Historias para disfrutar de la historia

Historias para disfrutar de la historia

Cuando era adolescente tenía una profesora de Historia a la que habría que levantarle un monumento, aunque solo fuera para poder despacharse a gusto arrojándole huevos y tomates podridos.

Ella sola se cargó la curiosidad natural de docenas de generaciones. Tenía una habilidad especial para aplastar el interés y la imaginación de los adolescentes. (Que yo haya terminado estudiando Historia solo demuestra mi inmensa estupid... digo tozudez. Digo talento. Ya lo decía mi madre: «Este niño tá lento»).

Llegaba a clase, colocaba el libro sobre su mesa, nos hacía sacar nuestro propio libro y se pasaba la hora leyendo palabra por palabra lo que ponía la lección de turno. Leía lentamente, sin entonación alguna, vigilándonos con un ojo para asegurrase de que todos estábamos siguiendo en nuestros propios libros el texto que ella leía. Cada cierto tiempo se detenía y nos resumía el párrafo que acababa de leer, lo que básicamente consistía en releerlo un poco más rápido. Por si no nos habíamos enterado. Y tenía razón, no nos habíamos enterado... porque a esas alturas el aula era un plácido mar de ronquidos. Después de varios meses de este procedimiento no había uno solo de sus alumnos que manifestara la menor inclinación por conocer la historia...

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