Viaje al interior: los paraísos perdidos de Extremadura

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Viaje al interior los paraisos perdidos de extremadura2

Un viaje en furgoneta camperizada por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

El lunes, tras el magnífico fin de semana de fiesta medieval, me cuesta dejar atrás Oropesa.

—¿Una cervecita de despedida? —me tienta Mayra.

La cervecita se convierte en una comida en casa de Sandra Herrero. Al sol y rodeado de personas que me han abierto sus casas con una generosidad que me desborda. Estoy tan a gusto que no consigo poner en marcha La Lagartija hasta bien entrada la tarde.

Me acerco hasta Navalmoral de la Mata para buscar una lavandería automática, la salvación de los viajeros. Cuando termino de hacer la colada, el día ya se ha ido y tengo el cuerpo baldado, pero me domina una sensación de bienestar satisfecho.

El martes a primera hora me dirijo hacia las cercanas montañas de la sierra de Gredos. Llevo todo el fin de semana disfrutando con la boca abierta del panorama de las cumbres nevadas refulgiendo al sol y jugando entre nubes perezosas, y a estas alturas las montañas son un imán que tira de mí con fuerza irresistible.

En sus laderas meridionales se encuentra la comarca de la Vera, famosa por la belleza de sus pueblos, sus gargantas excavadas en la roca y su clima templado. Todo eso me atrae, pero hay otro motivo de peso para acercarme hasta allí: el monasterio jerónimo de Yuste, en el que el emperador Carlos V pasó su último año y medio de vida.

 

La Vera, el paraíso del agua

Antes de llegar ya me doy cuenta de que algo ha cambiado. Tras varias semanas recorriendo terrenos calizos y paisajes kársticos, lo que me rodea me resulta familiar. Muy familiar, como si hubiera vuelto a casa. No me cuesta darme cuenta de qué ha cambiado: lo que veo son granitos, gneis, cuarcitas. Los mismos materiales que forman el Macizo Gallego.

Y hay un motivo para ello. Hace unos quinientos millones de años, durante la era paleozoica, no existía la Península Ibérica. Lo primero que emergió, durante la Orogenia Herciniana, fue precisamente el Macizo Gallego, un bloque montañoso formado por granitos y rocas silíceas que abarcaba el actual cuadrante noroeste peninsular e incluía en su zona meridional parte de esta sierra de Gredos.

Después, durante la era secundaria, esos antiguos relieves fueron lentamente erosionados, y el material arrancado fue depositándose en el fondo del mar, rellenando lentamente el territorio actual de la Península. Finalmente, hace «solo» sesenta y seis millones de años, la Orogenia Alpina rejuveneció el relieve peninsular y formó los Pirineos, las Cordilleras Béticas, la Cordillera Cantábrica y el Sistema Ibérico, entre otros sistemas montañosos.

Pero no se trata solo del granito, que aflora en forma de bolos desgastados por la erosión. Es la misma vegetación. Siguen abundando las encinas y los alcornoques, pero las laderas están cubiertas de robles y castaños e incluso, en las laderas septentrionales, de tejos y acebos. Era la vegetación característica de Galicia antes de que la rapacidad y la ceguera de sus gobernantes permitiera la invasión del eucalipto y la destrucción del ecosistema. Una vegetación caducifolia que justo en estas semanas está comenzando a brotar, vistiendo las laderas desnudas de un verdor tímido. Dentro de un mes, imagino, cuanto me rodea será una explosión de color, una fronda verde.

La Vera me sorprende. Paso el día recorriendo sus pequeños pueblos, muchos de los cuales, como Villanueva de la Vera, Garganta la Olla o Jarandilla de la Vera todavía conservan su arquitectura tradicional de montaña, perfectamente adaptada al medio en el que se desarrolló: calles estrechas para protegerse de la lluvia, canales en el suelo para encauzar las aguas hacia los huertos de la parte inferior de las poblaciones, casas de sillería o mampostería en su primer piso, para aislarse bien del frío y la humedad, y entramado de madera relleno de adobe o tapial para los superiores. Estructuras de poco peso, lo que permite construir voladizos para protegerse, una vez más, de las lluvias.

Siempre me llamó la atención la capacidad del hombre para buscar soluciones arquitectónicas adaptadas a cada lugar... y la facilidad con que, en los últimos años, hemos desechado estas soluciones que fueron desarrollándose y ajustándose a lo largo de muchos siglos. Olvidarlas ha hecho posible absurdos como ver casas de tejados tiroleses en Almería o viviendas de tejado plano en Galicia. 

No solo me llama la atención la arquitectura tradicional. La Vera es un paraje natural privilegiado, un espectáculo de agua, arroyos, gargantas y torrentes. El agua del deshielo baja con fuerza en la Cascada del Diablo, en las afueras de Villanueva de la Vera, o en la de Cuartos, en Losar de la Vera. En las afueras de Guijo de Santa Bárbara me acerco hasta una garganta con la intención de bañarme, pero el agua está tan fría que desisto. Leo en alguna parte que Gabriel Acedo de la Barrueza, un escritor del siglo XVII, aseguraba que Estrabón había situado aquí, en la Vera, el mismísimo paraíso...

 

(...) los celebrados Campos Elíseos, lugar de vida bienaventurada, habitación de los dioses y descanso de varones justos.

 

De varones. Está claro que las mujeres, para Estrabón, no eran dignas de un lugar así...

Por la tarde visito el monasterio de Yuste, muy cerca de Cuacos de Yuste. Hacía muchos años que tenía ganas de estar aquí. Recuerdo lo mucho que me impresionó de joven, todavía estudiando la prehistórica EGB, el que todo un emperador en la cúspide de su poder, el hombre más poderoso del mundo, decidiera renunciar a todo y retirarse a un lugar tan apartado como este. Hoy, muchos años después y con algo más de experiencia sobre las pasiones humanas, me sorprende todavía más, si cabe.

En 1555, Carlos V tenía 55 años, aunque aparentaba muchos más. Las continuas guerras de religión y los conflictos con Francia lo habían agotado. Unos años antes, en 1552, el duque Mauricio de Sajonia, antiguo aliado, se había vuelto contra él y Carlos tuvo que huir a través de los Alpes en plena tormenta de nieve.

Desde entonces no conseguía recuperarse. Estaba muy envejecido, desdentado, sufría frecuentes depresiones y ataques de gota y, tras cuarenta años ejerciendo un poder casi absoluto, se sentía extenuado. Además, su hijo Felipe II se aproximaba a la treintena y pedía paso.

Fue el placentino Luis de Ávila y Zúñiga, un amigo del Emperador, el que le habló de La Vera y del monasterio jerónimo de Yuste, de la belleza de la zona y de lo suave del clima. Carlos envió a su hijo Felipe para que observara el lugar y le informara y este regresó asustado:

—¡Ni se le ocurra a vuestra majestad retiraros en un lugar así! Es una zona de sierra, incomunicada y agreste, aislada del mundo entero. El monasterio apenas es digno para acoger a un puñado de monjes, cuánto menos a un emperador...

Pero Carlos sonrió, porque eso era exactamente lo que estaba buscando: puestos a retirarse, quería hacerlo en algún lugar agreste donde no interfiriera con su hijo, el nuevo rey. Mandó construir un pequeño palacio adosado al monasterio y, el 22 de febrero de 1557, cuando todo estuvo preparado, se instaló en él con apenas cincuenta servidores.

Murió año y medio después, el 21 de septiembre de 1558, de una enfermedad que no traía consigo cuando se instaló en Yuste, sino que la contrajo aquí: de fiebres palúdicas. No se puede negar que tiene algo de justicia poética que el hombre más poderoso de la tierra muera por causa de un mosquito... 

No se puede negar que tiene algo de justicia poética que el hombre más poderoso de la tierra muera por causa de un mosquito...

Pero en Yuste sucedió algo que tendría importantes consecuencias para la historia de España.

Déjame que te ponga en antecedentes. En 1546, mientras acudía a la Dieta Imperial de Rastisbona, Carlos V se alojó en la casa de la familia Blomberg y allí conoció a Bárbara, hija de los Blomberg, veintisiete años más joven (de hecho, de la misma edad que su hijo Felipe). De la relacion entre ambos nació en 1547 un chiquillo que el padre no reconoció, pero del que se preocupó por que tuviera una buena educación.

Sin embargo, nunca hizo nada por conocerle... hasta que se retiró a Yuste. Por entonces, Carlos andaba preocupado. Su único nieto, que se llamaba también Carlos, hijo de Felipe II, era débil, enfermizo y, lo más preocupante, un sádico de tomo y lomo que disfrutaba lo suyo asando liebres vivas, cegando por pura diversión a los caballos del establo real u ordenando azotar a una muchacha, a sus once añitos, por puro entretenimiento. Un elemento de cuidado que no aventuraba un gran futuro para la casa de Austria (y que, afortunadamente, nunca llegó a reinar: fue encarcelado por su propio padre después de muchos excesos, como incendiar una casa porque habían arrojado aguas que le salpicaron, intentar asesinar al duque de Alba de Tormes o arrojar a un paje por la ventana. Además de intentar asesinar al rey, su padre. Murió en prisión en 1568).

Quizá por eso, Carlos decidió conocer a su hijo bastardo, al que todo el mundo por entonces llamaba Jeromín. Este estaba al cuidado de un mayordomo, Luis de Quijada, que había acordado con un matrimonio de Leganés que lo criara a cambio de cincuenta ducados anuales. Pero el tal matrimonio se preocupaba más por el dinero que por el chiquillo, que crecía libre y salvaje en compañía de pilluelos de la calle, así que Quijada llevó al niño a su propia casa y lo puso al cuidado de su esposa, Magdalena de Ulloa... sin decirle quién era. De hecho, con el niño le envió una carta:

 

En nombre del amor que os tengo y del que vos me tenéis a mí, os ruego prestéis a ese niño vuestra protección maternal y cuidéis de él. Es hijo de uno de mis mejores amigos. No puedo deciros su nombre, pero os aseguro que procede de una estirpe nobilísima. Debe ser educado como el hijo de un noble, aunque su padre desea que vista con sencillez y que no se le estimule el orgullo ni la ambición.

 

La buena de la mujer pensaba, claro, que ni hijo de un amigo ni gaitas, que en realidad era el resultado de una aventura de su marido. Y, pese a todo, lo cuidó con cariño, hasta el punto de que Jeromín siempre la consideró su verdadera madre.

Hasta el verano de 1557. Carlos, en Yuste, añoraba al hijo que no conocía. Se le antojó conocerlo y pidió a Luis de Quijada que se instalase con él en Cuacos, muy cerquita. Quijada se resistía. No quería alterar al muchacho ni a su mujer, pero quién era él para resistir las órdenes de todo un emperador, aunque fuera ex. Tardó, pero finalmente, un año después, en verano de 1558, accedió. Y llevó a su mujer y a Jeromín a ver al emperador... sin que ninguno de los dos supiera nada del verdadero objetivo del encuentro.

Carlos quedó encantado con aquel chiquillo de diez u once años. Era listo, sencillo, humilde y había recibido una buena educación. Nunca le dijo que era hijo suyo, pero esos días decidió reconocerlo. Y envió una carta secreta a su hijo Felipe para que estuviese al tanto de su existencia. Después añadió una cláusula secreta en su testamento en la que confesaba sus pecadillos:

 

Por cuanto estando yo en Alemania, después que enviudé, tuve un hijo natural de una mujer soltera, el que se llama Jerónimo.

 

Felipe II aceptó los deseos de su padre. Se reunió con Jeromín en septiembre de 1559 en Valladolid, lo reconoció como miembro de la familia real y le puso casa propia. De paso, le cambió el nombre y Jeromín pasó a llamarse Juan de Austria: sí, el vencedor de Lepanto...

 

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El Jerte, el paraíso verde y blanco

Al atardecer, tras un día intenso, llego a Plasencia y me instalo en un aparcamiento de las afueras, frente a una zona de esparcimiento que llaman La Isla, un parque rodeado por el río Jerte. Hace calor y la gente aprovecha las últimas horas del día para pasear, tumbarse en la hierba o hacer deporte.

Da la sensación de que el tiempo, completamente loco, se ha saltado la primavera y ha entrado de lleno en el verano. ¡Por fin! Apenas puedo creerme que hace una semana estaba sufriendo temperaturas máximas de cinco grados. Hoy el termómetro ha alcanzado los veinticinco.

El miércoles lo dedico a callejear por Plasencia. Es una ciudad bonita, con ese aire sosegado que ya voy identificando como característico de muchas pequeñas ciudades del interior. La ciudad ronda los 40.000 habitantes y parece hecha de piedra. Como en tantos otros lugares similares, me asombra la gran cantidad de iglesias, catedrales y monasterios que la llenan y que hablan de la opresión y la cerrazón mental que debió de dominarla durante siglos. Claro que no hay verdad absoluta, porque de aquí surgió un grupo tan transgresor como Extremoduro, uno de los grupos de rock más potentes (y valientes) del panorama musical español.

A media mañana entro en la iglesia de San Nicolás, un templo románico, para echar un vistazo.

—Usted, usted, venga aquí. Quiere visitar la iglesia, ¿verdad? No se preocupe, yo se la muestro...

Me quedo indeciso, sin saber a qué atenerme. Un hombre de mediana edad, con mirada algo extraviada, se dirije a mí. Sin darme opción, me cuenta que es el sacristán y que me mostrará los tesoros de la iglesia. Y entonces empieza a ordenarme que haga lo que dice. Literalmente. «Pongase aquí y mire hacia allí. No, hacia allí no, hombre, hacia su derecha. ¿Ve? Pues eso es...».

Me cuesta creer lo que está pasando. El tipo es tajante, casi militar. «Póngase aquí, ahora vaya allá, mire esta pila bautismal, haga una foto de ese cuadro...». Le contemplo divertido, preguntándome en qué parará todo esto, aunque ya me lo imagino. Entran unos turistas y el sacristán me abandona. «Oigan, oigan, ¿van a visitar la iglesia? Yo se la enseño...».

Pero al cabo de un rato regresa compungido porque los recién llegados son belgas y no entienden ni papa de español. «Pues ello se lo pierden», asegura. Sin embargo, no desiste, eleva la voz y me ofrece una asombrosa muestra de castellano para extranjeros, que básicamente consiste en decir todo más alto y más despacio. «Mil quinientos treinta y dos, ¿oyen? Siglo diez más seis». Muestra diez dedos y después seis con una ancha sonrisa. A esas alturas ya no me contengo y sonrío abiertamente. Los belgas le miran con incredulidad.

—Si hubiera contratado un guía esta visita le costaría bien cara, pero como no lo ha hecho, aceptaré gustoso lo que quiera darme.

Aprender no he aprendido nada, pero hay que reconocer que me ha hecho pasar un buen rato...

Por la tarde dejo Plasencia y me dirijo al valle del Jerte. Aunque estamos en primavera y el valle es famoso por sus cerezos en flor, confieso que estos no me llaman demasiado la atención. Al contrario, me resultan cansinos, un paisaje monótono, tanto blanco desprovisto de hojas, como una carcajada sin alegría. Lo que me trae aquí es la posibilidad de realizar una pequeña ruta de senderismo por la Garganta de los Infiernos, una reserva natural que se localiza en la vertiente suroeste de la Sierra de Gredos.

El jueves por la mañana, a primera hora, me pongo en marcha. La ruta que voy a hacer es muy corta, apenas siete kilómetros, pero va a ser una de las experiencias más agradables de todo el viaje. El camino está desierto todavía y me permite zambullirme en solitario en un estruendo de vida, de agua, de trinos y piares, de croares, de vuelos de rapaces.

La sierra bulle de vida. Distingo varias águilas reales que sobrevuelan las cumbres, majestuosas señoras del cielo, Abundan tambien los buitres leonados, los búhos reales, los milanos, los halcones peregrinos y los azores.

A mi alrededor estalla la primavera. Obedeciendo a alguna señal telúrica, miles de hojas tiernas han comenzado a brotar por doquier. Todas al mismo tiempo, todas diminutas todavía, frágiles y temblorosas, cubiertas de una suave pelusa en estos primeros días.

Obedeciendo a alguna señal telúrica, miles de hojas tiernas han comenzado a brotar por doquier. Todas al mismo tiempo, todas diminutas todavía, frágiles y temblorosas, cubiertas de una suave pelusa en estos primeros días.

El paisaje se transforma. Lo que era roca, gris y tierra comienza a teñirse de un verde suave, cada vez más intenso y brillante. Vistas desde lejos, las laderas parecen cubiertas por una neblina algodonosa, mullida, como si fueran el edredón de un niño gigante.

Bajo la luz del sol, que hoy brilla también con fuerza, reverdece la naturaleza y animales de todo tipo se entregan a la frenética danza de la reproducción anual: me rodean extraños ritos de cortejo y apareamiento que no veo, silenciosos unos, descarados otros, hasta el punto de que los animales parecen olvidarse de la prudencia habitual, obcecados por la necesidad de reproducirse.

Mientras recorro la senda, perfectamente marcada, no dejo de pensar en lo distinto que es un bosque actual, o al menos la percepción que tenemos del bosque, de la que tenían en la Edad Media. Para nosotros el bosque es un lugar de esparcimiento, de contacto con la naturaleza, un espacio amable y abierto que nos carga de energía.

Sin embargo, durante la mayor parte de la historia el bosque simbolizó lo oscuro, lo peligroso y lo oculto.

En el bosque moraban las fieras que se enfrentaban al hombre, como el lobo o el oso; en él se escondían los forajidos, los ladrones y los asesinos, los herejes, los librepensadores y todos cuantos no encontraban su lugar en la sociedad; más aún, el bosque era la morada de los espíritus malignos, de todos aquellos seres que rondaban la vida de los humanos, de sus miedos y sus pasiones. El bosque era el territorio inexplorado y peligroso, lo que estaba fuera de la ley y el orden, la tentación y el temor.

El bosque era el territorio inexplorado y peligroso, lo que estaba fuera de la ley y el orden, la tentación y el temor.

Hoy hemos domesticado la naturaleza, hasta el punto de que hemos convertido los antiguos caminos de pastores, creados por el paso repetido de las ovejas a lo largo de los siglos, en senderos balizados, con marcas que nos impiden perdernos y que guían a los poco expertos urbanitas por un mundo amable, casi dócil.

Por cierto que el senderismo, tal y como lo entendemos hoy, nació en Francia allá por 1947 gracias a un hombre, Henri Viaux, al que se le ocurrió marcar con señales los senderos para facilitar su recorrido por quienes no los conocían.

En España los primeros senderos no se marcaron hasta 1972. Antes se habían señalizado algunos senderos locales, pero fue en ese año cuando la Association de Tourisme Pédestre de París se puso en contacto con la Federacion Española de Montañismo para solicitarles que balizaran la continuación del sendero de Gran Recorrido E-4. La cosa cuajó y al año siguiente se adoptó el sistema de señalización francés.

La primera marca blanca y roja, de sendero de gran recorrido, se pintó el 2 de marzo de 1975 en Tivissa, Tarragona, como parte del GR-7, integrado en el E-4. Hoy nuestra geografía está inundada por marcas blancas, rojas y amarillas, propias de senderos de pequeño y de gran recorrido, hasta el punto de que es posible recorrer buena parte del país sin conocerlo previamente, sin haber puesto antes un pie en él.

Como este sendero que estoy recorriendo hoy. Se trata de un pequeño trayecto de ida y vuelta que termina en un lugar realmente hermoso: los pilones o marmitas de los gigantes, una zona en la que la fuerza del agua ha excavado el granito hasta crear verdaderas hoyas, agujeros en la roca que forman un paisaje muy llamativo, aunque hoy, me temo, poco visible debido a la gran cantidad de agua que arrastra el río.

Pero me da lo mismo. Tras un invierno frío y duro se impone el placer de caminar, y me descubro cantando a pleno pulmón... y dando gracias por que no me escuche nadie.

 

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Las Hurdes, el paraíso maltratado

Paso la tarde visitando Hervás, una pequeña población del valle del Ambroz que conserva una interesante judería y, al día siguiente, a primera hora, me dirijo a Las Hurdes.

Su simple mención remueve algo por dentro. Desde hace más de un siglo las Hurdes han sido sinónimo de atraso y de miseria, hasta el punto de que el nombre se ha incrustado en la memoria del país como sinónimo de ignorancia, de pobreza, de marginación. Desde finales del siglo XIX, diversos viajeros e intelectuales como Unamuno o Gregorio Marañón escriben sobre la comarca y tratan de llamar la atención de las autoridades sobre su situación. Lo consiguen en parte y el propio Alfonso XIII visita Las Hurdes en 1922 para comprobar su estado de primera mano.

Sin embargo, Hurdes había muchas en España por aquellos años: zonas deprimidas y hambrientas, sin futuro ni esperanza. Si Las Hurdes se convirtieron en un símbolo se debió en buena medida a un documental de Luis Buñuel, Las Hurdes, tierra sin pan, rodado en 1932, diez años después de la visita de Alfonso XIII.

La película es dura. Cruda, salvaje casi. Hay escenas que descomponen al espectador, como aquella en que unas abejas devoran a picotazos a un burro u otra en la que unos niños harapientos mojan unos mendrugos de pan en el agua del río para reblandecerlos. Aparecen cadáveres de bebés, gentes con cretinismo, enanos, deformes, miserables. Es un espectáculo de las miserias humanas.

Pero no es un documental, por mucho que Buñuel nos lo vendiera así, sino una obra de ficción con un objetivo muy preciso. Nos lo cuenta Sergio del Molino en su libro La España vacía:

 

Se buscaba una reacción emocional inmediata y radical, de la misma forma que las oenegés buscaban socios con primeros planos de niños africanos cuya muerte se anunciaba inminente. Y, al igual que en muchos de estos anuncios, donde las imágenes mostradas rara vez se correspondían con el lugar y el tiempo al que decían corresponder, en Tierra sin pan no muere nadie. Ni siquiera el asno. Tal vez sí la cabra despeñada, que no se despeñó sola. O los gallos de la fiesta de La Alberca. Sabemos, sin embargo, que el bebé transportado de un pueblo a otro para su funeral no estaba muerto. Que la niña de quien se dice que falleció poco después del rodaje vivió una vida larga, hasta 1996. Que los temblores parecidos al baile de San Vito de aquel hombre eran una escenificación para la cámara. Sabemos, también, que las localizaciones están sesgadas, que Buñuel escogió deliberadamente las alquerías más remotas y miserables, como la de El Gasco, e ignoró las más prósperas, omitiendo cualquier aspecto que pudiera favorecer al Estado, como las factorías, las cooperativas apícolas que habían sacado del hambre a unas cuantas familias o los dispensarios médicos que estaban erradicando el bocio y el paludismo. De hecho, sabemos que Buñuel tuvo que desplazar su equipo a lo más profundo de Las Hurdes Altas para encontrar escenas de miseria dignas de su documental.

 

Sin embargo, la leyenda de Las Hurdes (donde había miseria, sin duda, pero no más ni menos que en muchas otras zonas de España) caló hondo en el imaginario colectivo, se hizo fuerte en nuestra mentalidad catastrofista.

Franco y su ministro de propaganda, Manuel Fraga, se aprovecharon de ello y trataron de convertirse en los redentores de Las Hurdes publicitando en el Nodo las escuelas construidas por la dictadura, las carreteras, las viviendas de protección oficial o la electrificación de las aldeas. Después, la Junta de Extremadura hizo lo mismo y convirtió Las Hurdes en su obsesión, empeñada en borrar la imagen de atraso de la comarca.

Todo esto es lo que llevo en la cabeza mientras visito distintos pueblos de la zona. Primero me acerco hasta el meandro del Melero, una impresionante curva del río Alagón muy cerca de Riomalo de Abajo, y después voy ascendiendo y recorriendo sin prisas, deteniéndome en cada pueblo, el camino que lleva hasta el pueblo de El Gasco, el que Buñuel buscó para reflejar la miseria más aguda de Las Hurdes.

Y lo que me encuentro me resulta una vez más demasiado familiar. Tanto la orografía como la vegetación me traen a la cabeza lo peor de Galicia. El paisaje está profundamente degradado, erradicada la vegetación autóctona y sustituida por plantaciones de pinos para la industria maderera.

Por todas partes, en todos los pueblos, se impone un feísmo urbanístico de libro: viviendas destartaladas, de ladrillo desnudo, bloques de cemento o uralita, sin orden ni concierto, levantadas de cualquier manera. Edificios que rompen la línea del paisaje y agreden la visión, completamente fuera de lugar. Pueblos feos, degradados, sin un ápice de belleza.

Las Hurdes es un territorio perdido, un paraíso acorralado por un progreso mal entendido. Las carreteras son buenas y, en efecto, por todas partes aparecen letreros de la Junta de Extremadura. Posiblemente, no tengo los datos, las tasas de alfabetización y de desarrollo económico estén a la par que otras comarcas similares de España. Pero la vegetación autóctona ha desaparecido e incluso se ven, como para subrayar el parecido con la Galicia más degradada, plantaciones de eucaliptos. El desarrollo económico se ha cargado el territorio.

Las Hurdes es un territorio perdido, un paraíso acorralado por un progreso mal entendido.

Solo aquí y allá se impone la grandiosidad de la orografía, los profundos desniveles, los meandros imposibles que crean espacios de gran belleza. Tras la fealdad se esconden unas Hurdes todavía hermosas, con rincones como el Chorro de la Meancera, una caída de agua de más de cien metros que se halla muy cerca de El Gasco. Recorro esta población con sentimientos encontrados, dolido por una belleza perdida pero agradecido porque ya quedaron atrás, al menos en apariencia, esas Hurdes que pintó Buñuel y que quizá nunca existieron.

 

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Toca ya dejar Extremadura. Pese al chasco de Las Hurdes, esta semana me ha confirmado algo que llevo tiempo sintiendo. Que esta comunidad es un tesoro de rincones hermosos, de historia, de gastronomía. Que pocas tierras hay que puedan comparársele en belleza y armonía. Y que, afortunadamente, todavía me queda mucha Extremadura por descubrir.

Pero será en otro viaje. Ahora, iniciando ya el regreso, me esperan las tierras de Castilla y León. 

 

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Indice Viaje al interior

 

 

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