Las historias detrás de «Medievalario»: Roi, la maldición de la belleza

La historia de Roi, el protagonista de El husmo de la tierra, se centra en el tercer estamento que conforma la sociedad medieval: los laboratores, los campesinos. Es la única que no se basa en hechos reales documentados, y ello tiene una fácil explicación: los campesinos apenas dejaron huella en los documentos escritos. No formaban parte de la historia y sus nombres no aparecen en tratados y crónicas. Solo se puede seguir su evolución en los documentos contractuales como foros o contratos de compra venta y en los registros legales, juicios y sentencias, pero siempre como menciones aisladas, y solo en unos pocos casos con exposición de algún aspecto concreto de sus vidas. De hecho, conocemos bastantes detalles de las revueltas irmandiñas precisamente por un proceso de 1526 en el que el arzobispo Juan Pardo de Távera pleitea con su antecesor Alonso de Fonseca III sobre  la reconstrucción de las fortalezas del arzobispado. Esa indefensión campesina fue lo que me decidió a elegir un niño para simbolizar el tercer estamento medieval.

Cacharros de cocina antigua

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Las historias detrás de «Medievalario»: Lopo Feixoo, el caballero renegado

Como ya dije en entradas anteriores, tras decidir retratar la sociedad de la Edad Media a través de un personaje de cada estamento, un monje, un caballero y un campesino, tocaba elegir a los protagonistas de cada una de las historias. En el caso de los caballeros la cuestión se presentaba complicada porque los nobles medievales gallegos distaban mucho del ideal que aspiraban a cumplir, el de defensores del conjunto de la sociedad. Muy al contrario, lo que abundaba en Galicia eran los personajes desaforados, violentos, brutales, zafios y desmadrados, verdaderas aves de rapiña empeñadas en desangrar a los villanos, como ya sabréis si habéis leído En tiempo de halcones. El problema además era que quería retratar el final de la Edad Media porque eso me permitiría ofrecer una visión de conjunto de la evolución de la caballería y serviría de contraste con la historia anterior, De correctione rusticorum, ambientada en una muy temprana Edad Media. Pero en el siglo XV gallego resultaba poco menos que imposible encontrar un caballero digno de tal nombre... 

Casco y espada

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Las historias detrás de «Medievalario»: Martiño de Dumio, el santo intolerante

Una vez que decidí retratar la sociedad de la Edad Media a través de un personaje de cada estamento, un monje, un caballero y un campesino, tocaba elegir a los protagonistas de cada una de las historias. En el caso de los oratores, los monjes, no tuve ninguna duda. El más representativo de todos ellos era Martín de Braga, también llamado Martín o Martiño de Dumio, un peculiar personaje que vivió allá por el siglo VI y que, vaya usted a saber por qué, teniendo en cuenta su vida, es tremendamente popular en Galicia. Del personaje real, quizá por vivir en los siglos convulsos que siguieron a la caída del Imperio Romano, no sabemos demasiado, y lo poco que sabemos está profundamente alterado por sus hagiógrafos: por la propia Iglesia Católica, la primera interesada en engrandecer su figura. Sin embargo, más allá de las dudosas y muy interesadas biografías oficiales, hay algunos datos sobre su figura que son incuestionables y que me sedujeron al momento porque retrataban, sin querer, el verdadero carácter del personaje. El primero de esos hechos es su epitafio, que él mismo escribió y mandó grabar en su sepulcro... 

Tumbo de Martiño de Braga. Copyleft Jose Goncalves (Joseolgon)

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La nostalgia de lo desconocido

PortadaCuando hace un puñado de años me topé con Mi familia y otros animales, el delicioso inicio de la Trilogía de Corfú de Gerald Durrell (recientemente convertida en serie de televisión por la BBC, magnífica, por cierto) quedé fascinado, entre otras muchas cosas, por las imágenes de la vida relajada y pacífica en una isla perdida de Grecia y el sol del mediterráneo. La escritura de Durrell era tan vívida y potente que cuando terminé el último volumen me quedé con una profunda sensación de pérdida, como si me hubieran arrancado del territorio soñado de mi infancia. Tenía nostalgia de un mundo que no había conocido más que a través de las páginas de los libros.

Me acaba de pasar lo mismo, pero esta vez con el Yorkshire de la segunda mitad del siglo XX. El respondable es James Herriot, otro de esos autores de los que no sabía nada hasta que el destino, disfrazado de casualidad, me lo puso en las manos. Herriot, como Durrell, no se dedicaba (al menos como actividad principal) a escribir. Era veterinario, y de eso es de lo que nos habla en este entretenidísimo Todas las criaturas grandes y pequeñas: de su vida como veterinario en la campiña inglesa, de sus primeros años de ejercicio profesional, de su amor por la naturaleza y de las chocantes y divertidas anécdotas de su cotidiano bregar con vacas, caballos, perros, gatos, cerdos y demás bichos más o menos domésticos. Una obra que nos permite viajar a un mundo que imagino ya desaparecido pero que aparece vivo y vibrante en sus páginas, repleto de personajes peculiares, algunos estrambóticos, otros cargados de profundo sentido común. Como Durrell, Herriot narra con envidiable naturalidad tanto las tareas más sorprendentes a que debía enfrentarse un veterinario rural como las escenas más íntimas, desde sus escarceos amorosos hasta su relación con el peculiar veterinario que le contrató como ayudante nada más salir de la universidad. El resultado es uno de esos libros capaces de despertar en el lector, cuando pasa la última página, la nostalgia de lo que nunca ha conocido. Un nuevo acierto de una de las editoriales más originales, sorprendentes y deliciosas del panorama hispano: Ediciones del Viento, cómo no.

 

 

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Los bestiarios medievales y el origen de «Medievalario»

Como ya conté en alguna parte, Medievalario fue el inesperado fruto de la asunción de un fracaso. Tras varios años dándome cabezazos contra la pared, inesperadamente (o quizá  no tanto), llegó la inspiración: me estaba equivocando. En realidad, lo que me pedía el cuerpo no era escribir una novela ambientada en la Edad Media, sino escribir una sobre la Edad Media. El matiz era fundamental porque le daba la vuelta a la tortilla. A esas alturas me había pasado varios años documentándome exhaustivamente sobre un amplio arco de siglos medievales y tenía la cabeza repleta de caballeros, armaduras, monjes y siervos de la gleba. Estaba, literalmente, empapado de la mentalidad medieval. Y bastante harto de esa imagen prefabricada del honor caballeresco, la piedad monástica y la laboriosidad de los campesinos. Las neuronas comenzaban a destilar su fruto. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de escribir una novela que, en realidad, fuera un bestiario. Solo que en él las bestias no serían animales, sino humanos...

Grifo

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