Viajando en furgoneta camper: Portugal, entre nómadas del Paleolítico

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Entre nómadas paleolíticos, valle del Côa, Portugal

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos.

Tras pasar el día en Braga persiguiendo al arzobispo Xelmírez, a media tarde me subo a la Lagartija.

Continúo camino hacia el sur con la intención de hacer una parada en Amarante e ir a dormir a Lamego, dos localidades que visité hace años pero de las que ya no recuerdo demasiado y que se hallan más o menos en camino hacia mi verdadero objetivo: visitar el valle del Côa, una zona que se ha ganado dos veces ser catalogada como Patrimonio de la Humanidad: por su paisaje (Alto Douro Región Vinícola) y por ser el yacimiento paleolítico al aire libre más importante del mundo por la cantidad y calidad de sus grabados rupestres.

Un paraíso para los fanáticos de la prehistoria (y del vino) que quieran pasearse por valles por los que hace veinticinco mil años corrían manadas de uros, cabras, ciervos, caballos...

 

El país de los conventos y los santuarios

Menos de una hora después y setenta kilómetros más al sur aparco al lado del río Támega en un parking abarrotado. Es domingo, todavía media tarde y el sol se muestra generoso en este último día de marzo, como si quisiera regalarnos un anticipo del verano.

Amarante es una pequeña localidad que, resulta fácil darse cuenta por la cantidad de gente paseando, debe de ser uno de los destinos turísticos con mayor tirón de esta zona del país.

Y con razón: se trata de una villa antigua y hermosa dividida por un río que salva el puente de São Gonçalo, que fue importante allá por los inicios del siglo XIX porque aquí se enfrentaron los portugueses al ejército invasor francés entre el 18 de abril y el 2 de mayo de 1809. Una gesta que inevitablemente me trae a la memoria la que tuvo lugar en Ponte Sampaio y que te conté en una entrega de la serie documental Déjame que te cuente. Y que me hace reflexionar también, una vez más, sobre lo importantes que son los puentes y lo invisibles que resultan para los ojos habituados a contar con ellos.

Amarante es una villa antigua y hermosa dividida por un río que salva el puente de São Gonçalo, que fue importante allá por los inicios del siglo XIX porque aquí se enfrentaron los portugueses al ejército invasor francés entre el 18 de abril y el 2 de mayo de 1809.

Doy un paseo por la ribera del río y llego a la plaza central del pueblo. Es un lugar curioso: por un lado, la plaza termina en una abrupta bajada hacia el río; por el opuesto, en una empinada ladera salvada por una calle muy empinada que lleva a la parte alta de la localidad; sin embargo, lo que domina la plaza son la belleza de los edificios que la rodean y la mole un tanto desproporcionada del convento de São Gonçalo, un edificio del siglo XVI con un hermoso pórtico lateral típico del Renacimiento italiano y con una iglesia con un rechamante altar barroco (dorado, por supuesto) y un órgano sostenido por gigantes. Llamativo, cuando menos.

Pero estoy saturado de iglesias tras el día en Braga (tras toda una vida visitándolas, todas han parecido por parecerme iguales), así que tras un vistazo rápido al monasterio me tomo una cerveza en la plaza rodeado de una multitud festiva, tarea que me resulta mucho más placentera. Después vuelvo a la Lagartija y me dirijo a Lamego para dormir.

Por la mañana, perfectamente descansado, recorro la localidad. A los diez minutos ya tengo claro que estoy en un lugar excepcional: una pequeña ciudad de menos de 30.000 habitantes rodeada de viñedos (estoy en el corazón del Douro, después de todo) y salpicada de palacios e iglesias, catedral gótica incluida. Da gusto pasear por sus plazas y escudriñar por sus rincones.

Pero lo que atrae todas las miradas en Lamego es el Santuário de Nossa Senhora dos Remédios, encaramado en una colina de las afueras. Sí, una vez más, una iglesia. ¿Seremos alguna vez conscientes de la inmensidad de los recursos colectivos que hemos dilapidado construyendo miles de capillas, ermitas, iglesias, santuarios y catedrales, edificios tan costosos como inútiles, solo válidos para perpetuar la sujeción mental y social a una casta sacerdotal tan indigna como avariciosa? Por cierto: ¡cuánto les gusta a los portugueses esto de colocar iglesias en la cima de los montes de las afueras de los pueblos, para que lo dominen todo!

¿Seremos alguna vez conscientes de la inmensidad de los recursos colectivos que hemos dilapidado construyendo miles de capillas, ermitas, iglesias, santuarios y catedrales, edificios tan costosos como inútiles, solo válidos para perpetuar la sujeción mental y social a una casta sacerdotal tan indigna como avariciosa?

Se llega al santuario, además de por una empinada carretera, por una escalinata de 686 peldaños que ofrece desde abajo una vista impresionante. Elijo la empinada carretera.

Al llegar al santuario coincido con otro grupo de franceses que se desparraman por los alrededores de la iglesia cámara en mano. Les miro con prevención, demasiado reciente mi experiencia en San Fructuoso, pero estos no parecen mostrar ningún deseo de pisarme los callos de los pies, un detalle que agradezco. 

Las vistas desde aquí arriba no son demasiado espectaculares porque los árboles tapan la visión. El templo, por su parte, es una muestra más de la exquisita sensibilidad de la Iglesia católica, siempre respetuosa con otras creencias (o ausencia de creencias), la prueba hecha piedra de que prefiere lo sencillo a lo grandilocuente.

El templo es una muestra más de la exquisita sensibilidad de la Iglesia católica, siempre respetuosa con otras creencias (o ausencia de creencias), la prueba hecha piedra de que prefiere lo sencillo a lo grandilocuente.

Como aquel hijo de un carpintero que dicen fue su fundador, la Iglesia se mantiene firme en su decisión de huir de lo recargado y lo aparatoso. Imagino que es su forma de mostrar al mundo que no le interesan en absoluto ni el poder ni los bienes terrenales, que escaso valor tendrán en esa vida eterna que predican...

Tras una rápida visita, decido que esto no da más de sí y me subo a la Lagartija para dirigirme del tirón a Vila Nova de Foz Côa, mi verdadero destino.

Pero, por supuesto, una cosa es hacer planes y otra cumplirlos...

 

 

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Un castillo inesperado y un mesón medieval

Lo mejor de los viajes es siempre lo inesperado, y si además viajas en furgo mejor que mejor, porque te permite detenerte en cualquier lado sin necesidad de planificar y sin preocuparte por horas de llegada o de salida. Y lo inesperado me sale al encuentro a medio camino de Vila Nova de Foz Côa cuando me topo de súbito con un castillo encaramado en un altozano que domina una pequeña población. La imagen es poderosa, como si se hubiera escapado de algún cuento medieval.

Piso el freno y aparco a los pies del castillo. Doy un paseo por el pueblo, una hermosa localidad que todavía conserva ese aire antiguo, de piedra noble y calles silenciosas, una estampa que hoy, a veinticinco grados, reluce con intensidad.

Hasta que no tropiezo con una oficina de turismo a los pies del castillo no me entero del nombre del pueblo: Penedono. Nunca había oído hablar de él. Más curioso todavía, cuando un rato después, tomando una cerveza en la plaza a los pies de la fortaleza (¡una cerveza que me cuesta 90 céntimos!), consulto el mapa, descubro que ni siquiera tendría que estar aquí. El gps se ha divertido conmigo una vez más y me ha enviado por una carretera diferente a la que pensaba, más al sur.

De vez en cuando los errores nos descubren mundos. Visito el castillo. Está en ruinas, pero ofrece unas vistas espectaculares desde lo alto de sus torres... siempre que no tengas vértigo, porque el ascenso se realiza por unas escaleras estrechas que no despiertan demasiada confianza.

Desde arriba, Penedono se abarca de un solo vistazo, una villa tranquila y hermosa bajo el sol de la primavera. Leo en un folleto que aquí se celebra cada primer fin de semana de julio una feria medieval y me entran ganas de volver, unas ganas que se refuerzan cuando, un rato después, entro en una taberna para comer. El lugar se llama Fornos do Rei. Taberna medieval y, aunque al principio dudo si entrar o no, eso de taberna medieval me suena a reclamo turístico, nada más hacerlo compruebo que he acertado.

El comedor es una sala con largas mesas de madera y un arco que divide la estancia en dos. El techo es bajo y el interior oscuro, decorado con elementos antiguos... salvo una gigantesca pantalla de televisión que, afortunadamente, está a bajo volumen. Hay siete u ocho personas comiendo ya, aunque desde fuera juraría que no había tanta gente en todo el pueblo. Me siento a una de las mesas y antes de que me dé cuenta estoy de cháchara con los comensales de las mesas cercanas. Me traen un caldo delicioso y pido después un cordero estofado con patatas que resulta ser una de las especialidades de la zona, con el cabrito asado, el caldo de castañas o la marrã, un plato elaborado con carne de cerdo.

Una hora después salgo de la taberna con el estómago satisfecho y el bolsillo feliz: me cuesta creerme que he disfrutado de una excelente comida en buena compañía... por nueve euros. Definitivamente, este es un lugar al que volver.

 

 

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 Un paraíso paleolítico

Desde finales de la década de 1980 se sospechaba de la existencia en el valle del Côa, en el alto Douro portugués, de algunos grabados sobre pizarra que representaban animales, como caballos o toros, pero su existencia no estaba del todo confirmada.

Fue un joven arqueólogo portugués, Nelson Rebanda, quien en 1993 descubrió los grabados e informó de su existencia a sus superiores del Instituto Portugués del Patrimonio Arqueológico y Arquitectónico (Ippar).

Sin embargo, estos decidieron mantener el hallazgo en secreto. Había poderosas razones económicas para evitar su divulgación: en cuatro o cinco años, la zona en la que se hallaban quedaría sumergida bajo las aguas debido a la construcción de una gigantesca presa, un proyecto considerado de interés estratégico para Portugal y que ya estaba en marcha.

Sin embargo, estos decidieron mantener el hallazgo en secreto. Había poderosas razones económicas para evitar su divulgación: en cuatro o cinco años, la zona en la que se hallaban quedaría sumergida bajo las aguas debido a la construcción de una gigantesca presa, un proyecto considerado de interés estratégico para Portugal y que ya estaba en marcha.

Durante dos años, nada más se supo, pero Rebanda no soportaba tanto silencio y terminó contándole a una colega suya, Mila Soares, especialista en arte rupestre, lo que había hallado. Esta se mostró interesada y fueron a visitar el conjunto.

Cuando vio lo que tenía delante, Mila Soares estalló de indignación: aquellos grabados eran un tesoro del Paleolítico. Con una antiguedad estimada de quince o veinte mil años, su estado de conservación era excepcional y la delicadeza del trazo sugería una capacidad artística muy desarrollada.

Soares decidió enfrentarse al Ippar. Denunció su secretismo y publicó el hallazgo. Cuando la opinión pública lo conoció, en Portugal se desató una tormenta política, con defensores y detractores de la presa, en la que ya se habían invertido muchos millones de euros. El escándalo saltó las fronteras y se extendió por el mundo. El Sunday Times, el New York Times y otros periódicos se unieron a la defensa de los hallazgos, que seguían apareciendo. Pronto estuvo claro que el yacimiento era, y así lo declaró la Unesco, «el lugar al aire libre más grande de arte paleolítico en Europa, si no del mundo». 

La presión ciudadana para que se paralizaran los planes del gobierno se hizo cada vez más fuerte. Se trataba ya de una cuestión de Estado y de prestigio político del país. Tras muchos enfrentamientos, en 1995, el gobierno portugués canceló el proyecto y decidió crear un parque arqueológico para el estudio y la difusión de los grabados.

Fue una rotunda victoria de la movilización ciudadana y un acierto absoluto: desde entonces se han seguido encontrando grabados, más de mil rocas con incisiones por el momento, y se ha establecido con mayor exactitud su período de ejecución: los artistas dejaron sus obras en el valle del Côa durante un prolongadísimo período que se extiende desde el 22.000 hasta el 10.000 a.n.e. (antes de nuestra era). En 1998, la Unesco declaró todo el yacimiento Patrimonio de la Humanidad.

Hasta hace una semana, no tenía ni idea de todo esto. De hecho, ni siquiera pensaba hacer este viaje, sino ir hasta Oropesa, en Toledo, por León y Zamora. Sin embargo, al buscar posibles destinos en internet la historia del valle me atrapó. Y menos mal: otro viaje más que tengo que agradecer a la furgo.

Llego a Vila Nova de Foz Côa a última hora de la tarde. Es una localidad pequeña y próspera, rodeada de valles y montañas. Las vides, los almendros y los olivos se extienden por todas partes, creando un paisaje profundamente hermoso y bucólico. El lugar, ciertamente, es un paraíso.

Por la mañana, tras dormir en la pequeña área de autocaravanas del pueblo, con vistas sobre un amplio valle, me dirijo al Museo del Côa, un gran edificio de reciente construcción, perfectamente integrado en el medio y enclavado en un altozano que domina los meandros de los ríos Douro y Côa.

La visita me hace viajar en el tiempo hasta un tiempo en el que por estos valles corrían manadas de caballos, uros, ciervos y cabras. Debido quizá a la profundidad de los valles, las temperaturas de la zona solían ser algo superiores a las del resto de una península sometida a los hielos de la última glaciación, una circunstancia que atraía a muchos animales... y a muchos de nuestros antepasados. De ahí que estas tierras, que en efecto debieron de ser un paraíso fértil y templado en un mundo gélido, hayan estado habitadas durante, al menos, los últimos treinta mil años.

Debido quizá a la profundidad de los valles, las temperaturas de la zona solían ser algo superiores a las del resto de una península sometida a los hielos de la última glaciación, una circunstancia que atraía a muchos animales... y a muchos de nuestros antepasados.

Disfruto de la visita al museo y me quedo con muchas ganas de ver in situ los grabados. Al parecer, debido a que toda la zona es un inmenso yacimiento al aire libre, se ha acotado una gran extensión de terreno, unos 17 km2, en la que no está permitido el paso libre. Solo se pueden recorrer con guía, en pequeños grupos y en todoterreno.

Las visitas son continuas los fines de semana, pero por la semana dependen de que se reúna un grupo mínimo de visitantes. Si hay un mínimo de tres, se realizan, con un coste de 16 € por persona; si no, se realizan igualmente, pero el coste se dispara hasta los 40 € por persona. Las visitas guiadas unipersonales por el paraíso cuestan lo suyo.

Por una vez, sin embargo, la suerte me acompaña: una pareja acaba de apuntarse para la visita, que será esta tarde. En realidad hay varias zonas de grabados. Algunas han de visitarse por la mañana, cuando el sol incide de frente y permite resaltar los dibujos, y otras por la tarde, por la misma razón. La de esta tarde sale de un pueblecito cercano, Castelo Melhor, a pocos kilómetros de Vila Nova de Foz Côa.

A las cuatro de la tarde me subo en un Jeep en Castelo Melhor con una pareja de belgas de unos cuarenta años y con Gloria, una arqueóloga que trabaja desde hace más de veinte como guía del yacimiento y a la que, afortunadamente, la rutina no ha desgastado ni un ápice la pasión.

Gloria es española, pero la conversación la mantenemos en inglés porque la pareja de belgas no habla portugués ni castellano. Aun así, durante dos horas mantenemos un vivo debate cuajado de ohhhs y ahhhs, a medida que Gloria nos va desvelando los secretos de las piedras, todas ellas en las cercanías de una ribera tan feraz como hermosa, un lugar desde el que no se ve ninguna construcción humana. No cuesta nada imaginarse cómo sería la vida aquí hace miles de años.

Cuando nos despedimos, dos horas después, me alejo embargado por la sensación de que el tiempo, pese a su indiferente crueldad, no ha sido todavía capaz de romper los hilos que nos atan a nuestros lejanos antepasados. Que miles de años después de que unos desconocidos grabaran figuras en las rocas seguimos moviéndonos por los mismos impulsos, por las mismas compulsiones. Y que esos impulsos son los que dan forma a nuestra común humanidad.

 

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Tras la visita, decido continuar camino y me acerco a dormir hasta Castelo Rodrigo, una pequeña localidad casi fronteriza con España que forma parte de las aldeas históricas de Portugal. El lugar es pintoresco, pequeño, de pura piedra teñida de historia. Y sin duda la tiene, porque aquí se produjo en 1664 un enfrentamiento que llena de orgullo de los portugueses y de sonrojo a los españoles. O, al menos, a algunos españoles.

Aquí tuvo lugar una de las últimas batallas de la guerra de Restauración portuguesa, por la que el reino luso pugnaba por separarse de la Corona de Castilla y recuperar su independencia. Aquí, en esta perdida localidad, el ejército portugués se enfrentó a las tropas del duque de Osuna. Todo hacía presagiar una victoria española, pues los lusos estaban en franca minoría, pero el valor o la fortuna (que las gentes siempre transforman en divina intervención, en este caso de alguna virgen) le dio la vuelta a la tortilla. El duque de Osuna tuvo que huir disfrazado de fraile y Portugal consiguió su independencia. 

Merece la pena dar un paseo por la localidad, que es pequeña y está coronada por las ruinas de un castillo. Tras hacerlo me dirijo para comer a un monte de las proximidades, desde donde me han dicho que se distingue una gran vista del valle. Y así es, aunque con una sorpresa: en la cima se disputan el protagonismo dioses antiguos y modernos: unas gigantescas torres de telefonía y, al lado, una reproducción de gran tamaño del Cristo de Río de Janeiro, con sus brazos abiertos tratando de atrapar el mundo. Una vez más, la Iglesia y su obsesión por colonizar hasta el último rincón...

Dejo atrás Portugal por los Arribes del Duero y continúo camino hacia Oropesa, en Toledo, para disfrutar un año más de su magnífica fiesta medieval y de su estupenda gente, que me han vuelto a invitar tras mi visita del año pasado, de la que te hablé en mi Viaje al interior. Pero esa es ya otra historia...  

 

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Información para autocaravanistas y furgoneteros

En la entrada del pueblo de Vila Nova de Foz Côa existe un área para autocaravanas pequeña, pero cómoda y que cuenta con servicios abiertos durante el día y posibilidad de carga y descarga de aguas. Está en un lateral de una carretera, pero el tráfico es casi inexistente, al menos en primavera, y se duerme bien. En cualquier caso, toda esta región es un paraíso natural y no resulta difícil encontrar lugares más aislados en los que dormir o descansar rodeados de verde.

Por cierto: si te acercas hasta Côa, no dejes de visitar tanto el museo como los yacimientos. ¡Pero reserva antes tu visita! Nos vemos en la carretera, furgoneteros.

 

 

¿Has visitado este lugar? Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias.

 

Viaje al interior. 80 días en furgo por la España olvidada

 

 

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