Persiguiendo paraísos: las hayas, señoras de la montaña en el Courel

Hayedos Courel

En furgo o en avión, en coche, a pie o con la imaginación: viajar dibuja mundos en nuestra piel.

Las hayas son nobles y frondosas, dueñas de la niebla y la montaña, recias como ancianas habituadas a la crudeza de los inviernos. Tienen hojas caducifolias, el tronco recto y la corteza lisa, de un color gris ceniciento. Su aspecto es inconfundible en otoño, cuando las hojas ovaladas van tornándose del color de la herrumbre.

El otoño es en el hayedo el tiempo de la magia y de la leyenda, la estación propicia para que los ananos, esos seres diminutos de largas barbas blancas, salgan de sus cuevas subterráneas y se dediquen a enredar por la espesura. Mejor no molestarlos entonces, pues dicen los viejos que son poco amigos de tratos con humanos y que si alguien los incomoda lo alejan con un soplo o una mirada paralizante…

 

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Aquí, entre hayas, los ananos se sienten a gusto. Y eso que son bien altos estos árboles, como gigantes a su lado, pues pueden alcanzar los cuarenta metros de altura y vivir más de trescientos años. Será que son glotones y les gustan mucho sus frutos, que se llaman hayucos y parecen pequeñas castañas de corte triangular con dos o tres pequeñas nueces en su interior. También les gustan, y mucho, al oso, a los urogallos y a los lirones, a las ardillas y a los ratones.

 

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El reino de las nieblas

Las hayas llegaron a Galicia hace ya mucho tiempo. Dicen que fue cuando los períodos fríos del Cuaternario, que vinieron a través de los Pirineos y la Cordillera Cantábrica y que aquí, en las tierras frías y húmedas de Os Ancares y O Courel, se detuvieron. Quizá pensaron que ya no merecía la pena ir más alá, en vista de estas cumbres suaves y estas nieblas profundas, que respiran vida en cada gota de humedad.

Y es que los hayedos son bosques sombríos, que aman las nieblas y no soportan la sequía. Prosperan sobre las vertientes septentrionales de zonas montañosas sin que les importe demasiado la dureza del frío invernal. Forman bosques muy densos, selvas que apenas permiten pasar la luz del sol y en las que, cuando se penetra en ellas en pleno invierno, se tiene la poderosa impresión de avanzar a través de un hechizante bosque de columnas.

Tanto es así que el interior de los hayedos alberga una vegetación muy escasa, debido a la poca luz que dejan pasar las copas. Es el reino de musgos, líquenes, hongos, setas y helechos. Mucho más abundante es la fauna: lobos, zorros, azores, garduñas, martas, tejones, jabalís, víboras de Seoane, culebras, lagartos…

 

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Mitos y leyendas

Las hayas forman parte desde siempre de los usos de las gentes de la montaña, integradas en su imaginario colectivo. Otrora árbol sagrado, adorado por los celtas bajo el nombre de dios Fago y venerado por los romanos como árbol consagrado a Júpiter, no cuesta demasiado imaginarse, bajo sus copas hechiceras, ancestrales cultos anteriores a la cristianización de estas tierras. Más adelante, reconvertidos los ritos en leyendas y las creencias en mito, la magia de los hayedos se hizo cuentos de ananos y de peeiras dos lobos, esas recias mujeres que guiaban a tan fieros animales como si fueran sus huestes.

 

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Los últimos hayedos de Galicia

Tanta generosidad pasa factura, siempre pasa factura. Hoy quedan pocos hayedos en Galicia. Nunca hubo muchos, pues a las hayas les gusta en exceso el frío y nuestras tierras son de mayor bondad térmica de la que necesitan.

Los principales hayedos de Galicia se refugian en las montañas de O Cebreiro y O Courel. El más puro y mejor conservado es el de Fontefermosa, en O Courel, que posee ejemplares de notable tamaño. Cerca se encuentra el de A Pintinidoira, en las proximidades de Os Ancares. Ambos son los hayedos más suroccidentales de Europa. Las hayas también aparecen mezcladas con robles, abedules, serbales, arces, acebos y tejos en las devesas de Zanfoga, Riocereixa, Romeor y A Rogueira, todas en O Courel.

Y más allá, por el norte de A Fonsagrada, nos la encontramos en el bosque de A Marronda, en la cabecera del Eo. Eso es todo. Pocos, muy pocos hayedos.

Pero cada uno de ellos es, en verdad, un pulmón mágico por el que respira la misma tierra...

 

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Nota: este artículo fue publicado inicialmente en la página galiciaenteira.com. Las fotos son de Pío García.

 

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