Viaje al interior: una vuelta a España en 80 días

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Viaje al interior una vuelta a espana en 80 dias2

Un viaje en furgoneta camperizada por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Tras unos días de sol y calor, la lluvia se impone durante el fin de semana, densa y espesa como una capa de aceite sobre la piel. Me refugio en La Alberca, la última población del sur de Salamanca, al borde ya del Parque Natural de Las Batuecas y de Las Hurdes. De hecho, La Alberca fue la entrada natural a Las Hurdes y parte de ellas hasta la creación de las provincias por Javier de Burgos, allá por 1833.

Entre chaparrón y chaparrón paseo por las calles de la localidad. Es fin de semana y está repleta de visitantes que inundan sus tiendas y sus terrazas. Todo el pueblo vive del turismo, como tantos otros que he visitado en este viaje. Se trata de una población hermosa, de arquitectura homogénea y bien conservada.

El contraste con las cercanas Hurdes no puede ser mayor: donde allá hay feísmo, caos y desaliño, aquí hay orden, equilibrio, respeto por la tradición constructiva. Sorprende que núcleos tan cercanos sean tan diferentes, aunque la razón es fácilmente deducible: pocas veces tenemos un ejemplo tan evidente de la influencia de las administraciones públicas en nuestra vida cotidiana. Una política racional y bien aplicada es capaz de transformar una población y, por tanto, la vida de sus habitantes. Y al revés.

 

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Pero es tiempo ya de continuar viaje. El domingo por la mañana me subo a La Lagartija y me dirijo a Alaejos, en Valladolid, tras una breve parada en Salamanca. Mañana, lunes 23 de abril, es una fecha especial: Día del Libro, por supuesto, pero también Día de Castilla y León, fiesta de la comunidad autónoma, en el que se recuerda un hecho de considerable trascendencia en la historia de España o, al menos, en la de sus mitos: el 23 de abril de 1521 fueron decapitados en Villalar Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, los líderes de la Guerra de las Comunidades. Y, ya que estoy tan cerca, no quiero perderme la celebración...

 

La villa de los comuneros

Lo primero que me llama la atención al acercarme es la abundante presencia de la Guardia Civil, que me obliga a desviarme por un ramal para dirigirme a un aparcamiento habilitado en las afueras de Villalar de los Comuneros. Aunque hasta ayer no tenía ni idea, ya me he enterado por la radio de que es aquí, en Villalar, donde las autoridades de turno celebran el Día de la Comunidad, lo que justifica tanta vigilancia. Estamos tan habituados a que su aparición vaya unida a la de policías y guardias civiles que nos parece algo normal, pero algo falla en un país cuando la presencia de sus gobernantes exige tal despliegue de seguridad.

Lo segundo que me llama la atención es la cantidad de gente que hay. El aparcamiento está pegado a una amplia zona de acampada en la que las tiendas han brotado como setas. A la hora en la que llego, todavía no son las diez de la mañana, los acampados y presuntos juerguistas (muy cerca se ve un gran escenario en el que ayer debió de tocar algún grupo) comienzan a abrir los ojos y a asomarse al exterior.

Algunos todavía no se han acostado. Sus risas destempladas y sus voces demasiado altas, como si sus oídos hubieran quedado dañados por los decibelios nocturnos, resuenan en el silencio de la mañana con un punto de patetismo del que, me temo, no son conscientes.

Tras aparcar La Lagartija atravieso la zona de acampada y el gran mercado instalado alrededor del pueblo y recorro las calles. Es una población pequeña. Sus habitantes, menos de quinientos, viven en su mayor parte de la agricultura. Casi nada en Villalar recuerda su pasado. Podría estar en cualquier otra población anónima castellana, una de esas pequeñas villas rodeadas de grandes campos en medio de una llanura interminable.

Solo dos cosas me recuerdan dónde estoy: los nombres de las calles, que hacen referencia a lo que aquí ocurrió, y un monolito erigido en la Plaza Mayor en el que un alcalde del siglo XIX buscó, como tantos y tantos otros, su pedacito de inmortalidad por asociación. La inscripción lo deja bien claro:

 

A la memoria de doña María Pacheco, Padilla, Bravo y Maldonado. L. P. F. Este obelisco se hizo por cuenta del ayuntamiento siendo alcalde don Fermín Vidal. Año de 1889.

 

Con lo que el tal Fermín, así, por la puerta de atrás y a la chita callando, se coloca a la altura de los héroes que homenajea. Eso sí: todo pagado con dinero público, que es el que menos duele. La costumbre no la inauguró el Fermín de marras, pero es ampliamente seguida por tantos patanes ensoberbecidos y deseosos de una gloria que no pueden alcanzar por méritos propios, léase presidentes de comunidades o diputaciones, alcaldes y caciques locales varios.

En la Plaza Mayor, alrededor del monolito, hay una efervescencia impropia de la hora: una nube de periodistas y fotógrafos aguarda a que lleguen las autoridades pertinentes a soltar sus discursos prefabricados. En la plaza no hay más personas que los periodistas, un puñado de sindicalistas que protestan, pancarta en mano y con aire rutinario, por el cierre de alguna fábrica que no me suena, y unos cuantos incondicionales de tal o cual partido que esperan a sus líderes por aquello de dejarse ver.

Ganan por goleada los periodistas, que son los verdaderos destinatarios de los discursos que hoy se pronunciarán aquí. Ellos se encargarán de reproducir las palabras vacías y de amplificarlas hasta convertirlas en noticiables, en trascendentes. A nadie le interesan ni nada aportan, pero a base de repetirlas en radios y televisiones terminarán creando realidades... y ocultando otras, pues el tiempo de emisión es finito. Resulta un poco patético ver cómo se comportan los periodistas: se mueven como una bandada de gorriones, como un cardumen, todos a la vez, espasmódicamente. A la menor señal de la presencia de un notable o una autoridad brotan las prisas y los micrófonos, restallan los flashes y aparecen sonrisas en los rostros de los presentadores.

Resulta un poco patético ver cómo se comportan los periodistas: se mueven como una bandada de gorriones, como un cardumen, todos a la vez, espasmódicamente. A la menor señal de la presencia de un notable o una autoridad brotan las prisas y los micrófonos, restallan los flashes y aparecen sonrisas en los rostros de los presentadores.

Visto desde fuera, la escena tiene algo de surrealista, sensación que se acrecienta al pensar que esas autoridades que hoy se acercarán hasta Villalar para disfrutar de su minuto de atención mediática estarían probablemente en el bando contrario de los que aquí fueron ajusticiados hace 497 años. Pues Padilla, Bravo y Maldonado se levantaron contra el poder establecido... que es el que esas autoridades representan hoy.

Todo comenzó con la coronación de un muchacho extranjero de apenas dieciséis años. Carlos de Habsburgo era nacido y criado en Gante y ni siquiera conocía la lengua castellana cuando acudió a la Península para reclamar las coronas de los Reyes Católicos.

Llegó en 1517 y partió tres años después, tras recorrer el país de punta a punta y pasear su imposible quijada y su séquito de flamencos por las ciudades castellanas y aragonesas. Su paso solo sirvió para levantar un clamor de protestas, pues los consejeros flamencos se lanzaron sobre el pastel que les ponían delante como lobos sobre un cordero indefenso. Se decía que el ansia de oro hacía brillar aquellos ojos norteños más que todo el sol del mediodía...

Y debía de ser cierto. Cuentan que en una ocasión salió de Barcelona una caravana compuesta de trescientos caballos y ochenta acémilas cargadas con las riquezas que enviaba a Flandes la esposa de monsieur de Chièvres, el privado del emperador. Los españoles, siempre ingeniosos en la desgracia, cuando se topaban con un doblón de oro se apresuraban a saludarlo con una coplilla que iba de boca en boca...

 

Sálveos Dios, ducado de a dos,
que monsieur de Chièvres no topó con vos.

 

Cuando el muchacho, Carlos I de España, se convirtió en 1520 en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (un título conseguido en gran medida gracias a las arcas castellanas, pues era electivo, lo que obligaba a realizar grandes desembolsos para comprar la voluntad de los electores), la desconfianza hacia el rey extranjero se tornó claro rechazo, pues el título implicaba, o eso pensaban por aquí, la subordinación de Castilla a los intereses de Flandes y del Imperio.

Por encima de rapiñas y despojos, lo que terminó por alterar el ánimo de los castellanos fue la designación de un jovenzuelo de diecisiete años, Guillermo de Croy (sobrino de monsieur de Chièvres), como arzobispo de Toledo. ¡La perla de la iglesia hispana en manos de un flamenco! ¡El sucesor del gran cardenal Cisneros, un imberbe muchacho extranjero! El malestar creció hasta tal punto que en Valladolid se le hacía la vida imposible a los flamencos del cortejo real. Y, cuando alguien se quejaba, escuchaba la amenazadora respuesta:

—Que mala cosa es encolerizar a los curas en Castilla…

Y mala cosa fue, pues se le levantaron en armas las gentes al rey extranjero y por toda la meseta castellana vivían los pueblos alborotados y belicosos, que formaron las llamadas Comunidades y a sí mismos se reconocían como comuneros.

En realidad, como suele suceder, las causas de la Guerra de las Comunidades fueron mucho más complejas. En ellas se mezclaron los recelos contra los flamencos con la intención de la alta nobleza de no perder sus privilegios, la esperanza de muchos nobles de medio pelo de frenar el ascenso de la burguesía urbana o el deseo de estos burgueses de alcanzar mayor protagonismo político.

El levantamiento se inició en Segovia el 29 de mayo de 1520, cuando los ciudadanos ajusticiaron a dos funcionarios y al procurador Rodrigo de Tordesillas. Dos días después, los toledanos expulsaron al corregidor real. La rebelión se extendió como el fuego sobre la yesca. Tordesillas, Valladolid, Zamora, Salamanca, Toro, Segovia, Medina del Campo, Medina de Rioseco, Ávila... La insurrección fue especialmente intensa en las zonas urbanas castellanas. Los representantes de las ciudades sublevadas se unieron en Ávila, donde formaron una «Junta Santa», y enviaron al rey sus quejas.

Al margen de los hechos en sí, lo verdaderamente trascendente de estas comunidades fue el gobierno que implantaron. Influenciados, muy probablemente, por los movimientos populares como la Gran Revuelta Irmandiña gallega del siglo anterior, organizaron asambleas populares al estilo de las que en los tiempos de la revuelta irmadiña se realizaban en villas y ciudades de Galicia y declararon que la Junta era la representante del reino por encima del rey. Al principio sus aspiraciones eran menos radicales, pero fueron evolucionando conforme avanzaba la revuelta. En pleno siglo XVI, en Castilla, poner el gobierno del pueblo por delante de la autoridad real era toda una revolución. Tanto que con ello se adelantaron 270 años a la Revolución Francesa e inauguraron, o lo intentaron, la monarquía parlamentaria...

En pleno siglo XVI, en Castilla, poner el gobierno del pueblo por delante de la autoridad real es toda una revolución. Tanto que con ello se adelantaron 270 años a la Revolución Francesa e inauguraron, o lo intentaron, la monarquía parlamentaria...

Pero Carlos reaccionó rápido y consiguió atraerse, con cargos y prebendas, a muchos de los nobles que al principio se le oponían.

El 23 de abril de 1521 los partidarios del Emperador se enfrentaron aquí, en Villalar, a los comuneros. El ejército imperial, mucho mejor preparado, causó cerca de quinientas muertes e hizo prisioneros a los capitanes de la sublevación, el toledano Juan de Padilla, el segoviano Juan Bravo y el salmantino Francisco Maldonado.

Al día siguiente los tres fueron juzgados sumariamente, declarados traidores y condenados a muerte. Cuenta el clérigo cronista Prudencio de Sandoval que, cuando Juan Bravo se oyó llamar traidor, se volvió hacia el pregonero con gran enojo y le dijo:

 

«Mientes tú, y aún quien te lo manda decir; traidores no, mas celosos del bien público sí, y defensores de la libertad del reino». 


Y así han pasado a la historia, como defensores de la libertad del pueblo frente a la imposición del poder real. Hoy los recuerdan aquí en Villalar un buen puñado de políticos, en su mayoría firmes defensores de la monarquía. Constitucional, eso sí. Al menos mientras no se tercie lo contrario.

Frente a ellos, las calles del pueblo transmiten un mensaje muy diferente, casi surrealista: «Castilla libre», grita un grupo que se identifica a sí mismo como «Yesca» y que defiende, al parecer, la independencia de Castilla. Claro que como nadie debe de tener muy claro qué territorios forman esa Castilla que reclaman libre e independiente, lo aclaran: cinco comunidades, Madrid, Cantabria, La Rioja, Castilla-La Mancha y Castilla y León.

Pero no me quedo a los discursos, que nunca fueron conmigo. Mi intención era conocer Villalar y ver el ambiente del pueblo en un día como hoy, y eso ya lo he conseguido. Toca continuar camino.

 

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Alhajas, placas casposas y pasos honrosos

El resto del día lo dedico a pasear entre murallas medievales y libros en la hermosa localidad de Urueña, que con 192 habitantes en 2017 cuenta con diez librerías. Una librería cada diez habitantes, ahí es nada, lo que la ha convertido con toda justicia en la primera Villa del Libro de España.

El pueblo me sorprende por lo hermoso y bien conservado, por sus impresionantes murallas medievales y por sus calles hoy recorridas por un buen número de visitantes que, cosa poco habitual, pasean con bolsas repletas de libros en las manos. Me apresuro a imitarles, sobre todo porque entre las librerías hay algunas especializadas en libro antiguo y de ocasión, y nunca he podido resistirme a rebuscar entre libros viejos a la caza de algún tesoro.

El martes por la mañana estoy en La Bañeza, en León. No entraba en mis planes iniciales detenerme en la localidad, pero me tentó un mensaje por Facebook, una invitación del director del Museo de las Alhajas en la Vía de la Plata, Julio Carvajal. Picado por la curiosidad, me acerco a la hora de apertura y me encuentro con Julio en el museo.

Es un hombre de más o menos mi edad vestido a la antigua, esto es, con traje y corbata. Le pillo por sorpresa y, al parecer, en mal día, pues tiene un montón de compromisos, pero al instante se ofrece a acompañarme y me sirve de guía por las diversas salas del museo, que expone una interesante colección de ropas y joyas populares de los últimos siglos. Pronto me doy cuenta de que Julio es un hombre de amplia cultura con el que da gusto conversar, así que los dos terminamos dejándonos enredar por las palabras.

—Ahora tengo que solucionar unos asuntos, pero si estás aquí a las dos te invito a comer —me propone cuando terminamos la visita.

Se lo agradezco y, como todavía falta una hora y media, me voy a dar un paseo por La Bañeza. Me sorprende la cantidad de edificios modernistas de la zona centro, bien conservados, que hablan de la importancia de la localidad a principios del siglo XX.

Por desgracia, en la iglesia de Santa María, en su plaza central, me encuentro con una de esas placas casposas que muestran a las claras la vinculación de la iglesia católica con la dictadura de Franco: una placa de «Caídos por Dios y por España» que, ilegal e irracionalmente, se mantiene en la fachada e insulta con su presencia a todos los que dieron su vida por defender la República frente a los golpistas.

Por desgracia no es la primera que veo. Al contrario, durante este viaje al interior del país me he encontrado con un puñado, que se mantienen impávidas con la connivencia de párrocos y fieles. Tristes ejemplos de la España más rancia y miserable.

Es ya la hora de comer, así que regreso al museo y sigo a Julio hasta el restaurante Moja el Gallo, donde me meto entre pecho y espalda una gloriosa chuleta de ternera de Aliste, especialidad de la casa, que me deja traspuesto y borra cualquier malestar. La conversación fluye por vericuetos muy diversos, de la historia a la actualidad. Le pregunto por la proeza de abrir un museo en este país y se echa a reír:

—En realidad, la culpa la tiene mi madre, que fue la que inició la colección... —Y en verdad guardan una valiosa colección de dijes, higas, collares, pendientes y ropas que hablan de un tiempo ya definitivamente desaparecido, de sus creencias y formas de vivir. 

Dos horas después, tras despedirme de Julio y agradecerle su invitación (y dormir la correspondiente siesta) me encuentro en una localidad que dista veintitrés kilómetros de La Bañeza y que tenía muchas ganas de visitar por los asombrosos hechos que en ella tuvieron lugar... hace 584 años.

Me refiero a Hospital de Órbigo y a la gesta protagonizada en su puente por el caballero leonés Suero de Quiñones en el verano de 1434.

La historia tiene algo de leyenda y mucho de tópico medieval, pero es completamente cierta, o así al menos nos la contaron varios cronistas de la época, entre ellos Rodríguez de Lena, autor del Libro del paso honroso defendido por el excelente caballero Suero de Quiñones.

A la altura de 1434 la caballería distaba mucho de lo que había sido y los ideales caballerescos de defensa del desvalido hacía tiempo que se habían convertido en simples lugares comunes, especialmente en territorios como Galicia, arrasados por nobles rapaces que solo paraban mientes en su vanagloria personal.

A la altura de 1434 la caballería distaba mucho de lo que había sido y los ideales caballerescos de defensa del desvalido hacía tiempo que se habían convertido en simples lugares comunes.

Pero Suero de Quiñones debía de ser un caballero a la antigua usanza o, al menos, tener la cabeza tan llena de pájaros como la tuvo su homólogo de papel, el Ingenioso Hidalgo. Al parecer estaba enamorado y deseaba honrar a su dama (o llamar su atención, que tanto monta), dejándole bien claro de paso lo buen partido y lo aguerrido que era. Y se le ocurrió una demostración que despejaría cualquier duda sobre su habilidad: durante un mes y ayudado por nueve caballeros amigos, bloquearía el paso del puente de Hospital de Órbigo a todo caballero que quisiera cruzarlo.

Téngase en cuenta que aquel de 1434 era año santo, por lo que no debían de ser pocos los que querrían aprovechar la ocasión para peregrinar a Santiago y ganarse el perdón de su dios. Pero el que quisiera cruzar el puente debería enfrentarse y derrotar antes a Suero de Quiñones o a sus caballeros en combate singular. Los que rehusaran participar tendrían que entregar un guante en señal de cobardía y cruzar el río vadeándolo. Algo, además de vergonzoso, nada sencillo, pues el Órbigo es, a estas alturas, un río caudaloso.

Los que rehusaran participar tendrían que entregar un guante en señal de cobardía y cruzar el río vadeándolo.

Además, cada jueves Suero se colgaría del cuello una argolla metálica en prueba del profundo amor que sentía hacia su dama, Leonor de Tovar (aunque no acabo de entender la relación entre una argolla en el cuello y la mujer que amas... O quizá sí). Si vencía a todos los caballeros que se presentasen en el puente y rompía al menos trescientas lanzas, tres por caballero, se ganaría el derecho a quitársela.

Para llevar a cabo su prueba, que al cabo suponía cortar una arteria principal de comunicación, solicitó el permiso del rey, Juan II, muy amigo de poetas y trovadores. Lo que Suero le pedía debió de parecerle una trova hecha realidad, porque dijo que sí encantado, claro, cómo no, e incluso invitó a veinticinco caballeros de su corte a participar.

El 10 de julio, quince días antes de la festividad de Santiago, comenzó la prueba. Durante un mes, hasta el 9 de agosto y con la sola excepción del 25 de julio, la festividad de Santiago, Suero y sus caballeros se enfrentaron a cuantos aparecieron por el puente. En total se celebraron 627 justas y hubo nueve heridos y un muerto, el aragonés Asbert de Claramunt, que terminó con una lanza clavada en un ojo. El propio Suero fue herido... justo el último día, el 9 de agosto.

Tras su hazaña, Suero peregrinó a Compostela y dejó un brazalete de oro en el relicario de Santiago Alfeo, que todavía hoy se puede ver. No había conseguido romper las trescientas lanzas, pero tanto daba, porque había alcanzado fama imperecedera y, lo más importante, despertado el interés de su amada: un año después se casó con Leonor.

Y vivieron felices y comieron perdices... veintitrés años, hasta que en 1458 Suero fue asesinado en Barcial de la Loma, Valladolid, por los escuderos de uno de los caballeros que había derrotado, Gutierre de Quijada, que no había perdonado todavía la humillación sufrida. Rencoroso, el hombre.

Por cierto: todos los años, el primer fin de semana de junio, se celebran en Hospital de Órbigo las Justas Medievales del Passo Honroso. Apetecible, ¿verdad?

 

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Urueña
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Una vuelta a España en 80 días

Tras visitar Hospital de Órbigo me dirijo a Ponferrada, donde he quedado con Marga y Alberto, dos gallegos que viven y trabajan entre esa ciudad y el valle de Babia, en el norte de León, y que se han puesto en contacto conmigo a través de internet.

Quedamos en el centro, en La Bodeguilla, una terraza de la plaza Fernando Miranda. No nos hemos visto en la vida, pero a los dos minutos de llegar ya nos hemos olvidado de tan pequeño detalle.

Marga y Alberto son tan cordiales que me da la impresión de conocerlos desde siempre. Hablamos de los valles de Babia y Luna, de los que están enamorados y que tengo muchas ganas de visitar, y antes de que me dé cuenta me han subido a su coche y llevado hasta un precioso pueblo cercano de cuyo nombre no consigo acordarme. Paseamos por el lugar y tomamos algo. Después regresamos a Ponferrada, damos una vuelta por la zona antigua y buscamos un lugar para cenar. Inevitablemente, la noche se prolonga, enfrascados en la conversación.

—Queda pendiente esa visita a Babia —me dicen cuando se despiden.

—Este verano cae...

Regreso a La Lagartija con la sensación de que estos encuentros inesperados están siendo una de las sorpresas más agradables del viaje, algo que me hace reflexionar sobre el tremendo poder de las redes sociales. Gracias a ellas he conocido a un buen puñado de personas que se me han incrustado en la vida y a las que espero no perder de vista, que me han abierto sus casas y me han recibido con un afecto que me deja con la boca abierta, con la sensación de no haber hecho nada para merecerlo. 

Por la mañana doy una vuelta por Ponferrada, visito el Museo del Bierzo y su castillo templario, pero tengo la cabeza en otra parte. Me cuesta concentrarme, no me encuentro muy bien y cuanto veo no acaba de captar mi interés. Hoy hace ochenta días que empecé este viaje, un número cargado de simbología literaria.

Comprendo de golpe lo que mi cuerpo ya sabe: es hora de volver. De nada vale luchar contra lo obvio. Nada más decírmelo, me doy cuenta de que es la decisión adecuada. Todo viaje tiene un final. Regreso a La Lagartija y, con una extraña sensación en el cuerpo, como si no acabara de creérmelo, emprendo el camino de vuelta a casa.

Doscientos cincuenta kilómetros después aparco en Vigo. Hago cuentas: han sido 80 días y 8.140 kilómetros, pero sobre todo ha sido un viaje de descubrimiento de un país mucho más grande de lo que imaginaba antes de partir.

Y ha sido mucho más. Pese a viajar en solitario, pocos viajes han sido tan compartidos, tan acompañados como este. Día tras día me he encontrado con los comentarios, los ánimos, las sugerencias y el apoyo de muchísimas personas que me han, que me habéis, seguido a través de las redes sociales y de este blog.

Cuando partí no tenía nada claro que lo que iba a hacer interesara a alguien, y mucho menos le incitara a acompañarme durante casi tres meses, día tras día. Imaginaba que el interés iría decreciendo arrastrado por la rutina, pero estaba muy equivocado: a lo largo de estos ochenta días he tenido la fortuna de contar con vuestro interés y vuestra compañía, hasta el punto de que ahora, ya en casa y recuperando la vida sedentaria, tengo la sensación de que me falta algo sin esos diálogos de cada noche a través de las redes.

Toca dejar que se pose el polvo del camino y hacer balance. Cuando partí quería conocer un poco más este país, poner voces e imágenes a lugares de los que llevaba toda la vida oyendo hablar pero que nunca había visitado. Quería palpar la España interior, alejada de las grandes ciudades y, en muchos casos, completamente ignorada por los poderes públicos y por los medios de comunicación. Quería patear el territorio, conocer a sus gentes y llenar los ojos de otras luces. 

Lo he conseguido en muchos casos, aunque por cada lugar visitado me han surgido diez propuestas nuevas. He descubierto paisajes profundamente hermosos y rincones cargados de historia. He conocido personas magníficas y vivido experiencias difíciles de olvidar. Regreso cargado de deudas y con el deseo de volver a partir en cuanto sea posible.

Pero antes quiero asentar lo vivido y extraer de ello un hilo del que tirar para cumplir uno de los objetivos que me incitaron a ponerme en marcha: comprender un poco mejor este país.

Con suerte, ese hilo tendrá forma de libro. De libro de viajes y de experiencias, de reflexiones sobre un país inmenso que, demasiado a menudo, percibimos muy pequeño. Un libro en el que, inevitablemente, estaréis todos vosotros, mis compañeros de viaje, de una forma u otra. Mientras tanto, y hasta que La Lagartija se ponga nuevamente en marcha, solo me queda una cosa que deciros:

 

¡Muchísimas gracias por todo, lagartijas!

 

 

Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias... ¿Te animas? Puedes hacerlo aquí abajo...

Indice Viaje al interior

 

 

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