Viaje al interior: por la tierra de los grandes horizontes

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Viaje al interior por la tierra de los grandes horizontes

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Tras unos días de sol y calor, el País Valencià me despide con lluvias intermitentes y un viento intenso que sacude lateralmente La Largartija y hace rodar rastrojos que atraviesan la carretera como si de súbito hubiera sido trasladado al Lejano Oeste.

Pero no, no son rastrojos, sino el resultado de uno de esos procesos de adaptación al medio que tanto me fascinan en la naturaleza. En realidad se trata de una planta arbustiva, la barrilla, que al llegar el otoño se desprende de sus raíces y se desplaza con el viento para esparcir sus semillas a lo largo de un amplio territorio. Plantas móviles... gracias al viento. ¿Cuántos millones de años tardó la evolución en desarrollar una solución tan ingeniosa?

Nada más entrar en La Mancha, los horizontes se amplían y la vista se pierde en el infinito. Avanzo a través de una llanura interminable en la que medran el cereal, olivos y encinas dispersas y, aquí y allá, los nietos de aquellos molinos quijotescos, mucho más estilizados pero igualmente señores del viento. Me llama la atención que los campos, que comienzan a verdear, son muy pedregosos, complicados de labrar. No es difícil detectar los esfuerzos de los campesinos por librarse de esa plaga bíblica: la llanura está salpicada de pequeñas montañas de piedras, como ofrendas a una insaciable deidad prehistórica.

Dicen que esta tierra era llamada Espartaria por los visigodos, nombre que perpetuaron los musulmanes al traducirlo a su lengua: Manxaf, tierra de espartos, tierra seca, de donde se cree que procede el actual topónimo Mancha. La vegetación es sin duda esteparia allá donde la agricultura le da un respiro: arbustos y matorrales de tomillo, espliego, romero y jaras que se transforman en las riberas de los ríos en fresnos y abedules. 

Me dirijo a Alcalá del Júcar, pero a medida que me aproximo comienzo a preocuparme. Por lo que sé, se trata de una pequeña población coronada por un castillo en lo alto de un cerro. Sin embargo, aunque el GPS me dice que estoy ya muy cerca, a solo dos o tres kilómetros, en derredor solo distingo la llanura infinita. Estoy preguntándome si habré equivocado el camino cuando, de repente, la tierra se abre bajo las ruedas de La Lagartija...

 

La villa escondida

Me cuesta creer lo que veo: la carretera se mete en una profunda hondonada, visible solo al estar ya dentro de ella, y desciende a lo largo de uno o dos kilómetros hasta que súbitamente, allá al fondo, surge la silueta de una población imposible: el río Júcar ha excavado un profundo barranco que se remansa a los pies de una elevación de la que cuelgan un puñado de casas. El desnivel hace que el suelo de las de arriba esté, casi literalmente, a la altura del techo de las inferiores. Y, sobre todas ellas, imponente, la silueta de una fortaleza que se eleva en una torre vertiginosa, una mole de piedra sobre la que ondean con furia unas banderas. Esa furia, hoy resultado de la intensa ventolera, se me antoja un acertado símbolo de la historia de esta villa.

Donde ahora se alza esta fortaleza debió de alzarse hasta el siglo XIII una torre musulmana de frontera que, allá por 1213, fue conquistada definitivamente por Alfonso VIII de Castilla, el vencedor de Las Navas de Tolosa, uno de los reyes más belicosos de la corona castellana, enfangado en continuas guerras entre cristianos que alternaba con los enfrentamientos contra el musulmán. Pese a lo cual tuvo tiempo y ganas suficientes (o las tuvo su esposa, la reina Leonor, hermana del archiconocido Ricardo Corazón de León) para convertir su corte en un centro de atracción para intelectuales y trovadores.

Poco después de la conquista, Alcalá del Júcar y otras muchas tierras y localidades cercanas pasaron al señorío de Villena, uno de los más extensos y poderosos de la época. El más famoso señor, duque y príncipe de Villena es un personaje peculiar, prototipo del caballero medieval, que ha pasado por méritos propios a la historia de la literatura: el infante don Juan Manuel, el autor de El conde Lucanor.

Juan Manuel era nieto del rey Fernando III de Castilla y sobrino de Alfonso X el Sabio y se consideraba con más derecho al trono que el propio Alfonso XI. Cuando este rehusó casarse con su hija Constanza y la encarceló en el castillo de Toro, Juan Manuel rompió con el rey y convirtió su señorío de Villena en un verdadero reino independiente dentro de la Corona de Castilla. Consolidó una red de fortalezas por todo su señorío, como esta de Alcalá del Júcar, y viajaba constantemente de una a otra, siempre alerta y en movimiento. Defendió tenazmente su independencia y se alzó en armas contra Castilla. Tras años de duros enfrentamientos, terminó rindiéndose en 1336... y dedicándose a la literatura. Una actividad, qué curioso, que terminaría por darle mucha mayor fama que la que aspiraba a ganar por las armas.

Pero, como te decía, Juan Manuel fue en muchos sentidos el prototipo del caballero medieval: culto, amante de las artes, profundamente religioso, ambicioso y arrojado, prisionero de su orgullo y defensor a ultranza de su linaje, estaba firmemente convencido de que la división jerárquica de la sociedad en tres estamentos, oratores, bellatores y laboratores, monjes, guerreros y campesinos, era la mejor expresión de la trinidad divina, como defiende en uno de sus escritos, el Libro de los estados. Algo muy fácil de defender... cuando estás en la parte alta de la pirámide. Por cierto que este libro es también un interesante tratado sobre estrategia militar medieval.

Pero, además, Juan Manuel creía firmemente que la historia seguía un plan divino y que su linaje estaba destinado a servir de herramienta en manos de su dios. Una profecía familiar defendía que por su linaje sería vengada la muerte de Cristo. Por eso, los enemigos de su familia eran enemigos de dios. Para qué andarse con medias tintas...

Una profecía familiar defendía que por su linaje sería vengada la muerte de Cristo. Por eso, los enemigos de su familia eran enemigos de dios.

Un fanatismo tan extremo que parece ingenuo, si no fuera porque los que padecían las consecuencias eran los que menos culpa tenían: sus propios vasallos. Como señor, Juan Manuel era duro y exigente, hasta el punto de que redujo a la miseria a comarcas enteras. No respetaba los derechos tradicionales de los concejos, imponía tributos desaforados para costear sus guerras, se apropiaba del monopolio de molinos, montes y hornos, cobraba diezmos, pontazgos y portazgos que no le correspondían...

Desde lo alto de la torre del castillo de Alcalá del Júcar, el pueblo parece diminuto, casi de juguete. No cuesta imaginarse a Juan Manuel aquí arriba, vigilando a sus súbditos y sintiéndose, por derecho de nacimiento, mucho más cerca que ellos de su dios...

Pero ese fue solo un episodio en la larga serie de calamidades que padeció esta población: asaltos, incendios, exacciones, epidemias de cólera, ataques carlistas... Una de las más destacadas sucedió en la Nochebuena de 1803. Cuando las familias estaban en sus hogares celebrando la festividad, se oyó un gigantesco estruendo, como si la misma tierra se abriese.

Y eso fue exactamente lo que pasó: una parte del peñón sobre el que se sustenta el castillo se derrumbó de súbito, transformando media población en un río de piedras, cascotes y sangre. Murieron veinticuatro personas y otras cincuenta y cuatro fueron sacadas con vida de entre los escombros. Hoy todavía es posible contemplar la fractura de la roca en la Cuesta Hondonera que separa el castillo del resto de la villa.

 

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En el Centro Cervantino de La Roda

Tras pasar una noche en Alcalá del Júcar y otra en Albacete, me dirijo hacia La Roda, una población de unos quince mil habitantes que se encuentra a unos cuarenta kilómetros de Albacete en dirección a Madrid y que, por cierto, también formó parte del señorío de Villena hasta 1476. Hace unos días, Mercedes Lozano, periodista de una cadena de televisión local, se puso en contacto conmigo para entrevistarme y he quedado con ella en el Centro Cervantino.

A estas alturas del viaje, ya cerca de su ecuador, el cansancio empieza a dejarse notar. Más que el cansancio, la rutina, que se infiltra por los resquicios del asombro y la novedad.

En cierta forma, cada viaje es una vida comprimida: al principio nos llena de expectación, como un niño que se enfrenta a cada nueva experiencia con la ilusión y la intensidad de la primera vez, todavía convencido de que todos los futuros son posibles; después, a medida que avanza el viaje, lo extraordinario se vuelve habitual y las expectativas se van adecuando a la realidad, como el adulto que asume su condición, acepta sus limitaciones y se carga de rutinas, sus corazas frente a la decepción; pero, cuando se acerca el final, como le sucede al anciano que ya solo tiene pasado, lo vivido se carga de añoranza y nos descubrimos deseando que el viaje, que la vida, nunca termine.

Dándole vueltas a esto, me viene a la cabeza una máxima de Quinto Horacio Flaco, un poeta satírico romano:

 

Los que atraviesan los mares cambian de cielo, pero no de condición.

 

Cuando la leí por primera vez me sentí escéptico, no muy convencido de su verdad. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que, por mucho que tratemos de evitarlo, llevamos siempre a rastras nuestros hábitos, nuestra forma de ver el mundo y de estar en él.

El mérito del viaje estriba en que, al arrancarte de tu cotidianeidad, te presenta nuevas perspectivas y diferentes puntos de vista y, al mismo tiempo, hace que te des cuenta de que las pulsiones que te mueven son las mismas que impulsan al resto de la humanidad. El viaje te ofrece la oportunidad de mirar hacia dentro, precisamente porque miras hacia fuera con renovado interés. Que la aproveches o no, ya solo depende de ti.

El viaje te ofrece la oportunidad de mirar hacia dentro, precisamente porque miras hacia fuera con renovado interés. Que la aproveches o no, ya solo depende de ti.

Por eso, ahora que el cansancio empieza a teñirse de rutina, agradezco llamadas como la de Mercedes, que con su interés me permite observarme desde fuera y me recuerda lo extraordinario de la experiencia. Siempre me sucede lo mismo: el caos del universo se ordena en mi cabeza a medida que lo describo, como si las cosas, al ponerles nombre, encontraran su lugar. Ese es el verdadero poder de la palabra y la razón por la que en el Génesis el dios cristiano va poniendo nombre a cuanto existe: tierra, luz, tinieblas...

Mercedes es una mujer muy cordial y la conversación fluye. Hablamos del viaje, pero también de La Roda, que he visitado brevemente y que me ha sorprendido por la amplitud de sus calles y jardines, por la sensación de espacio, tan infrecuente en las enrevesadas villas gallegas. Tras la entrevista, me presenta a un personaje que pronto se revela excepcional: Gabriel Alarcón López, presidente del Centro Cervantino en el que nos hallamos (en realidad, la sede de la Fundación Quijote, cuyo fin es la difusión de la obra cervantina y de la cultura manchega).

Gabriel es un artista notable, pintor y escultor, con una amplia obra que gira en torno a la figura del Quijote. En su compañía me doy cuenta cabal, por primera vez, de que estoy finalmente en La Mancha, y de la intensidad con que la imaginación de Cervantes ha impregnado toda esta tierra: no es solo un personaje literario, es en buena medida la destilación de la esencia de sus gentes.

La Fundación posee una biblioteca excepcional, con más de siete mil títulos y cerca de mil ediciones diferentes de El Quijote, en más de cuarenta idiomas, muchas realmente valiosas. Gabriel me las muestra con la reverencia del apasionado y, de su mano, voy descubriendo ilustraciones deliciosas y volúmenes imposibles, como una edición en papel de corcho, tan fino, ligero y quebradizo que imprimir en él parece tan loco empeño como los del propio Quijote. También me muestra un gran volumen ilustrado por él, con imágenes de gran fuerza expresiva que me trasladan a un mundo de sueños y miserias, al universo de un loco ensimismado. 

Termino la mañana de la mejor forma posible: disfrutando de un excelente vino manchego y probando diferentes exquisiteces de la tierra en compañía del propio Gabriel y de Juan, un herrero amigo de Gabriel, al que auxilia en sus esculturas de forja. La conversación viene y va, se pierde por los vericuetos de la historia y de la localidad con sorprendente viveza entre tres personas que acaban de conocerse. Cuando me despido, ambos me sorprenden con un curioso regalo: dos clavos de un palmo de largo que, según dicen, tienen más de cuatrocientos años de antigüedad, pertenecientes a la casa en la que, supuestamente, la imaginación de Cervantes situó a su flaco hidalgo.

Les dejo atrás con pena, pensando en lo que decía Bryce Echenique, un autor que devoré hace años: «La patria son los amigos». Lo son porque te anclan y te dan forma. Los amigos de siempre, esos que echas de menos cuando estás lejos, y los que encuentras por el camino, inesperadamente, porque te recuerdan que la cercanía no nace de la costumbre, sino de la afinidad.

 

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La ciudad del teatro

Por la tarde, ciento setenta kilómetros después, aparco en las afueras de Almagro, en Ciudad Real. Tengo pocas referencias de la localidad, más allá del Festival Internacional de Teatro Clásico que se celebra aquí cada verano y de la vaga idea de que se trata de una ciudad monumental relacionada con la Orden Militar de Calatrava.

Me sucede con Almagro lo mismo que con muchas otras localidades durante este viaje: he oído y leído sus nombres en más de una ocasión, simples menciones en la prensa o en libros de historia que no se me fijan en la memoria porque quedan lejos de mi entorno habitual. Como los destellos de luz de las estrellas, que atraen nuestra atención un momento pero terminan diluyéndose en el panorama general.

Pero para eso estoy de viaje, para vestir de recuerdos esas menciones y dotar de realidad a los nombres. He concertado una visita guiada, así que a la mañana siguiente me dirijo a la Plaza Mayor. En el local de la empresa turística me espera Maru.

—Solo estás tú...

—Vaya. Lo lamento... —Y lo hago de verdad, aunque eso me da la oportunidad de disfrutar de un recorrido privilegiado por la localidad.

El primer lugar que visitamos es, en la misma Plaza Mayor, el antiguo corral de comedias, en realidad el patio de un mesón que un avispado emprendedor del siglo XVII, Leonardo de Oviedo, habilitó para representaciones teatrales ante el éxito que tenían las que se realizaban por las plazas de la localidad.

Cuesta imaginar ese éxito hoy, cuando tantos teatros están vacíos, pero por entonces, en el Siglo de Oro de la literatura española, el teatro era una de las pocas diversiones de nobles y villanos, un espacio de sueños en una sociedad hambrienta de vida.

El corral es pequeño, casi recoleto. Maru, que tiene una voz dulce muy agradable, se entretiene describiéndome los olores y la suciedad que entonces debían de invadir este espacio y el ambiente festivo y jaranero de los asistentes, a los que el propio mesonero vendía las frutas estropeadas que le sobraban para que ejercieran su derecho de reprobación si la obra no les gustaba. Duro oficio el de cómico, entonces y ahora...

—El color del corral era este rojo que aquí se llama almagre, del que procede el nombre de la ciudad —Me cuenta, antes de empezar a describir a los asistentes—. La moral de la época no permitía que las personas de distinto sexo o condición social se mezclaran, así que cada uno tenía un sitio propio. Las mujeres plebeyas se apiñaban en el primer piso, en el fondo. Como el mesonero cobraba por sentarse, había un «apretador», un hombre encargado de juntarlas lo más posible en los bancos corridos para encajar el mayor número posible. El problema era que una vez instaladas ni se podían mover, y las obras duraban tres y cuatro horas, así que no era nada infrecuente que las mujeres terminaran orinando directamente en el suelo. Imagínate el olor, y además en verano, a las tres y cuatro de la tarde, que era la hora de la representación, a cuarenta y tantos grados...

—Me lo imagino, me lo imagino. Y más si se dedicaban a beber...

—No, estaba prohibido el alcohol, porque era un público demasiado belicoso. En la puerta se vendía la loja, una bebida de agua, especias y miel que era lo único que se permitía beber.

—Ya se traerían puesto el alcohol.

—Sí, porque se vendía en el mesón, al lado...

—¿Y el nombre de corral?

—Es que esto era también un corral, con gallinas, cerdos y ovejas. Cuando comenzaba la función se sacaban los animales a la calle...

Pues sí, sí que debía de oler mal...

Durante buena parte de la mañana visitamos iglesias, conventos y teatros que me transmiten la impresión de una población noble y próspera... para unos pocos, al menos. Siempre me asombra la gran cantidad de iglesias y conventos que inundan la geografía española, muchos de ellos edificios inmensos que supusieron un tremendo esfuerzo económico —sufragado por los de siempre, por supuesto— en unos siglos en los que la mayoría de la población se moría literalmente de hambre. ¿Cuántas cosas se podrían haber conseguido si todos esos recursos se hubieran dedicado a mejorar la vida de los humildes?

Pero ahí están, islas de lujo y manifestaciones de un poder omnímodo en una sociedad fuertemente jerarquizada, en la que el nacimiento marcaba el rumbo de tu vida entera y en la que los privilegiados luchaban por mantener sus prebendas mediante la fuerza y la construcción de universos ideológicos que justificasen su preeminencia.

Islas de lujo y manifestaciones de un poder omnímodo en una sociedad fuertemente jerarquizada, en la que el nacimiento marcaba el rumbo de tu vida entera y en la que los privilegiados luchaban por mantener sus prebendas mediante la fuerza y la construcción de universos ideológicos que justificasen su preeminencia.

Reparar en esto me recuerda que, pese a que muchos de esos privilegios siguen hoy presentes y evidentes, es innegable que hemos progresado en los últimos siglos. Una luz de esperanza que debería animarnos a seguir luchando para allanar tantas desigualdades todavía demasiado presentes.

Lo que más me llama la atención, sin embargo, es la hermosa Plaza Mayor, dos hileras simétricas de casas de dos pisos que se apoyan sobre soportales columnados. Me extraña la disposición poco frecuente, tan alargada y abierta por ambos extremos (al menos en un tiempo, ahora cierra uno de ellos el edificio del ayuntamiento).

—Se debe a sus orígenes, vinculados con la orden militar de Calatrava. Tenía su sede en la ciudad de Calatrava, estratégica para defender Toledo de los musulmanes. Pero tras la batalla de Las Navas de Tolosa la orden traslada aquí su sede militar y mantiene la religiosa en Calatrava. Levantan el palacio maestral, que ahora es el Museo Nacional del Teatro, y construyen aquí una explanada como patio de armas, para que los caballeros pudieran entrenar. 

No me cuesta imaginarme esta plaza en aquel tiempo, en los siglos bajomedievales. Muy probablemente, en ella se celebrarían juegos de cañas y de correr sortija, justas y torneos que servían para poner a prueba las destrezas bélicas de los caballeros. Jerónimo Müntzer, en su Viaje por España y Portugal, escrito a finales del siglo XV, describe uno de esos juegos de cañas al que asistió en la explanada de la Alhambra y en el que participaban más de cien caballeros.

 

Divididos en dos cuadrillas, comenzaron los unos a acometer a los contrarios con largas cañas, agudas como lanzas; otros, simulando una huida, cubríanse la espalda con adargas y broqueles, persiguiendo a otros a su vez, y todos ellos montados a la jineta (...) El juego es bastante peligroso, pero con este simulacro de batalla  acostúmbranse los caballeros a no temer las lanzas de veras en la verdadera guerra.

 

Claro que, muy a menudo, juegos de cañas y torneos servían de inmejorable ocasión para saldar rencillas o librarse de enemigos, hasta el punto de que tiene que prohibirse el juego sucio, como cuenta la Crónica de Enrique IV.

 

Está prohibida toda contienda, aunque entre ellos existan rencores o salgan heridos del combate...

 

Algo que no debería de extrañarnos si recordamos que la mayor parte de estos caballeros eran muy jóvenes para los estándares actuales, muchachos de entre quince y veintipocos años, repletos de energía y pasión, a menudo analfabetos, asombrosamente incultos e imbuídos de la importancia de su linaje o, casi peor, de la necesidad labrarse un nombre...

 

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El país del agua

Tras visitar Almagro, el jueves por la noche me acerco hasta uno de esos lugares que llevo años queriendo visitar: el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, en Ciudad Real, el último ejemplo de los grandes humedales que hace siglos abundaban en la meseta central de la Península Ibérica y un lugar especial para la observación de aves.

Las tablas fluviales se forman en los tramos medios de los ríos en zonas en las que, debido a la muy escasa pendiente, el agua desborda los cauces y crea llanuras de inundación, un fenómeno que se ve incrementado por la existencia de áreas de descarga de aguas procedentes de acuíferos subterráneos.

En el caso de Daimiel, las tablas se forman por el desbordamiento de los ríos Guadiana y Gigüela en su confluencia y por la existencia de un antaño importante acuífero subterráneo, hoy muy deteriorado debido a la extracción de agua mediante pozos para el riego, hasta el punto de que en 2009 la Comisión Europea abrió un expediente a España para forzarla a detener la degradación del parque. Desde entonces la situación se ha recuperado mucho, aunque Daimiel dista de estar fuera de peligro.

Pero la historia de las tablas es mucho más antigua, tanto que el mismo infante don Juan Manuel del que te hablaba en Alcalá del Júcar las menciona en su Libro de la caza, en 1325, cuando expone sus buenas características para la cetrería.

Con razón, porque este humedal es una joya de la biodiversidad y un paraíso para las aves, tanto estacionales como permanentes. Por aquí pasan todos los años garzas imperiales y reales, ánades reales, garcetas, martinetes, avetoros, patos colorados, cuchara y silbones, cercetas, alcotanes, fochas, cigüeñuelas, martines pescadores y un largo etcétera, que conviven con ranitas de San Antón, culebras viperinas, turones, zorros, nutrias, ratas de agua, comadrejas e, incluso, jabalíes.

Como llego ya por la tarde, solicito permiso para pernoctar en él y, tras visitar el centro de interpretación, aguardo a que los pocos visitantes que hoy acuden hasta este apartado rincón y los trabajadores del parque se vayan marchando.

La noche cae sin prisa. La luz se demora entre los carrizos, se entretiene arrancando destellos de las aguas. Me he quedado completamente solo, rodeado por una amplia extensión de humedales de los que brota el rumor de la vida animal. El sol se pone sobre las aguas de la laguna. De la fronda se eleva un estruendo de graznidos y piares, de reclamos y alertas. Me invade la sensación de hallarme solo en medio de la naturaleza, indefenso como aquellos primeros hombres que, todavía nómadas, se adentraban en el territorio con el alma en vilo y la lanza en la mano, atentos al menor crujido en la espesura que delate al depredador que acecha. Justo cuando el último resquicio de luz está a punto de desaparecer, un nutrido grupo de anátidas echa a volar justo frente a mí, sombras apenas, como espíritus errantes que se elevan hacia el firmamento.

Me quedo largo tiempo inmóvil, sintiendo la noche densa alrededor, con la convicción de estar viviendo uno de esos raros momentos en que te sientes parte, una pequeña parte, de un todo mucho más amplio, de esa maravilla ciega y abrumadora y terriblemente poderosa que llamamos vida. Por una vez no me siento espectador, sino un elemento más de esta danza cósmica...

Hasta que escucho un sonido familiar en el móvil. Veo quién me ha enviado el mensaje y, contento, olvidado ya de mi entorno, regreso a La Lagartija para responder.

No he llegado en el mejor momento para visitar las tablas. En esta época, mediados de marzo, las aves invernantes ya han emprendido el regreso a sus hogares norteños, y las que pasan aquí el verano todavía siguen en sus casas africanas. Sin embargo, el humedal rebosa de vida. Dedico la mañana del viernes a recorrer sus pasarelas, muchas sobre el agua, sin parar de oír el chapoteo sorprendido de los pequeños anfibios que huyen ante mi paso, el aleteo acelerado de los gansos que se alejan, el piar de los pájaros. Pero lo que más me atrae es el agua, los laberintos de carrizos y masiegas, los esqueletos de los tarayes, un árbol caducifolio característico del parque que crece en los cauces y en las orillas encharcadas.

Me acuerdo de un dato que leí hace tiempo: toda el agua de la Tierra existe desde hace miles de millones de años. Siempre la misma. Durante ese tiempo inmenso ha estado repitiendo su ciclo, una y otra vez arrastrada hasta los mares, evaporada, condensada, precipitada de nuevo hacia la tierra, a veces para quedar atrapada durante milenios en un acuífero subterráneo, otras para volver a evaporarse al instante o para correr hacia el mar tallando caminos en la piedra. 

 

El agua gobierna la naturaleza.

 

Lo escribió Leonardo da Vinci, y sabía bien lo que se decía. Sin su ciclo no habría diversidad de climas y algunas zonas del planeta serían demasiado frías, o demasiado cálidas, para contener vida. Y, sin embargo, el agua dulce, aquella que alimenta a todos los seres vivos, es terriblemente escasa, apenas el 3,5% del total.

Aquí, recorriendo las Tablas de Daimiel, asistiendo al espectáculo cambiante de luces y sombras de las nubes sobre el espejo de las aguas, rodeado de la vida que su presencia hace posible, es fácil comprender la trascendencia de conservar lugares como este, cada vez más escasos...

 

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En el ecuador

Hoy, en el momento en que publico esto, atravieso el ecuador del viaje. Seis semanas viviendo en La Lagartija y recorriendo un país que creía conocer a través de los libros, pero que se está desvelando a cada paso.

Todavía es pronto para recapitulaciones, pero hay algo que me ha sorprendido muy gratamente, que me sigue sorprendiendo y que consigue arrancarme sonrisas cada día: viajo solo, pero esto es de todo menos un viaje en solitario. A menudo tengo la sensación de que viajo en nutrida compañía, como si justo detrás de mi cabeza hubiera un montón de ventanitas por las que os asomáis cada día. Recibo vuestros comentarios, vuestros ánimos y sugerencias como las recibiría de compañeros de viaje con los que comparto las impresiones de lo vivido al final de cada jornada...

Pero, a la hora de pagar las consumiciones, aquí no aparece nadie. ¿No os parece que estáis siendo un poco gorrones?

Laughing

 

 

Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias. ¿Te animas? Puedes hacerlo aquí abajo...

Viaje al interior. 80 días en furgo por la España olvidada

 

 

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