Supongo que la intriga se debe a que en la novela no se cuenta el final de su historia. Además, se trata de unos de los «malos», y parece que se infringe alguna ley cósmica no escrita si las fechorías de los malos quedan impunes... en la literatura, claro, que en la realidad la cosa es muy diferente (supongo que se trata de algún gratificante mecanismo de compensación universal). Lo curioso es que, en efecto, hay más que contar en la historia de Martiño, cosas que se quedaron en el tintero de las revisiones editoriales...

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«Medievalario», la historia de un fracaso y una redención

Voy a confesaros algo que hasta ahora nunca me había atrevido a contar. Por pudor, supongo, porque a nadie le gusta hablar de sus fracasos: Medievalario es, en realidad, la historia de un fracaso. O, mejor dicho, nació de los restos de un naufragio. Y fue un naufragio doloroso.

Naufragio

La cruz de ceniza supuso un esfuerzo intenso, años de documentación y escritura que me dejaron agotado. Mientras se publicaba y comenzaba a obtener buenas críticas y algunos modestos éxitos, me puse a buscar algún otro tema que me atrapase. Era consciente de que los tiempos editoriales son muy exigentes y que, si no publicaba una nueva novela en un tiempo razonable, los lectores se olvidarían de mí y, por tanto, las editoriales también lo harían. Durante meses leí sin tregua libros de historia, sin un plan prefijado, dejándome llevar por el impulso del momento y sin acabar de encontrar algo que me atrapara.

Hasta que me topé de bruces con el arzobispo de Compostela don Diego Xelmírez y la reina doña Urraca, que vivieron allá por el siglo XI. Hasta ese momento sabía poco de ambos, pero son unos personajes tan excepcionales, con unas vidas tan fuera de lo común, que me atraparon sin remedio. Durante dos o tres años (mientras los plazos editoriales se alargaban más y más), buceé en la historia de ambos, devoré libros, busqué datos aquí y allá, mientras en mi cabeza iba tomando forma una novela con ellos como protagonistas...

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El origen de «En tiempo de halcones»

Hay libros inevitables. Imagino que cada escritor tiene los suyos, esos que, por mucho que se empeñe, no puede dejar de escribir.

A veces son libros que salen solos, como si en alguna parte se abriera la compuerta que contiene la represa de las palabras. Otras, la sola idea de ponerte a la tarea hace que los párpados se cierren y a los dedos les entren calambres. Da lo mismo. Puedes tratar de demorarlo, pero el libro seguirá ahí, agazapado en cada historia que lees, en cada idea que se te ocurre, esperando su momento.

Hasta que algo pone en marcha el mecanismo.

Garras

En tiempo de halcones es uno de mis libros inevitables. Supe que iba a escribirlo desde siempre. No literalmente, no me recuerdo con veinte años pensando «Voy a escribir una novela sobre los irmandiños». Lo que sí recuerdo es la fascinación que me despertaba la idea de unos campesinos levantándose en armas contra sus opresores y el cosquilleo de orgullo que sentía cuando leía cualquier cosa sobre esos villanos que habían osado enfrentarse a la nobleza.

Cosquilleo irracional, pero ahí estaba, y todo porque esos villanos eran gallegos. Sin embargo, quizá precisamente por eso, porque la revolución irmandiña se me antojaba una proeza, nunca encontraba el momento de ponerme con ella. No se trataba solo de la necesidad de pasarme muchos meses documentándome; en realidad, me daba miedo: temía no ser capaz de hacer justicia a esos miles de campesinos, burgueses y siervos que habían tenido el coraje de enfrentarse a la violencia y la brutalidad desmadradas de la nobleza. Se trataba de un movimiento demasiado complejo, con muchos flancos, ángulos, personajes, puntos de vista...

¿Cómo contar una revolución? ¿Cómo dar vida a un país? Así, cada vez que el proyecto se me venía a la cabeza, me entraba el vértigo y lo postergaba. Una y otra vez...

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