Viajando en furgoneta camper: A Pontenova, donde se esconden los mitos (primera parte)

Viajando en furgoneta camper: A Pontenova, donde se esconden los mitos (primera parte)

Viajo en la Salvaje, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos.

En septiembre de 2020, durante mi viaje a pie a través de Galicia, llegué a una pequeña localidad lucense que hasta el momento me había pasado desapercibida. Apenas recordaba haberla atravesado en coche una o dos veces de camino a otra parte, pero nunca me había detenido en ella. La población, a primera vista, no es más que una larga hilera de edificaciones modernas alineadas en ambas riberas de un río: no hay en ella casco antiguo ni hermosas plazas medievales, ni iglesias o castillos destacables, nada salvo cuatro inmensas estructuras que a primera vista parecen gruesas chimeneas de ladrillo y que son en realidad antiguos hornos de calcinación para depurar el hierro.

Pero las primeras impresiones, a veces, están profundamente equivocadas. Antes de empezar mi viaje a pie a través de Galicia, Elena Iravedra, una mujer de la localidad que descubrió mi proyecto a través de las redes sociales, se puso en contacto conmigo para sugerirme que al pasar por A Pontenova me detuviera en la oficina de turismo, al cargo de Carlos Pardo, que se ofrecía a mostrarme la villa. También me dijo que hablara con otro pontenovés, Carlos Bermúdez, que conocía bien todo lo que la localidad tiene de especial.

Así lo hice: estuve una tarde entera hablando con ellos, que resultaron ser de lo más cordial, y descubriendo que A Pontenova era mucho más de lo que pensaba. Pero tenía que seguir mi camino. «Tienes que volver, Fran», me insistió Carlos Bermúdez. «Cuando publiques el libro, vienes, lo presentas aquí y te llevamos a las fragas y a las minas, vas a alucinar». Le prometí que lo haría.

Y así fue. En junio de 2021, recién publicado Atravesando Galicia, Carlos Bermúdez me llamó para recordarme mi promesa. Me puse en marcha en la Salvaje y me dirigí a A Pontenova para pasar un fin de semana. Y entonces sí, entonces descubrí de verdad lo asombrosa que es esta comarca, repleta de lugares que rezuman belleza. Y misterio. Porque, en efecto, A Pontenova es la tierra donde se esconden los mitos...

 

La tierra de hierro

La historia de la efímera prosperidad de A Pontenova me la contó Carlos Pardo durante mi primera visita en la oficina de turismo, donde tienen una pequeña exposición sobre el tema. Al parecer, las minas de hierro eran muy abundantes en la zona y se conocían desde antiguo, pero el mineral que se obtenía de ellas tenía una elevada cantidad de fósforo, lo que dificultaba su uso. Hasta 1879, cuando España iniciaba su primera industrialización que, en el norte, fue de la mano de la abundancia de hierro y la industria siderúrgica. En ese año se descubrió un procedimiento de desfosforación del hierro en hornos de calcinación.

 

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(Haz clic en las imágenes para ver las galerías)

 El invento abrió las puertas del progreso en esta comarca. Y lo hizo a conciencia. Con el nuevo método no solo se obtenía hierro de calidad, sino que el fósforo obtenido se podía utilizar como fertilizante. Se levantaron los hornos de calcinación y en 1895 se abrieron las minas. A partir de ese momento el pueblo se expandió: se construyó una central eléctrica, un funicular, los hornos...

Se construyeron los hornos de calcinación y en 1895 se abrieron las minas. A partir de ese momento el pueblo se expandió: se construyó una central eléctrica, un funicular, los hornos...

Unos años después, en 1900, me siguió contando Carlos, el empresario vasco Julio Lazúrtegui fundó la Sociedad Minera de Vilaoudriz —como se llamaba por entonces el ayuntamiento, que solo adoptó su actual denominación en 1979— y emprendió la construcción de un ferrocarril para llevar el mineral de hierro hasta un cargadero en Ribadeo. Obtuvo una concesión del Estado por noventa y nueve años y se puso a la tarea.

Pese a la distancia y a la necesidad de excavar numerosos túneles, en menos de dos años estaba lista la línea. A partir de entonces se realizaron varios viajes al día. El tren llevaba el mineral hasta la costa, desde donde se exportaba a Alemania, Francia, Inglaterra o Bélgica. En 1905, al tren de mercancías se le unió un servicio de viajeros y mercancías.

—¿Cuánta gente trabajaba en la mina? —le pregunté a Carlos.

—Llegó a tener más de ochocientos mineros. Asturianos, vascos, catalanes y gallegos sobre todo. Se convirtió en la principal actividad e hizo que el pueblo creciera exponencialmente, revolucionó la comarca entera. Imagínate que esta era una zona prácticamente incomunicada y de repente se llenó de gente de todas partes. Los obreros se asentaron aquí y creció el comercio, hasta el punto de que la gente de Ribadeo se habituó a coger el tren para venir a comprar en A Pontenova...

Pero la prosperidad es un ave migratoria y no duró demasiado: el estallido de la Primera Guerra Mundial y las dificultades de navegación que de ella se derivaron provocó una disminución de las exportaciones, y la derrota en la guerra de Alemania fue un golpe muy duro, pues era la principal compradora del hierro gallego. Las minas siguieron trabajando, pero con dificultades crecientes que se agravaron con la Guerra Civil. En 1964 circuló el último tren minero, que ya llevaba años con muy poca carga, y en 1965 las minas se clausuraron definitivamente.

Hoy, la comarca ha perdido población: en todo el ayuntamiento vivían en 2020 unas 2200 personas. Las principales fuentes de empleo son IPV, una fábrica de carrocetas que últimamente se dedica a la fabricación de vehículos industriales especiales, como camiones para la recogida de residuos o vehículos para labores forestales; la ganadería y, sobre todo, la explotación forestal del eucalipto, que se destina a la fabricación de pasta de papel en la cercana celulosa de Navia, en Asturias. La antigua vía del tren está siendo reconvertida en una vía verde, un camino perfecto para practicar ciclismo o senderismo a la vera del río Eo y que, por el momento, tiene unos diez kilómetros de longitud, hasta la localidad asturiana de San Tirso de Abres. La intención es prolongarla hasta Ribadeo, en la costa de la Mariña lucense.

Pero, bajo esta piel de fallida industrialización se esconden otras A Pontenovas. Y las voy a descubrir con los mejores guías que podría haber encontrado...

 

Las fragas donde viven las leyendas

El sábado por la mañana, tras dormir en la Salvaje a los pies de los hornos de calcinación (hay un área de autocaravanas y furgos a poco más de un kilómetro del pueblo, a la vera del río, pero aquí se puede estacionar sin problema), Carlos Bermúdez viene a buscarme. Me ha preparado un programa intenso: la visita a las dos fragas de las que me había hablado en septiembre. 

No lo hace solo: ha liado para la ocasión a una nutrida tropa de diversas procedencias, incluida parte de la corporación municipal, con un minibus para desplazarnos hasta el punto de partida de la ruta. El día está algo nublado, la temperatura es perfecta para caminar y el ambiente del grupo no puede ser más cordial.

Nos dirigimos a las fragas de Seimeira de San Xes y As Reigadas. Aunque hay una ruta circular que recorre la primera y una lineal que atraviesa la segunda, Carlos ha preparado un trayecto que une ambas para que podamos disfrutar de la profunda belleza de las dos fragas.

Una fraga es un bosque primario atlántico: una densa masa de vegetación en la que predominan los robles, los castaños, abedules, fresnos, laureles... Un territorio a menudo sombrío, una selva húmeda poblada de líquenes, musgo, helechos y una tremenda biodiversidad. Se trata de uno de los biomas boscosos con mayor riqueza biológica del mundo, un paraíso de especies caducifolias de hoja ancha que dan cobijo a una abundante población animal. Hace siglos, este bosque atlántico cubría la mayor parte de la Europa occidental, desde el norte de la península ibérica hasta las costas de Irlanda y Escocia, pero en la actualidad es uno de los ecosistemas más escasos y amenazados del mundo.

Un territorio a menudo sombrío, una selva húmeda poblada de líquenes, musgo, helechos y una tremenda biodiversidad. Se trata de uno de los biomas boscosos con mayor riqueza biológica del mundo, un paraíso de especies caducifolias de hoja ancha que dan cobijo a una abundante población animal.

La riqueza de las fragas es extraordinaria: en su estado ideal se trata de un complejo ecosistema perfectamente equilibrado en el que conviven árboles caducifolios con una rica flora formada por arbustos como el acebo, plantas epifitas, helechos, enredaderas, líquenes y musgos. Este universo vegetal da cobijo a un elevado número de vertebrados e invertebrados: insectos, víboras, lagartos y lagartijas, sapos, salamandras y ranas, búhos, urogallos, petirrojos, ciervos, corzos, nutrias, tejones, martas, comadrejas, jabalíes, lobos, osos...

Pero la fraga, en Galicia, es mucho más: en el imaginario colectivo de esta tierra, la fraga es el mundo ideal, el espacio primigenio, el territorio fértil donde viven seres fantásticos como los mouros y los ananos, la selva en la que se esconden las meigas y los lobishomes, la espesura por la que deambulan las ánimas errantes y las peeiras de lobos, esas mujeres salvajes que vagan por bosques y montañas al frente de las manadas de lobos. La fraga, en Galicia, es la quintaesencia del bosque, esa espesura incrustada en el alma de todos los gallegos, que por algo hemos sido desde que tenemos memoria adoradores de árboles, fuentes y piedras.

En el imaginario colectivo de esta tierra, la fraga es el mundo ideal, el espacio primigenio, el territorio fértil donde viven seres fantásticos como los mouros y los ananos, la selva en la que se esconden las meigas y los lobishomes...

Por desgracia, quedan pocas, muy pocas: la inmensa mayoría han desaparecido, arrasadas por un mal entendido y peor llevado progreso. Las más conocidas son las fragas del Eume, cerca de Pontedeume, en A Coruña, declaradas parque natural y que, desgraciadamente, sufren un severo proceso de degradación por la invasión del omnipresente eucalipto. Pero pronto voy a descubrir que todavía hay esperanza...

Comenzamos la caminata entre nieblas matutinas. Un tiempo perfecto para caminar, pero también para apreciar la magia y el misterio de la selva boscosa. Antes de que nos demos cuenta estamos empequeñecidos por el universo que nos rodea, nos absorbe, nos engulle como si no fuéramos más que insectos despistados. Y probablemente es lo que somos para un bosque que se me antoja intemporal, un espacio tan asombroso que es difícil impedir que se nos abra la boca de pura admiración. Ambas fragas se agarran a dos empinadas laderas por las que bajan arroyos salvajes. Es esa verticalidad extrema la que ha permitido su conservación: este es un territorio difícil de domesticar.

 

 
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Descendemos abruptamente bajo una espesa cubierta vegetal. Las nieblas se van diluyendo, como velos que se descorren para revelar la magia. Sin embargo, bajo los árboles, caminando entre carballos vestidos con gruesos ropajes de musgos y líquenes, la luz apenas llega, tamizada por millones de hojas. Es un universo paralelo, un territorio para la fantasía. Recorriendo las fragas comprendo muy bien por qué durante siglos estas han sido territorios sagrados, cuna de mitos y leyendas que hoy forman parte de ese folclore que blandimos como un escudo frente a la uniformización cultural del mundo.

Recorriendo las fragas comprendo muy bien por qué durante siglos estas han sido territorios sagrados, cuna de mitos y leyendas que hoy forman parte de ese folclore que blandimos como un escudo frente a la uniformización cultural del mundo.

Pero aquí dentro se entiende muy bien que el bosque fuera durante siglos el territorio de lo oculto, refugio de bandoleros y animales salvajes, el espacio donde anidaban los miedos. En estos bosques viven todavía los nubeiros y los tronantes, esos seres que traen las tormentas, y en sus recovecos se oculta el Olláparo, el feroz gigante de un solo ojo, salvaje y voraz. Claro que aquí, no me cabe duda mientras camino absorto en la contemplación de la inmensa riqueza que me rodea, se agazapan también los mouros, la mourindade, el pueblo encantado, esos seres mágicos y poderosos que hace mucho tiempo vivían en ciudades de oro, utilizaban arados, tijeras, cubiertos, herramientas e incluso juguetes de oro y se rodeaban de lujos, que nunca enfermaban ni sufrían dolor y que podían vivir miles de años...

Los mouros son lo que siempre soñamos que fuimos, el espejo de nuestros anhelos más escondidos: eran esbeltos y hermosos, con ojos claros y rostros que irradiaban luz. Eran amables y generosos y vivían en paz. Eran el «pueblo de antes», los constructores de los castros y las mámoas —esas cámaras funerarias megalíticas cubiertas de tierra, muy abundantes en Galicia—, los señores de un tiempo en el que todo era mucho más hermoso y perfecto que en la actualidad. Todavía hoy hay quien los puede ver: los inocentes, los mejores, aquellos que no guardan envidia ni rencor en el corazón. Dicen que algunos saben elaborar una pasta hecha vete a saber con qué, la Untura dos Encantos, que quien se la restriega en los ojos adquiere la facultad de verlos.

 

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Sumido en la espesura viva de las fragas de Seimeira de San Xes y As Reigadas, me doy cuenta de que esta es todavía su casa, su último refugio. Aquí y allá, sombras furtivas que apenas percibimos con el rabillo del ojo parecen esconderse a nuestro paso, vigías atentos ante un ejército invasor. Descendemos hasta hermosas cascadas en las que el rumor del agua se suma al coro de brisas y piares y nos parece estar hollando el hogar de las diosas de las aguas. De criaturas misteriosas: marixainas, xanas, xerpas, sereas, lumias... Atravesamos puentes de madera y visitamos antiguos molinos que hablan de los tremendos esfuerzos que las gentes de la comarca tenían que realizar para llevarse un mendrugo de pan a la boca: las pendientes son tan empinadas que solo a lomos de animales de carga podrían cargar la harina que aquí se arrancaba a la tierra. Dejamos atrás las ouriceiras, muros circulares de piedra que protegían en su interior los erizos de las castañas para evitar que los jabalíes las comiesen.

Aquí y allá, sombras furtivas que apenas percibimos con el rabillo del ojo parecen esconderse a nuestro paso, vigías atentos ante un ejército invasor. Descendemos hasta hermosas cascadas en las que el rumor del agua se suma al coro de brisas y piares y nos parece estar hollando el hogar de las diosas de las aguas.

Durante varias horas, el universo conocido queda en suspensión. Carlos Bermúdez, antes de partir, me comentó que, aunque las fragas del Eume se llevaban la fama, estas no tenían nada que envidiarles, ni en extensión ni en diversidad vegetal y animal. Y ahora, que las veo con mis propios ojos, que las pateo y que me arrastran a su universo, entiendo que no se trataba del comentario ilusionado de alguien que ama profundamente su tierra: se queda corto. Estas fragas son el último bosque primario atlántico de nuestra tierra, un tesoro botánico y animal que necesitamos conservar como sea si queremos mantener nuestra esencia.

Estas fragas son el último bosque primario atlántico de nuestra tierra, un tesoro botánico y animal que necesitamos conservar como sea si queremos mantener nuestra esencia.

El final de la ruta nos depara otra sorpresa: la ferrería de Bogo, probablemente la más antigua y mejor conservada herrería de Galicia, fundada en 1534 por el hidalgo Pedro de Miranda a orillas del río Reigadas. durante tres siglos, aquí se domeñó el alma de hierro de esta tierra, y todavía hoy se pueden ver los inmensos mazos que el agua levantaba como si fueran palillos y el gran fuelle que alimentaba el fuego. Una herrería que es un monumento histórico, hoy en manos privadas —aunque se puede visitar sin probelmas— y que el ayuntamiento está empeñado en conservar.  

 

 
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—Tenías razón, Carlos —le digo al final—. Este es el lugar donde se esconden los mitos...

Pero todavía me queda más, mucho más, por descubrir.

 

(Continuará...).

 

 

 

   

Información para autocaravanistas y furgoneteros

A la vera del río, muy cerca del casco urbano de A Pontenova, hay un área de autocaravanas para cargar y descargar aguas grises y negras. Sin embargo, el espacio es escaso y no demasiado nivelado, por lo que resulta más cómodo y más céntrico dormir a la derecha de los hornos de calcinación (donde en tiempos se situaba la anterior área de autocaravanas). Por lo demás, el pueblo cuenta con una excelente gastronomía, buenos bares y restaurantes y varios supermercados. 

 

 

¿Has visitado este lugar? Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias.

 

 

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