Viaje al interior: entre olivos, desiertos y montañas

Viaje al interior entre olivos desiertos y montanas

Un viaje en furgo por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Olivos. De repente, el mundo se ha inundado de olivos. Conduzco hacia el sur a través de Jaén, aunque en realidad tengo la impresión de nadar en un mar de aceite. Los olivos se extienden en todas direcciones hasta perderse en la lejanía, tenues manchas de un verde viejo que, al soplar la brisa, se convierten en destellos de luz plateada. Entre las ordenadas filas de los pequeños árboles reluce la tierra parda y desnuda, sin apenas hierbas. Limpiar tantas hectáreas de terreno se me antoja una labor colosal, casi un empeño imposible, y sin embargo ahí está, muy real. Me pregunto cuál será la razón que obliga a tan desmesurado esfuerzo.

Solo llevo tres semanas de viaje a lomos de La Lagartija, pero algunas cosas comienzan a resultarme evidentes. Si las extensas dehesas de Extremadura son la manifestación de una naturaleza felizmente domesticada, en el interior andaluz esa misma naturaleza ha sido sometida, domeñada por miles de años de labor.

Ayer, durante el trayecto entre Almodóvar del Río y Jaén, recorrí parte de la vega del Guadalquivir. Mirara hacia donde mirase, los campos se extendían llanos, vastos, con los brotes de cereal comenzando a asomar como una alfombra verde. Naranjos, cereales, huertos, vides y olivos, una inmensa fábrica de alimentos engrasada con la experiencia acumulada a lo largo de miles de años. Campos que ya se cultivaban cuando los romanos introdujeron los animales de tiro, el regadío y el barbecho; o cuando los musulmanes construyeron sus acequias y sistemas de riego y plantaron los primeros cítricos, como el limonero, el pomelo o el cidro, cuya naranja se empleaba para elaborar miel de azahar.

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Déjame que te cuente: el castillo de Vimianzo, la guarida del lobo

Dejame que te cuente Vimianzo

Una tierra dura, de piedra y sal. Unos nobles belicosos y pendencieros. Un arzobispo que pagó cara su temeridad. El castillo de Vimianzo guarda tras sus murallas una de las historias más sorprendentes de la edad media gallega. 

En el corazón agreste de la Terra de Soneira, en la Costa da Morte, se alza una de las fortalezas medievales mejor conservadas de Galicia. El castillo de Vimianzo fue el solar de uno de los linajes nobles más bravos, aguerridos y pendencieros de la historia de Galicia. Y eso no es poco decir, pues Galicia fue cuna, allá por los siglos bajomedievales, de nobles rapaces y violentos, señores de soga y cuchillo que no paraban mientes en lo que no fuera su propio beneficio.

Desde Vimianzo, los Moscoso (protagonistas, como ya sabes, de En tiempo de halcones) hicieron y deshicieron a su antojo e impusieron su voluntad incluso a los poderosos arzobispos de Santiago. Uno de ellos, Alonso de Fonseca II, recién llegado a su sede, osó enfrentarles. Y pagó duramente en propias carnes su temeridad.

¿Todavía no conoces esta asombrosa historia? Pues déjame que te cuente…

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Viaje al interior: por la Andalucía central

Viaje al interior por la Andalucia central

Un viaje en furgo por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Dejo atrás Setenil de las Bodegas cuando todavía trata de quitarse las legañas del sueño y empieza a prepararse para un domingo de sol y turistas. Me dirijo hacia Antequera, en el centro de Andalucía, a través de un paisaje de campos que relucen como inmensas sábanas verdes secándose con los primeros rayos del sol.

La mañana respira una paz profunda, intemporal, que se me mete dentro y me impulsa a detenerme cada poco a un lado de la desierta carretera, algo que ya se está convirtiendo en una costumbre. A lo lejos, una franja de neblina baja se aferra a las faldas de las montañas. Solo por momentos así ya merece la pena levantarse temprano. Y viajar, por supuesto.

Sin embargo, a los pocos kilómetros la niebla se espesa y conduzco a través de un universo lechoso a través del cual distingo de cuando en cuando formas borrosas, como sueños que se desvanecen antes de concretarse. Solo las líneas blancas de la carretera me permiten seguir adelante con cierta seguridad. Es curioso lo poco que nos percatamos de esas cosas que nos facilitan la vida, muchas tan habituales que las consideramos naturales, como si siempre hubieran estado ahí, a nuestra disposición.

Pero nada más lejos de la realidad. Cuentan que las primeras líneas blancas fueron una ocurrencia de Bonifacio VIII, un papa que se pasó su pontificado envuelto en luchas incesantes para imponer el predominio de la Iglesia católica sobre la autoridad real. Una de sus medidas de propaganda para mostrar el poder de la Iglesia fue la proclamación de Roma como sede del Papado y la promulgación del primer año jubilar de la historia en 1300.

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La novedad histórica de la semana: «El banquete de los placeres», de Crystal King

El banquete de los placeres crystal king Título: El banquete de los placeres

Autora: Crystal King

Editorial: Ediciones B

Páginas: 480

Publicación: 8 de febrero de 2018

 

Sinopsis

En la Roma del siglo I Apicio desea convertirse en el referente culinario de todo el Imperio y ganar fama para la posteridad. Para ello compra por una fortuna al esclavo Thrasius, a quien advierte que no coma nada que él mismo no haya preparado y que se aleje de su madre, a quien Apicio odia tanto como ella a él.

Algo asustado, Thrasius comienza a trabajar como jefe de la cocina, y asombra a su nuevo amo y a sus invitados con sus delicadas y maravillosas creaciones, hasta inspirar la escritura del primer libro de gastronomía de la Historia.

Viaje al interior: de Extremadura a Andalucía

Viaje al interior, de Extremadura a Andalucia

Un viaje en furgo por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

—Nosotros no tenemos taller, solo alquilamos autocaravanas, y aquí no tengo bombas de agua, pero puedo intentar pedirte una, con suerte el lunes está aquí y te la instalo, eso es un momento de nada...

Es sábado de carnaval, cerca ya del mediodía. El mundo laboral ha decidido tomarse un respiro hasta el miércoles y Murphy se está carcajeando de lo lindo. La voz del teléfono es el primer atisbo de esperanza en una mañana repleta de gestiones infructuosas. Incluso se ha formado un pequeño comité de emergencias entre los autocaravaneros del área de Badajoz donde he dormido, unos y otros aportando experiencias y tratando de buscar formas caseras de reparar la bomba. Pero nada da resultado.

—¿Dónde estáis?

—En Calamonte, a las afueras de Mérida. —Eso me va obligar a cambiar de planes y renunciar a visitar Olivenza, pero no estoy para ponerme exigente.

—De acuerdo, te lo agradecería, sí.

—Venga, te la pido y cuando me confirmen la entrega te mando un whatsapp.

Más animado, emprendo el camino hacia Mérida, a solo unos sesenta kilómetros. Dos horas después, tras aparcar en un área municipal de pago muy cerca del centro, he dado un salto en el tiempo y estoy paseando por un cementerio de suelo de tierra, entre olivos, cipreses y columbarios romanos, los sepulcros y monumentos funerarios de personas solo rescatadas del olvido del tiempo por las breves inscripciones de las lápidas. Un texto de Séneca, cerca de la entrada, crea en el visitante el estado de ánimo adecuado:

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