Viaje al interior: por las entrañas del Levante

Viaje al interior por las entrañas del levante

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Decía Lao Tse, uno de los filósofos más influyentes de la antigua China (cuya existencia, como la de todo filósofo que se precie, no está del todo demostrada), que un buen viajero no tiene planes fijos ni la intención de llegar. A esa idea me aferro el domingo por la tarde cuando, tras un buen rato comprobando las previsiones del tiempo, decido renunciar a uno de los destinos que más me apetecía visitar: el Parque natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, en Jaén, el mayor espacio protegido de España y el segundo de Europa, en el que se encuentra el bosque más extenso de nuestro país. 

Pero no tengo ganas de visitar el parque natural bajo una lluvia intensa y eso es lo que anuncian las previsiones metereológicas para los próximos días, así que decido abandonar Andalucía y a media tarde me subo a La Lagartija para dirigirme a Caravaca de la Cruz, en una tierra en la que nunca he puesto un pie: la Región de Murcia.

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Viaje al interior: entre olivos, desiertos y montañas

Viaje al interior entre olivos desiertos y montanas

Un viaje en furgo por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Olivos. De repente, el mundo se ha inundado de olivos. Conduzco hacia el sur a través de Jaén, aunque en realidad tengo la impresión de nadar en un mar de aceite. Los olivos se extienden en todas direcciones hasta perderse en la lejanía, tenues manchas de un verde viejo que, al soplar la brisa, se convierten en destellos de luz plateada. Entre las ordenadas filas de los pequeños árboles reluce la tierra parda y desnuda, sin apenas hierbas. Limpiar tantas hectáreas de terreno se me antoja una labor colosal, casi un empeño imposible, y sin embargo ahí está, muy real. Me pregunto cuál será la razón que obliga a tan desmesurado esfuerzo.

Solo llevo tres semanas de viaje a lomos de La Lagartija, pero algunas cosas comienzan a resultarme evidentes. Si las extensas dehesas de Extremadura son la manifestación de una naturaleza felizmente domesticada, en el interior andaluz esa misma naturaleza ha sido sometida, domeñada por miles de años de labor.

Ayer, durante el trayecto entre Almodóvar del Río y Jaén, recorrí parte de la vega del Guadalquivir. Mirara hacia donde mirase, los campos se extendían llanos, vastos, con los brotes de cereal comenzando a asomar como una alfombra verde. Naranjos, cereales, huertos, vides y olivos, una inmensa fábrica de alimentos engrasada con la experiencia acumulada a lo largo de miles de años. Campos que ya se cultivaban cuando los romanos introdujeron los animales de tiro, el regadío y el barbecho; o cuando los musulmanes construyeron sus acequias y sistemas de riego y plantaron los primeros cítricos, como el limonero, el pomelo o el cidro, cuya naranja se empleaba para elaborar miel de azahar.

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Viaje al interior: por la Andalucía central

Viaje al interior por la Andalucia central

Un viaje en furgo por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Dejo atrás Setenil de las Bodegas cuando todavía trata de quitarse las legañas del sueño y empieza a prepararse para un domingo de sol y turistas. Me dirijo hacia Antequera, en el centro de Andalucía, a través de un paisaje de campos que relucen como inmensas sábanas verdes secándose con los primeros rayos del sol.

La mañana respira una paz profunda, intemporal, que se me mete dentro y me impulsa a detenerme cada poco a un lado de la desierta carretera, algo que ya se está convirtiendo en una costumbre. A lo lejos, una franja de neblina baja se aferra a las faldas de las montañas. Solo por momentos así ya merece la pena levantarse temprano. Y viajar, por supuesto.

Sin embargo, a los pocos kilómetros la niebla se espesa y conduzco a través de un universo lechoso a través del cual distingo de cuando en cuando formas borrosas, como sueños que se desvanecen antes de concretarse. Solo las líneas blancas de la carretera me permiten seguir adelante con cierta seguridad. Es curioso lo poco que nos percatamos de esas cosas que nos facilitan la vida, muchas tan habituales que las consideramos naturales, como si siempre hubieran estado ahí, a nuestra disposición.

Pero nada más lejos de la realidad. Cuentan que las primeras líneas blancas fueron una ocurrencia de Bonifacio VIII, un papa que se pasó su pontificado envuelto en luchas incesantes para imponer el predominio de la Iglesia católica sobre la autoridad real. Una de sus medidas de propaganda para mostrar el poder de la Iglesia fue la proclamación de Roma como sede del Papado y la promulgación del primer año jubilar de la historia en 1300.

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Viaje al interior: de Extremadura a Andalucía

Viaje al interior, de Extremadura a Andalucia

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—Nosotros no tenemos taller, solo alquilamos autocaravanas, y aquí no tengo bombas de agua, pero puedo intentar pedirte una, con suerte el lunes está aquí y te la instalo, eso es un momento de nada...

Es sábado de carnaval, cerca ya del mediodía. El mundo laboral ha decidido tomarse un respiro hasta el miércoles y Murphy se está carcajeando de lo lindo. La voz del teléfono es el primer atisbo de esperanza en una mañana repleta de gestiones infructuosas. Incluso se ha formado un pequeño comité de emergencias entre los autocaravaneros del área de Badajoz donde he dormido, unos y otros aportando experiencias y tratando de buscar formas caseras de reparar la bomba. Pero nada da resultado.

—¿Dónde estáis?

—En Calamonte, a las afueras de Mérida. —Eso me va obligar a cambiar de planes y renunciar a visitar Olivenza, pero no estoy para ponerme exigente.

—De acuerdo, te lo agradecería, sí.

—Venga, te la pido y cuando me confirmen la entrega te mando un whatsapp.

Más animado, emprendo el camino hacia Mérida, a solo unos sesenta kilómetros. Dos horas después, tras aparcar en un área municipal de pago muy cerca del centro, he dado un salto en el tiempo y estoy paseando por un cementerio de suelo de tierra, entre olivos, cipreses y columbarios romanos, los sepulcros y monumentos funerarios de personas solo rescatadas del olvido del tiempo por las breves inscripciones de las lápidas. Un texto de Séneca, cerca de la entrada, crea en el visitante el estado de ánimo adecuado:

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Viaje al interior: de Galicia a Extremadura

Viaje al interior galicia a extremadura

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Vértigo. La sensación que me invade nada más despedirme de amigos y familiares, subir al coche, cerrar la puerta y meter la primera es vértigo. El silencio me cubre como una coraza pegajosa, espesa y claustrofóbica, que tiñe mi mente de irrealidad.

La Península está envuelta en una ola de frío y nieve, así que decido evitarme lo peor y dirigirme directamente a Extremadura, donde las previsiones son algo mejores, a través de Portugal. Mientras enfilo la carretera hacia la frontera me pregunto para qué. Por qué estoy haciendo esto. Es lo mismo que me he estado preguntando toda la semana, pero ahora las dudas resurgen con mayor intensidad.

De repente, este espacio de escasos diez metros cuadrados con ruedas se ha convertido en mi casa, y lo será durante varios meses. Las comodidades habituales quedan relegadas. Voy a tener que controlar el consumo de agua y reponerla cada poco, vaciar el depósito del WC, ducharme en un espacio mínimo, lavar los platos con mucho cuidado para no gastar agua y no introducir restos de comida por el fregadero (que después se pudrirían en el depósito), preocuparme por el consumo eléctrico (y consumir sobre todo 12 v), buscar sitios donde lavar la ropa, vigilar el consumo de electricidad de la nevera, enfrentarme al frío y solucionar los problemas que vayan surgiendo y que me pueden dejar tirado en cualquier lugar. Y me pregunto si todo esto es necesario...

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