Persiguiendo paraísos: las hayas, señoras de la montaña en el Courel

Hayedos Courel

En furgo o en avión, en coche, a pie o con la imaginación: viajar dibuja mundos en nuestra piel.

Las hayas son nobles y frondosas, dueñas de la niebla y la montaña, recias como ancianas habituadas a la crudeza de los inviernos. Tienen hojas caducifolias, el tronco recto y la corteza lisa, de un color gris ceniciento. Su aspecto es inconfundible en otoño, cuando las hojas ovaladas van tornándose del color de la herrumbre.

El otoño es en el hayedo el tiempo de la magia y de la leyenda, la estación propicia para que los ananos, esos seres diminutos de largas barbas blancas, salgan de sus cuevas subterráneas y se dediquen a enredar por la espesura. Mejor no molestarlos entonces, pues dicen los viejos que son poco amigos de tratos con humanos y que si alguien los incomoda lo alejan con un soplo o una mirada paralizante…

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Persiguiendo paraísos: el bidueiral do Xares, el bosque que susurra

Bidueiral Xares Ourense

En furgo o en avión, en coche, a pie o con la imaginación: viajar dibuja mundos en nuestra piel.

Galicia es tierra de bosques. Los bosques forman parte del ser más íntimo de los gallegos, de nuestro imaginario colectivo y de nuestras tradiciones, de las leyendas que pasan de generación en generación y de los ritos con que afrontamos cada etapa de la vida.

El bosque en Galicia tiene carácter sagrado, primitivo. Es mucho más que una simple agrupación de árboles, pues cada árbol es único para los gallegos: algunos son santos, outros venenosos, estos sanadores, aquellos traicioneros. El laurel se planta alrededor de las casas para protegerlas, las ramas del cerezo espantan a las brujas, las del sauce llorón protegen del rayo, el rebollo cura la sarna...

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Persiguiendo paraísos: Teixedal de Casaio, el bosque perdido

Teixedal de casaio, el bosque perdido

En furgo o en avión, en coche, a pie o con la imaginación: viajar dibuja mundos en nuestra piel.

Hay ocasiones en que las distancias se estiran y se retuercen como un argumento en boca de un jesuita. El itinerario puede indicar que solo faltan cinco o diez kilómetros para la meta, pero la realidad se muestra mucho más tozuda, como si la naturaleza conspirara para mantener oculto su tesoro.

En esos casos, cuando nuestro destino parece tan esquivo como las nubes en el desierto, solo nos queda apretar los dientes, asegurarnos las correas de la mochila y seguir adelante, un paso y otro más, con la esperanza de que al final, tras ese último recodo, culminemos nuestro viaje.

Nuestra meta era el Teixedal de Casaio, el único bosque de tejos que queda en Galicia y el mejor conservado de la península ibérica: un asombroso vestigio de épocas pretéritas, de cuando, hace millones de años, durante el Terciario, grandes bosques muy diferentes a los actuales cubrían la Tierra.

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Badajoz, la ciudad en la frontera

Mis otros viajes. Badajoz, la ciudad en la frontera

En furgo o en avión, en coche, a pie o con la imaginación: viajar dibuja mundos en nuestra piel.

Hasta mi viaje por la España olvidada del año pasado no había estado nunca en Badajoz, pero si algo tengo claro es que Extremadura me gusta entera: la de las dehesas interminables y la de las sierras montañosas, la de los pueblos y la de las ciudades, la natural, la cultural y la histórica. Extremadura es un paraíso y Badajoz una de sus joyas menos conocidas.

—¿De verdad no la conocéis? Pues no sabéis lo que os perdéis... —Llevo unos días recorriendo Portugal con unos amigos, por una vez sin furgo, cuando me doy cuenta de que del otro lado de la frontera estaba Badajoz.

—Pero este es un viaje por Portugal, Fran... —dudan, los muy inocentes.

—Ya, pero la historia de este país no puede entenderse sin Badajoz —suelto el cebo—. ¿No habéis oído hablar de lo que pasó en la dehesa de Cantillana? Está solo a veinte kilómetros de aquí...

Llegados a este punto, mis amigos se dejan convencer: saben que de todas formas les voy a contar la historia, y ya que no les queda más remedio que escucharla, al menos hacerlo in situ.

El tiempo no nos da para recorrer la provincia, me habría encantado hacerlo, pero sí para pasar dos días en la ciudad. Una rápida búsqueda de hoteles para escaparte en Badajoz nos permite localizar uno céntrico, cómodo y muy apetecible, así que allí nos vamos.

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Déjame que te cuente: el castro de Borneiro, la ciudad del fin del mundo

Dejame que te cuente. El castro de Borneiro

En algún lugar perdido de la Costa da Morte, en la tierra de las brumas y los mares salvajes, de las gentes recias y los ríos feraces, se esconde una ciudad. Ahora le dicen castro, pero ella siempre se supo ciudad.

Hoy, la «cibdá» de Borneiro está rodeada de bosques, escondida bajo el verde perenne de las tierras del norte, agachada, como si fuera presa de un ataque de timidez, como si buscara en el silencio el reposo de los siglos. Pasa los días ensimismada, arrullada por el canto de los pájaros, hollada por las pezuñas de pequeños animales.

Sin embargo, hubo un tiempo en que aquí vivió un pueblo orgulloso y capaz, hombres y mujeres que amaban la naturaleza y adoraban las fuentes, los árboles y las piedras.

¿Todavía no conoces este indómito lugar? Pues déjame que te cuente…

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