Viajando en furgoneta camper: Augas Santas, el bosque de los druidas (2)

El bosque de los druidas augas santas 02

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos. Si no has leído la primera parte de este viaje, puedes hacerlo en este enlace.

Al despedirse, Emilio me recomienda que no deje de visitar el horno de la santa, el lugar donde quemaron a la pobre Mariña, y me indica cómo llegar. En realidad, ese es el verdadero objetivo de mi viaje, ver con mis propios ojos el lugar, una cripta subterránea que tiene toda la pinta de ser un antiguo santuario celta y que está emplazada en el corazón de un bosque denso, a escasos trescientos metros de un antiguo castro. Fue la cripta lo que despertó mi imaginación de escritor y me animó a conducir hasta aquí.

Se acerca ya el mediodía, así que decido dejar la visita a la cripta para la tarde —a la cripta, al castro y a unas ruinas romanas cercanas, todas englobadas en un  sendero arqueológico de dos o tres kilómetros de extensión— y acercarme hasta otro lugar del que me ha hablado Emilio y que se halla en dirección contraria: la «Santa da Pedra».

Sigo las indicaciones imaginando que la encontraré en las afueras del pueblo, a unos cientos de metros. Avanzo por una senda que se interna en un bosque de robles y castaños. El otoño tiñe de rojos y ocres cuanto me rodea. La hojarasca cruje a cada paso, despertando alarmas entre los pequeños animales de la espesura. El silencio me inunda.

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Viajando en furgoneta camper: Augas Santas, el bosque de los druidas (1)

El bosque de los druidas, augas santas 01

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos.

No me lo esperaba. No lo había planeado. Me hallaba en Combarro, todavía de madrugada, acurrucado en el vientre de la Lagartija. Acababa de encender el portátil y me preparaba para empezar una nueva jornada de trabajo. Tenía que escribir una entrada para el blog, responder a correos y redes sociales y, sobre todo, planificar mi próxima novela. Frente a mí, todavía sumido en las sombras de la noche, latía el gigantesco pulmón de la ría de Pontevedra.

Era martes, un día cualquiera de un diciembre frío. Me estiré con ganas mientras el sistema operativo del ordenador volvía a la vida. Me encantan esas horas de la madrugada, cuando el mundo todavía duerme y el silencio es una promesa de futuro. Me encanta despertarme en la Lagartija y contemplar a través de la ventanilla cómo va iluminándose un paisaje siempre distinto.

Ese día, sin embargo, apenas prestaba atención a mi entorno. Mi cabeza perseguía la trama de mi proxima novela, una historia que lleva años rondándome. La idea general la tenía clara, ya sabía qué quería contar, pero faltaba lo principal: dar vida a los personajes, localizar los escenarios, trenzar las subtramas... Es un trabajo arduo, que exige concentración, que obliga a tomar cien pequeñas decisiones que conducirán la historia a buen puerto o terminarán por descarrilarla.

Tenía que empezar por alguna parte, y mi imaginación necesita apoyar los pies en el suelo para impulsarse y alzar el vuelo. Necesitaba decidir dónde empieza la historia, dónde viven los personajes. Quería que fuera un lugar aislado, quizá montañoso o boscoso, a ser posible un monasterio o un santuario abandonado en algún lugar de la Galicia interior.

Sí, eso podía funcionar. Un monasterio abandonado. Pero, ¿dónde? Hice una búsqueda en internet y encontré media docena de opciones. Les eché un rápido vistazo. Entre los resultados se hallaba un lugar que ya conocía, las ruinas de un monasterio cercano a Castro Caldelas, en Ourense. Me había topado con él hacía años en un viaje por la zona y me había quedado impresionado. No obstante seguí leyendo, buscando alternativas, para tener más datos antes de tomar la decisión final. Y entonces me di de bruces con una cripta abandonada, un castro galaico-romano, un bosque preñado de misterios y una tierra que rezuma leyendas.

Me inundó una excitación muy familiar: la que debe de sentir el lobo cuando capta de súbito un rastro jugoso entre la hojarasca. Comencé a devorar páginas y más páginas de internet. Mi imaginación se disparó. Cuanto más leía, más convencido estaba de haber encontrado el escenario de mi historia. Todo parecía cuadrar, pero necesitaba comprobarlo de primera mano. Apagué el portátil y arranqué el motor de la Lagartija...

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Viajando en furgoneta camper: Ourense, la república del Couto Mixto

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Otoño. La mejor estación para viajar en furgoneta camper y patear los montes con la mochila a la espalda. El verano es estupendo para dormir la siesta debajo de un pino arrullado por el sonido de las olas, pero en cuanto bajan un poco las temperaturas me entran unas ganas tremendas de subirme a la Lagartija y echarme a la carretera para explorar los rincones perdidos de nuestra geografía.

Como el Couto Mixto, en el sur de Ourense, en la misma frontera con Portugal. Uno de los territorios más hermosos e interesantes de Galicia, una tierra de bosques de rebollos, corzos, montañas y pequeñas aldeas desperdigadas que guardan una historia muy peculiar.

Y es que en esta zona perdida del interior de Galicia, tres aldeas resistieron largos siglos al invasor...

La historia es de lo más curioso. Meaus, Santiago y Rubiás son tres pequeñas poblaciones situadas a unos veinticinco kilómetros de Xinzo de Limia, en Ourense, y a cinco o seis de la frontera portuguesa, que aquí se conoce como la «raia seca», la raya seca. Apenas suman doscientos habitantes. Sin embargo, estas tres pequeñas aldeas fueron durante siglos un estado independiente: la república del Couto Mixto.

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Viajando en furgoneta camper: León, entre Babia y la Luna

 

Viajando en furgoneta camper: León, entre Babia y la Luna

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos. 

Durante mi reciente viaje en furgo por la España olvidada estuve a punto de satisfacer un viejo deseo: conocer Babia y Luna, dos valles leoneses de nombres tremendamente sugerentes. Sobre todo si tienes la cabeza a pájaros y sueñas con mundos olvidados y paraísos perdidos, como me temo es mi caso. La expresión «estar en Babia» siempre me ha evocado relax, ausencia, contemplación y ensimismamiento, y de ahí a tener ganas de conocer el valle que provoca tales efectos hay un paso.

Luna también me atraía por razones similares, pero a ellas se unía otro motivo: en ese valle se alzó en su tiempo el castillo de Luna, en el que el último rey de Galicia, García II, pasó sus últimos diecisiete años encadenado. La historia la cuento en el relato Con los fierros, incluido en mi libro Medievalario, y me apetecía mucho comprobar hasta qué punto el escenario imaginado se correspondía con el real.       

Siempre me asombran las curiosas formas que tiene la vida de satisfacer nuestros deseos. Mientras estaba dando vueltas por la España interior recibí un mensaje de una pareja, Alberto y Marga, que vivían entre Babia y Ponferrada y se ofrecían para mostrármela. Encantado, quedé en avisarles cuando pasara por la provincia de León. Lo hice, aunque con poca suerte: cuando les llamé estaban en Ponferrada. Quedé con ellos y pasé una memorable noche, pero tuve que posponer mi viaje a Babia y Luna porque era ya el día 79 de mi viaje y el tiempo se me echaba encima.

Pero la idea de visitar Babia y Luna no se me quitó de la cabeza, y menos ahora que tenía dos estupendos guías de la zona. Por eso, apenas dos meses después de volver a casa, llamé a Marga y Alberto, me subí de nuevo a la Lagartija y me puse en marcha: por fin iba a conocer Babia y Luna.

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Viajando en furgoneta camper: Zamora, la piedra fértil

Zamora, la piedra fértil

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos. 

Confieso que no tenía intención de viajar a Zamora, pero a veces la casualidad se alía con la fortuna para abrirnos los ojos y regalarnos una sonrisa. Tras dos semanas sin moverme de casa, contemplando por la ventana la lluvia interminable de esta primavera invernal, necesitaba con urgencia arrancar la furgo y escapar a cualquier paraíso perdido. A donde fuera. A ser posible, algún lugar donde no lloviera. Pero la previsión no daba tregua: lluvia, lluvia, lluvia.

—Fran, necesito que escribas un reportaje sobre Zamora...

Esa fue la casualidad. Pío García, el responsable del portal de turismo Galicia Enteira, (magnífico, por cierto, y no lo digo —solo, ejem— porque yo colabore con él) acaba de abrir una nueva sección personal en la web que ha titulado Mis otros destinos. Aunque lleva toda la vida en Galicia, Pío es zamorano y tiene ganas de fotografiar y difundir la belleza de su tierra.

—Vale. ¿Te corre prisa?

—No, cuando puedas... —Y me explicó muy por encima lo que quería. Pío y yo llevamos tantos años grabando documentales y realizando reportajes fotográficos juntos que ya no necesitamos explicarnos demasiadas cosas. 

Zamora. Ni se me había pasado por la cabeza visitar Zamora. Hasta ese momento había sido un simple lugar de paso en el camino hacia otros destinos. Una vez, hace ya muchos años, en un viaje a Extremadura con unos amigos, se me ocurrió proponer una parada en Zamora. 

—¡Pero si ahí no hay nada, es un páramo!

Recuerdo que me encogí de hombros y seguimos adelante sin parar. Lo malo es que en algún lugar de mi cabeza, Zamora quedó clasificada como páramo sin siquiera molestarme en comprobarlo, y eso hizo que nunca me entraran ganas de visitarla. Hasta que se me ocurrió buscar la previsión del tiempo para Zamora en este fin de semana de principios de junio.

Esa fue la fortuna. No haría un fin de semana de sol y calor, pero la previsión era mucho mejor que en cualquier otro lugar en trescientos kilómetros a la redonda. Iría a Zamora.

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