Punto final, ahora comienza lo duro

Ya está. Acabo de poner el punto final a una novela. Disculpadme si no os doy más datos por el momento, será que los años me van haciendo prudente (o que no quiero meter la pata, como ya expliqué aquí), pero prefiero no adelantar detalles hasta que tenga la certeza de que este nuevo trabajo llegará a vosotros. Espero que sea así, claro, y que no tarde demasiado, pero mejor no precipitarse, que nunca se sabe. Eso sí: estoy seguro de que os va a sorprender, sobre todo a los que sois lectores de mis anteriores novelas. Mucho.

Carretera invernal

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La única forma de que funcione una novela

Llevo media docena de meses enfrascado en una nueva novela. Dicho de otra forma: llevo medio año viviendo en otro planeta. Dándole vueltas en la cabeza las veinticuatro horas del día a personajes, tramas, escenarios y conflictos, peleándome con el teclado y bordeando esa frágil frontera entre el mundo real y el de la imaginación. Atrapado por una historia que me tiene en vilo, que me fascina y que lucha por salir a la superficie. A veces la escritura fluye a borbotones, violentamente, como si temiera quedarse atorada si no se apresura a llegar a la pantalla del portátil; otras se ralentiza, se queda sin fuerza y me obliga a detenerme y a dar largos paseos a la espera de que el subconsciente realice su trabajo. El otro día, comentando todo esto con un amigo, me decía que esas son las jugarretas de las musas, que la inspiración viene y va. Pero no, qué va. Ni mucho menos.

Niño llora

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Este jodido y maravilloso oficio de escritor

Tengo un colega en esto de escribir al que admiro, envidio y aprecio a partes iguales, si es que tal cosa es posible. Lo admiro porque, según afirma, y no tengo ningún motivo para sospechar de que me engañe, disfruta como un niño escribiendo; lo envidio por su asombrosa feracidad, su capacidad para alumbrar relatos y novelas con la rapidez con la que los demás ponemos una coma, y porque gana dos de cada tres concursos literarios a los que se presenta y ya acumula, que yo sepa, más de cincuenta galardones; y lo aprecio por motivos muy diversos, entre ellos porque es un tipo cercano, cordial y un estupendo conversador, y porque me ha convertido en personaje de una de sus novelas, lo que siempre alimenta egos y sonrisas. Y, sin embargo, no estoy de acuerdo con él. No, al menos, respecto de la opinión que a ambos nos merece nuestro mutuo oficio de escritor...

Libro abierto

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Ese estúpido afán de pasar a la posteridad

De vez en cuando, entre cerveza y cerveza, algún amigo me pregunta si quiero pasar a la Historia de la Literatura. Así, en mayusculas, que impresiona más. Imagino que es una pregunta casi inevitable si te dedicas a escribir, a pintar, a cantar o a cualquier otra actividad creativa. Como si el ansia de inmortalidad fuera consustancial a los artistas. En realidad no solo a los artistas, sino a todo bicho viviente, al menos todo bicho viviente con conciencia de sí mismo y de su mortalidad, pero parece que los escritores, pintores y demás lo tenemos algo más fácil por nuestra dedicación. Así que en cuanto la conversación nos relaja y nos pone filosóficos, surge la pregunta: «Y tú, ¿sueñas con pasar a la posteridad, que te estudien en los colegios y lean tus libros cuando mueras?». Mi respuesta siempre es la misma...

Cima

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El equilibrio entre realidad y ficción en la novela histórica

Una de las preguntas más habituales en las presentaciones de mis libros es cómo hago para unir la historia, los hechos reales, con la ficción, los hechos inventados. La cuestión tiene su miga porque, en efecto, la clave de una buena novela histórica estriba en el equilibrio entre la realidad y la ficción, en ser capaz de contar unos hechos sin desvirtuarlos, pero dándoles la emoción de lo vivo y haciendo que los personajes reales y los inventados se relacionen en igualdad de circunstancias. ¿Cómo conseguirlo?

Mano escribiendo

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