«Los huéspedes de pago», de Sarah Waters: retrato de entreguerras

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Los huéspedes de pago, de Sarah Waters: retrato de entreguerrasSarah Waters llevaba tiempo llamándome la atención, aunque no acababa de decidirme a leer nada suyo. Escritora multipremiada, suele ambientar sus historias, como El lustre de la perla, que estuvo mucho tiempo en mi lista de pendientes y que no sé por qué no llegué a leer, en la Inglaterra victoriana, una época que me atrae mucho (¿y a quién no?). Quizá por eso, siempre asocié a Sarah Waters con folletín dieciochesco y con Charles Dickens, dos asociaciones que deberían haberme animado a leerla antes.

Y, sin embargo, hasta ahora no le había hincado el diente a sus libros. Craso error que he empezado a enmendar con Los huéspedes de pago. En esta ocasión, la autora da un pequeño salto adelante en el tiempo hasta 1922 para retratar la sociedad inglesa en una época en que esta está experimentando profundos cambios como consecuencia del tremendo shock colectivo que supuso la Primera Guerra Mundial.

Una época de cambios que afectan sobre todo a las mujeres, que tras entrar casi por la fuerza en el mercado laboral durante la guerra (debido a la escasez de mano de obra masculina), han comenzado a reinvindicar un nuevo lugar en la sociedad y a alejarse cada vez más de los clichés que les reserva la sociedad tradicional.

 

Londres, 1922. A Frances Wray la contienda le arrebató a sus dos hermanos y ahora vive con su madre viuda en una mansión de una zona residencial a las afueras de Londres. Madre e hija, de clase alta, pasan apuros económicos, y, para aliviarlos, deciden alquilar parte de su residencia a unos huéspedes de pago.

Sus inquilinos son un joven matrimonio con aspiraciones burguesas, Leonard y Lilian Barber. Él tiene ambiciones y ella luce coloridos quimonos y pone música en el gramófono. Frances y su madre deberán amoldarse a la pérdida de intimidad que supone la llegada de la pareja, y entre propietarias y huéspedes se establecerá una relación a veces incómoda, marcada por la diferencia de clase. Pero Frances irá descubriendo que comparte más cosas de las que pudiera parecer con Lilian, y entre ambas mujeres se forjará una complicidad de secretos compartidos y una peligrosa pasión que desembocará en un acto violento de terribles consecuencias...

 

Si algo sabe hacer estupendamente bien Sarah Waters es crear ambientes, y en esto, en efecto, trae a la memoria a Charles Dickens. Como él, Waters dibuja escenarios y personajes sólidos y consistentes, que parecen desfilar ante nuestros ojos con viveza. Los huéspedes de pago no es estrictamente hablando una novela histórica, en el sentido de que la trama no aborda ningún gran acontecimiento histórico; sin embargo, sí es una novela de ambientación histórica sobresaliente, capaz de reflejar con acierto una época, el Londres de los inicios de la década de 1920.

Leer a Waters es aspirar el aroma de un Londres todavía encorsetado por la mentalidad victoriana, pero que trata de librarse de sus ataduras. Es dejarse llevar por la precisión de los detalles, por el tempo pausado y meticuloso, envolvente, que va atrapando poco a poco al lector y le va desnudando la psicología de los personajes, sus miedos y sus deseos más ocultos. Leer a Waters es disfrutar con ese sosiego invernal tras el que acecha una indefinida amenaza. Es ir descubriendo que este o aquel personaje no son lo que parecían ser. O descubrir que, en el fondo, como nosotros, todos son mucho más complejos de lo que imaginábamos. 

Leer a Waters es aspirar el aroma de un Londres todavía encorsetado por la mentalidad victoriana, pero que trata de librarse de sus ataduras.

Los huéspedes de pago no es una novela trepidante, pero sí una de esas novelas cuya lectura va penetrando poco a poco bajo la piel del lector, que va encariñándose con los personajes, alentándolos, enfadándose con ellos cuando se muestran demasiado mojigatos, o demasiado reticentes u obsesivos, temiendo que hagan esto o aquello o alentándolos a tomar una u otra decisión. Y esa capacidad de implicar al lector es la señal más evidente de que estamos ante una magnífica escritora.       

Viaje al interior. 80 días en furgo por la España olvidada

 

 

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