Viaje al interior: de la geografía del silencio a las entrañas de Castilla

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Viaje al interior de la geografia del silencio a las entranas de castilla 2

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

El sábado por la mañana, muy temprano, todavía en medio de esta fiebre viajera primaveral que llamamos semana santa y tras una noche de ligeras nevadas, arranco La Lagartija en Albarracín con la intención de visitar el castillo de Peracense, en Teruel, y dirigirme luego a Medinaceli, ya en Soria, para dormir.

Toda esta zona es un territorio administrativamente dividido entre provincias y comunidades (Cuenca, Guadalajara, Soria y Teruel por un lado, Castilla-La Mancha, Castilla y León y Aragón por otro), de forma que nunca sabes bien en qué provincia o comunidad te encuentras. Sin embargo, se trata solo de una cuestión formal: hay una clara unidad en todas estas tierras altas, montañosas y frías, en estos espacios vacíos recorridos por la columna vertebral del Sistema Ibérico.

Las nevadas de la noche me obligan a avanzar muy lentamente y me hacen dudar cada dos por tres si detenerme para poner cadenas o seguir adelante. La carretera asciende hasta un puerto situado a 1705 m de altitud en el que las quitanieves están despejando la carretera. Sigo adelante, en tensión pero disfrutando de estos paisajes nevados tan poco frecuentes en mi retina.

Mientras atravieso este mundo todavía invernal no dejo de darle vueltas a todo lo leído recientemente en Los últimos. Voces de la Laponia española, de Paco Cerdá, un documentado ensayo sobre la despoblación de la que llaman Serranía Celtibérica: el territorio que me rodea.

 

La geografía del silencio

Cerdá habla de vacío demográfico, de despoblación. Peor todavía, habla de demotanasia, un término tan hermoso como cruel para referirse a la muerte de un territorio debido a la negligencia de los gestores políticos y la desidia. Habla del abandono de un inmenso país sin niños, sin adultos, en el que malviven algunos ancianos que se aferran a sus recuerdos y un puñado de soñadores empeñados en frenar el proceso. El panorama que presenta es desolador.

 

Primero inquietan los titulares. El mayor desierto demográfico de Europa tras la zona ártica de Escandinavia. El territorio más desestructurado del Viejo Continente. (...) El primer caso ibérico de demotanasia. Un éxodo humano transmutado en metástasis de la desolación. Un etnocidio silencioso. Una zona biológicamente muerta y condenada a la inmediata extinción. La Laponia del sur. El vacío.

Después extremece el contexto. (...) Manhattan supera los 27.000, Barcelona rebasa los 15.000, la provincia de Madrid sobrepasa los 800 y el conjunto de España conserva una media de 92 humanos por kilómetro cuadrado, este vastísimo territorio (...) que se extiende por diez provincias (...) tiene una densidad media de 7,34 habitantes por kilómetro cuadrado. Igual que la gélida y boreal Laponia. Menos de ocho personas por cada 140 campos de fútbol.

 

Más que los datos, que en efecto estremecen, por mi cabeza van desfilando las consecuencias de ese vacío. Todo lo que se pierde: historia, costumbres, formas de vivir y de trabajar la tierra, formas de relacionarse con la naturaleza, oficios y tradiciones, hasta riqueza léxica y un profundo conocimiento del entorno desarrollado y conservado durante siglos. Un enorme esfuerzo de adaptación del hombre. Un territorio que durante milenios ha sido paulatinamente humanizado y que ahora regresa al silencio, quizá sin saber bien cómo hacerlo.

No es algo que nos podamos permitir. Este fin de semana festivo en Albarracín, también en el corazón de esta geografía del silencio temporalmente roto por sus miles de visitantes, me ha hecho comprender la profunda necesidad vital que llevamos escondida en nuestro interior. 

Vivimos apiñados en ciudades cada vez más grandes, que a paso de gigante se están convirtiendo en megalópolis. Cuarenta millones de personas se hacinan en Tokio, treinta y uno en Shanghái, veintisiete en Delhi, quince en Londres... La mayor parte de la humanidad vive ya rodeada de cemento, de acero y cristal, de carreteras, autovías, semáforos y bloques inmensos, de centros comerciales y jardines artificiales, que salpican el asfalto como islas en el océano de la desolación.

Algo en nuestro interior más íntimo echa en falta el campo, la naturaleza, el silencio, la quietud, los horizontes amplios, el frescor verde y blanco de las madrugadas y la luz infinita de las estrellas en las noches de verano. Todavía no hemos cortado ese cordón umbilical que nos une con la naturaleza, con los milenios en que fuimos animales entre animales. De ahí nuestras huidas masivas al campo a la menor oportunidad: porque solo en él se relajan nuestros sentidos sobrestimulados, de igual forma que se relaja el bebé al oír la voz de la madre.

Todavía no hemos cortado ese cordón umbilical que nos une con la naturaleza, con los milenios en que fuimos animales entre animales.

Por eso quería conocer de primera mano esta geografía de la desolación. Sé que en un viaje de este tipo, con tantos destinos diferentes, solo puedo aspirar a una impresión general. Pero quería sentir este silencio, contemplar estos espacios vacíos y ofrecer mi tributo personal a un mundo que desaparece. 

El castillo de Peracense se encuentra muy cerca de varias de las localidades que menciona Paco Cerdá en su libro: de Motos, donde solo vive una persona, Matías López. De Checa, con una densidad de población de 0,98 habitantes por kilómetro cuadrado. De Otilla, donde ya no vive nadie, tras la muerte solitaria de su último habitante.

Se trata de una impresionante fortaleza roquera encaramada a 1400 m de altitud sobre una mole de piedra roja. Desde sus alturas, gélidas en esta mañana de sábado, se divisa un panorama inmenso, una llanura cerrada por las siluetas nevadas de las montañas.

Bien conservado, articulado en tres recintos, no cuesta nada imaginarse la dureza de la vida aquí, los inviernos eternos de los guardianes de esta frontera, de este paso entre los reinos de Castilla y Aragón, siempre conflictivos.

Me viene a la cabeza, imagino que de forma inevitable, la poderosa novela del italiano Dino Buzzati, El desierto de los tártaros, la historia del joven oficial Giovanni Drogo que es destinado a un puesto fronterizo perdido en mitad de ninguna parte, la fortaleza Bastiani, donde deberá estar continuamente alerta, sometido a una vida dura y enfrentado a sus miedos, sus esperanzas y su terrible soledad, esperando la llegada de un enemigo que nunca llega a aparecer.

Las estancias de la torre son pequeñas, piedra sobre piedra, sólidas y heladas. Desnudas, como debían de estar en la Edad Media, cuando los muebles no solo eran escasos, sino transportables.

Aunque hoy consideramos normal que cada estancia de nuestras casas disponga de sus propios muebles, durante siglos estos se trasladaban de un lugar a otro en función de las necesidades diarias. Así, las sillas buscaban el sol y la luz y las camas se movían en verano, en las zonas cálidas, a las azoteas. Eso los señores, porque en estos castillos los sirvientes, la gran mayoría, se limitaban a «hacer la cama» cada noche, literalmente, y de ahí el origen de nuestra expresión actual, en donde podían: a juntar un poco de paja o unas telas y una manta, si había suerte, en un rincón de la sala común, entre docenas de otros criados, perros, gallinas y demás, lo más cerca posible del fuego, y acomodarse como podían hasta la mañana siguiente...

Pese a la dureza de la vida, pese a la soledad y el abandono, cuando contemplo la panorámica desde el castillo me descubro asombrado por la hermosura del lugar, por su grandeza silenciosa y solitaria. Brindo para mí por su superviviencia. Pero no me engaño: mientras lo hago soy muy consciente de la gran distancia mental que me separa de estos escenarios: me atraen poderosamente, nos atraen poderosamente a los que vivimos en las ciudades, pero ya no disponemos de los recursos necesarios para adaptarnos psicológicamente a estos lugares: hemos olvidado el estruendo de su silencio.

Un poco más abajo, en el cercano pueblo de Ródenas han abierto un centro de interpretación que ofrece información sobre las formaciones rocosas de la zona y la posibilidad de realizar varias rutas de senderismo. Son gritos en el vacío del páramo, reclamos para visitantes que revitalicen la economía de la zona. Necesarios para ellos, pero también para nosotros, los que vivimos emparedados en el cemento.

Pese a la dureza de la vida, pese a la soledad y el abandono, cuando contemplo la panorámica desde el castillo me descubro asombrado por la hermosura del lugar, por su grandeza silenciosa y solitaria.

Por la tarde recorro los ciento treinta kilómetros de carreteras vacías que separan el castillo de Peracense de Medinaceli, en Soria. Esta es una pequeña población con una larga historia por la que, cómo no, han pasado celtíberos, romanos, musulmanes y cristianos y donde, dicen, murió Almanzor, el terror del Occidente cristiano, allá por el año 1002.

Durante décadas, Almanzor encabezó más de cincuenta algaras, campañas de verano para destruir poblaciones enemigas, capturar esclavos y ganado y, sobre todo, conseguir que el clima de inseguridad permanente impidiese el desarrollo de núcleos de población cristianos consolidados. Lo logró a conciencia y a conciencia sembró el terror moro en las mentes de sus contemporáneos, especialmente en las muchas poblaciones que atacó, conquistó, incendió y saqueó, entre ellas Santiago de Compostela, Astorga, Zamora, Sepúlveda, Barcelona...

Sin embargo, ironías del destino, de ser ciertas las informaciones que nos han llegado, hoy reposan sus restos en alguna parte de estas tierras, entre aquellos que tan duramente combatió, tan olvidado y perdido como el mundo que defendía.

Y como la propia Medinaceli. En realidad no hay una, sino dos poblaciones. La más antigua se asienta trescientos metros sobre la más reciente, en la cumbre plana de un cerro de paredes casi verticales. Un puñado de casas y palacios, un arco romano, los restos de una fortaleza y alguna iglesia. Una localidad hermosa y, sin embargo, sin vida. Una mera carcasa vacía en la que viven unas ciento cincuenta personas dedicadas en su mayor parte a atender a los turistas que la visitan los fines de semana y en verano.

Sin comercios, sin tiendas, bancos, servicios, colegios, centros de salud. Sin nada de lo que da vida a una comunidad: todo es un museo, una ofrenda en el altar del turismo, el reclamo para el paseo apresurado, la gastronomía voluptuosa y el olvido. Los pocos servicios que hay se concentran en la otra población, en el valle, también muy pequeña. Desde las alturas se ve perfectamente: un puñado de casas nuevas que quizá alberguen a doscientas o trescientas personas.

Eso es todo. Esta es la cabecera de un municipio despoblado, cuyos niños, cuando los hay, tienen que desplazarse cada día en autobús hasta el colegio en otra población. He conducido ciento treinta kilómetros, pero sigo en medio de la geografía del silencio.

Medinaceli se aferra al turismo para agarrarse a la vida. Para seguir existiendo. Pero, ¿qué sucede con todos aquellos pueblos que ni siquiera pueden vender su historia?

 

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La ciudad que resiste

Cuando el lunes arranco para dirigirme a Soria, una de las capitales de la despoblación, me doy cuenta por primera vez de que ya no tengo la sensación de estar de viaje.

Es una idea curiosa, que me asalta y me obliga a reflexionar. Faltan dos o tres días para que se cumplan dos meses desde que partí de Vigo y, si todo va como está previsto, en un mes más estaré de regreso. Pero ya no estoy de viaje. La euforia de las primeras semanas y el cansancio de las siguientes han desaparecido, sustituidas por una sensación tan imprecisa como placentera: la de que me estoy limitando a vivir, a explorar, a perseguir horizontes como los persigo, como los perseguimos todos, cada día de nuestras vidas, aunque no nos movamos de nuestras casas.

La experiencia me trae a la memoria los libros leídos de un viajero incansable, Patrick Leigh Fermor, del que no hace mucho terminé el delicioso Viaje a través de las Antillas, un escritor cuyos libros transmiten pasión por vivir, la fascinación por la aventura y el firme deseo de seguir siempre adelante. Fermor habla de la necesidad de dar un paso más, de explorar el siguiente recodo, no como una metáfora de la vida, sino como la misma vida.

Los temores que al principio me asaltaban, si fallaría el motor, o la calefacción, dónde dormir o rellenar los depósitos de agua, todas esas preocupaciones se han convertido en el rumor de fondo cotidiano y le dedico el mismo tiempo que dedico en casa a resolver las cuestiones del hogar.

La Lagartija, ahora sí, se ha convertido en mi refugio, y esta, siquiera temporalmente, es ya mi vida: levantarme por la mañana, analizar dónde estoy, decidir qué quiero conocer, emprender camino, buscar nuevas metas y descubrir un pedacito más de este asombroso mundo y de sus gentes... ¿Qué es vivir sino esto, este avanzar demorado, este buscar opciones y caminos, este indagar y tomar decisiones?

El viaje me está regalando mucho más de lo imaginado antes de partir. Experiencias y paisajes, sin duda, pero también relaciones y vínculos imprevistos que hacen que me sienta muy vivo. Como todos los viajes, despierta mis sentidos y me descubre nuevos caminos, pero también me permite observarme desde fuera, con la curiosidad entre asombrada y divertida del entomólogo que descubre en un espécimen un comportamiento tan peculiar como inesperado. 

Empiezo a pensar que regresar a casa me va a costar mucho más de lo que imaginaba hasta ahora. No, no es eso: empiezo a pensar que nunca regresamos realmente a casa tras un viaje...

Empiezo a pensar que regresar a casa me va a costar mucho más de lo que imaginaba hasta ahora. No, no es eso: empiezo a pensar que nunca regresamos realmente a casa tras un viaje...

Con el fin de la semana festiva regresan las carreteras vacías, las localidades desiertas. La carretera hasta Soria es una interminable recta de asfalto que atraviesa un territorio desnudo, una gran llanura ondulada y cultivada rota solo por las siluetas aisladas de algunos árboles, encinas a veces, más frecuentemente pinos. Emplazada a más de mil metros de altitud, Soria es una pequeña población abandonada en medio de una planicie, la segunda capital menos poblada de España, después de Teruel, con menos de cuarenta mil habitantes.

Y, sin embargo, hay algo en ella, en su aislamiento atravesado por el frío cierzo, en sus calles medievales y acogedoras, en la piedra limpia de sus casas que me seduce inmediatamente. Como es lunes, los museos están cerrados, así que vago por la ciudad, dejándome llevar por mis pasos, sin prisas y sin pretensiones.

Antonio Machado está por todas partes. Visito el instituto donde impartió clases de francés, me encuentro sus poemas en placas maltratadas por las calles. En la calle del Collado, bajo los soportales del Círculo Amistad Numancia, han colocado una estatua de otro poeta, Gerardo Diego, que fue catedrático de Lengua y Literatura en el mismo instituto en que dio clase Antonio Machado. La ciudad respira poesía. Machado me atrae como poeta por su sensibilidad, por su carácter intimista y reflexivo, tan lejos de la retórica pétrea de otros, por la ingenuidad y el acierto sobrio con que describe el paisaje castellano. En buena medida, sobre todo para los que no somos castellanos, el paisaje de estas tierras es el que Antonio Machado imaginó para nosotros.

En buena medida, sobre todo para los que no somos castellanos, el paisaje de estas tierras es el que Antonio Machado imaginó para nosotros.

Al final de la calle del Collado, donde esta se une con Zapatería, hay una farola sobre un alto pedestal. En él se apoya un joven, de entre veinte y treinta, la espalda contra la farola, absorto en la lectura, ajeno al escaso ajetreo de la calle. En la misma postura, sin pretenderlo, que el Gerardo Diego cercano. La imagen me resulta sugerente, una metáfora de la ciudad, ensimismada y tranquila, ajena al devenir del tiempo.

El martes por la mañana visito el Museo Numantino y me llevo una muy agradable sorpresa. Se trata de un meritorio museo que repasa la historia de Soria desde el Paleolítico hasta la Edad Media y que no solo cuenta con piezas de indudable valor, sino que resulta amena, didáctica y sumamente gráfica, en especial las secciones dedicadas a la prehistoria y a las culturas celtíberas. Con todas esas imágenes en la retina me acerco hasta el yacimiento arqueológico de Numancia, a siete kilómetros en las afueras, en la localidad de Garray.

Los celtíberos son un conjunto de pueblos que siempre me han llamado la atención. Se extendían por un territorio indefinido, muy similar al que hoy ocupa esta Serranía Celtibérica despoblada que estoy atravesando. Pueblos como los arévacos, los titos, belos, lusones, pelendones, vacceos, carpetanos y lobetanos. Aunque de sustrato celta, cuyas influencias reciben desde la Edad del Bronce, pronto entraron en contacto con los íberos que ocupaban las costas mediterráneas, de quienes adoptaron el sistema de escritura, y a través de ellos con las potencias mediterráneas, fenicios, griegos, cartagineses y romanos.

En cierta forma, precisamente por esa situación intermedia entre el Atlántico y el Mediterráneo y por esa mezcla de influencias celtas e íberas, siempre se me han antojado la quintaesencia de las culturas peninsulares, si es que algo así existió alguna vez: la simbiosis perfecta de las tierras y pueblos de este variado país.  O, al menos, lo que más se ha acercado alguna vez a tal imposible.

Los celtíberos ofrecieron una durísima resistencia a la conquista por parte de Roma, y en el proceso desarrollaron algunos de los mitos fundacionales de coraje y resistencia sobre los que se asienta nuestra identidad colectiva.

La victoria de Roma en la Segunda Guerra Púnica, que concluyó con la rendición de Cartago tras la batalla de Zama (te la cuento en La batalla que decidió el destino de Roma), supuso la entrada de la zona levantina ibérica en el ámbito de expansión romano. A partir de ese momento, Roma decidió ocupar el territorio peninsular y comenzó a avanzar desde el Mediterráneo hacia el interior. En este contexto se desarrollaron las Guerras Celtibéricas, que durante la mayor parte del siglo II a.n.e. (antes de nuestra era) enfrentaron a romanos y celtíberos.

Tras una primera fase de enfrentamientos, hacia mediados de siglo se había llegado a una suerte de calma tensa. Pero en el año 154 a.n.e. los belos de la ciudad de Segeda decidieron ampliar la fortificación de su ciudad, algo expresamente prohibido por los acuerdos alcanzados con Roma unos años antes. Fue la excusa perfecta para Roma en su empeño por dominar definitivamente a los celtíberos.

Pero en el año 154 a.n.e. los belos de la ciudad de Segeda decidieron ampliar la fortificación de su ciudad, algo expresamente prohibido por los acuerdos alcanzados con Roma unos años antes.

El Senado romano declaró ilegal la muralla y enviaron un ejército al mando de 30.000 legionarios para detener su ampliación. Los belos pidieron ayuda a los arévacos, cuya capital era Numancia, que aceptaron dársela. Juntos consiguieron lo impensable: detener la poderosa máquina militar romana, provocar la desbandada de los elefantes que acompañaban su ejército y obligar al cónsul romano a retirarse. Era el 23 de agosto de 153 a.n.e., día de Vulcano, considerado desde esa fecha en Roma como día nefasto.

A partir de ahí la guerra se enquistó. Uno tras otro fueron enviados ejércitos romanos para derrotar a los belos y los arévacos, refugiados en Numancia, y una y otra vez hasta siete cónsules humillaron sus pendones ante la ciudad, algunos de la talla de Pompeyo o Lépido, ambos de gran fama militar.

En 134 a.n.e. la situación era ya insostenible para Roma. Llevaba veinte años herida en su orgullo, incapaz de dominar a una pequeña población de una perdida zona de Hispania. Fue entonces cuando designaron a uno de sus generales más prestigiosos, Cornelio Escipión Emiliano, el destructor de Cartago, para que se pusiera al mando de un poderoso ejército.

Escipión empeñó todo su prestigio en la labor. Sometió a sus hombres a un duro régimen discipinario, reclutó quizá entre cincuenta y sesenta mil mercenarios (las cifras bailan muchísimo) y consiguió reunir el mayor ejército que jamás se había visto en la Península. Instaló dos campamentos cerca de Numancia y comenzó a levantar un estricto cerco de fortificaciones y castillos unidos por un gran muro con torres de vigilancia cada treinta metros alrededor de la ciudad para rendirlos por hambre y sed.

No me cuesta imaginar, desde este páramo donde se levantan los restos de la antigua Numancia, recorrido hoy por un intenso viento, el temor, la furia de sus habitantes ante unos extranjeros que venían a robarles lo propio y a imponer sus leyes y costumbres, quizá la firmeza ante lo inevitable.

El asedio duró once meses, hasta el verano de 133 a.n.e. Por entonces, la ciudad pasaba hambre y sed, acrecentada por la sequía del verano. Fue entonces cuando los numantinos, unos cuatro mil guerreros, desesperados, sabiendo muy bien que tras la derrota serían asesinados, las mujeres violadas, las familias separadas y vendidos los supervivientes como esclavos, decidieron acabar con su vida.

Los guerreros se batieron entre sí en combate singular para morir luchando y las madres mataron a sus hijos para suicidarse después. Los romanos solo consiguieron llevarse a cincuenta numantinos como esclavos. No eran los primeros que tal hacían al enfrentarse a Roma ni serían los últimos, pero su gesta causó gran impresión, hasta el punto de convertirse en mito y sinónimo de resistencia a ultranza: en resistencia numantina.

Cien años después, en un apartado rincón del noroeste ibérico hoy perdido, en el monte Medulio, las últimas tribus galaicas, cántabras y astures harían lo mismo: suicidarse colectivamente para evitar caer en las manos de Roma tras un largo, doloroso y prolongado asedio. Era el año 22 a.n.e. y Roma conseguía de ese modo, tras doscientos años de guerra, dominar toda la península. 

Por cierto que todavía hoy, dos mil años años después de esta guerra perdida, seguimos pagando (todo el planeta sigue pagando, en realidad) sin saberlo, sus consecuencias. Antes de las guerras celtibéricas, el año romano comenzaba en los idus de marzo, el 15 de ese mes, más o menos en nuestra actual Pascua. En esa fecha se elegían los cónsules y cargos públicos y comenzaban a reunirse los ejércitos que los cónsules llevarían a la batalla.

Pero durante las guerras celtibéricas los romanos se dieron cuenta de que el proceso de elección y traslado de los ejércitos era muy lento, de forma que estos llegaban a estar en posición de atacar cuando el otoño o el invierno se les echaba encima, así que decidieron adelantar el inicio del año a las calendas de enero, el 1 de enero. Que es la fecha que seguimos utilizando hoy como inicio oficial del año...

 

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Las entrañas de Castilla

Tras dos noches en Soria, el miércoles decido continuar camino y adentrarme en las entrañas de Castilla. Literalmente, pues me dirijo a Burgos con la intención de visitar los yacimientos de Atapuerca, que en los útimos veinte años se han convertido en uno de los laboratorios de mayor trascendencia del mundo para conocer el origen de la especie humana

Pocas cosas me fascinan tanto como esa interminable noche durante la cual nos fuimos convirtiendo, lentamente, en lo que ahora somos. Sé que te lo he comentado en varias ocasiones, pero déjame insistir, tratar de visualizar esos millones de años olvidados.

Nuestra historia escrita abarca quizá cinco o seis mil años, y durante ese breve lapso de tiempo hemos visto alzarse y caer poderosos imperios y civilizaciones: Mesopotamia, Egipto, la cultura del valle del Indo, el imperio chino, Persia, Grecia, Roma, mayas, aztecas, incas, el reino africano de Monomotapa, el imperio británico, el americano... Ese breve lapso de tiempo guarda el abismo mental y material que nos separa de Summer o de los pueblos de las estepas de Mongolia.

Cinco, seis mil años, nada más. Ahí se agolpa todo cuanto creemos que nos conforma, que da sentido a nuestro mundo. Conquistas, descubrimientos, exploraciones, avances científicos y médicos, holocaustos y matanzas, guerras y obras de arte.

Pero tras esos cinco mil años se esconde un inmenso agujero negro iluminado aquí y allá por algunas lejanas estrellas: los yacimientos arqueológicos. Tratar de desentrañar lo sucedido durante esos millones de años durante los cuales nos fuimos convirtiendo en lo que somos es quizá la tarea más titánica a la que nos enfrentamos, pero es también clave para comprendernos como especie y como individuos: ¿cuántas reacciones, cuántos comportamientos que creemos propios nacen en esa inmensa noche?

Tras esos cinco mil años se esconde un inmenso agujero negro iluminado aquí y allá por algunas lejanas estrellas: los yacimientos arqueológicos. 

De ahí mi fascinación por la paleontología y me deseo de visitar Atapuerca. Y, sin embargo, cuando me acerco hasta el Museo de la Evolución Humana de Burgos para informarme de las visitas a Atapuerca me llevo un chasco... bien merecido. He dado por supuesto que a mitad de una semana cualquiera de principios de la primavera no habría problemas, pero no es así: no hay plazas hasta dentro de unos días, por lo que no podré ver Atapuerca.

Me encojo de hombros, qué le voy a hacer. En cierta forma, el inconveniente me reconforta, porque indica el interés que la evolución humana y nuestros orígenes despiertan. Y, en efecto, la tarde del miércoles el museo rebosa de visitantes: parejas, familias, niños, grupos de amigos.

Se trata de un edificio imponente, tres estructuras en realidad, una dedicada a centro de investigación de la evolución humana, otra un palacio de exposiciones y congresos y la tercera el propio museo. Un espacio bien concebido, con evidentes medios y un planteamiento que va mucho más allá de la exhibición de los restos fósiles hallados en Atapuerca.

Al contrario: el museo hace honor a su nombre y, además de exhibir los restos del Homo antecessor o del Heidelberguensis, realiza un completo y didáctico recorrido tanto por la evolución humana desde la aparición de la vida hasta la actualidad como por la historia de la teoría evolutiva.

Darwin, cómo no, ocupa un lugar especial, con una reproducción a escala del HMS Beagle, el barco en el que dio la vuelta al mundo durante cinco años y en el que gestó el libro más importante de la historia de la humanidad, por encima, sin ninguna duda, de Biblias y Quijotes, publicado en 1859: El origen de las especies, la primera obra que nos arrancó de las tinieblas de un mundo dominado por dioses y espíritus y nos enfrentó a nuestro yo más íntimo y desnudo gracias a la potencia de la mejor herramienta humana: la razón.

(Por cierto: si te interesa conocer cómo se gestó su publicación, te lo cuento en este relato: El libro que puso el mundo del revés).

Paso toda la tarde en el museo, absorto. Es un espacio bien concebido, adaptado tanto para niños como para adultos, algo muy de agradecer en estos tiempos de simplificación e infantilización de la información ofrecida por tantos centros de interpretación y museos.

Cuando salgo, ya al borde del cierre, tengo la sensación de regresar de un intenso viaje en el tiempo. 

Pero el viaje a las entrañas de Castilla no ha terminado. Durante el jueves y el viernes recorro las tierras del interior de Burgos y visito localidades muy unidas a los primeros años del condado de Castilla, el que después fue el origen del reino y la Corona: Covarrubias, Lerma, el monasterio de San Pedro de Arlanza y también otras localidades más humildes, pero con un encanto especial, un aire sereno y apacible que me seduce, como Mecerreyes. Por todas partes me asaltan Fernán González, otro de los mitos castellanos, el hombre que forjó la independencia de facto del condado, o el propio Rodrigo Díaz de Vivar, cuyas estatuas jalonan estas tierras como las del Quijote La Mancha.

En Covarrubias tengo la fortuna de topar, por medio de un amigo común, con Millán Bermejo Barbadillo​, heredero y propietario de la Torre de Fernán González, una interesantísima fortificación del siglo X que visito en su compañía. Millán es un hombre culto y apasionado por la Edad Media, empeñado en conservar y difundir el legado que ha recibido. Paso una mañana muy entretenida con él, recorriendo la localidad y buceando en la historia de los confusos años del siglo X en que Castilla abrió los ojos.

En Lerma, esa misma tarde, muy cerca del ostentoso Palacio de Lerma, hoy Parador Nacional y durante mucho tiempo símbolo de la ambición desaforada, la corrupción y los excesos del poder de Francisco de Sandoval y Rojas, primer duque de Lerma y valido todopoderoso de Felipe III, uno de esos personajes miserables que tanto abundan en este país de ciegos deslumbrados por el brillo del poder y al que ya en su época, a principios del siglo XVII, le cantaban las coplillas populares como «El mayor ladrón de España», muy cerca de su palacio, digo, me encuentro con otro de esos símbolos rancios que me resultan incomprensibles: la tumba de uno de los personajes más cerriles y retrógrados de nuestra historia, el cura Merino.

Merino fue sacerdote, guerrillero contra las tropas napoleónicas y firme defensor del absolutismo borbónico. Nunca entenderé cómo es posible que llevemos doscientos años celebrando la derrota de Napoleón en España y homenajeando a personajes como este. O que ciudades enteras festejen doscientos años después la expulsión de los franceses y el regreso de reyes y curas que solo se echaron al monte para defender sus privilegios.

Más allá de veleidades nacionalistas y de orgullos patrios, la Guerra de Independencia arrancó de cuajo los escasos frutos de la Ilustración en nuestro país, convirtió a todo lo francés en sospechoso y cerró las fronteras a la modernidad, sumergiéndonos en un siglo de involucionismo, cerrazón religiosa, dominio clerical aplastante y entronizamiento del poder absoluto más miserable. La Guerra de Independencia acabó con las Cortes de Cádiz y trajo de vuelta al Rey Felón, Fernando VII, uno de los reyes más despreciables de la historia de España.

La Guerra de Independencia arrancó de cuajo los escasos frutos de la Ilustración en nuestro país, convirtió a todo lo francés en sospechoso y cerró las fronteras a la modernidad, sumergiéndonos en un siglo de involucionismo, cerrazón religiosa, dominio clerical aplastante y entronizamiento del poder absoluto más miserable.

Fue esa victoria del absolutismo la que frenó la industrialización y el desarrollo económico, la que nos alejó de Europa y abrió una brecha que ha tardado doscientos años en cerrarse... si es que lo ha hecho ya. Porque en la historia no hay nada gratuito, nada que no tenga consecuencias.

Jerónimo Merino, el cura Merino, fue un firme defensor del Rey Felón. De familia acomodada, se ordenó sacerdote y se dedico a la buena vida hasta que los franceses invadieron el país en 1808. Tras sufir una humillación ante sus feligreses a manos de los franceses, se echó al monte y se convirtió en guerrillero. Su ascenso fue meteórico. Creó un regimiento de húsares en 1809, fue nombrado coronel por la Junta Suprema en 1810 y en 1812 se puso al frente de cinco mil hombres.

Celebró, cómo no, la vuelta de Fernando VII, sin inmutarse lo mas mínimo cuando este anuló la constitución de 1812 y desató una feroz persecución contra los liberales, muchos de los cuales habían empeñado vida y hacienda para traerlo de vuelta.

Muy al contrario. Cuando en 1820 estalló la revolución constitucionalista que llevaría al Trienio Liberal y Fernando VII se vio obligado a jurar la constitución de 1812, Merino se echó nuevamente al monte para reinstaurar el poder absoluto del rey, cuyo origen procedía del mismísimo dios y era por tanto indiscutible. Una vez más triunfó la cerrazón mental... y el absolutismo cerril.

Tras la reinstauración absolutista, Merino se retiró a su pueblo, pero años después, muerto el rey felón, volvió a echarse al monte para luchar en otro de los conflictos más rancios y retrógrados de nuestra historia: las guerras carlistas, defendiendo, cómo no, el tradicionalismo católico.

Este es el personaje cuya tumba encuentro en una plaza de Lerma, recordado y honrado por sus paisanos como «General laureado y héroe de la Independencia. Homenaje de su ayuntamiento y sus paisanos». Y no puedo dejar de preguntarme cómo sería hoy la vida de esos paisanos que lo homenajean si las ideas de Jerónimo Merino siguieran vigentes...

Abandono Lerma a media mañana del viernes. Me dirijo, ya sin prisa alguna, disfrutando del día de calor primaveral, al monasterio de San Pedro de Arlanza, hoy ruinas nada más pero en su momento uno de los centros monásticos más importantes del condado de Castilla, edificado a partir del siglo X y considerado como cuna de Castilla por su relación con el conde Fernan González, que llegó a estar enterrado aquí por un breve período.

Las ruinas, y el lugar en el que están enclavadas, en medio de un paraje montañoso, verde y aislado, olvidadas del mundo y sus urgencias, tienen algo muy especial, una grandeza perdida pero todavía visible en las airosas arquerías góticas de la iglesia y del claustro, en el abandono de los corredores, solo parcialmente restaurados, en el silencio del entorno.

Paseo con calma por el lugar, casi solitario, mientras veo a los monjes recorriendo el claustro, meditando, dirigiendo a los hermanos legos que trabajarían el huerto, dejando pasar los días en una monótona sucesión de estaciones. Localizo una estancia que debió de servir como dormitorio comunal allá por los siglos XII y XIII y me imagino los catres de los monjes en fila. Lo cuenta Mario Merlino en El medievo cristiano...

 

Los monjes, ya sabemos, deben cuidarse de las poluciones nocturnas. El lecho es una estera de esparto, paja o espadaña, puesta sobre el suelo, con una manta, una tela gruesa, dos pieles de cabrito y dos almohadas. En lo posible, los dormitorios deben ser comunes y el prepósito, con una linterna, controla cómo se acuestan los monjes. Entre las camas hay un codo de distancia. No se permite toser, roncar y mirar de costado. Como el ideal monástico es la vigilia, sabemos que una lámpara de aceite permanece encendida. Si esto no es posible, Fructuoso establece un turno de cinco períodos de sueño, interrumpidos por cantos en el coro...

 

Una vida dura incluso para los monjes, privilegiados en un mundo desnudo.

Mientras recorro el monasterio y los alrededores, no obstante, no puedo dejar de sentir la fascinación que siempre me despertaron estos parajes aislados, estas tierras olvidadas, en las que las estaciones se suceden en inexorable sucesión, una tras otra, hasta sumergir la mente en una especie de catarsis de olvido, o quizá de negación, en abierta contradicción con todo aquello que nos hace humanos: nuestra curiosidad, nuestro afán de desentrañar los secretos del universo, de penetrar las tinieblas de la ignoracia.

Hemos entronizado a los monjes medievales como ejemplos de vidas refrenadas y libres de pasiones sin darnos cuenta de que son esas pasiones y ese afán de comprender el universo lo que nos hace humanos.

Y, sin embargo, mientras arranco La Lagartija para continuar camino, me lo pregunto una vez más: ¿cómo sería vivir una vida aquí, dejándose llevar por el simple paso del tiempo? 

 

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Viaje al interior. 80 días en furgo por la España olvidada

 

 

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