Viajando en furgoneta camper: Augas Santas, el bosque de los druidas (1)

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El bosque de los druidas, augas santas 01

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos.

No me lo esperaba. No lo había planeado. Me hallaba en Combarro, todavía de madrugada, acurrucado en el vientre de la Lagartija. Acababa de encender el portátil y me preparaba para empezar una nueva jornada de trabajo. Tenía que escribir una entrada para el blog, responder a correos y redes sociales y, sobre todo, planificar mi próxima novela. Frente a mí, todavía sumido en las sombras de la noche, latía el gigantesco pulmón de la ría de Pontevedra.

Era martes, un día cualquiera de un diciembre frío. Me estiré con ganas mientras el sistema operativo del ordenador volvía a la vida. Me encantan esas horas de la madrugada, cuando el mundo todavía duerme y el silencio es una promesa de futuro. Me encanta despertarme en la Lagartija y contemplar a través de la ventanilla cómo va iluminándose un paisaje siempre distinto.

Ese día, sin embargo, apenas prestaba atención a mi entorno. Mi cabeza perseguía la trama de mi proxima novela, una historia que lleva años rondándome. La idea general la tenía clara, ya sabía qué quería contar, pero faltaba lo principal: dar vida a los personajes, localizar los escenarios, trenzar las subtramas... Es un trabajo arduo, que exige concentración, que obliga a tomar cien pequeñas decisiones que conducirán la historia a buen puerto o terminarán por descarrilarla.

Tenía que empezar por alguna parte, y mi imaginación necesita apoyar los pies en el suelo para impulsarse y alzar el vuelo. Necesitaba decidir dónde empieza la historia, dónde viven los personajes. Quería que fuera un lugar aislado, quizá montañoso o boscoso, a ser posible un monasterio o un santuario abandonado en algún lugar de la Galicia interior.

Sí, eso podía funcionar. Un monasterio abandonado. Pero, ¿dónde? Hice una búsqueda en internet y encontré media docena de opciones. Les eché un rápido vistazo. Entre los resultados se hallaba un lugar que ya conocía, las ruinas de un monasterio cercano a Castro Caldelas, en Ourense. Me había topado con él hacía años en un viaje por la zona y me había quedado impresionado. No obstante seguí leyendo, buscando alternativas, para tener más datos antes de tomar la decisión final. Y entonces me di de bruces con una cripta abandonada, un castro galaico-romano, un bosque preñado de misterios y una tierra que rezuma leyendas.

Me inundó una excitación muy familiar: la que debe de sentir el lobo cuando capta de súbito un rastro jugoso entre la hojarasca. Comencé a devorar páginas y más páginas de internet. Mi imaginación se disparó. Cuanto más leía, más convencido estaba de haber encontrado el escenario de mi historia. Todo parecía cuadrar, pero necesitaba comprobarlo de primera mano. Apagué el portátil y arranqué el motor de la Lagartija...

Lo que esconden los topónimos

Hora y media y ciento cuarenta kilómetros después abandono la autovía A-52 en las cercanías de Allariz, una de las poblaciones de interior más hermosas y cuidadas de Galicia. Por el camino ya he decidido que esta noche dormiré en el paseo fluvial que bordea el pueblo, un lugar de lo más apacible en el que ya he parado en viajes anteriores. Pero ahora me dirijo a una pequeña localidad situada a unos siete u ocho kilómetros de Allariz. Una aldea que, hasta donde recuerdo, nunca he visitado: Augas Santas.

El topónimo me hace sospechar la verdadera naturaleza del lugar: el culto a las aguas estaba muy extendido entre nuestros antepasados celtas, que solían asociar cada río y cada manantial con una diosa. De ahí que en el norte peninsular abunden topónimos como Navia o Deva, ambas diosas de las aguas, ambas muy populares en Galicia.

Cuando siglos después llegó el cristianismo, primero trató de imponerse a las creencias anteriores tachándolas de paganas y prohibiendo sus cultos. Así, Martiño de Braga (o de Dumio, como también se le conoce), uno de los principales hostigadores de los cultos precristianos en el noroeste peninsular, fue muy explícito y combativo en su libro De correctione rusticorum («Sobre la corrección de los rústicos», un título que no deja dudas sobre sus intenciones):

 

¿Y cómo es que algunos de vosotros, que habéis renunciado al diablo y a sus ángeles, a sus cultos, y a sus malas obras, ahora volváis de nuevo a los cultos del diablo? Porque encender velas junto a las piedras y a los árboles y a las fuentes y en las encrucijadas, ¿qué otra cosa es sino culto al diablo?

 

(Si quieres saber más sobre Martiño de Dumio y su tiempo, cuento su historia en mi novela De correctione rusticorum).

Sin embargo, para desgracia de Martiño, los cultos precristianos estaban muy arraigados. Cuando la Iglesia católica comprendió que su erradicación iba a resultar una ardua tarea, cambió de estrategia y comenzó a asociar cada piedra, árbol, fuente y encrucijada a un santo, mártir o virgen. Una inteligente estrategia que le permitió absorber los cultos previos sin enfrentarse a ellos.

Un lugar llamado Augas Santas solo puede ser un antiguo lugar de culto celta sometido a reconversión urgente por parte de los cristianos. Mientras conduzco hacia el pueblo a través de un bosque caducifolio teñido con los colores del otoño, mi cabeza repasa la historia de la pobre chiquilla que se convirtió en la excusa para traer al redil a los contumaces paganos: la joven Mariña, una pastora del lugar que reemplazó, para su desgracia y sin pretenderlo, a las antiguas diosas de las aguas, las piedras y los árboles cuyo culto debía de estar muy extendido por aquí.

Algo que me resulta muy fácil de comprender ahora que atravieso la zona: todavía hoy, dos mil años después, asombra el intenso hechizo de este bosque intemporal, de cuyo suelo brotan fuentes y arroyos que sortean gigantescos bolos de granito de formas caprichosas. Hacía tiempo que no me llenaba los ojos con tanta belleza.

 

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La historia de Mariña

Pero vamos con la historia de Mariña, que no tiene desperdicio. Cuentan que era natural de A Limia, muy cerca de Allariz, nacida en el año 123 de nuestra era. De sus padres apenas se sabe nada. La leyenda asegura que era hija de un moro, pero esto, me temo, es un poco difícil, pues por entonces, estoy hablando del siglo II, los musulmanes ni existían ni se les esperaba. De hecho, tardaron unos cinco siglos más en dar señales de vida (la famosa Hégira de Mahoma tuvo lugar en 622). Este detalle ya deja claro que el origen de la leyenda es muy posterior a los supuestos hechos que narra, de una época en la que los moros ya eran una realidad cotidiana. 

Claro que hay otra opción, y muy sugerente: ¿y si en realidad no era hija de un moro, sino de un mouro? Los mouros, en Galicia, no tienen nada que ver con los musulmanes. Se trata de un pueblo misterioso, hoy escondido bajo tierra pero que hace siglos dominaban la tierra.

Los mouros son los constructores de los castros y las mámoas (dólmenes cubiertos de tierra), los artífices de los petroglifos. Son «el pueblo de antes», hoy convertidos por obra y gracia de la imaginación en seres mágicos guardianes de tesoros. Que el padre de Mariña fuera un mouro tiene muchísimo más sentido, pues ese hecho la relaciona directamente con los cultos prerromanos que los cristianos trataban de suprimir. Puestos a cristianizar, ¿qué mejor que convertir a una pagana en una traidora a los suyos, en una iluminada que abraza la nueva fe, que ve la luz del verdadero dios?

Los mouros son los constructores de los castros y las mámoas, los artífices de los petroglifos. Son «el pueblo de antes», hoy convertidos por obra y gracia de la imaginación en seres mágicos guardianes de tesoros.

Fuera quien fuese su padre, Mariña quedó huérfana de madre muy pronto y el hombre no debía de estar por la labor de cuidar de un bebé llorón: se lo endosó a una mujer de un pueblo cercano para que la criase.

La mujer era cristiana, así que bautizó a la criatura y la introdujo en los cultos de los cristianos, que por entonces eran una secta marginal, algo similar a lo que hoy son, por ejemplo, los seguidores de la Cienciología o de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Cuando el padre se enteró, se agarró un buen cabreo y mandó a la aya y a la niña a tomar viento, así que Mariña se crio como una campesina más y asumió su parte del trabajo familiar: se dedicó a apacentar el ganado. 

Tenía quince años cuando la vida le jugó una mala pasada. La chiquilla estaba en el bosque, metida en faena, cuando la encontró un romano, nada menos que todo un prefecto llamado Olibrio, del que no se sabe si estaba de paso o si era el gobernador de la zona. El fulano quedó prendado de la chiquilla nada más verla y se propuso hacerla suya. Conquistarla. Enamorarla. Convertirla en su concubina, lo que se terciara. Suya y de nadie más.

Para convencerla, le prometió una vida de placeres y comodidades que la chiquilla ni siquiera alcanzaba a imaginar. Pero Mariña no quería nada del romano y se resistió, oiga, déjeme en paz, que le digo que no, que yo estoy muy bien aquí, en mi casa... Así que el otro hizo lo que tantos otros descerebrados a lo largo de la historia: abusar de su poder.

Y lo hizo a conciencia, a lo bestia, encorajinándose más con cada nueva negativa de la chiquilla. Los cristianos aseguran que esto de colgarse de ella es secundario, que en realidad lo que cabreaba a Olibrio era que la chiquilla se negaba a abjurar de su fe. En fin, conociendo la naturaleza humana... Además, a la altura del año 138 o 139, lo más probable era que el prefecto de marras ni siquiera hubiera oído hablar de los cristianos o, si los conocía, que le importara un bledo lo que estos creyeran o dejaran de creer.

A la altura del año 138 o 139, lo más probable era que el prefecto de marras ni siquiera hubiera oído hablar de los cristianos o, si los conocía, que le importara un bledo lo que estos creyeran o dejaran de creer.

El asunto fue complicándose. Primero, Olibrio la encerró en los calabozos de su residencia, pero como Mariña seguía negándose a enamorarse de él, o a abjurar de su fe, habráse visto tamaña tozudez, mandó azotarla para que entrara en razón, mira que yo por las buenas lo que quieras, pero por las malas te vas a enterar.

Mariña que no, que me deje usted en paz, que yo no le he hecho nada. Olibrio, erre que erre. Mandó colgarla de unos garfios. Nada. Ordenó herirla con peines de hierro. Ni por esas. Peor todavía, pues las heridas, al parecer, se le curaban en tres días a la chiquilla, o eso cuenta la leyenda, y hala, como nueva, que te den, Olibrio, que eres un animal.

Desesperado, el romano decidió que si no era suya, no sería de nadie: la condenó a morir abrasada en un horno próximo para que no quedasen de ella ni los restos. Pero el dios de los cristianos estaba atento, oye, que una cosa es maltratar a la pobre y otra cargarte a una de las mías, así que envió a san Pedro, el de las llaves, a rescatar a Mariña. Pero a saber en qué andaba Pedro, porque llegó tarde, cuando Mariña estaba ya medio chamuscada. La cogió por el pelo y la sacó del horno a través de un pequeño agujero de ventilación, tras lo cual se la llevó a unas pilas de piedra llenas de agua que había allí cerca y la puso al remojo para que se le aliviaran los ardores. 

Cuando Olibrio se enteró, estalló en furia. Hasta ahí habían llegado, a él no le tomaba nadie el pelo. Pero quién se había creído que era la chiquilla... En fin, esas cosas.

—Te vas a enterar. De mí no se ríe una mocosa como tú —le espetó, o algo muy parecido—. A ver quién te salva ahora.

Y ordenó que le cortaran la cabeza. Esta vez el dios de los cristianos andaba despistado, que ya se sabe que un dios tiene mucho que hacer y no es fácil estar pendiente de todo, y la ejecución se llevó a cabo. Al caer al suelo, la cabeza de la pobre Mariña rebotó tres veces. Entonces se produjo un nuevo prodigio: en el lugar de cada rebote manó una fuente. Tres fuentes, las tres de aguas milagrosas, capaces de curar todo tipo de enfermedades y de expulsar a los malos espíritus.

Tres fuentes mágicas, qué casualidad, justo en el lugar en el que antes se adoraba a diosas de las aguas. Tres fuentes que muy probablemente llevaban siglos siendo veneradas por los lugareños que, contumaces ellos, se resistían a abandonar sus prácticas paganas. Gracias a la historia de Mariña, convertida en santa y mártir, esas gentes pudieron seguir adorando las mismas fuentes y a la misma diosa de las aguas... o casi. Bastó con que a partir de ese momento la llamaran santa Mariña en vez de Navea, Deva o como quiera que la llamasen antes. Un estupendo ardid para traer al corral del cristianismo a tanto pagano suelto.  

 

Una iglesia y dos rayos

Un cielo azul y un sol que llena de luz la atmósfera me reciben cuando aparco la Lagartija en una gran explanada a las afueras del pueblo de Augas Santas. Es una localidad pequeña, de casas de piedra de una o dos plantas, rodeada por campos y bosques, un infinito verde y rojo en este otoño ya agonizante.

Desde el aparcamiento hasta mi primer destino, la iglesia de Santa Mariña de Augas Santas, donde se supone que se conserva la tumba de Mariña, hay apenas unos cientos de metros a través de calles silenciosas. Abundan las casas abandonadas y en ruinas, algunas verdaderamente hermosas. Todo parece hallarse al margen del tiempo, envuelto en una paz intemporal. Solo se oye el piar de los pájaros y algún ladrido lejano. 

Por una vez me acompaña la suerte, como si los hados quisieran asegurarse de que examine a fondo el lugar. La iglesia, una gran estructura románica que parece desproporcionada para tan magra población, está cerrada. Sin embargo, apenas llevo dos minutos admirando la fachada y paseando entre las tumbas del atrio cuando veo que un hombre de unos sesenta y tantos años, con barriga de buen comedor y un palillo en los dientes, sale de una puerta cercana. 

—Disculpe, ¿sabe si algún vecino tiene la llave? Querría visitar la iglesia...

Remueve el palillo entre los dientes.

—Sí que lo sé, sí —responde con guasa contenida. Va a decir algo, pero parece cambiar de opinión y me sonríe—. La tengo yo. Aguarde aquí, ande, que voy a buscarla.

Me quedo dando vueltas alrededor de la iglesia, feliz por la coincidencia, esperando por Emilio, que así se llama el paisano. A la izquierda del templo se erige una impresionante casa señorial. Un cartel me informa de que se trata del antiguo pazo de verano de un obispo del siglo XVIII. Hoy está en ruinas, pero debió de ser una vivienda impresionante en su momento. Perfecta, pienso, para situar en ella la vivienda de uno de los personajes principales de mi próxima novela. Sí, cuanto más la observo, más me gusta...

El pazo está cerrado por su lado este por una capilla, la capilla de Santo Tomé, en cuyo interior, otro cartel me informa, se encuentra una de las tres fuentes de aguas «milagrosas» donde rebotó la cabeza de la pobre Mariña.

En la cabecera de la iglesia, a la sombra de un gigantesco y hermoso roble, localizo la segunda fuente, cuyas aguas vierten a través de un conducto de piedra a un lavadero también de piedra donde no me cuesta nada imaginar a las mujeres del pueblo, años atrás, lavando la ropa de la casa. Falta la tercera, que no aparece por ningún lado. El lugar es apacible e invita a sentarse en uno cualquiera de los muretes de piedra que lo circundan. Me dispongo a hacerlo cuando reaparece Emilio con la llave. 

Nada más entrar me sorprende el tamaño, el espacio de planta basilical, la airosa sensación que transmite la nave principal, cubierta por un hermoso artesonado de madera que se apoya sobre arcos fajones y rematada por tres ábsides semicirculares. Es un templo impresionante, muy poco románico, a juzgar por la amplitud del espacio, muy probablemente construido en un momento de transición al gótico. Los elevados pilares de la nave principal sostienen una arquería sobre la que se apoya un triforio falso, como si sus arquitectos hubieran cambiado de opinión en mitad de la construcción. Los triforios son característicos de iglesias de peregrinación. De hecho, en el de Santiago, sobre las naves laterales, dormían los peregrinos. Aquí no llegó a concluirse, vete a saber por qué.

En medio de la nave lateral derecha se alza un templete barroco, recientemente restaurado y repleto de imágenes de vírgenes, ángeles y santos, que protege y esconde el sepulcro de Mariña: una simple losa de piedra blanca en el suelo.

No se sabe cómo se conservó, si es que lo hizo, el cuerpo y la tumba de Mariña. No se conoce ningún documento sobre Mariña desde la fecha de los supuestos sucesos, año 138 o 139, hasta el siglo XI. La tradición habla de que la tumba se descubrió bajo el reinado de Alfonso II el Casto (759-842), el mismo rey durante cuyo gobierno se encontró la supuesta tumba del apóstol Santiago. Una coincidencia que refuerza las sospechas de una clara intencionalidad: consolidar el poder político y económico de un reino frágil atrayendo a peregrinos y devotos de todo el orbe cristiano.

La tradición habla de que la tumba se descubrió, curiosamente, bajo el reinado de Alfonso II el Casto (759-842), el mismo rey durante cuyo gobierno se descubrió la supuesta tumba del apóstol Santiago.

Fuera como fuese, es posible que en algún momento entre los siglos IX y XI se levantara un primitivo templo prerrománico, visigótico o mozárabe. El actual templo comenzó a construirse a finales del siglo XII, cuando los agustinos se instalaron en la zona. Sin embargo, estos fueron pronto sustituidos por los templarios, que se encargaron de terminar la iglesia... y poco más, pues en 1307 la Orden fue abolida y sus bienes transferidos a la orden de San Juan de Jerusalén, los caballeros hospitalarios. Augas Santas pasó a depender del monasterio de San Salvador de Celanova. A finales del siglo XVII se convirtió en señorío del obispo de Ourense, y de ahí que se construyera aquí, en este apacible lugar, el pazo de verano episcopal.     

—¿Conoce la historia de la santa? —le pregunto a Emilio, que sigue con su palillo entre los dientes y que espera pacientemente a que me canse de dar vueltas por la iglesia y de sacar fotos de cuanto se me pone por delante.

Se encoge de hombros.

—Yo de eso no sé. La señora que tenía antes las llaves sí sabía, pero... De pequeña la alcanzó un rayo y se salvó por la santiña, era muy devota de ella.

Me viene a la cabeza algo que he leído esta mañana. Cada uno de los lugares del supuesto martirio están localizados: el horno crematorio donde se supone que la quemaron, las bañeras (pías o pioucas en gallego) donde la refrescó san Pedro, etc. Al lado de estas pías se alza un gran roble, un carballo, que es heredero de otro que un rayo partió y mató hace unos cincuenta años. Ese carballo anterior era, según la tradición, el mismo que ahí estaba cuando el martirio y tendría por tanto más de mil ochocientos años, algo difícil de creer. Claro que también es difícil de creer que existen seres invisibles y eso no impide que muchos millones de personas estén completamente convencidas de su existencia.

El caso es que ese rayo no fue uno más de una tormenta cualquiera, sino uno justiciero. Al parecer al cura de entonces, hablo de la década de 1950, cuando en España mandaban mucho los curas (aunque cuándo no, por otra parte), se le metió en la cabeza cortar el roble y venderlo como madera, para beneficio propio e indignación general de sus parroquianos.

No solo de sus parroquianos. La pretensión tampoco debió de agradar mucho a la santa, o a alguien con poder de decisión en el cielo, pues poco después de que el cura vendiera el roble a un leñador, durante una tormenta de verano, un rayo alcanzó y quemó el carballo de marras. Más todavía: tanto el párroco como el comprador de la madera murieron poco después tras sufrir alguna repentina enfermedad no del todo aclarada. 

—¿La alcanzó un rayo? No sería el mismo que mató al carballo... —lanzo el sedal por ver si Emilio entra al trapo.

—Pues ese mismo fue —vuelve a encogerse de hombros—. Eso es lo que dice la gente. —Se calla y me echa una mirada de reojo. Tras un momento de vacilación, se anima—. A mí también me alcanzó un rayo. Aquí mismo, en la torre —señala al cielo—. Tengo que subir todos los días para darle cuerda al reloj, y en eso estaba cuando me traspasó el rayo.

Emilio se emociona al contar la experiencia, que debió de ser tremenda. Y muy afortunada, pues no le pasó nada, más allá del susto. Un poco después le convenzo para que me enseñe el lugar y subimos a la torre, desde la que se divisa una hermosa panorámica del valle. Le pregunto dónde se halla la tercera fuente, que no he conseguido localizar alrededor de la iglesia, y me señala una calle alejada, en la entrada del pueblo. «Menudo rebote», pienso para mí.

—Aquí mismo estaba yo. —Se ha colocado junto al reloj, una maquinaria centenaria repleta de engranajes que Emilio contempla con cariño—. Tenía la manivela agarrada con la mano cuando me atravesó el rayo, y para mí que eso fue lo que me salvó...

 

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(Continúa con una visita a una santa de piedra en medio del bosque y un recorrido por una cripta misteriosa, un castro y un poblado galaico romano en este enlace)

 

Información para autocaravanistas y furgoneteros

En la entrada del pueblo de Augas Santas hay una gran explanada en la que se puede aparcar y dormir sin problema, aunque no tiene ningún servicio, ni siquiera una cafetería o tienda cercana, y está ligeramente inclinada. La mejor opción es descansar en la ribera del Arnoia, a la altura del puente romano de Allariz. Tampoco hay servicios de carga o descarga de aguas, pero es un lugar de lo más apacible y hermoso y está muy cerca de la población, a la que se accede por el puente en un corto paseo. Allariz, además, es un lugar de visita inexcusable, tanto si te atrae la historia como si te guía el estómago, pues cuenta con excelentes restaurantes. 

 

¿Has visitado este lugar? Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias.

 

Viaje al interior. 80 días en furgo por la España olvidada

 

 

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