Viaje al interior: el murmullo de las piedras

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Viaje al interior el murmullo de las piedras

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Llego a Belmonte, en Cuenca, el domingo por la tarde, atraído por la impresionante silueta de su castillo sobre un altozano y, muy especialmente, por el personaje que dominó la vida de Castilla a finales del siglo XV: Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón, señor de Belmonte y primer marqués de Villena, entre muchos otros títulos y dignidades poco merecidas... como suele suceder.

Pacheco fue uno de esos nobles rapaces, manipuladores y ambiciosos que no paran mientes en provocar guerras y orquestar traiciones para medrar, amigo de puñaladas traperas y siempre dispuesto a cambiar de bando a la menor ocasión. Antiguo conocido mío, pues es uno de los personajes que se pasean por mi novela En tiempo de halcones, razón por la que tenía ganas de visitar su ciudad natal.

Aparco en la plaza del Pilar, un espacio amplio rodeado de casas bajas, muchas encaladas, y una iglesia. Desde aquí se divisa la silueta cercana de la fortaleza. Dos chiquillos juegan al fútbol en medio de la calle, indiferentes al peligro potencial de unos coches que nunca llegan. Utilizan de portería la entrada señorial de una casa enmarcada por una arquería. Los golpes del balón contra la madera centenaria resuenan como cañonazos en el silencio de la plaza. Una anciana avanza con paso cansino, derrotado. No se ve a nadie más.

Belmonte es un municipio de cierta importancia. En la década de 1960 llegó a tener cuatro mil habitantes, aunque hoy no supera la mitad. Casas blasonadas, piedra noble labrada, iglesias y conventos, magnífico castillo. La capital municipal, en la que me encuentro, tiene varias sucursales bancarias, farmacia, centro de salud, ferretería, tiendas de alimentos, casas rurales, bares y restaurantes... En ella han nacido personajes ilustres como fray Luis de León y nobles como el mentado Juan Pacheco o su hermano Pedro Girón, del mismo jaez.

Y, sin embargo, pese a todo, cuando el lunes por la mañana doy un paseo por la localidad, solo oigo el silencio. Las calles desiertas, aunque nos encontramos ya en el inicio de la Semana Santa para los creyentes, de las vacaciones de primavera para los demás. Solo de cuando en cuando un turista inglés con cara de despistado, una señora en bata y zapatillas que barre la puerta de su casa, dos peones reparando algo en una calle.

Nadie más. Apenas coches, apenas transeúntes en un lunes todavía laborable. Las horas se escurren entre palabras no dichas y miradas perdidas, como suspiros olvidados. Y esta es una población grande.

Las horas se escurren entre palabras no dichas y miradas perdidas, como suspiros olvidados. Y esta es una población grande.

En la puerta del bar Domingo, en la plaza de Ruperto Jurado, veo por fin movimiento: cinco hombres de edades comprendidas entre veintipocos y setenta y muchos, de pie o sentados en las sillas de la terraza. Sus voces taladran el silencio con una cadencia y una tonalidad que resulta extraña para mi oído y, por momentos, difícil de comprender. Hablan sin prisas, dejando caer comentarios como sentencias. Pasan la mañana, sin más.

Vuelvo a La Lagartija con una sensación premonitoria. Me estoy acercando a la Serranía Celtibérica, el territorio más despoblado de España, descrito con hermosa crudeza por Paco Cerdá en su ensayo Los últimos. Voces de la Laponia española. En él afirma, lapidario:

 

...la España despoblada, la llamada Laponia del sur o Serranía Celtibérica: un territorio montañoso y frío con 1.355 pueblos que se extiende por las provincias de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló. En su interior viven menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado. No hay lugar tan extremo y vacío en toda Europa.

 

«No hay lugar tan extremo y vacío en toda Europa»... Todavía estoy dándole vueltas a la frase cuando me llega un mensaje por WhatsApp.

Conocí a Nacho hace tres o cuatro años en un lugar poco habitual: en la devesa da Rogueira, uno de los bosques mejor conservados y más hermosos de Galicia... probablemente porque se encuentra en una ladera imposible y en una zona aislada, en las montañas de O Courel.

Él iba con un amigo y yo con otros dos. Cuando ambos grupos nos encontramos, alguien nos presentó y nos pusimos a charlar. Al rato, Nacho nos propuso a todos subir a la cumbre del Formigueiros, que colgaba sobre nuestras cabezas a 1.639 metros de altitud. Desde donde estábamos había que superar una cresta casi vertical. Fui el único que me animé, así que emprendimos el ascenso los dos.

Una hora después, chorreando sudor, alcanzamos la cima de aquellas montañas, una plataforma redondeada de unos veinte o treinta metros de diámetro desde la que se divisa medio mundo. El día soleado de otoño convertía el panorama en un espectáculo grandioso. Pensé que allí arriba éramos como dioses contemplando nuestra recien parida creación.

Disponiéndome a disfrutar de la inmensidad y del esfuerzo realizado, saqué unas cervezas y busqué a Nacho con la mirada para ofrecerle una. Y entonces vi lo que estaba sacando de la mochila. Dejé las cervezas y comencé a grabar...

 

 

Desde ese día, Nacho y yo nos mantenemos en contacto, pero no hemos vuelto a vernos. Hasta ahora. En su mensaje me dice que está en Madrid y que si me apetece se acerca hasta Belmonte para pasar el día, así que quedo con él por la mañana frente al castillo.

—Habrás traído la gaita...

—Pues claro —se ríe.

 

El niño que pudo reinar

La visita al castillo cuesta nueve euros, pero merecen la pena. Se trata de un edificio excepcionalmente bien conservado, una sólida fortaleza palaciega de asombrosas techumbres mudéjares y estancias de hermosa decoración escultórica gótica, con algunas imágenes de dragones y quimeras realmente deliciosas.

Toda la estructura tiene forma de estrella de seis puntas, de torres redondas y gruesas murallas con adarve y barbacana. Además de Juan Pacheco, fue residencia de Eugenia de Montijo, casada con Napoleón III y, por tanto, emperatriz consorte de Francia en la segunda mitad del siglo XIX. Sus habitaciones, en la galería superior, están acertadamente musealizadas y permiten imaginar la vida en esa época.

Pero el que me interesa es Juan Pacheco. De rancia familia noble, se convirtió en paje y compañero de juegos de Enrique IV durante su infancia, lo que le permitió forjar unos sólidos lazos de amistad con el futuro rey y, a través de él, hacerse con las riendas del gobierno. Que utilizaba, por supuesto, para medrar, para acumular riquezas, concesiones, honores, títulos y dignidades. Para él y para su hermano Pedro Girón, que gracias a Juan fue nombrado maestre de la orden de Calatrava.

Los problemas comenzaron cuando Enrique IV, que era grande de cuerpo, amplia la cintura, pronto a la holganza y de carácter indolente, poco amigo de imponer su voluntad y presto a contemporizar, pero no tonto ni corto de vista, decidió poner freno a la ambición de Pacheco o, al menos, contrapesar su poder.

En 1461, Enrique nombró a Beltrán de la Cueva miembro del Consejo Real, convirtiéndolo en su hombre de confianza y desplazando con ello a Juan Pacheco. Beltrán era un noble menor que solo llevaba tres años en la corte. Su ascenso fue tan fulgurante que Pacheco lo sintió como una doble ofensa: no solo le apartaban, sino que además lo hacía un advenedizo.

Por supuesto, el marqués de Villena no se conformó y le declaró la guerra... bajo cuerda. Comenzó a intrigar y formó una alianza nobiliaria contra él. En septiembre de 1464 consiguió que un nutrido grupo de nobles redactaran un manifiesto en el que solicitaban la destitución de Beltrán de la Cueva y ponían en duda la paternidad de la infanta Juana, la hija que la reina había parido en febrero de 1462, atribuyéndosela a Beltrán y dándole así el sobrenombre con que pasó a la historia: Juana la Beltraneja.

La infamia, como casi siempre sucede, tuvo pronto éxito: la burla se hizo coplilla y se extendió por el reino y los conjurados remataron la faena asegurando que el rey Enrique no había podido yacer con la reina, pues era impotente y más amigo de donceles que de mujeres... como demostraba el meteórico ascenso de Beltrán. Daba lo mismo que a la vez se le acusara de impotente y de yacer con hombres: ambas imágenes tenían la fuerza suficiente para atrapar el morbo popular y a nadie importaba un ardite que fueran contradictorias entre sí.

Pero el asunto era más grave: los conjurados reclamaban que Juana fuera apartada de la sucesión y esta pasara al hermanastro del rey (y hermano de la que después fue Isabel la Católica), el infante Alfonso, por entonces solo un niño.

El 5 de junio de 1465, en Ávila, sobre un tablado, Juan Pacheco orquestó la traición contra el que había sido su compañero de juegos infantiles en lo que hoy se conoce como Farsa de Ávila. Los nobles conjurados colocaron una gran estatua de madera vestida con ropajes reales, para simbolizar al rey Enrique, y leyeron una declaración contra este en la que le acusaban de mostrar simpatía por los musulmanes, de ser homosexual y de no haber engendrado a Juana. Tras la lectura, arrancaron a la efigie la corona, símbolo de la dignidad real; la espada, símbolo de la justicia; y el bastón, símbolo del gobierno, y derribaron la estatua al grito de:

—¡A tierra, puto!

Y coronaron al infante Alfonso... un niño y, por tanto, mucho más manejable que Enrique. Y estalló una guerra civil, que es una de las cosas que mejor se nos dan a los españoles, pues siempre hay quien está dispuesto a creer lo que le cuentan por simple memez o quien acepta por buena cualquier verdad que venga respaldada por monedas de oro.

Pero tres años después Alfonso murió, no se sabe muy bien la causa (unos dicen que de pestilencia, otros que envenenado), y Pacheco se apresuró a firmar la paz con el rey mediante el Tratado de los Toros de Guisando.

Lo curioso es que, poco despues, cuando Fernando de Aragón se casó con la hermana de Alfonso, Isabel de Castilla, y estalló una nueva guerra civil entre los partidarios de Juana la Beltraneja y los de Isabel (después la Católica), Pacheco se puso del lado de Juana, la misma contra la que había luchado. No porque hubiera descubierto una repentina lealtad en su corazón, sino porque intuía, y con mucha razón, que Isabel como reina sería mucho más difícil de manejar...

Desde las azoteas del castillo de Belmonte, contemplando esta vasta llanura que más de una vez contempló el propio Pacheco, no puedo quitarme de la cabeza la absurda frecuencia con la que los españoles nos dejamos manipular por personajes como Pacheco, ambiciosos, ciegos a cuanto no sea su propio beneficio, capaces de cualquier cosa con tal de medrar.

Hoy, más de quinientos años después, seguimos igual, sometidos a los caprichos de individuos que son profundamente indecentes, esclavos de la codicia y de la ambición e incapaces de pensar siquiera por un instante en el bien común...

 

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Plaza del Pilar en Belmonte
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 Piedras que cuentan historias

Por la tarde, después de comer por el camino, Nacho y yo llegamos a Segóbriga, un interesante yacimiento romano a unos kilómetros de Saelices, en Cuenca. Se trata de los restos de una ciudad romana que basó su prosperidad en la abundancia en sus cercanías de yacimientos de un mineral tan escaso como útil... al menos hasta que el vidrio se abarató lo suficiente como para extenderse a las viviendas modestas.

Me refiero al lapis specularis, un tipo de yeso translúcido que los romanos utilizaban para acristalar ventanas. El escritor y científico romano Plinio el Viejo escribió allá por el siglo II una historia natural, algo muy parecido a las enciclopedias actuales, que tituló Naturalis Historia. En ella cuenta que el Lapis specularis abundaba en la Hispania Citerior, especialmente en los alrededores de Segóbriga, donde se obtenía el de mejor calidad, y que se extraía de pozos muy profundos.

Las minas de lapis specularis convirtieron a Segóbriga en el centro administrativo desde el que se controlaba y gestionaba la producción, y de ahí que la ciudad creciera hasta convertirse en municipium, esto es, un núcleo gobernado por ciudadanos romanos, lo que explica su monumentalidad y la existencia de termas, foro, teatro, anfiteatro, basílica, templos e incluso una acrópolis. Por cierto que aquí, al igual que en Mérida, siguen representándose obras teatrales.

Tras recorrer la ciudad con calma, disfrutando del poco habitual calor casi veraniego, terminamos frente al teatro. Nacho y yo nos miramos con una sonrisa cómplice.

—El lugar es perfecto... —sugiero.

Y lo es. Un poco después, los sones de la gaita gallega resuenan en esta ciudad antaño romana, hoy apenas un puñado de piedras que murmuran historias olvidadas con la esperanza de que alguien las escuche.

—Vete buscando otro escenario... —le comento un poco después, cuando nos despedimos. Él sigue hacia Albarracín, donde yo iré dentro de unos días. Pero antes quiero conocer la tierra que pateó en 1946 Camilo José Cela, un recorrido que plasmó en el libro Viaje a la Alcarria

En realidad, cuando comencé a leer ese libro hace veinte o treinta años no me llamó la atención en absoluto, y creo recordar que ni lo terminé. Lo leí de nuevo (o por primera vez) recientemente, hace pocos meses, cuando estaba preparando este viaje.

Tampoco me sedujo. Pese a su fama, percibo en él un aire impostado, de falsa naturalidad, del que contempla el mundo con una cierta sorna condescendiente, que no me acaba de convencer. En el prólogo asegura que busca esa naturalidad porque en los libros de viajes suele sobrar pedantería... Una opinion que a mí, qué se le va a hacer, me suena precisamente a eso, a pedante.

Cela pasea por la Alcarria con la mirada indiferente del señorito que observa el apareamiento de los cerdos: con una vaga curiosidad por lo exótico de la experiencia, sin implicarse ni emocionarse más que de cuando en cuando ante una puesta de sol o un paisaje llamativo.

Cela pasea por la Alcarria con la mirada indiferente del señorito que observa el apareamiento de los cerdos: con una vaga curiosidad por lo exótico de la experiencia, sin implicarse ni emocionarse más que, de cuando en cuando, ante una puesta de sol o un paisaje llamativo.

Sin embargo, lo que describe es terrible: una España mísera y hambrienta, unas gentes depauperadas, una ruina física y moral producto de la reciente guerra civil, sí, pero sobre todo del atraso secular, del olvido centenario. Tengo ganas de visitar la Alcarria para comprobar hasta qué punto las descripciones de Cela son cosa del pasado y para disfrutar de los paisajes que ya entonces admiró.  

El primer lugar al que me acerco es, por pura casualidad, el último pueblo que visitó, Zorita de los Canes, hoy mucho más conocido porque a tres kilómetros de aquí se levantó en 1965 la primera central nuclear de España, felizmente clausurada en 2006 pero todavía en proceso de desmantelamiento.

Teniendo en cuenta que los residuos generados durante los cuarenta años en que ha estado activa tardarán unos diez mil años en degradarse, en dejar de resultar mortales para el ser humano, contemplarla desde la distancia me produce un absorto asombro: no alcanzo a entender, y me temo que no lo conseguiré jamás, cómo la soberbia humana puede alcanzar tales niveles de ceguera autodestructiva. ¿Cómo alguien, en algún momento, puede imaginarse capaz de mantener a salvo de terremotos, guerras, revoluciones o atentados unos residuos durante diez mil años, más de cien veces la duración de la vida del más longevo de los seres humanos?

En Zorita, además de las ruinas en mal estado de una antigua alcazaba musulmana (y después castillo cristiano de la orden de Calatrava), se pueden visitar los restos de Recópolis, una ciudad visigoda de nueva planta, esto es, creada a partir de cero, algo muy poco frecuente entre los visigodos, más dados a asentarse en núcleos previos. Por cierto que sobre esta localidad dice Camilo José Cela en su libro:

 

Los habitantes de Zorita de los Canes son de raza rubia, como los alemanes o los ingleses. Tienen el pelo rubio y los ojos azules, y son altos y bien proporcionados. Las muchachas se peinan con raya al medio y el pelo recogido en dos trenzas; van muy limpias y relucientes y, sobre la piel blanca, les resalta el sonrosado color de las mejillas. Zorita es un pueblo que vive en familia y en paz y en gracia de Dios. Enfrente de Zorita, al otro lado del río, se ven los restos de la ciudad visigoda de Recópolis...

 

Estamos en la semana de Pascua, a las puertas del éxodo vacacional más intenso de todo el año, y aunque todavía es miércoles comienza a notarse: por una vez el centro de interpretación rebosa. La visita es guiada, un breve recorrido por los restos de la ciudad que se encuentran en un cerro próximo.

El grupo es relativamente numeroso y nada participativo, solo quince o dieciséis personas, parejas sobre todo, que atienden más o menos a las explicaciones de la guía, que le hacen más o menos caso, sin participar, sin hacer pregunta alguna, sin mostrar demasiado interés. Me descubro observándolos a ellos más que a lo que nos muestran y reconociendo la dificultad del trabajo de la guía, que en cuanto puede termina la visita y nos deja allí plantados para que observemos las ruinas a nuestro aire.

El espacio es muy interesante. Son solo un puñado de piedras, la parte baja de los muros de unas cuantas viviendas, talleres y palacios y una basílica en un estado algo mejor, con dos airosos arcos de cañón que ya no sostienen nada, pero que siguen manteniéndose firmes mil quinientos años después, indiferentes a tormentas, nevadas y vendavales. Una vez más piedras que murmuran, deseosas de que alguien escuche sus historias olvidadas.

Aquí, en el año 578, el rey Leovigildo decidió levantar una ciudad para su hijo Recaredo, su sucesor. Leovigildo solo reinó catorce años, y de ellos solo uno estuvo sin guerrear: fue el que dedicó a construir esta ciudad. Luchó contra los bizantinos, que ocupaban el sur de la Península; contra los vascones y los cántabros, en el norte; contra los suevos en Gallaecia, contra los francos y contra su propio hijo, Hermenegildo, que se convirtió al catolicismo (hasta entonces los visigodos eran arrianos, una variedad de lo mismo) y terminó capturado y muerto por su padre.

Razón por la cual los católicos lo convirtieron en santo, claro, y ahora es san Hermenegildo, mártir y patrono de los conversos... sin importarles mucho que, como todos parecían saber por aquel entonces, incluida la propia Iglesia, la conversión de Hermenegildo era más una excusa que una causa para rebelarse contra su padre. Que, en el fondo, lo único que le motivaba era la ambición.

Entre católicos y arrianos las diferencias no son muchas, aunque provocaron guerras, muertes y asesinatos por doquier, porque en el fondo lo que estaba en juego no era una diferencia de creencias, sino quién mandaba en la cada vez más poderosa Iglesia. Los arrianos no creían que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo fueran un solo dios. Esto es, no creían que Jesús tuviera la misma condición divina de su padre.

Por lo demás, llevaban una diferente tonsura: se rasuraban solo un círculo de cabello y mantenían el resto del pelo largo, como los laicos, mientras que los católicos se tonsuraban y además se cortaban el pelo como símbolo de sumisión.

La cuestión tiene más miga de lo que parece. Entre los visigodos, llevar el pelo largo era símbolo de estatus, de condición noble, y el cabello corto era símbolo de servidumbre. El asunto era grave y, al tiempo, muy práctico, pues permitía reconocer a simple vista la condición social de cualquiera. A menudo, el castigo por traición era la decalvación, profundamente humillante, que obligaba al que la sufría a retirarse del mundo.

Entre los visigodos, llevar el pelo largo era símbolo de estatus, de condición noble, y el cabello corto era símbolo de servidumbre.

Al respecto hay una historia bien curiosa que cuenta la Crónica de Alfonso III, de finales del siglo IX. Según ella, en el año 680, el rey Wamba cayó repentinamente inconsciente. Se le creyó muerto, o al borde de la muerte, y se le administró la penintencia, una práctica que por entonces era habitual con los moribundos para que purgaran sus pecados antes de enfrentarse al juicio de su dios. Por eso, fue vestido con hábitos religiosos y tonsurado en presencia de sus pares. 

Pero Wamba se recuperó, y al hacerlo se encontró con que, calvo y profeso, no podía reinar. Los Concilios de Toledo lo prohibían, así que no le quedó más remedio que ungir como sucesor a Ervigio y retirarse a un monasterio. Tiempo después se supo que había sido el propio Ervigio quien lo había drogado para conseguir... lo que había conseguido. Plan redondo.

 

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Segóbriga
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Una relación tumultuosa

Tras visitar Recópolis me dirijo a otra localidad de La Alcarria que visitó Cela y que tengo ganas de conocer: Pastrana, un municipio del sur de Guadalajara que no llega a los mil habitantes y que, aunque es de antigua fundación, entró en la historia gracias a la princesa de Éboli, mujer enigmática donde las haya, que edificó aquí un gran palacio ducal y que aquí murió... en contra de su voluntad.

El edificio, situado en la céntrica Plaza de la Hora, es sorprendente, casi excesivo para una pequeña población como Pastrana. Fue diseñado nada menos que por Alonso de Covarrubias, uno de los más afamados arquitectos del siglo XVI español, con numerosas obras en Toledo. Es un edificio de sobrio aspecto, de planta cuadrada con torres en las esquinas y articulado en torno a un gran patio central. Hoy pertenece a la Universidad de Alcalá y su interior está completamente remozado, aunque conserva varias habitaciones originales, entre ellas las que ocupó la desdichada princesa.

Ana de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, que tal es su nombre completo, fue duquesa de Francavilla, princesa de Mélito, condesa de Aliano, marquesa de Algecilla y, por matrimonio, princesa de Éboli, duquesa de Estremera, duquesa de Pastrana y marquesa de Diano. Ahí es nada.

Pero además fue una mujer de carácter, inteligente y hermosa, y esas son cualidades problemáticas en un mundo de hombres. Suele aparecer representada con un parche sobre un ojo, a la moda pirata, aunque se desconoce si se quedó tuerta (quizá, dicen algunos, por un florete en su juventud) o si simplemente era estrábica.

Sea como fuere, Ana de Mendoza ejerció una gran influencia en la corte de Felipe II, rey mojigato, meapilas, obsesionado por controlarlo todo y cobarde donde los haya. Se sospecha, aunque no se sabe con certeza, que Ana se convirtió en amante del rey tras la muerte de su marido en 1573, quizá ante la necesidad de asegurar el futuro de sus diez hijos o por afán de saborear el poder; lo que parece bastante demostrado es que sí fue amante de Antonio Pérez, secretario del rey, hombre intrigante, inteligente y manipulador.

Ambos, Ana y Antonio, dominaron la vida de la Corte hasta que apareció por el medio Juan de Escobedo. Este fue nombrado, precisamente por mediación de Antonio Pérez, secretario de Juan de Austria, el hermano bastardo del rey, que por entonces estaba tratando de pacificar los Países Bajos, alzados en armas contra España (no lo confundas con Juan José de Austria, del que hablaba el otro día, hijo bastardo de otro rey, Felipe IV).

El caso es que Juan de Escobedo abandonó pronto su lealtad hacia Antonio Pérez, al que había prometido informar de cuanto veía y oia, y la volcó en su nuevo señor.

Y aquí las cosas comienzan a complicarse. Parece ser que Escobedo, puede que de acuerdo con su señor, comenzó a urdir una conspiración. Pretendía utilizar a los Tercios de los Países Bajos para invadir con ellos Inglaterra, liberar a María Estuardo, prisionera de Isabel Tudor, y casar a Juan de Austria con ella. ¿El objetivo final era destronar a Felipe II? Difícil de creer, pero los poderosos siempre prestan oídos a los que les dicen lo que quieren, o temen, oír. Un lío gordo, en todo caso. 

¿El objetivo final era destronar a Felipe II? Difícil de creer, pero los poderosos siempre prestan oídos a los que les dicen lo que quieren, o temen, oír. Un lío gordo, en todo caso.

Antonio Pérez se enteró de estos planes más o menos por el mismo tiempo en que Juan de Escobedo se enteró de su relación con la princesa de Éboli. Y ahí comenzó un intercambio de amenazas, mira que informo al rey de que estás liado con su amante, atrévete y yo le suelto que quieres destronarlo... La cosa acabó mal, por supuesto: con Escobedo asesinado a estocadas por unos matones en las calles de Madrid.

Poco se sabe con certeza sobre lo que realmente sucedió, aunque mucho se sospecha. Puede que fuera el propio Felipe II el que ordenara el asesinato de Escobedo, o puede que la decisión la tomara Pérez por su cuenta. En el primer caso, Felipe debió de decidir no dejar testigos (o arrepentirse de lo hecho y buscar el perdón de sus pecados en el castigo ajeno, algo muy propio de su carácter). En el segundo, aunque Felipe no hubiera orquestado el asesinato pudo utilizarlo de excusa para librarse de un rival, por una simple cuestión de celos. 

Como ves, todo está confuso, un mar de intrigas palaciegas. Lo habitual.

Pérez se vio obligado a escapar con nocturnidad y alevosía hacia Aragón, donde pidió protección del Justicia de Aragón y provocó con ello la mayor crisis institucional entre reinos desde la llegada al poder de los Reyes Católicos. Una crisis que terminó con la ejecución del propio Justicia y con Antonio Pérez huido en Francia.

Ana de Medoza fue encerrada por orden del rey, que por supuesto no dio explicaciones a nadie ni justificó motivo alguno, primero en la Torre de Pinto, después en la fortaleza de Santorcaz y, finalmente, en «arresto domiciliario» en este su palacio ducal de Pastrana.

Aquí permaneció el resto de su vida, encerrada en una habitación con un balcón que el rey mandó enrejar y al cual podía salir solo una hora al día... razón por la cual la plaza es conocida hoy como Plaza de la Hora. Murió el 2 de febrero de 1592, a los cincuenta y dos años, trece de ellos encerrada.

 

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La Alcarria
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En masa

El jueves por la mañana, tras dormir en Pastrana, continúo viaje. Esta vez me dirijo a Albarracín, en Teruel, aunque como la carretera pasa por Cuenca me planteo la posibilidad de detenerme en ella uno o dos días para visitarla en condiciones. En mi retina tengo las imágenes de sus famosas casas colgadas vistas en mil fotos, pero ni por asomo me espero lo que veo cuando llego.

La panorámica de la ciudad antigua desde el mirador de la calle Paz, en las afueras, es realmente impresionante. Una perspectiva de la ciudad encaramada sobre elevados peñascos verticales del mismo color que los edificios, una escena de casas al borde del precipicio de una belleza irreal, casi etérea, como si se tratara de una burla de la imaginación. El conjunto tiene una grandiosidad desdeñosa, como si sus habitantes se rieran de la fuerza de la gravedad.

El conjunto tiene una grandiosidad desdeñosa, como si sus habitantes se rieran de la fuerza de la gravedad.

Pero no es lo único que me asombra. De repente el mundo se ha llenado de gente. Las carreteras hasta ayer vacías, los pueblos dormidos, los restaurantes olvidados bullen de actividad, rebosan de turistas. Es jueves de Pascua, inicio de los cuatro días con mayor número de desplazamientos turísticos del año. Caigo en la cuenta a la fuerza, de golpe. Me cuesta un buen rato encontrar aparcamiento en Cuenca. Al final consigo uno, pero es muy precario, tanto que aleja cualquier posibilidad de quedarme aquí. 

Algo frustrado, tras dar un paseo por una senda que recorre el acantilado sobre el que cuelga la ciudad, decido continuar hasta Albarracín con la esperanza de que allí, más lejos de Madrid, la cosa esté más calmada. Pero por el camino, que atraviesa la serranía de Cuenca, una zona de montaña, voy comprendiendo mi ingenuidad.

Por todas partes hay coches, gentes, ciclistas, senderistas. Carreteras que habitualmente están desiertas, que en mitad de la semana puedes recorrer durante kilómetros sin cruzarte con un solo coche, ahora rebosan. Al lado de los ríos se montan mesas para comer al aire libre. Veo pescadores y grupos de senderistas, mochila a la espalda y bastones en la mano.

Me detengo, me queda casi de paso, en la Ciudad Encantada, un paraje de formaciones kársticas situado a 1.500 m de altitud, con intención de recorrerlo con calma.

Pero no llego a entrar. La explanada ante la entrada del centro de interpretación es un caos de automóviles y personas. Desisto, desanimado, demasiado hecho ya a la tranquilidad de mis visitas durante este viaje. No se me escapa la ironía: estoy entrando en el territorio más despoblado de Europa... en el día con mayor movimiento del año.

No se me escapa la ironía: estoy entrando en el territorio más despoblado de Europa... en el día con mayor movimiento del año.

Albarracín aparece de repente, tras un trecho entre barrancos por la vera del río Guadalaviar. Es una mole de piedra rojiza e intensamente hermosa a los pies de una fortaleza musulmana abandonada. Una gran muralla recorre la cresta de la montaña como la cola de un saurio prehistórico. Asombra su belleza, que descubro un poco después, por la tarde, cuando asciendo hasta la fortaleza y recorro sus calles.

La historia de la localidad es larga, una relacion de conquistas y reconquistas. Fue a menudo rehén en los enfrentamientos entre Castilla y Aragón y se levantó en armas más de una vez por la defensa de sus fueros frente a las injerencias externas. Me atrae ese carácter reivindicativo, que mostró en el siglo XIV cuando la Guerra de los dos Pedros, Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, que terminó con el reconocimiento de la soberanía aragonesa sobre Albarracín a cambio de que Pedro IV jurara sus fueros. Lo mostró también cuando Antonio Pérez huyó de las iras de Felipe II y se refugió en Aragón, a la sombra del Justicia Mayor de esta Corona, que tenía derecho de amparo.

Para defender las instituciones aragonesas frente a la injerencia castellana, pues Felipe II exigía la entrega de Pérez, el Justicia Mayor Juan de Lanuza pidió el auxilio de las ciudades de Aragón. Solo Teruel y Albarracín respondieron al llamamiento y enviaron tropas, lo que supuso una fuerte represión tras la derrota aragonesa y el ajusticiamiento de Lanuza. Las consecuencias fueron terribles para Albarracín, que perdió sus fueros y entró en un período de decadencia.

Pero la localidad, cuando llego, también rebosa. El municipio apenas tiene 1.044 habitantes censados, de los cuales muchos ni siquiera vivirán allí. Su densidad de población es de 2,31 habitantes por kilómetro cuadrado, una de las más bajas del mundo.

Y, sin embargo, rebosa: cientos, puede que miles de personas atestan sus calles. El gran aparcamiento estalla, rebosante de autocaravanas, furgonetas, coches. Resulta imposible encontrar un lugar en una terraza o en el comedor de un restaurante. Cada dos por tres tengo que detenerme para no impedir la foto de esta o aquella pareja o familia. Si me paro de golpe, alguien tropieza conmigo. Un policía con el que hablo un momento, agobiado por el trabajo extra pero todavía de buen humor, exclama:

—¡Con lo bonito que es Albarracín y que la gente lo vea así! —Pero luego recapacita y añade—. Pero claro, si no hay otra posibilidad, si es cuando tienes vacaciones...

Su comentario me hace reflexionar. No creo que sea así: no creo que esta invasión sea inevitable, como una plaga bíblica contra la que no se puede luchar. Muy al contrario, creo que es consecuencia de una inercia muy perjudicial.

Que todos dispongamos de las mismas fechas de descanso o vacaciones crea absurdos insostenibles como el que estoy viviendo: pueblos desiertos la mayor parte del año que reciben de golpe una masa imposible de satisfacer y contentar; negocios que malviven durante meses y que se ven obligados a contratar personal de refuerzo para cuatro días o, peor todavía, subir los precios para tratar de rentabilizar la inundación de turistas.

Atascos, problemas, masificación durante cuatro días... y silencio absoluto el resto.

Lo curioso es que todo ello es consecuencia tardía de una revolución muerta, pero todavía no enterrada. Durante la mayor parte de la historia, hasta la Revolución Industrial, el hombre no estuvo sujeto a horarios estrictos.

Cuando éramos recolectores y cazadores el trabajo duraba lo que la obtención de alimento: a veces mucho, a veces nada. Con el Neolítico el trabajo se incrementó, pues no resulta fácil arar, sembrar y cosechar un campo con las rudimentarias herramientas de que disponían, pero no existían otros horarios que los que marcaba el ritmo de cada estación y frecuentemente, durante el invierno, el campesino permanecía mano sobre mano, dedicado a pequeñas labores de reparación de vallas o establos y poco más. Incluso en las ciudades el burgués seguía sus propios ritmos, sin la esclavitud del horario impuesto desde fuera o la atadura de las horas, que se conocían solo porque las campanas de las iglesias tocaban cada tres horas para establecer los tiempos de oración.

Hasta que llegó la Revolución Industrial y lo fastidió todo. De repente, la fábrica concentró a los trabajadores en un único lugar y hubo que imponer horarios y ser estrictos con su cumplimiento para atender las máquinas. El trabajo de unos dependía del de otros, estaba intensamente interconectado, y por ello todos tenían que estar en su lugar a la hora exigida. La innovación fue tan radical que al principio levantó duras protestas. Los trabajadores, en su mayor parte campesinos recién llegados a la ciudad, no estaban habituados a regirse por un reloj y les costaba adaptarse. Pero el nuevo sistema fabril terminó, qué remedio, generalizándose. El mundo había cambiado para siempre.

O no. Porque la Revolución Industrial hace mucho tiempo que ha terminado. La primera y la segunda. De hecho, estamos inmersos en una nueva revolución, la informática, que está cambiando de forma radical y acelerada nuestras vidas, hasta extremos que hoy nos cuesta comprender. Que, para empezar, nos permite organizar nuestro trabajo de forma completamente diferente. Muchas profesiones pueden ser ya desempeñadas desde casa. Y, cuando trabajas en casa, no te pagan por las horas, sino por el servicio que realizas, por lo que produzcas. O así debería de ser.

Pero seguimos trabajando como si las exigencias de esa primera revolución industrial siguieran siendo válidas. La revolución ha muerto, pero todavía no la hemos enterrado: siguen contratándonos por jornadas de cuatro, seis, ocho horas, en vez de hacerlo por un servicio, independientemente del tiempo que este lleve.

Siguen contratándonos por jornadas de cuatro, seis, ocho horas, en vez de hacerlo por un servicio, independientemente del tiempo que este lleve.

Incluso en los casos en que es inevitable tener un horario fijo, ¿qué problema habría, por ejemplo, en sumar todos los días de vacaciones que corresponden a cada trabajador, añadirle los festivos nacionales y locales y decirle: «te corresponden estos días, organízate como quieras»? ¿Que eres católico y no quieres perderte la Semana Santa de tu pueblo? Pues te coges el jueves y el viernes de Pascua libres. ¿Que no lo eres y te da lo mismo? Pues trabajas ese día. ¿Que quieres irte en enero a Tombuctú? Tú mismo... El trabajador podría organizarse como quisiera, y el empresario sabría con qué cuenta, por lo que podría planificar el trabajo mejor.

En el fondo, estamos ya abocados a un sistema similar, a un cambio de paradigma en la disposición y el control de nuestro tiempo. Pero la inercia tira mucho y sigue manteniendo activos sistemas obsoletos. Los cambios cuestan el doble si no hay voluntad política de aplicarlos.

Ante aglomeraciones como la que me encuentro en Albarracín y teniendo muy cercano el contraste con el vacío de un día habitual, me vienen a la memoria los hacinamientos que hasta en Galicia se producen cada vez mayor intensidad los últimos veranos. Y Galicia no se acerca a lo que se puede ver en cualquier lugar de la costa levantina de forma habitual.

No creo que se trate de un problema puntual. Se trata de una crisis profunda de la principal industria de nuestro país, una crisis que nos afecta a todos, nos perjudica a todos y que puede hacer que el turismo termine muriendo de éxito. De exceso. Ante esa amenaza, lo único posible es buscar la manera de convertir en sostenible y racional lo que ahora es un caos: el éxodo desesperado que se produce cada vez que nos sueltan a todos a la vez.

 

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Pese al hacinamiento y el exceso, Albarracín se apodera de mí, me seduce con sus geografías imposibles y sus edificios rojizos que parecen mimetizarse con la montaña. Ya ha entrado la primavera, pero esta se muestra tan caprichosa como una ninfa mimada: un día hace sol y calor, al siguiente las temperaturas descienden diez grados y se pone a nevar, o a soplar un viento duro, intenso, que hace que La Lagartija gima y se bambolee por las noches.

Sin embargo, el sábado por la mañana, tras una nevada nocturna y una noche gélida, cuando pongo el marcha el motor para continuar viaje, me doy cuenta de que estoy disfrutando intensamente con este viaje, con su libertad y con sus problemas, con los hallazgos y los encuentros, con la duda de qué me encontraré cada nueva jornada y el cansancio del final del día. Disfruto con la sensación de seguir la carretera, siempre en busca de una historia con la que llenar los ojos y despertar la imaginación.

Dándole vueltas en la cabeza a estos pensamientos, recuerdo algo que decía Camilo José Cela:

 

El escritor, aun el que más sedentario pueda parecer, es siempre un irredento vagabundo y ese es su mayor timbre de gloria y libertad.

 

Completamente de acuerdo con usted, don Camilo. Completamente.

 

 

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Indice Viaje al interior

 

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