Viaje al interior: el murmullo de las piedras

Viaje al interior el murmullo de las piedras

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Llego a Belmonte, en Cuenca, el domingo por la tarde, atraído por la impresionante silueta de su castillo sobre un altozano y, muy especialmente, por el personaje que dominó la vida de Castilla a finales del siglo XV: Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón, señor de Belmonte y primer marqués de Villena, entre muchos otros títulos y dignidades poco merecidas... como suele suceder.

Pacheco fue uno de esos nobles rapaces, manipuladores y ambiciosos que no paran mientes en provocar guerras y orquestar traiciones para medrar, amigo de puñaladas traperas y siempre dispuesto a cambiar de bando a la menor ocasión. Antiguo conocido mío, pues es uno de los personajes que se pasean por mi novela En tiempo de halcones, razón por la que tenía ganas de visitar su ciudad natal.

Aparco en la plaza del Pilar, un espacio amplio rodeado de casas bajas, muchas encaladas, y una iglesia. Desde aquí se divisa la silueta cercana de la fortaleza. Dos chiquillos juegan al fútbol en medio de la calle, indiferentes al peligro potencial de unos coches que nunca llegan. Utilizan de portería la entrada señorial de una casa enmarcada por una arquería. Los golpes del balón contra la madera centenaria resuenan como cañonazos en el silencio de la plaza. Una anciana avanza con paso cansino, derrotado. No se ve a nadie más.

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Viaje al interior: entre godos, órdenes militares y quijotes

 

Viaje al interior entre godos ordenes militares y quijotes

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Hay lugares en los que, nada más poner un pie en ellos, notas que son especiales. O que lo son para ti en ese momento, sin saber bien la razón, por una de esas afortunadas sinapsis cerebrales que llamamos intuición. No se trata de la belleza de la arquitectura o de la grandiosidad del paisaje, sino de alguna sustancia sutil que emana de ellos, un efluvio que se te pega a las ropas e impregna tu piel.

Eso al menos es lo que siento el domingo, de buena mañana, al llegar a una pequeña localidad del sureste de la provincia de Toledo tras atravesar una inmensa llanura, uno de esos panoramas infinitos que hacen que la imaginación remonte el vuelo sin trabas.

Lo primero que veo es la silueta inconfundible de los molinos, en fila en la cresta de un cerro alargado, como imperturbables guardianes del infinito. A su lado, la masa pétrea de una fortaleza, y a sus pies, en el llano, atravesado por un río, mi destino...

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La novedad histórica de la semana: «La tierra maldita», de Juan Francisco Ferrándiz

La tierra maldita Título: La tierra maldita

Autora: Juan Francisco Ferrándiz

Editorial: Grijalbo

Páginas: 672

Publicación: 1 de noviembre de 2018

 

Sinopsis

En el siglo IX, Barcelona se encontraba en los confines más lejanos del Sacro Imperio. Gobernada por los francos desde la distancia, la ciudad, de apenas mil quinientas almas, se había convertido en una tierra abandonada, asolada por intentos de conquista de los sarracenos y las hordas salvajes, y sometida a la tiranía de unos nobles corruptos que explotaban a sus habitantes.

A esa tierra maldita llega el joven obispo Frodoí. Recién nombrado para el cargo por el rey franco, su destino se asemeja más a un castigo que a un honor, pero algo en su interior, la rebeldía y ambición que le son innatas, le lleva a aceptar el reto y viajar hasta allí acompañado por una comitiva de colonos, que anhelan una nueva oportunidad en la última frontera.

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Viaje al interior: por la tierra de los grandes horizontes

Viaje al interior por la tierra de los grandes horizontes

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Tras unos días de sol y calor, el País Valencià me despide con lluvias intermitentes y un viento intenso que sacude lateralmente La Largartija y hace rodar rastrojos que atraviesan la carretera como si de súbito hubiera sido trasladado al Lejano Oeste.

Pero no, no son rastrojos, sino el resultado de uno de esos procesos de adaptación al medio que tanto me fascinan en la naturaleza. En realidad se trata de una planta arbustiva, la barrilla, que al llegar el otoño se desprende de sus raíces y se desplaza con el viento para esparcir sus semillas a lo largo de un amplio territorio. Plantas móviles... gracias al viento. ¿Cuántos millones de años tardó la evolución en desarrollar una solución tan ingeniosa?

Nada más entrar en La Mancha, los horizontes se amplían y la vista se pierde en el infinito. Avanzo a través de una llanura interminable en la que medran el cereal, olivos y encinas dispersas y, aquí y allá, los nietos de aquellos molinos quijotescos, mucho más estilizados pero igualmente señores del viento. Me llama la atención que los campos, que comienzan a verdear, son muy pedregosos, complicados de labrar. No es difícil detectar los esfuerzos de los campesinos por librarse de esa plaga bíblica: la llanura está salpicada de pequeñas montañas de piedras, como ofrendas a una insaciable deidad prehistórica.

Dicen que esta tierra era llamada Espartaria por los visigodos, nombre que perpetuaron los musulmanes al traducirlo a su lengua: Manxaf, tierra de espartos, tierra seca, de donde se cree que procede el actual topónimo Mancha. La vegetación es sin duda esteparia allá donde la agricultura le da un respiro: arbustos y matorrales de tomillo, espliego, romero y jaras que se transforman en las riberas de los ríos en fresnos y abedules. 

Me dirijo a Alcalá del Júcar, pero a medida que me aproximo comienzo a preocuparme. Por lo que sé, se trata de una pequeña población coronada por un castillo en lo alto de un cerro. Sin embargo, aunque el GPS me dice que estoy ya muy cerca, a solo dos o tres kilómetros, en derredor solo distingo la llanura infinita. Estoy preguntándome si habré equivocado el camino cuando, de repente, la tierra se abre bajo las ruedas de La Lagartija...

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«Una columna de fuego», de Ken Follet: un panfleto entretenido

Thumb Una columna de fuego ken follet Basta echar un vistazo a internet para comprobar que Una columna de fuego, la nueva entrega de la serie histórica de Ken Follet ambientada en Kingsbridge, está arrasando en ventas y opiniones positivas, así que me temo que hoy voy a nadar contra corriente.

Ken Follet es un maestro del best seller. Sabe muy bien cómo atrapar al lector y cómo envolverlo en las redes de la trama para que no seas capaz de dejar la lectura hasta que todas las intrigas se resuelvan y todos los destinos queden desvelados. Conoce bien la psicología humana y sabe que nos encantan las historias de buenos y malos, las que acaban bien, las que enfrentan al protagonista con retos casi imposibles (que por supuesto acaba superando) y aquellas en las que se impone la justicia, el honor y la verdad.

Sabe todo eso y lo utiliza con éxito indiscutible: vende millones de ejemplares de cada nuevo libro que publica.

Sin embargo, esta vez se ha pasado de rosca. Porque no todo vale con tal de enganchar y entretener. O al menos no vale todo si respetas al lector. Si crees que tiene derecho a sacar sus propias conclusiones. Si consideras que no es un mero consumidor de dramas sin criterio.

Y aquí es donde, esta vez, Ken Follet se mete en el fango. Hasta el fondo.

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