Déjame que te cuente: A Cántara da Moura

Cantara da Moura En el extremo oriental de Galicia, perdido entre altas montañas, antiguos valles glaciares y densos bosques de rebollos, abedules, serbales o acebos por los que asoman, casi con timidez, pequeñas aldeas diseminadas que parecen vivir en una calma eterna, se esconde un lugar que brota directamente de las leyendas.

Muy cerca del embalse de Prada, a un paseo de la capital municipal, A Veiga, aparece de repente uno de esos rincones en los que el agua ha ido erosionando la roca, con paciencia de siglos, hasta formar un laberinto natural de cuevas, pasadizos y piscinas. En este tramo perdido del río Corzos se halla A Cántara da Moura, un lugar al que las muchachas que cuidaban del ganado solían acudir a descansar y refrescarse. Al parecer, por aquí, en alguna cueva subterránea, vivía una hermosa moura…

¿Todavía no conoces este misterioso lugar? Pues déjame que te cuente…

 

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Déjame que te cuente: el castillo de Vimianzo, la guarida del lobo

Castillo de Vimianzo

Una tierra dura, de piedra y sal. Unos nobles belicosos y pendencieros. Un arzobispo que pagó cara su temeridad. El castillo de Vimianzo guarda tras sus murallas una de las historias más sorprendentes de la edad media gallega. 

En el corazón agreste de la Terra de Soneira, en la Costa da Morte, se alza una de las fortalezas medievales mejor conservadas de Galicia. El castillo de Vimianzo fue el solar de uno de los linajes nobles más bravos, aguerridos y pendencieros de la historia de Galicia. Y eso no es poco decir, pues Galicia fue cuna, allá por los siglos bajomedievales, de nobles rapaces y violentos, señores de soga y cuchillo que no paraban mientes en lo que no fuera su propio beneficio.

Desde Vimianzo, los Moscoso (protagonistas, como ya sabes, de En tiempo de halcones) hicieron y deshicieron a su antojo e impusieron su voluntad incluso a los poderosos arzobispos de Santiago. Uno de ellos, Alonso de Fonseca II, recién llegado a su sede, osó enfrentarles. Y pagó duramente en propias carnes su temeridad.

¿Todavía no conoces esta asombrosa historia? Pues déjame que te cuente…

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Déjame que te cuente: las salinas de Ulló, el oro cotidiano

Salinas de Ullo

Aunque hoy nos parece tan común que apenas le damos importancia, la sal fue a lo largo de la Historia un bien tan escaso como demandado, un verdadero oro blanco capaz de desencadenar guerras y provocar revoluciones. Durante siglos, la sal fue objeto de deseo, comercio y contrabando. Era fundamental para la alimentación humana y animal y para la conservación de los alimentos.

En la actualidad, las salinas de Ulló, al fondo de la ría de Vigo, pasan casi desapercibidas, un remanso de paz en un ría repleta de ajetreo. Sin embargo, este rincón fue durante siglos uno de los corazones económicos de la ría, el lugar del que se extraía la sal que permitía transportar la principal riqueza de la zona, el pescado, hacia el interior.

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Déjame que te cuente: Pena Corneira, el bosque olvidado

Pena Corneira

A veces, la mejor forma de pasar desapercibido es llamar la atención. Así sucede al menos con la sierra de Pena Corneira, en Ourense, cuyo elemento más característico, un gran cuerno de piedra visible desde muchos kilómetros a la redonda, se eleva sobre uno de los espacios naturales protegidos más extensos, fascinantes y desconocidos de Galicia.

Un territorio de inmensos bolos graníticos que emergen entre robles, musgos y helechos como huevos prehistóricos fosilizados. Una tierra que respira historia, salpicada de pequeñas iglesias románicas y espacios etnográficos de indudable interés.

Aquí, en Pena Corneira, se levantaba allá por la Edad Media una fortaleza que perteneció a Airas Pérez, uno de los caballeros más temerarios de Galicia, que osó retener entre sus muros al mismísimo heredero del trono castellano, el futuro Alfonso VII.

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Déjame que te cuente: Castrelo de Miño, la fortaleza perdida

Castrelo de Mino

Allá por 1111, Galicia andaba muy revuelta. La muerte del rey Alfonso VI había desembocado en una guerra civil que enfrentaba a los que querían que fuera coronada su hija Urraca y los que apoyaban que la sucesión recayera en el hijo de Urraca, Alfonso, por entonces un chiquillo de seis años. Eran guerras fraticidas que nada ni a nadie respetaban y que asolaban comarcas enteras.

Tras dos años de conflicto, fue aquí, en el castillo de Castrelo de Miño, donde todo se decidió. En esta fortaleza se hallaba el niño Alfonso asediado por los partidarios de su madre. La situación se volvía por momentos insostenible, por lo que sus cuidadores reclamaron la intervención de Diego Xelmírez para pactar una tregua. Lo que no sospechaban era que el arbitraje del obispo iba a provocar la reacción de uno de sus principales enemigos, el ambicioso Airas Pérez.

¿No has oído hablar del águila que advirtió a Xelmirez de una traición? Pues déjame que te cuente…

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