Viaje al interior: entre olivos, desiertos y montañas

-

Viaje al interior entre olivos desiertos y montanas

Un viaje en furgo por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Olivos. De repente, el mundo se ha inundado de olivos. Conduzco hacia el sur a través de Jaén, aunque en realidad tengo la impresión de nadar en un mar de aceite. Los olivos se extienden en todas direcciones hasta perderse en la lejanía, tenues manchas de un verde viejo que, al soplar la brisa, se convierten en destellos de luz plateada. Entre las ordenadas filas de los pequeños árboles reluce la tierra parda y desnuda, sin apenas hierbas. Limpiar tantas hectáreas de terreno se me antoja una labor colosal, casi un empeño imposible, y sin embargo ahí está, muy real. Me pregunto cuál será la razón que obliga a tan desmesurado esfuerzo.

Solo llevo tres semanas de viaje a lomos de La Lagartija, pero algunas cosas comienzan a resultarme evidentes. Si las extensas dehesas de Extremadura son la manifestación de una naturaleza felizmente domesticada, en el interior andaluz esa misma naturaleza ha sido sometida, domeñada por miles de años de labor.

Ayer, durante el trayecto entre Almodóvar del Río y Jaén, recorrí parte de la vega del Guadalquivir. Mirara hacia donde mirase, los campos se extendían llanos, vastos, con los brotes de cereal comenzando a asomar como una alfombra verde. Naranjos, cereales, huertos, vides y olivos, una inmensa fábrica de alimentos engrasada con la experiencia acumulada a lo largo de miles de años. Campos que ya se cultivaban cuando los romanos introdujeron los animales de tiro, el regadío y el barbecho; o cuando los musulmanes construyeron sus acequias y sistemas de riego y plantaron los primeros cítricos, como el limonero, el pomelo o el cidro, cuya naranja se empleaba para elaborar miel de azahar.

 

La tierra del olivo

Sin embargo, nada más entrar en la provincia de Jaén ese paisaje cambia de forma brusca y es sustituido por el omnipresente olivo y, aquí y allá, algunas manchas de almendros en flor. Desde la carretera, el paisaje alomado parece un océano de olas petrificadas. Es un espectáculo hermoso, pero también desazonador, pues no se me ocultan los graves problemas que esconde su belleza.

No se sabe muy bien de dónde procede el olivo, quizá de Persia, quizá de Egipto o de Mesopotamia. Su cultivo aparece atestiguado por primera vez en la Creta neolítica de hace 7.000 años y se extendió muy pronto por todo el oriente del Mediterráneo. Grecia estableció leyes para proteger su cultivo y lo convirtió en el símbolo de la victoria al entregar una de sus ramas a los vencedores de los juegos olímpicos. Entre los romanos, su aceite era considerado un producto de lujo y se empleaba también como cosmético para la cara y el cabello.

Se cree que los fenicios introdujeron el olivo en la Península Ibérica, allá por el 1.100 a.n.e., pero fueron los romanos los que impulsaron su cultivo para atender a su creciente demanda. Después, los musulmanes introdujeron nuevas variedades. Ellos dieron nombre al aceite, que procede del término al-zait, jugo de aceituna.

Hoy, España es el país con mayor número de olivos del mundo, se calcula que más de trescientos millones de árboles, y el primer productor mundial de aceite, con el 44% de la producción mundial en 2016. El 85% de todo ese aceite es andaluz. Solo Jaén produce el 40% del aceite español, más o menos el 20% de la producción mundial: dedica el 88% de sus tierras labradas al olivo. La importancia económica de su cultivo es obvia, pero también lo son sus problemas.

Aquí, en Jaén, el olivo es un monocultivo, y como todos los monocultivos provoca una grave pérdida de biodiversidad y degrada los suelos. Estos parajes fueron un día dominio del bosque mediterráneo, una tierra de encinas, pinos carrascos y piñoneros, sabinas, alcornoques, quejigos, de jaras, retamas, romero y tomillo, y albergaban una rica fauna: zorros, cabras montesas, águilas reales e imperiales, buitres y chotacabras, ardillas, reptiles, osos, gamos, ciervos, jabalíes, jinetas y linces ibéricos. Una riqueza que hoy ha desaparecido.

Soy un ávido consumidor de aceite y me encantan los olivos, sobre todo cuando sopla el viento y sus hojas centellean al sol, pero mientras atravieso este paisaje infinito no puedo dejar de pensar en que se trata en realidad de un cultivo tan problemático como el de la agricultura intensiva bajo plásticos de la provincia de Almería, aunque mucho más grato visualmente.

Casualmente, por la noche, en Jaén, leo en Viaje por el Guadalquivir de Juan Eslava Galán la posible respuesta a la pregunta que me hacía por la mañana al contemplar la tierra limpia de hierbas bajo los olivos. Dice Eslava Galán:

 

Ello se debe a la inveterada costumbre del agricultor jiennense de tener los olivares sin una mala hierba, que de haberla sería marca de dejadez y andaría en hablillas de sus linderos en el bar del pueblo.

 

No sé si tan nimia razón puede justificar un trabajo tan duro, pero Eslava Galán expone además las nefastas consecuencias de tal práctica.

 

De ese modo se favorece la erosión y en cuanto caen cuatro gotas se hacen regueros que se crecen en cárcavas que se crecen en barrancos y allá se van las fértiles tierras camino del mar dejando atrás cerros pelados y guijarros. Las lluvias arrastran la tierra al Guadalquivir y él la transporta y deposita en su curso bajo, como es costumbre y obligación de los ríos caudales. Este es el motivo por el que su cuenca fluvial requiere dragados cada vez mas frecuentes.

 

De esto ya no me cabe dudar: yo mismo lo comprobaré dentro de unos días, cuando regrese a Jaén desde el Cabo de Gata bajo un fuerte aguacero: por todas partes el agua forma torrentes de color pardo, el mismo color que la tierra desnuda de los olivares.

 

previous arrowprevious arrow
next arrownext arrow
Shadow
Slider
 

Un percance y unos cuantos tópicos

Pero de repente cambia el paisaje. A medida que avanzo hacia el sur, bordeando Sierra Nevada por el este, los olivos retroceden y la tierra se seca. La nieve de las lejanas cimas brilla bajo el sol, un destello lejano que se conjuga con el blanco de las flores de los almendros en flor. Sigo en Andalucía, pero me da la sensación de estar entrando en otro país, una tierra más desolada a cada kilómetro que recorro, como si se fuera despojando de sus ropas hasta quedar desnuda.

Una tierra más desolada a cada kilómetro que recorro, como si se fuera despojando de sus ropas hasta quedar desnuda.

Y entonces veo al guardia civil que me indica que me detenga a un lado de la carretera.

—El radar lo ha detectado un poco más atrás. Iba usted a noventa kilómetros en un tramo en el que no debería superar los sesenta. —Es un hombre de más o menos mi edad, el pelo canoso y la expresión amable. 

Me doy cuenta de a qué tramo se refiere. Es algo que lleva varios días llamándome la atención: cada vez que alguna vía secundaria, ya sea una carretera comarcal o un simple camino de tierra, se cruza con la principal, las señales obligan a reducir la velocidad a sesenta kilómetros por hora aunque no se divise una casa por ninguna parte. Me llamó la atención porque en Galicia es inusual: si lo hicieran, dada la densidad de caminos que hay, sería imposible conducir a más de sesenta en toda la comunidad. Pero el guardia civil tiene razón, así que asiento y le pregunto a cuánto asciende la multa y si puedo pagarla en el acto. No tiene sentido postergar lo inevitable.

—Son cincuenta euros si los paga antes de veinte días. Pero no podemos cobrársela, tenemos el aparato estropeado. —Y después, con una expresión curiosa, casi como si le molestara tener que multarme, añade—. Nos pasa a todos, no crea. Yo mismo, el otro día tuve que pagar una multa de ciento cincuenta, y eso que me dedico a lo que me dedico.

Sigo adelante medianamente contento porque la multa no es muy elevada y porque, por los pelos, no me ha supuesto merma de puntos del carnet. Y pensando en si sería verdad lo de su multa o si solo lo dice para empatizar con los conductores pillados in fraganti. Será mi cinismo, pero me cuesta mucho creer que en este país alguien pague una multa si puede librarse de ella, y dedicándose a lo que se dedica no creo que le supusiera ningún problema hacerlo. Pero, quién sabe, quizá me he encontrado con uno de los últimos ejemplos de integridad del país...

Un poco más adelante me detengo para comer en Abla, una pequeña localidad que trepa por la ladera de un cerro, ya en la provincia de Almería. Entro en un bar de la plaza mayor para tomarme una cerveza y una tapa. Por las provincias de Almería, Granada y Jaén todavía se mantiene esa maravillosa costumbre de ofrecer abundantes tapas gratis al cliente, de tal modo que con una o dos consumiciones te vas ya comido.

Por las provincias de Almería, Granada y Jaén todavía se mantiene esa maravillosa costumbre de ofrecer abundantes tapas gratis al cliente, de tal modo que con una o dos consumiciones te vas ya comido.

Fuera brilla el sol, pero el interior, tras una puerta cerrada y una de esas barreras contra las moscas hechas de tiras de plástico colgantes, me encuentro con cuatro o cinco parroquianos, todos mayores, todos hombres, sentados a la barra. La conversación gira sobre fútbol y quinielas. Uno de ellos es el que lleva la voz cantante. Es un individuo bajo, delgado y nervioso, de cuerpo y ropas gastadas y con un bigotillo que le mancha el labio superior. Intenta convencer a los otros para que compartan una apuesta de la quiniela con él, pues afirma ser ganancia segura. Pontifica sobre tal o cual equipo, asegurando que este va a ganar y el otro a perder, y de vez en cuando me mira, como buscando mi aquiescencia. O sospechando de mis filias y fobias.

—No será usté del Barsa, ¿no? —me espeta, incapaz de aguantarse la duda, al cabo de un rato. De las filias, pues.

—Ni por asomo —replico, muy contento de no tener que mentir, aunque por motivos muy diferentes de los que mi interlocutor imagina: ni soy del Barcelona ni de ningún otro equipo, pues nunca conseguí aficionarme al fútbol. Supongo que la pasión por el fútbol se mama de pequeño, y mi padre nunca distinguió un balón de una sandía. O quiza sí, nunca le vi intentar comerse un balón. Otra cosa es que supiera para qué servía.

Aliviado, el hombre se olvida de mí y vuelve a la porfía sobre la quiniela. Paseo la mirada por el bar: un cartel anuncia una gran novillada en Abrucena y otro, con la imagen de un Cristo con corona de espinas y los ojos elevados hacia el cielo, en blanco y negro para acentuar el dramatismo, anuncia la Semana Santa de 2016.

Los parroquianos han cambiado de conversación. Uno le pregunta al del bigotito si está trabajando y este le responde con un encogimiento de hombros:

—Yo estoy trabajando en el paro...

Sé que soy injusto, pero no puedo evitar pensar que, al final, los tópicos encierran una buena parte de verdad.

 

El único desierto de Europa

A media tarde llego a Tabernas, en Almería: una pequeña población de casas blancas refugiada en el interior de una depresión excavada a lo largo de miles de años por un agua hoy desaparecida, un pueblo perdido en medio de un extenso desierto de areniscas, margas y conglomerados de origen marino, de arenas, gravas y arcilla. Por todas partes la vista descubre cárcavas, ramblas, barrancos y torrenteras.

También aquí, hace miles de años, triunfó el bosque mediterráneo, había encinas y arbustos, linces y ciervos, en un equilibrio precario debido a la falta de agua. Pero la presión humana desde el neolítico provocó la progresiva desaparición de los árboles, cuya ausencia dejó la tierra desprotegida, libre para ser arrastrada por las esporádicas lluvias y la erosión. Hoy es el único desierto propiamente dicho de Europa, un avance de lo que abunda a solo unos pocos kilómetros, del otro lado del Mediterráneo.

Doy un paseo por la localidad. Casas blancas, algunos viejos sentados a la sombra, dos o tres turistas despistados. Subo a las ruinas de una alcazaba que se alza en un cerro que domina el pueblo y contemplo desde allí el paisaje desértico que se extiende en todas direcciones.

Hay algo en los desiertos que me atrae poderosamente. Quizá sea la ausencia de artificios, la amplitud de los horizontes. Habituado a una tierra de bosques y montañas donde la vista solo alcanza hasta el siguiente recodo, el espectáculo de la tierra desnuda tiene una cualidad épica, de esfuerzo y ascetismo que me atraen.

Siempre pensé que nuestro carácter tiene mucho que ver con nuestros paisajes. El gallego es imaginativo y fantasioso, individualista y amigo de circunloquios, evasivas y ambigüedades porque vive en una tierra de horizontes limitados por valles y montañas, por bosques que cercenan la visón y esconden destinos. El castellano, por el contrario, es franco y recto porque sus horizontes son amplios, casi infinitos, y en el páramo nada se esconde.

El desierto me atrae por su franqueza y su honestidad, pero también porque no vivo en él. Tabernas, como muchas otras localidades similares, se recorre en apenas unos minutos. Media hora después de haber llegado ya no queda nada que hacer. La novedad ha desaparecido y me hace pensar en cómo será vivir en un lugar así, en el que el tiempo se arrastra indeciso, como si no supiera bien qué camino tomar.

De regreso a La Lagartija, un chiquillo de siete u ocho años con pinta de travieso se me acerca:

Hello! —saluda. Pero, antes de que me dé tiempo a responderle, sale corriendo hacia la seguridad de su portal.

Lo que el niño no sospecha es que, con esa simple palabra, me acaba de explicar la clave de Tabernas. Eso y la silueta de metal negro de un Clint Eastwood que adorna una fachada frente a la terraza en la que me tomo una cerveza.

Como tantas otras localidades de nuestra geografía, Tabernas se aferra a lo poco que le queda para sobrevivir: vender el espectáculo de su propia historia al turista ávido de singularidades. Me viene a la cabeza algo que leí en el esclarecedor libro de Sergio del Molino, La España vacía, al respecto de Puebla de Sanabria, en Zamora, aunque perfectamente aplicable a muchas otras localidades españolas: 

 

Todo en Sanabria quiere ser tradicional. Las autoridades y los vecinos se esfuerzan mucho para que la modernidad no se cuele intramuros. Nada que decepcione al visitante que ha llegado hasta allí en busca del pasado. (...) Todos consumen pasado y los sanabreses explotan una Edad Media que no se puede cuestionar, que solo admite ser consumida. El relato del pasado y la certeza de que sigue vivo es lo único que permite la vida en esta villa alejada de todas las rutas principales, en mitad de la llanura que solo cruza el viento, sin recursos económicos a la vista. (...) Vender tradición. Los pueblos con una tradición que inventar para placer del turista son pueblos afortunados.

 

Tabernas no vende historia medieval, no tiene grandes castillos, iglesias o palacios, pero sale adelante explotando su historia reciente, la que la convirtió en la meca de un género cinematográfico muy peculiar: el spaghetti western.

Durante las década de 1960 y 1970, este desierto se convirtió en el escenario de más de trescientas películas, la gran mayoría ambientadas en el Oeste americano. Se construyeron poblados del Far West que hoy son un polo de atracción del turimo. Sergio Leone rodó aquí películas como Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) o El bueno, el feo y el malo (1966), protagonizadas por Clint Eastwood. También se rodaron películas de otros géneros, como Lawrence de Arabia (1962), Cleopatra (1963), Conan el Bárbaro (1982) o Indiana Jones y la última cruzada (1989), y más recientemente algunas escenas escenas de la sexta temporada de Juego de Tronos, las ambientadas en el territorio dothraki.

Al día siguiente visito uno de esos poblados, el parque temático Oasys Minihollywood. Tras pagar 22,5 euros por la entrada dedico una o dos horas a pasear entre escenas del Salvaje Oeste. No falta de nada: ahí están la mina de oro, el edificio del First National Bank, el saloon, la barbería... Asisto a un espectáculo de pistoleros con duelo incluido y a una función de cancán. Disfruto con la recreación en medio de una excursión del Imserso y un puñado de turistas, extranjeros en su mayoría, y con el paseo entre caballos y casas de madera que, lo reconozco, tienen un encanto especial.

Pero me espera una sorpresa desagradable. El poblado se recorre en muy poco tiempo, así que, imagino que para justificar el elevado precio de la entrada, el parque temático se ha sacado otro espectáculo de la manga: ha creado un zoológico tras el pueblo. 

No me gustan los zoológicos. No solo suponen un anacronismo en una época en la que podemos acercanos a los animales a través de magníficos documentales, sino que son, en sí mismos, una contradicción: encierran la vida salvaje para mostrárnosla, pero, al hacerlo, la desvirtúan y alteran su naturaleza y su comportamiento.

Los zoológicos son, en sí mismos, una contradicción: encierran la vida salvaje para mostrárnosla, pero, al hacerlo, la desvirtúan y alteran su naturaleza y su comportamiento.

En la primera jaula (los carteles no la llaman tal, sino, con un eufemismo vergonzante, «espacios naturalizados»), dos hienas manchadas dormitan al sol. Pero me llama la atención una tercera, encerrada en un pequeño cubículo en la parte posterior: se apoya alternativamente en una y otra pata, mueve la cabeza espasmódicamente, gira sobre sí misma tratando de morderse la cola. Son síntomas inconfundibles que he visto más de una vez en perros encadenados de por vida: animales desquiciados, enajenados, que se vuelven locos por el interminable encierro.

No es el único caso: también me encuentro con un cocodrilo del Nilo aprisionado en un espacio tan pequeño que apenas puede moverse y con unos guepardos, los animales más veloces sobre la tierra, atrapados en apenas trescientos metros cuadrados. Y con padres que llevan a sus niños a contemplar el sufrimiento callado de unos seres magníficos, encadenados a la suerte del hombre.

Hay en este zoológico, además, un cinismo desvergonzado que me indigna. Por todas partes se ven letreros que recuerdan la necesidad de luchar contra el cambio climático y proteger a los animales. En un espectáculo con papagayos, el cuidador, mientras obliga a un pájaro a hacer tonterías, afirma ante una entregada audiencia que se trata de una especie en peligro de extinción, pero que ellos colaboran modestamente con la conservación de la especie entregando algunos huevos cada año para su reproducción.

Eso me recuerda algo que leí hace muchos años, ya no recuerdo dónde, que afirmaba que el capitalismo es un sistema perfecto en sí mismo porque es el único capaz de enfrentarse a los movimientos que se le oponen... apropiándose de ellos. Sucedió con el socialismo, que terminó convertido en una descafeinada socialdemocracia capitalista. Sucedió con el movimiento ecologista, que se ha transformado en un aliciente económico capitalista mediante la venta de productos light, ecológicos, verdes... Hasta ha convertido en una fuente de ingresos la venta del icono de uno de sus más famosos detractores: el Che. 

No termino la visita al zoo. Al salir, un vaquero me pregunta si me ha gustado lo que he visto.

—El pueblo y vuestro espectáculo sí, ha resultado interesante, pero el zoológico no. Es una crueldad innecesaria tener a animales salvajes enjaulados.

Me mira con extrañeza, como si jamás se hubiera planteado algo así. Duda, parece pensarse mis palabras. Al final, con la mirada huidiza, responde:

—Ellos también tienen que ganarse la vida, como nosotros. ¿O te crees que estamos aquí por gusto?

No le respondo. Para qué. 

 

previous arrowprevious arrow
next arrownext arrow
Shadow
Slider

 

 El paraíso de los últimos hippies

Aunque no entraba en mis planes iniciales, estoy tan cerca del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar que no me resisto a visitarlo. Llevo años oyendo hablar de las maravillas de este lugar y además, qué le voy a hacer, echo de menos el mar. Supongo que los que nacemos en la costa llevamos la sal en las venas.

Me adentro en el parque, un territorio de montañas casi desnudas, no muy diferentes del desierto de Tabernas, que se alternan con pequeños pueblos costeros, torres vigía y playas de aguas cristalinas. Toda esta sierra es de origen volcánico. Es la parte emergida de cadena de volcanes que llega hasta la isla de Alborán, un islote mediterráneo a medio camino entre España y África que los soviéticos, allá por la década de 1960, trataron de apropiarse por su alto valor estratégico.

Me encuentro en uno de los pocos fragmentos de la franja costera española que escaparon del salvaje desarrollismo que durante las décadas de 1960 y 1970 sepultó el litoral español bajo una densa capa de cemento. Se salvó debido a su aislamiento y su falta de infraestructuras, de carreteras y comunicaciones.

Por una vez, su atraso secular fue la clave para su conservación, aunque está lejos de hallarse a salvo. En los últimos años, según afirma la Asociación de Amigos del Parque Natural, «este espacio ha sufrido el crecimiento inmobiliario más espectacular de su historia, que presiona cada vez más a su fauna, a su flora y a su riqueza paisajística, haciendo aparecer edificaciones por todos los rincones y saturando de automóviles sus carreteras y caminos».

No me cuesta nada creérmelo: me basta recordar el caso del hotel construido en pleno parque natural en la playa de El Algarrobico, cuatro kilómetros al norte de la localidad de Carboneras, y que ha sido objeto de sucesivas sentencias contradictorias sobre su demolición desde que comenzó a construirse en 2005. Pero que sigue ahí, en primera línea de playa.

Sin embargo, por el momento el Cabo de Gata sigue siendo un paraíso. Tras pasar una primera noche en San Miguel me dirijo al pueblo de Las Negras con la intención de disfrutar de un día de descanso. Nada más bajar de la furgo ya me doy cuenta de que el sitio es especial. No solo por la arquitectura o el entorno, sino por al ambiente que se respira: da la sensación de que permanece al margen del tiempo, como si se riera de cuantos viven ajetreados por las urgencias cotidianas.

Me invade la misma sensación de los veranos de la juventud, como si acabara de penetrar en el territorio de los días eternos y relajados, vacíos de preocupaciones, en la morada del dios del verano. La playa cercana, el rumor de las olas y el griterío de los pájaros, la suave brisa, el sol y la gente en chanclas y manga corta me meten de golpe en un verano inesperado.

En su magnífico libro Los senderos del mar, María Belmonte habla de su profunda fascinación por la orilla del mar, que comparto plenamente, y cuenta que las playas no siempre fueron, ni mucho menos, lugares de ocio. Muy al contrario.

 

Hasta bien entrado el siglo XIX las playas fueron territorios de trabajo, sucios y con gran frecuencia malolientes, frecuentados por pescadores a pie, mariscadores, recolectores de algas, gente humilde en general que extraía duramente su sustento del mar. (...) Si nos pudiéramos asomar a una de aquellas playas, contemplaríamos un espectáculo industrioso muy diferente del actual: carretas de bueyes internándose en el agua para acarrear algas, barcas varadas esperando salir a faenar, carpinteros de ribera construyendo naves, artesanos produciendo brea en humeantes tinajas para calafatear embarcaciones, cesteros, pescaderas, bateleras y barqueras, mujeres que, a diferencia del recato que se exigía a las burguesas y otras damas de alcurnia, mostraban las piernas y otras partes de su anatomía por las duras condiciones en que debían trabajar.

 

Releo el párrafo anterior mientras descanso en una tumbona al sol en el área de autocaravanas de Las Negras, a unos metros de la playa. Muy cerca, dos chicas inglesas en bikini, morenas y guapas, una con el pelo en rastas, ríen las gracias de un holandés ya entrado en años que, vestido con pantalones hippies de rayas, una camiseta maltrecha y un pañuelo pirata en la cabeza, se pavonea ante ellas. A mi derecha, junto a un camión verde convertido en autocaravana, un grupo de alemanes de entre cincuenta y sesenta años que parecen recién salidos del festival de Woodstock charlan y beben cerveza. La brisa trae susurros de conversaciones relajadas que se mezclan con el rumor de las olas. Frente a mí distingo la silueta de una torre vigía que me recuerda que, en tiempos, esta costa fue asolada por los piratas berberiscos. Ahora, sin embargo, todo es relajación, molicie, tiempo detenido.

Me pregunto qué pensarían las mujeres del siglo XIX que evoca María Belmonte si, a su vez, pudieran contemplarnos. O si aparecieran de repente en una playa actual en pleno mes de agosto. 

Por la noche, contemplando el cielo cuajado de estrellas, con La Lagartija detrás, me doy cuenta de lo mucho que necesitaba esta experiencia de viaje, este vagar sin rumbo, dejándome llevar. 

 

previous arrowprevious arrow
next arrownext arrow
Shadow
Slider

Un paseo por la prehistoria

Pensaba estar más días en Cabo de Gata, pero el día amanece con un cielo plomizo, cargado de presagios de lluvia que me obligan a cambiar de planes: no tiene sentido quedarme en un lugar de playa y senderismo si no puedo hacer ninguna de las dos cosas, así que decido reemprender el camino hacia Orce, en Granada, donde espero ver algo muy especial: los restos del homínido más antiguo del continente.

La Lagartija avanza entre neblinas y cielos pesados, metálicos, mientras asciende trabajosamente por un territorio cada vez más montañoso. Dejo atrás Vélez Blanco y Vélez Rubio y me interno en la Sierra María.

Si ayer me hallaba entre montañas semidesérticas y playas, hoy distingo los neveros colgados de las cumbres y recorro una carretera de un solo carril flanqueada por varas para medir la altura de la nieve, entre pinos y encinas. Completamente desierta... una vez más. Me asombra la cantidad de carreteras vacías que hay en este país. En cuanto me aparto de la costa, las únicas zonas pobladas son las tierras fértiles, las vegas de los ríos. El resto, aunque esté cultivado, como las dehesas en Extremadura o los olivares en Jaén, son territorios de baja densidad humana, espacios en los que cruzarse con un coche se convierte casi en un acontecimiento.

Tras cruzar Sierra María el paisaje se abre en una meseta amplia, parda y blancuzca, una gran extensión extrañamente hermosa salpicada de casas del mismo color de la tierra y con una vegetación rala. Es un altiplano excavado durante milenios por el agua. Gran parte de lo que diviso estuvo sumergido hasta hace cuatrocientos cincuenta mil años bajo las aguas de un lago de aguas semidulces, un antiguo brazo de mar que quedó atrapado entre montañas. 

Aparco en la entrada del Centro de Interpretación de los Primeros Pobladores de Europa dominado por la expectación. Lo que espero ver me implica de una forma muy especial.

En 1982 estaba empezando la carrera de Geografía e Historia en Santiago de Compostela. Hasta entonces yo había sido un mal estudiante. Solo me interesaba por las materias que me atraían, como Biología o Filosofía, y dejaba de lado el resto que, inevitablemente, suspendía. No sé muy bien cómo conseguí aprobar el Bachillerato ni cómo decidí estudiar Historia, pero allí estaba ese año, enfrentándome al primer año de una carrera que no sabía todavía si me interesaba o no.

Y entonces se descubrió el Hombre de Orce. En un yacimiento de Granada, en el otro extremo de España, se halló un pequeño fragmento de parietal-occipital de un homínido de entre tres y cinco años. Se calculaba que tendría millón y medio de años, lo que lo convertía en el resto humano más antiguo del continente. Un millón y medio de años. La sola idea me causaba vértigo, imaginar esos miles y miles de noches oscuras que nos separaban. Pero no solo eso: el hallazgo suponía que la presencia humana en Europa se adelantaba en casi un millón de años, un hecho que revolucionaba cuanto hasta entonces se sabía sobre nuestros antepasados. 

El descubrimiento me fascinó. Dio la casualidad que ese año una de mis materias era Prehistoria. El descubrimiento echaba por tierra muchas de las cosas que estudiaba como ciertas y despertó, ahora sí, mi interés por la historia.

Un año después, investigadores del Instituto de Paleontología Humana de París declararon que los restos del Hombre de Orce pertenecían en realidad a un asno y no a un humano. Estalló una dura controversia científica, que seguí con gran atención, en la que se entremezclaron filias y fobias, intereses creados (muchos paleontólogos veían en los hallazgos la refutación de sus investigaciones de años, algo muy duro de aceptar) y maniobras políticas para obstaculizar las investigaciones. Gibert fue acusado de haber preparado un montaje y condenado al ostracismo por parte de la comunidad científica.

Todo aquella controversia, sin embargo, me hizo entender que la prehistoria (y la historia, por extensión) era algo vivo y apasionante, muy alejada de las verdades incuestionables y de los mamotretos oficiales: la convirtió en una aventura y en un misterio por desentrañar.

—Las excavaciones que se han realizado desde entonces han acabado por dar la razón a Gibert —me explica Maricarmen, la guía del centro de interpretación, cuando por fin tengo los restos del Hombre de Orce ante mí—. En 2002 se encontró en el yacimiento de Barranco León, muy cerca de aquí, un diente de leche de un homínido de hace 1,4 millones de años, y con él varias piezas manipuladas por el hombre. Además, se han realizado extensas pruebas para medir la albúmina en los restos y las conclusiones son definitivas: se trata de homínidos. Pero el daño que hizo la polémica fue muy profundo y ha retrasado mucho las investigaciones...

Observo el parietal-occipital y el diente de leche fascinado por la idea de que esos mínimos restos pertenecen a unos homínidos que estuvieron vivos hace una eternidad. Que vivieron aquí entre tigres de dientes de sable, inmensos osos, mamuts, ciervos, hipopótamos, rinocerontes, hienas...

—El tigre era un gran cazador —continúa Maricarmen—, pero sus dientes suponían un serio problema: le impedían masticar, con lo que desaprovechaba gran parte de sus presas, tenían que limitarse a ingerir las partes blandas, las vísceras. Lo que dejaba lo aprovechaban las hienas y los homínidos, que competían entre sí por los restos. Por entonces éramos carroñeros.

—¿Cómo se puede demostrar una cosa así?

—Por los restos, claro —me señala un montón de huesos fosilizados expuestos tal y como se encontraron—. Las hienas dejan los huesos de las extremidades triturados, como esos que ves ahí, pero los homínidos realizaban una incisión en el occipital —me señala otro montón, esta vez de cráneos— para extraer el cerebro y comérselo.

Cuando salgo del centro contemplo el valle con otros ojos. Imagino la durísima vida de esos antepasados que no conocían siquiera el fuego, simples animales que luchaban por sobrevivir en un entorno hostil. Imagino las noches eternas, atentos siempre al menor ruido que les alertase de la aproximación de un depredador, el hambre y el frío, el misterio de un universo que escapaba a su comprensión, y me asombro de que fueran capaces de imponerse a competidores tan imponentes como los tigres de dientes de sable o las hienas. De que estemos aquí, ahora, y que tengamos la capacidad para escudriñar un pasado tan remoto, de rescatar su recuerdo del pozo sin fondo del tiempo.

Imagino las noches eternas, atentos siempre al menor ruido que les alertase de la aproximación de un depredador, el hambre y el frío, el misterio de un universo que escapaba a su comprensión, y me asombro de que fueran capaces de imponerse a competidores tan imponentes como los tigres de dientes de sable o las hienas.

Pero la comarca de Orce me va a deparar más sorpresas. Durante los dos días siguientes visito la necrópolis íbera de Tútugi Galera, a solo unos kilómetros de distancia de Orce, y descubro un poblado de la Edad del Bronce construido en un cerro imposible y organizado en tres terrazas superpuestas: Castellón Alto, habitado entre el 1.900 y el 1.600 a.n.e.

Chus, la guía del yacimiento, me explica una peculiaridad de sus moradores: convivían con sus muertos, a los que enterraban en posición fetal en pequeños nichos en la parte posterior de sus casas o, si eran niños, en pequeñas vasijas. En el museo de Galera he visto dos momias encontradas aquí, un padre y su hijo que se han conservado asombrosamente bien, todavía con restos de pelo y carne, con trazas de ropa y el ajuar funerario alrededor.

Son las segundas momias más antiguas de Europa, después del hombre de Ötzi, que encontraron congelado en los Alpes. Si a ello le sumo otro dato que me aportó Maricarmen en el centro de interpretación de Orce, que en esta zona se da la mayor densidad de huesos fósiles de mamíferos cuaternarios de toda Eurasia, solo comparable a la de los yacimientos del valle del Rift en el África oriental, me queda claro que me encuentro en un lugar de excepcional valor arqueológico, un paraíso para los paleontólogos. Un territorio de luchas y esfuerzos, de esperanzas muertas hace milenios, sí, pero también un lugar en el que nuestros más lejanos antepasados alzaron los ojos al cielo para observar las estrellas. Un lugar donde empezaron a buscar porqués.

 

previous arrowprevious arrow
next arrownext arrow
Shadow
Slider

 

Úbeda, joya del Renacimiento español

La semana está resultando intensa. Hasta ahora me estaba librando de la lluvia, pero el jueves el tiempo cambia ya irremediablemente. A primera hora el arco iris juega al escondite con la esperanza, pero pronto el viento y la lluvia se imponen.

A media mañana aparco en Baeza y recorro la ciudad con una desgana que no se merece, traspasado por el frío y refugiado bajo el paraguas. La lluvia despuebla las calles y hace relucir las viejas piedras calizas de sus monumentos. Por unos instantes tengo la impresión de hallarme en Santiago de Compostela, también ella ciudad de piedra y lluvias eternas.

Haciendo equilibrios con el paraguas en una mano y el móvil en la otra consigo sacar tres o cuatro fotos, pero tras un somero recorrido por sus principales monumentos, alguno cerrado a causa del mal tiempo, me rindo y me dirijo a Úbeda, a solo unos kilómetros de distancia, en la que existe un área de autocaravanas dotada de buenos servicios y donde pienso quedarme varios días con la esperanza de que mejore el tiempo.

Nada más aparcar en el área, la intensa lluvia se convierte en un granizo grueso, que golpea con fuerza La Lagartija y que me impide salir. El agua se cuela en tromba por algún lugar sobre los asientos delanteros que no consigo identificar y que me obliga a entrar en zafarrancho de combate de recipientes y paños mientras temo que el granizo afecte a la placa solar. Tras el granizo se desata el viento, con rachas que mecen la furgoneta y me descubren crujidos y rechinos desconocidos.

Pienso en la sensación de bienestar que me inundaba hace solo unos días, en Cabo de Gata, y me sale una mueca amarga. ¿Quién me mandaría meterme en este lío? Ahora entiendo por qué los romanos tenían a la diosa Fortuna por la más caprichosa de todo el panteón divino...

Ahora entiendo por qué los romanos tenían a la diosa Fortuna por la más caprichosa de todo el panteón divino...

Y entonces, la ruleta de la fortuna gira una vez más. Sigue lloviendo, de hecho las previsiones son malas para los proximos días, pero un simple tweet cambia mi perspectiva. Pablo Lozano Antonelli, director del museo de la batalla de Las Navas de Tolosa y del Certamen Internacional de Novela Histórica de Úbeda (entre otras muchas cosas), se ha enterado de que estoy en la ciudad y se ofrece a descubrirme algunos de sus secretos. No nos conocemos personalmente, aunque en alguna ocasión hemos hablado a través de las redes sociales a raíz de una entrada que publiqué en este blog. Encantado con la perspectiva de conocerle y de contar con un guía, quedo con él en la plaza de Vázquez de Molina, un impresionante escenario flanqueado por colosos de piedra.

Pablo es un hombre simpático y cordial, más joven de lo que me imaginaba.

—¿Has visitado ya Úbeda? ¿Qué has visto?

Le respondo que apenas he tenido tiempo de dar un paseo esta mañana. Lo poco que he visto me ha dejado asombrado, eso sí. Sabía que la ciudad, con Baeza, es Patrimonio Cultural de la Humanidad, pero no me esperaba esta monumentalidad.

Úbeda es una ciudad impresionante, una maravilla de piedra, de calles adoquinadas, palacios, conventos, iglesias y edificios majestuosos en cada esquina, un prodigio del Renacimiento hecho para recorrerlo con calma. Vuelvo a pensar en la influencia de nuestros entornos: vivir en una ciudad así tiene que dejar una profunda huella, de una u otra forma. Somos en gran medida nuestros paisajes, y Úbeda habla de lujo, de poder, de riqueza y solidez, del afán por perdurar y de la búsqueda de la belleza. Esta mañana, paseando bajo la lluvia, tenía la impresión de que solo conseguía rascar la piel de la ciudad, de que en cada esquina se esconden historias, muchas trágicas, otras apasionantes, llenas de vida y de esfuerzo, y me hice el firme propósito de visitarla en otra ocasión e ir desvelando sus secretos poco a poco.  

Somos en gran medida nuestros paisajes, y Úbeda habla de lujo, de poder, de riqueza y solidez, del afán por perdurar y de la búsqueda de la belleza.

Al poco de conocernos, Pablo y yo estamos paseando por esas historias intuidas, enfrascados en la tarea de descifrar la ciudad. Me lleva hasta un edificio que esta mañana tomé por una iglesia y que resulta ser el panteón de Francisco de los Cobos, secretario personal del emperador Carlos V, que quiso dejar bien asentado su poder y su grandeza en su ciudad natal. Una mole de piedra repleta de mensajes grabados en las esculturas de su portada y en el simbolismo de la disposición de los elementos, un monumento a la ambición y la vanidad de quien se alzó desde sus orígenes humildes hasta las más altas responsabilidades del Imperio. El personaje, además, me cautiva porque es un viejo conocido, uno de los protagonistas de mi novela La cruz de ceniza.

Paseamos por la plaza de Vázquez de Molina y visitamos la iglesia de Santa María de los Reales Alcázares mientras atiendo a sus explicaciones con la fascinación del que descubre tesoros inesperados. Es un buen conversador y rezuma una pasión contagiosa por la historia. En mi cabeza se va dibujando una imagen de la ciudad, de cómo debió de ser en el Renacimiento, de las luchas de poder y la ostentación de sus grandes, de la vida de las gentes humildes en una ciudad profundamente religiosa, conservadora y orgullosa de sus orígenes.

Después, la conversación deriva hacia cuestiones más cercanas. Pablo me habla del empeño de muchos ubetenses por revitalizar la vida cultural de la ciudad, del magnífico certamen de novela histórica que todos los años atrae a escritores de muy diversas procedencias y convierte Úbeda en un espectáculo de recreaciones históricas, con romanos, soldados de la Segunda Guerra Mundial y caballeros medievales en cada esquina. Sus palabras ponen fecha a mi propósito de volver: la segunda semana de noviembre, durante la celebración del próximo certamen.

Sin saber bien cómo, terminamos hablando de la vida en Úbeda, de la situación económica y de los olivares. Y me sorprende aclarándome muchas de las cosas que me planteaba hace algunos días.

—La gente tiene la impresión de que los olivos están ahí desde siempre, extendidos por todas partes, pero eso no fue así. Los musulmanes plantaron olivos, es cierto, pero solo en las peores tierras, en las faldas de las montañas y en lugares en los que no se podía cultivar otra cosa. El resto lo dedicaban al cultivo de la morera para la seda y el vino, que tenían gran importancia. La expansión incontrolada del olivo es muy reciente. Antonio Muñoz Molina habla de que cuando era joven el paisaje era mucho más variado, pero las subvenciones, entre otras cosas, han fomentado la plantación de olivos.

—Oye, por cierto, ¿a qué se debe que la tierra esté desnuda bajo los olivares? Tiene que suponer un trabajo ímprobo.

—Qué va. No es tierra desnuda, es tierra envenenada. Utilizan masivamente herbicidas para matar el matorral y que no les moleste durante la recolección de las olivas. Fumigan con aviones. La ley solo permite quitar la hierba del ruedo bajo el árbol, pero...

Me quedo con cara de tonto por haber pensado que la tierra desnuda era consecuencia del trabajo manual. Me comenta que esas prácticas son tremendamente dañinas porque los herbicidas se diluyen en el agua que después llega a los pantanos. Me habla de los problemas del monocultivo, que provoca que una mala cosecha hunda la economía de la provincia entera, y de los chavales que con dieciséis años dejan de estudiar para trabajar en la aceituna.

—Somos la provincia con la renta per cápita más baja de España y con el mayor índice de fracaso escolar. Aquí todo gira en torno a la aceituna, y mejor no oses oponerte...

 

previous arrowprevious arrow
next arrownext arrow
Shadow
Slider

 

Un mes en la carretera

Me quedo en Úbeda hasta el domingo, paseando, escribiendo esta entrada y dándole vueltas en la cabeza a cuanto está suponiendo este viaje que hoy cumple un mes.

Lo emprendí con la intención de conocer la España olvidada y me estoy encontrando con realidades muy distintas a las ideas preconcebidas que traía conmigo. Cada vez soy más consciente de que se me escapan muchas cosas, de que la tarea que me he propuesto es titánica e inabarcable, pero me dejo llevar por el instinto, por las preguntas que me asaltan por la carretera y que me conducen a nuevas preguntas y, con suerte, a alguna que otra respuesta.

A veces tengo la impresión de que España es un inmenso yacimiento, guardiana de una dilatada historia, y que este es un viaje en el tiempo, y otras me descubro fascinado por las hablas y las peculiaridades de cada región que sobreviven al huracán uniformizador de la televisión. A menudo, tengo la sensación de que soy un espectador del mundo, ajeno y curioso, buscando claves que me permitan acercarme a esos extraños seres que son los humanos.

Pero es un viaje que emprendí también por otros motivos. Para salir de mi zona de confort, para comprobar si sigo vivo o si me he anquilosado, para averiguar cuál es la distancia que media entre los sueños y la realidad.

Tras un mes viviendo en La Lagartija esta se ha convertido en mi casa. Nos hemos peleado, sí, y me he llevado mi buena ración de golpes y coscorrones hasta que ambos medimos nuestros límites y firmamos una entente cordiale, un tratado de no agresión mutua. Yo la atiendo, satisfago sus necesidades de gasoil, agua, energía y limpieza y ella me lleva y me acoge, me protege del frío y la lluvia. Me descubro disfrutando de la experiencia, aunque ya he comprobado que los sueños, como el de vivir permanentemente en la carretera, siempre son mucho más amables que la realidad.

Las ideas bullen bajo la piel. Cuando empecé el viaje, me atraía la idea de detener mi rutina para saber dónde estoy, tomarme un tiempo para contemplarme lejos de mi cotidianeidad. Mi rutina es escribir. Siempre me he refugiado en la escritura. No en el hecho en sí de escribir, sino en la idea de que eso era lo que yo hacía, lo que me daba sentido. Nunca decidí a qué iba a dedicarme, pues de alguna forma siempre lo supe. Esa idea recurrente desde la infancia me ha evitado preocuparme por buscar otras opciones, me ancló a la realidad y me dotó de sentido ante mí mismo mucho antes de que los demás me reconocieran como tal. Pero también me lastró.

Me he pasado la vida con la nariz metida en los libros, pero de vez en cuando me da por pensar que, quién sabe, la escritura se ha convertido en una montaña que me tapa el horizonte y me pregunto cómo sería la vida más allá, sin ella. Si sería capaz de vivir sin que la escritura fuera mi única forma de estar en el mundo. O cómo sería esa vida, qué puertas se abrirían.

Sin embargo, durante este viaje me voy dando cuenta de que veo con los ojos de la palabra. Cuando visito un yacimiento o recorro una localidad, mi cabeza se pone a elaborar un discurso, una historia para contar. Y me doy cuenta de que no es impostado, sino la forma que tengo de explicarme el mundo: tratando de descifrarlo a través de las palabras. Contarlo me obliga a reflexionar sobre lo visto y vivido, a ordenarlo en algo abarcable. La escritura siempre ordena el universo.

Y me doy cuenta también de que los momentos de mayor disfrute son precisamente los que paso frente al ordenador, hablándote a ti, escribiendo estos textos o leyendo tus comentarios y tus sugerencias.

Pero todavía nos queda mucho viaje. Mucho por ver, reflexionar y aprender. Espero que lo disfrutes tanto como yo.

 

Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias... ¿Te animas? Puedes hacerlo aquí abajo...

Viaje al interior. 80 días en furgo por la España olvidada

 

 

 ¡Espera, no te vayas todavía! ¿Te ha interesado este artículo? Regístrate aquí para recibir las próximas entradas y novedades en tu correo. 

 

 

Compártelo:
Pin It

¿Te gusta lo que acabas de leer? Haz clic aquí para recibir las próximas entradas y novedades en tu correo. Y, como regalo de bienvenida, podrás descargarte mi novela El bando perdedor.