Deseo de ser punk: esa íntima obsesión adolescente por la música

PortadaNovela, otra vez. Después de meses sin encontrar una que fuera algo más que un mero pasatiempo, me topo de golpe con Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. Primera incursión en su obra, y no será la última: me he quedado con un estupendo sabor de boca. 

Deseo de ser punk es una obra de estructura aparentemente sencilla: el monólogo en forma de carta de Martina, una adolescente que, tras la muerte del padre de una amiga, se enfrenta a su particular proceso de crecimiento y maduración. Hasta aquí, nada nuevo: se trata de una novela de aprendizaje entre otras muchas. Ni siquiera suceden grandes cosas, solo el día a día de Martina, sus pensamientos, sus preocupaciones, su deseo de encontrar un lugar (y una música) que la definan.

Y, sin embargo, es mucho más. Por fortuna, no leí esta novela: la escuché. Sí, me encantan los audiolibros, que suelo escuchar cuando corro, paseo o cocino. Y en este caso concreto, la elección fue muy adecuada, porque el audio me ha permitido sumergirme de una forma mucho más directa en la novela. La voz de Martina en mi oído estaba preñada de autenticidad, de desconcierto y rebeldía adolescente, de ansia, de asombro, de duda. Gopegui se mete en la cabeza de una adolescente de dieciséis años, se mimetiza con ella y lo traslada al lector con sorprendente verosimilitud. ¿Recordáis a Holden Caulfield? Pues eso.

Decía que esta novela es mucho más: es música. Martina busca la suya, aquella que le llegue adentro, que la traspase, que la identifique. Se mete en la letra de las canciones, nada en ellas y las transmite con sutileza y acierto expresivo. Escuchando a Martina se entiende la fascinación adolescente por la música, la fuerza de unos acordes, la capacidad de una letra para arañar el pecho y ponerlo todo del revés, para entender el mundo y lo que nos está pasando. Escuchar a Martina hablar de música es recordar un tiempo en que todo lo que escuchábamos era nuevo, confuso, fresco y repleto de posibilidades.

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Déjame que te cuente: las salinas de Ulló, el oro cotidiano

Aunque hoy nos parece tan común que apenas le damos importancia, la sal fue a lo largo de la Historia un bien tan escaso como demandado, un verdadero oro blanco capaz de desencadenar guerras y provocar revoluciones. Durante siglos, la sal fue objeto de deseo, comercio y contrabando. Era fundamental para la alimentación humana y animal y para la conservación de los alimentos.

En la actualidad, las salinas de Ulló, al fondo de la ría de Vigo, pasan casi desapercibidas, un remanso de paz en un ría repleta de ajetreo. Sin embargo, este rincón fue durante siglos uno de los corazones económicos de la ría, el lugar del que se extraía la sal que permitía transportar la principal riqueza de la zona, el pescado, hacia el interior. ¿Todavía no conoces este apacible lugar? Pues déjame que te cuente...

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Dove: el coraje de hacer realidad los sueños

Dove

Si te gusta el mar, si te apasionan los barcos, seguro que más de una vez has soñado con dejarlo todo y largarte con viento fresco a realizar una gran travesía, cruzar el Atlántico o, ¿por qué no?, dar la vuelta al mundo. A mí me ha pasado. Me encanta el mar y más de una vez he fantaseado con la idea de escaparme a la aventura, ya fuera en una goleta de tres palos o en un paquebote mercante por África, qué más da. Probablemente nunca lo haré, pero la ilusión no me la quita nadie. Por eso, cuando me encuentro con un tipo con Robin Lee Graham, bebo sus páginas con delectación, hasta la última gota... de agua de mar.

En 1965, Robin Lee Graham, con dieciséis años, se embarcó en un balandro de 24 pies (unos siete metros) en la localidad californiana de San Pedro para cumplir su gran sueño: dar la vuelta al mundo. Cinco años después, tras recorrer 33.000 millas náuticas (unos 60.000 kilómetros, ahí es nada) a través del Pacífico y el Índico, dar la vuelta a África, cruzar el Atlántico, atravesar el Canal de Panamá y visitar las Galápagos, regresó a casa con una esposa, una muchacha californiana que conoció en las islas Fidji, y una hija.

Los sueños, como aprendió por la fuerza Robin, son muy distintos a la realidad: tuvo que enfrentarse a huracanes y a infinidad de problemas y percances, pero sobre todo a la terrible soledad del mar, capaz, casi, de volverle loco. Pero con veintiún años regresó tras haber conocido parajes que nunca veremos y dejar un larguísimo reguero de amigos y experiencias únicas detrás. Leer su libro no es lo mismo que hacer el viaje, pero reconforta comprobar que en este mundo industrializado todavía queda espacio para la aventura. Y para seguir soñando.

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Mis queridas y puñeteras agentes

Les tengo un gran aprecio, que conste. No solo eso: las considero unas profesionales de primera, con un olfato privilegiado desarrollado a base de dejarse la piel durante años bregando con libros, autores, editoriales, derechos, egos, intereses y mercados. Pero de vez en cuando me entran unas ganas tremendas de mandarlas a freír espárragos. Porque las puñeteras dan donde más duele.

Escalador

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Lo que se queda en el tintero

Hace unas semanas os hablaba de lo que pasa entre el momento en que pones punto final a una novela y esta llega a los lectores. A veces, como me sucedió con Medievalario, el proceso de edición es rápido e indoloro; otras tienes la sensación de que la editora disfruta revolviéndote las entrañas con un hierro oxidado mientras te susurra al oído que es por tu bien. Y lo peor es que suele tener razón, como comprobé con La cruz de ceniza.

La cruz de ceniza

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