Recién llegado tras una semana de desconexión casi total, me encuentro con un panorama dantesco. Un vistazo a las noticias y hasta el más optimista tendría a sensación de que todo se va al garete. Basta leer los periódicos, los blogs y los comentarios en mil páginas de Internet para tener la sensación de que el país se hunde a nuestro alrededor. Que el sistema económico y social en el que hemos vivido tan alegremente tantos años está al borde del colapso y que nos encontramos en caída libre hacia el abismo. Una caída, dicho sea de paso, alimentada por políticos fundamentalmente ineptos, ciegos, anodinos y cortos de miras, meros comparsas de fuerzas más grandes que ellos, políticos y economistas que se aferran a dogmas rancios y que, muy probablemente, ni siquiera son conscientes de las consecuencias de sus decisiones. Iba a decir "profundamente ineptos", pero no, eso supondría que destacan, aunque fuera negativamente. Son, sencillamente, grises. Estos días, entre caña y caña, me decía un amigo, muy preocupado, que estaba harto. De manifestarse, de luchar, de seguir intentado que las cosas cambiaran. "¿Merece la pena seguir luchando por que todo cambie cuando la mayor parte de la gente solo se preocupa por su equipo de fútbol, o cuando el mismo compañero de trabajo que se llena la boca de rajadas contra las condiciones laborales que le convierten en un neoesclavo se va a la playa en vez de manifestarse el día de la huelga general? La sensación está muy extendida: esto no tiene arreglo, somos corderitos que balamos desesperanzados mientras nos llevan al matadero. Pero me niego a creerlo. Al contrario, creo que hay muchas razones para ser optimistas. Creo que estamos viviendo una época de grandes cambios, de profundas transformaciones. Creo que estamos despertando. El problema es que nuestra visión del día a día nos anula la perspectiva. Acostumbrados a lo inmediato (internet, los teléfonos móviles, los cambios tecnológicos acelerados, etc.), nos cuesta echar la vista atrás y ver cuánto hemos cambiado, nos cuesta percibir las corrientes de fondo, que son las que van modelando la historia. Pero están ahí, cada vez más amplias, más extendidas. Hace treinta o cuarenta años, el ecologismo era un movimiento de "tarados mentales" y nadie se planteaba en serio que fuera más importante conservar un espacio natural que montar una fábrica que generaría puestos de trabajo. Hoy, millones de ciudadanos de todo el mundo defienden el medio en miles de asociaciones de carácter ecologista y hasta las grandes compañías, aunque solo sea por conseguir más ventas, asumen un cierto compromiso de respeto por la naturaleza. Es solo un ejemplo, pero demuestra que se ha avanzado. De forma insuficiente, quizá más lenta de lo que nos gustaría, pero se ha avanzado. Mucho más de lo que parece a simple vista: ahora, esos mismos políticos que despreciaban el ecologismo como paranoias de radicales se reúnen en cumbres mundiales sobre el clima. Y hay muchos otros ejemplos. Nunca antes en la historia hubo una tal eclosión de organizaciones no gubernamentales que luchan por un cambio social, por nuevos esquemas económicos, que defienden el trueque, el comercio justo, la justicia social, la paz, la democracia participativa, la diversidad cultural y lingüística, los derechos humanos y, en suma, un cambio radical de los modelos económicos y sociales neoliberales. Millones de personas en todo el planeta defienden un cambio de modelo. Millones, cada vez más, enlazadas y comunicadas a través de internet y las redes sociales. Millones de seres humanos que creen que es necesario decir basta. Y muchos miles, cientos de miles, que transforman su realidad, la realidad que les rodea, con proyectos innovadores, altruistas, profundamente generosos, que crean nuevos modelos de organizaciones familiares, empresariales, vitales. Que no se limitan a lamentarse por el absurdo sistema en que viven. Todo esto era impensable hace nada. Treinta años, un suspiro desde la perspectiva de la historia. La actual crisis y, sobre todo, las mezquinas e inservibles medidas para superarla, están contribuyendo de manera decisiva a que millones de ciudadanos se sumen a estos movimientos. Un paso fundamental. Y están creando las condiciones para acelerar el proceso. Puede que nos parezca lento, puede que tengamos la sensación de que somos borregos, pero el mero hecho de que lo pensemos es señal de que nos hemos sumado a las filas de los descontentos, de los que quieren cambiar este mundo. El cambio de modelo al que aspiramos está en marcha. Movimientos globales como el 15 M o la Primavera Árabe son a la vez síntomas, causas y consecuencias de la transformación. El problema es que, como en todo proceso de cambio, hay fuerzas centrípetas y centrífugas, mareas que suben y bajan. Pero estamos en marcha. Nunca en la historia se había producido un ansia de transformación tan extendido. Nunca había habido tantas iniciativas particulares, colectivas, globales. No podemos medir el alcance del cambio por la asistencia a una manifestación o a una protesta. Es necesario ver las cosas con perspectiva. Y seguir comprometiéndonos, porque la transformación es la suma de miles de iniciativas particulares. Por eso, creo que hay razones para el optimismo.
|
Punto muerto. O, lo que es lo mismo, tiempo de espera tras terminar En tiempo de halcones, mientras el texto reposa, mientras toda la maquinaria de edición va poniéndose en marcha, mientras recibo las primeras críticas de los amigos y voy tomando notas para la revisión final. Tiempo de espera, el mejor momento para desconectar unos días, pasar de políticos, prensa y crisis varias y escaparme al sur. Al sur de verdad, al de calor asfixiante, los pescaítos fritos y el fino. Vamos, que estoy en Córdoba... en plena sartén. Arredemo, si en mayo hace este calor, ¿cómo es posible que pueda sobrevivir alguien en agosto? Aunque a mí, la verdad, unos días de calor aplastante me gustan... y seguro que cuando vuelva sobrellevo mejor el fresquito del norte. El sábado estaré en Lugo, en la feria del libro, presentando Medievalario y Mi padre comía botones y participando con Xosé Miranda en una charla sobre novela histórica. Pero, hasta el sábado, bienvenido el descanso y el calor... ¡y que descanse un poco el bloc! (Por cierto, la foto es de Almodóvar del Río, desde la torre del castillo. Impresionante, las vistas, el castillo... y el calor.)
|
11 mayo , 2012
Mis libros
Días extraños. Días de relax incómodo, la tensión un hormigueo en el límite de la consciencia, ahí dentro, en alguna parte. Terminar una novela siempre me deja baldado, como si me hubieran vaciado las tripas. La cabeza, poco a poco, comienza a acostumbrarse a la ausencia de esos personajes que me han acompañado durante tanto tiempo. De repente, en medio de cualquier cosa, me asalta el recuerdo de Mencía, de Estevo, de los maeses Guímaro y Goros, y me pregunto qué estarán haciendo ahora que ya no les sigo la pista tan de cerca. Como amigos que se han ido, pero que siguen próximos, en ese lugar de la memoria que guarda los buenos momentos. Pero hay más. La tensión, las dudas. Mientras mis neuronas buscan puntos de fuga y, casi sin que me percate, comienzan a sondear el mundo en busca de nuevas historias que contar, los nervios van haciendo su labor. Cuando termino un libro, lo primero que hago es dejárselo a dos o tres amigos para que lo lean. Suelen ser siempre los mismos: amigos con los que comparto gustos literarios y aficciones, de los que sé que no se van a limitar a llenarme el oído de flores, sino que se lo leerán a conciencia, con espíritu crítico, y que no se arredran a la hora de comentarme sus puntos débiles y fuertes. Son los peores momentos. Por el magín vuelan las dudas como libélulas despistadas: ¿habré conseguido contar lo que pretendía? ¿Gustará, tendra fuerza narrativa, convencerá? ¿Tendran vida, sustancia, los personajes? Como un reo a la espera de la sentencia que le devolverá la libertad o lo meterá entre rejas para siempre, me paso los días aguardando por esas primeras críticas, las más cercanas, las más duras. Después vendrán las revisiones, el proceso de edición, el parto final. Pero estos momentos son especiales, muy especiales. Ayer, por fin, he recibido la primera crítica sobre En tiempo de halcones de uno de estos buenos amigos. Todavía parcial, por el momento solo se ha leído la primera parte de la novela... pero he soltado el aire de golpe. Uf. Os dejo (con su permiso) algunos extractos de sus comentarios:
Tanto en La cruz de ceniza como en Medievalario me llamó la atención tu dominio de la prosa. De hecho, esa es la primera cualidad que me viene a la cabeza cuando pienso en tu estilo. Y diría que en esta ocasión vuelve a ser el punto fuerte. El libro está plagado de expresiones redondas, descripciones expresivas, palabras bien conjugadas... El texto en general es muy sugerente. Y además ágil: las páginas han ido pasando rápidamente hasta el momento. Las atmósferas que construyes funcionan, y el texto fluye sin tropiezos incluso en aquellos pasajes dedicados a poner al lector en antecedentes. En estos aspectos no tengo dudas: la novela sobresale y tú has crecido como escritor. El enganche de la historia también ha ganado con respecto a tus novelas anteriores. Lo atribuyo a un mejor ritmo de la narración, a los giros bien repartidos y, en buena medida, también a los finales de capítulo. Resulta realmente difícil dejar la lectura al concluir el capítulo de turno. Tengo la sensación de que has procurado explotar más este recurso y, de acuerdo, serán artimañas de novelistas y guionistas de serie... pero el caso es que funcionan perfectamente. Los personajes, en fin... los personajes “son” esta primera parte, muy por encima de los acontecimientos históricos. Estos hechos, como todo lo demás, están tan pasados por el tamiz de este o aquel personaje y de su mirada que uno los incorpora rápidamente al propio personaje. Supongo que eso significa que estás haciendo bien la tarea de enhebrar tu historia en la Historia.
En fin, dice más, mucho más, pero lo anterior ha bastado para soltar la espita de la tensión. Ahora solo falta que el resto siga gustándole... y que su opinión coincida con la de la otra persona que la está leyendo. Entonces sí respiraré tranquilo, definitivamente. ¡Cruzo los dedos!
|
Moby Dick, de Herman Melville, es una de esas obras que han pasado al imaginario colectivo como ejemplo de una obsesión llevada al extremo: la que el capitán Ahab siente por la ballena blanca que tiempo atrás le arrancó una pierna. Ahab es un hombre solitario y reconcentrado, ciego de rencor contra Moby Dick. Pero la novela es también una alegoría de las fuerzas oscuras que cercan al hombre y una metáfora de la condición humana, obsesionada por comprender el mundo, por la naturaleza del bien y del mal, por la aparente contradicción entre racionalidad e irracionalidad. Y es este carácter lo que convierte a Moby Dick en una obra cumbre de la literatura universal. Pero lo que no muchos saben es que Moby Dick está basada en hechos reales: se inspira en el ataque sufrido en el Pacífico Sur por un ballenero de Nantucket, el Essex, al mando del capitán George Pollard, por parte de un cachalote que embistió por dos veces al buque y lo mandó a pique. La tripulación se puso a salvo a bordo de las lanchas arponeras, pero se hallaban a más de dos mil millas náuticas de la costa. Arribaron a un islote del archipiélago de las Pitcairn, donde sobrevivieron gracias a la existencia de un manantial de agua dulce y de la pesca y la caza de aves marinas. Cuando la situación se hizo insostenible, se hicieron de nuevo a la mar a bordo de las lanchas. Pronto la desnutrición y las penalidades comenzaron a diezmar a los hombres. En un primer momento, los cadáveres de los fallecidos eran lanzados al mar, pero cuando la situación se tornó dramática comenzaron los episodios de canibalismo, que llegaron al paroxismo cuando echaron a suertes a quién iban a sacrificar para alimentar a los restantes; el “ganador” del macabro sorteo fue el joven Owen Coffin, asesinado de un disparo. Fueron rescatados noventa y tres días después del naufragio, pero tan solo sobrevivieron ocho marineros de una tripulación de veintiún hombres...
(Extraído de 99 libros para ser más culto)
|
Por una vez, y sin que sirva de precedente, casi me da pena que acabe la semana. Porque de cuando en cuando los hados se confabulan para hacernos sonreír, y esta ha sido una de esas ocasiones. Comenzaron a ponerse revoltosos el martes, 1 de mayo y festivo, en la Feria del Libro de Santiago. Hacía tiempo que no me encontraba con una feira tan repleta, tan animada, con todas las casetas a rebosar de lectores y curiosos. Ese día tocaba sesión triple: presentación de Medievalario y de Mi padre comía botones y mesa redonda sobre "Los secretos de la novela histórica", en la que participaba con Pere Tobaruela y Marcos Calveiro. Qué bien me lo pasé, demontres. Y es que da gusto compartir mesa y debate con gente como Pere y Marcos, dos tipos entretenidos donde los haya, con un montón de cosas interesantes que contar. Entre reflexiones y anécdotas, el tiempo se nos pasó volando (ahí nos teneis en la foto, en plena faena) y yo me quedé con la sensación de que los asistentes se lo habían pasado bien, habían disfrutado casi tanto como nosotros...
Ese fue el primer aviso de que los hados, por una vez, estaban de buen humor. Y pronto llegaron más avisos: el miércoles me confirmaron que, por fin, mi nuevo libro, Xoán Branco e a gran revolta irmandiña, había llegado a las librerías tras varios meses de dilaciones. ¡Ya era hora! Sí, decididamente, la semana marchaba sobre ruedas. El jueves recibí los ejemplares de la segunda edición de Medievalario y, una vez más, los chicos de Sacaúntos, la imprenta, han hecho un trabajo bárbaro. Así que segunda edición ya a la venta... ¡y que haya muchas más! Por cierto que ese mismo día, Redelibros me dio otra alegría extra: Medievalario, que ya lleva 25 semanas como la novela más valorada por los lectores de la red (con una puntuación, ahí es nada, de 4,9 sobre 5, con 42 votos), se ha convertido también en el libro más visitado, con nada menos que 3900 visitas. ¡Arredemo, qué bueno!
Con tanta buena noticia, empezaba a pensar que mejor cruzar los dedos, no fueran a ponerse traviesos los hados, que ya se sabe lo celosos que son. Pero parece que todavía no he cubierto el cupo, porque esta mañana me he despertado con un correo que ha puesto la guinda a la semana. Maite, una amiga lectora que acaba de terminar La cruz de ceniza me ha enviado su crítica... y hay críticas que consiguen que entienda por qué quiero seguir escribiendo. Os dejo con sus párrafos, porque me han encantado...
|
- Página 1 de 25
- << Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Próximo > Fin >>
|