La frase que me convirtió en escritor

Dicen que la primera frase de una novela es fundamental para captar el interés del lector. Una buena primera frase nos permite intuir un mundo, nos atrapa con su estilo y nos plantea un conflicto que nos sumerge en la historia. Una buena primera frase consigue que sigamos leyendo sin siquiera darnos cuenta, hace que nuestros ojos se deslicen por el papel (o la pantalla) y que el mundo a nuestro alrededor se difumine mientras un nuevo universo cobra consistencia.

Todos los lectores del mundo hemos experimentado más de una vez esa sensación, como si una fuerza desconocida nos abdujera y nos transportara a otro lugar.

Pero la primera frase de una novela no solo es fundamental para el lector, también lo es para el escritor... Represa

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Déjame que te cuente: Castrelo de Miño, la fortaleza perdida

Allá por 1111, Galicia andaba muy revuelta. La muerte del rey Alfonso VI había desembocado en una guerra civil que enfrentaba a los que querían que fuera coronada su hija Urraca y los que apoyaban que la sucesión recayera en el hijo de Urraca, Alfonso, por entonces un chiquillo de seis años. Eran guerras fraticidas que nada ni a nadie respetaban y que asolaban comarcas enteras.

Tras dos años de conflicto, fue aquí, en el castillo de Castrelo de Miño, donde todo se decidió. En esta fortaleza se hallaba el niño Alfonso asediado por los partidarios de su madre. La situación se volvía por momentos insostenible, por lo que sus cuidadores reclamaron la intervención de Diego Xelmírez para pactar una tregua. Lo que no sospechaban era que el arbitraje del obispo iba a provocar la reacción de uno de sus principales enemigos, el ambicioso Airas Pérez.

¿No has oído hablar del águila que advirtió a Xelmirez de una traición? Pues déjame que te cuente…

Castrelo de Miño

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«En tiempo de halcones» y la verdadera historia de la revolución irmandiña (2)

Como os decía en la entrada anterior, en la historia oficial de la revolución irmandiña de 1467 hay cosas que no cuadran, detalles extraños que hacen pensar que algo falla. Sobre todo, uno que la historiografía tradicional no aclara: el hecho de que, de repente, en la primavera de 1467, ochenta mil campesinos y burgueses se alcen en armas. A la vez. Sin previo aviso.

En un territorio tan grande como Galicia, desde Ribadeo hasta A Guarda, desde Ferrol hasta el Padornelo. Con las comunicaciones de la época, con unos caminos escasos, en mal estado y recién salidos del invierno.

Y, sin embargo, el dato está ahí: de repente, hordas de campesinos se alzan y comienzan a derribar castillos y fortalezas por toda Galicia. En dos meses solo queda una en pie, la de Pambre. Más de ciento treinta torres han sido conquistadas y derribadas.

¿Tenemos que tragarnos que sucedieran así las cosas, de repente, por arte de magia, o hay algo que se nos escapa? 

Halcón volando sobre un bosque

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Déjame que te cuente: la batalla de Ponte Sampaio

Hay lugares que se incrustan en el inconsciente colectivo. Que son sinónimo de coraje y de valor, de entereza y osadía. Espacios que retratan el carácter de todo un pueblo. Ponte Sampaio es una de esas geografías grabadas a fuego en la memoria de Galicia.

Aquí tuvo lugar una de las batallas más desiguales y asombrosas de la historia. Aquí se enfrentaron un puñado de paisanos mal equipados y peor entrenados, con unos cañones de madera tallados a toda prisa y unos cuantos mosquetes mal engrasados por toda arma, contra el mejor ejército del mundo. Y aquí, el arrojo y la entereza triunfaron sobre la más poderosa máquina militar vista hasta entonces.

En Ponte Sampaio, a los pies del puente romano que cruza el río Verduxo, el todopoderoso Imperio Napoleónico sufrió una de sus primeras derrotas: la más humillante, la más inesperada. Fue el inicio del fin. Hoy cabría preguntarse si el espíritu de la Revolución Francesa que los soldados franceses traían en sus palabras y en sus sueños no habría sido, pese a las armas, una corriente de liberación que hubiera cambiado nuestra historia.

Quizá fuera así. Quizá el triunfo de Napoleón hubiera sido el triunfo de la razón frente a la prisión mental del absolutismo político y religioso. Pero los pueblos no entienden de razones: hablan con el corazón. Y Galicia, aquel día, en Ponte Sampaio, grabó en el alma de la historia una gesta de fortaleza y determinación.

¿Todavía no conoces este histórico lugar? Pues déjame que te cuente…

Ponte Sampaio Añadir un comentario

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«En tiempo de halcones» y la verdadera historia de la revolución irmandiña (1)

Siempre me fascinaron las utopías. Peor todavía, siempre me sedujeron los intentos de convertirlas en realidad, eso que llamamos revoluciones. Es como si en mi cerebro se escondiera un imán que atrae cuanta historia de soñadores, utópicos y rebeldes se le cruce por delante. Por eso me atrapó, en su día, la alucinación del Reino Mesiánico de Münster, en Alemania, una utopía devenida en pesadilla que novela La cruz de ceniza.

Por eso me propuse narrar la historia de la revolución irmandiña de 1467, que perdura en el imaginario colectivo de los gallegos (y de nadie más, por desgracia, porque resulta completamente desconocida más allá de nuestras fronteras) como la Gran Revolución, así, con mayúsculas, como la rebelión por excelencia del pueblo contra los poderosos. Y con mucha razón, pues se trata de la primera revolución burguesa y campesina de la historia moderna europea, trescientos años antes de la Revolución Francesa.

Pero, ¿cómo se originó, por qué estalló en un territorio tan periférico como Galicia?

Pico y ojo de halcón

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