Viajando en furgoneta camper: Augas Santas, el bosque de los druidas (2)

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El bosque de los druidas augas santas 02

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos. Si no has leído la primera parte de este viaje, puedes hacerlo en este enlace.

Al despedirse, Emilio me recomienda que no deje de visitar el horno de la santa, el lugar donde quemaron a la pobre Mariña, y me indica cómo llegar. En realidad, ese es el verdadero objetivo de mi viaje, ver con mis propios ojos el lugar, una cripta subterránea que tiene toda la pinta de ser un antiguo santuario celta y que está emplazada en el corazón de un bosque denso, a escasos trescientos metros de un antiguo castro. Fue la cripta lo que despertó mi imaginación de escritor y me animó a conducir hasta aquí.

Se acerca ya el mediodía, así que decido dejar la visita a la cripta para la tarde —a la cripta, al castro y a unas ruinas romanas cercanas, todas englobadas en un  sendero arqueológico de dos o tres kilómetros de extensión— y acercarme hasta otro lugar del que me ha hablado Emilio y que se halla en dirección contraria: la «Santa da Pedra».

Sigo las indicaciones imaginando que la encontraré en las afueras del pueblo, a unos cientos de metros. Avanzo por una senda que se interna en un bosque de robles y castaños. El otoño tiñe de rojos y ocres cuanto me rodea. La hojarasca cruje a cada paso, despertando alarmas entre los pequeños animales de la espesura. El silencio me inunda.

 

La Santa da Pedra

A los pocos minutos comprendo que mi destino se encuentra bastante más lejos de lo esperado, quizá a dos o tres kilómetros del pueblo, pero ya me da igual. La belleza serena del paisaje lo inunda todo. Soy muy consciente de lo afortunado de mi decisión, o de mi impulso, de venir. En una Galicia destrozada por las plantaciones masivas de pinos, acacias y eucaliptos y arrasada por los incendios y la erosión, este bosque es un pulmón mágico, una maravilla de otros tiempos, un viaje a la Galicia que una vez fue. Pasear por esta senda solitaria es un privilegio del que no sé si disfrutarán las próximas generaciones.

En una Galicia destrozada por las plantaciones masivas de pinos, acacias y eucaliptos y arrasada por los incendios y la erosión, este bosque es un pulmón mágico, una maravilla de otros tiempos, un viaje a la Galicia que una vez fue.

Andando, me pierdo en estas reflexiones. Avanzo subyugado por el lugar e imaginándome a mis futuros personajes recorriendo este mismo camino, que a veces se interna en lo profundo del bosque y a veces bordea una ladera desde la que se divisa un amplio valle de aldeas perdidas.

No sé cuánto tiempo ha transcurrido cuando me topo con un cruce y una señal que me indica la localización de la Santa da Pedra. Cien metros más adelante la veo: la talla de una Virgen sobre una piedra de granito. Es un lugar silencioso, un pequeño claro rodeado por acacias. Emilio me contó que en la última oleada de incendios ardió todo por aquí menos justo esas acacias que protegen la imagen, algo que para él es un signo evidente del poder de la santa, pues todo el mundo sabe lo rápido que arden las acacias.

El lugar es muy especial: un agujero de humedad, musgo y silencio, una piedra con una imagen, una cruz de madera con los brazos repletos de rosarios, flores de plástico y, el detalle me llama profundamente la atención, tres cirios encendidos en la parte posterior de la piedra. Tres cirios encendidos en medio de ninguna parte, lo que deja claro que hoy, quizá todos los días, alguien se ha acercado hasta aquí para encenderlos. Una devoción que sigue viva. Nadie ha sabido explicarme por qué se adora una imagen aquí, más allá de comentarme que este era uno de los lugares en los que «la santiña», Mariña, se sentaba cuando apacentaba los rebaños.

Tres cirios encendidos en medio de ninguna parte, lo que deja claro que hoy, quizá todos los días, alguien se ha acercado hasta aquí para encenderlos. Una devoción que sigue viva.

Quizá se trate de los restos de un antiguo culto celta por las piedras, convenientemente cristianizado, o una manifestación más del culto a las aguas y las fuentes, pues dicen que las dos pequeñas pozas que presenta la piedra en uno de sus lados están siempre, en verano e invierno, llenas de agua. Por cierto que esas pequeñas concavidades tienen forma de oreja, razón por la cual, como si se tratara de un mensaje divino, el agua que en ellas se recoge está considerada de gran efectividad contra las enfermedades de los oídos. 

Todo el conjunto parece trenzado con los hilos de  la fantasía. La piedra, la tosquedad de la imagen, las flores de plástico y los cirios se me antojan empeños de niños que confían en que una palabra mágica les permitirá dominar el universo. Pero son también rituales que dan forma a la comunidad y anclan a la vida, que permiten a muchos seguir adelante, cobijados bajo las alas protectoras de seres fantasmales. 

 

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Una cripta perdida en el bosque

Tras comer y dormir la siesta en la Lagartija —qué gran invento este que te permite dormir la siesta cómodamente en cualquier lugar—, me acerco de nuevo a la iglesia porque allí comienza el sendero arqueológico. Pronto estoy rodeado nuevamente de este bosque otoñal, si cabe ahora más denso, de robles y castaños centenarios. La senda, cubierta de hojarasca, desciende hacia el valle flanqueada en muchos tramos por muros que parecen hechos de hiedra y musgo.

De pronto, la espesura se aclara y me encuentro con unas ruinas: unas cuantas paredes de piedra a medio construir a la vera del camino. Parece una antigua iglesia derruida, pero en realidad nunca terminó de construirse: es la basílica de la Ascensión, una iglesia que, se cree, comenzaron a levantar los templarios allá por el siglo XIII y que nunca concluyeron, no se sabe si porque fueron disueltos, porque decidieron concentrar sus esfuerzos en la iglesia de Santa Mariña donde se encuentra la tumba o por otra razón que desconocemos. 

No sabemos por qué no se terminó, pero no cuesta imaginar la razón por la que se inició: bajo ella se encuentra una cripta con el horno en el que la leyenda afirma que se quemó a Mariña y que es, con casi total seguridad, un antiguo lugar ceremonial celta que los templarios pretendieron cristianizar. Localizo la entrada, unas escaleras que se pierden en la negrura, en la cabecera de la basílica. Dudo, pues me he olvidado la linterna en la furgo, pero la curiosidad es más fuerte y comienzo a descender ayudado por la luz del móvil.

La oscuridad en la cripta es casi absoluta. Solo un ventanuco deja pasar algo de claridad del exterior, pero la mayor parte del espacio, dividido en tres zonas, permanece sumido en las sombras más impenetrables. Trago saliva y hago un esfuerzo por expulsar de mi cabeza todos los peligros que comienza a imaginar. Escucho el silencio, un murmullo de goteos. Me viene a la cabeza algo que he leído en un blog, los desvaríos de alguien que afirmaba sentir aquí la presencia de fuerzas oscuras y malvadas, y tengo que reírme de mí mismo. Qué fácil es dejarse llevar por la sugestión.

La oscuridad en la cripta es casi absoluta. Solo un ventanuco deja pasar algo de claridad del exterior, pero la mayor parte del espacio, dividido en tres zonas, permanece sumido en las sombras más impenetrables.

Pero la oscuridad y el silencio impresionan. Avanzo con cuidado por un suelo de tierra repleto de zanjas y agujeros, de losas de piedra y canales de agua. La primera sala está cubierta por una bóveda de cañón apuntada, posiblemente del mismo siglo XIII de la basílica superior: sería la obra realizada por los templarios para ocultar la cripta pagana. Una piscina recoge las aguas y las encamina hacia un túnel subterráneo. A la derecha, una pared de piedra comunica con la segunda sala. La pared, con relieves en forma de bicha o serpiente a ambos lados de la puerta que delimita, es con probabilidad una piedra formosa celta.

Las piedras formosas son una de las estructuras más peculiares de los celtas del noroeste peninsular. Suelen hallarse semienterradas en lugares con abundante agua, como este, y muy cerca de los castros (también en este caso hay un castro a escasa distancia, como pronto comprobaré). Con ese nombre, piedra formosa, piedra hermosa, se alude al mismo tiempo a la estructura, de planta rectangular, y a la piedra que constituye su centro. Se desconoce su función, aunque se cree que podría ser un lugar ceremonial, quizá para los ritos de paso de los jóvenes celtas, ritos en los que el agua tendría un papel importante, pues estos recintos podrían funcionar también como balnearios de vapor.

De pie, rodeado de una oscuridad apenas aliviada por la luz del móvil, me pregunto qué extraños rituales se habrán celebrado aquí hace dos mil quinientos años. En qué lengua hablarían las gentes que los construyeron, qué imagen tendrían del mundo, cómo sería su día a día, sus miedos y sus esperanzas. Ilumino la piedra formosa que divide la primera estancia de las dos restantes y observo con curiosidad las toscas bichas, serpientes o dragones, grabadas en los laterales. Se cree que la piedra formosa simboliza la vagina, la madre, la diosa fecundadora del universo. Al atravesar la abertura de la piedra, el iniciado renace a su nueva vida convertido en guerrero. Es el culto de la diosa celta Cailleach, que exigía la inmersión del iniciado en el caldero mágico. Las creencias de unos pueblos que adoraban las fuentes, las piedras y los árboles, que vivían en contacto directo e íntimo con la naturaleza. 

Se cree que la piedra formosa simboliza la vagina, la madre, la diosa fecundadora del universo. Al atravesar la abertura de la piedra, el iniciado renace a su nueva vida convertido en guerrero.

Atravieso la piedra formosa con la sensación de que también yo me estoy sometiendo a un ritual de paso. Esta segunda sala, probablemente más antigua, se cierra al fondo con el tercer espacio, el horno donde dicen los cristianos que quemaron a la santa y que, muy probablemente, sería un lugar ceremonial celta. Está construido con aparejo irregular y cubierto por una falsa cúpula rematada por una losa en la que distingo una mínima abertura: por la que, según la tradición, escapó Mariña.

Apago la luz del móvil y me quedo un buen rato dentro, sumido en las tinieblas, sintiendo la piedra a mi alrededor. La piedra, el agua que fluye, el rumor de la tierra. Quiero empaparme de este lugar. Quiero identificarme con mis personajes. Porque ya no tengo dudas: he encontrado el escenario de mi próxima novela.

 

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El bosque de los druidas

Cuando salgo al exterior tengo la sensación de que regreso a la vida, de que me han expulsado del vientre de la tierra. Absorto, dejo atrás la basílica y sigo el sendero hasta toparme, muy cerca, con el heredero del famoso carballo de la santa y las pioucas o bañeras de piedra en las que se refrescó. Están rodeadas de un murete que las protege, aunque no hay demasiado que proteger: solo las pilas llenas de agua (siempre están llenas de agua y, por supuesto, también a este agua se le atribuyen propiedades curativas). En realidad, se cree que son parte de un antiguo lagar celta situado a las puertas del castro.

En efecto: tras él la ladera asciende hasta un promontorio cercano en el que se encuentra el castro de Armea. En realidad son dos promontorios cercanos, el Outeiro dos Pendóns y el Outeiro dos Fornos, en los que se localiza el primitivo castro celta. Está rodeado de una gran muralla, conservada en parte, de unos tres o cuatro metros de altura.

El espacio no puede resultar más fascinante: inmensos bolos de granito salpican la espesura, se mezclan con los restos de la muralla y las viejas piedras mohosas del castro. Aquí vivían los constructores de la cripta, un pueblo que se dedicaría a la agricultura, la caza, la recolección de frutos silvestres y, probablemente, también a la metalurgia. Un pueblo sencillo y olvidado y, sin embargo, todavía presente a través de sus restos y de sus rituales, algunos de los cuales han atravesado el vacío de los siglos hasta alcanzarnos.

Un pueblo sencillo y olvidado y, sin embargo, todavía presente a través de sus restos y de sus rituales, algunos de los cuales han atravesado el vacío de los siglos hasta alcanzarnos.

Aquí, en este Outeiro dos Pendóns, se celebra cada año en el día de la Ascensión, el 30 de mayo, una curiosa procesión que lleva ese nombre, la procesión dos pendóns, en la que los fieles salen del templo de Santa Mariña en Augas Santas precedidos por el cura y se acercan hasta este castro, en una ceremonia de bendición de los campos que parece tener claras reminiscencias de algún ritual celta anterior.  

En la ladera del Outeiro dos Fornos me encuentro con una gran excavación reciente. Se trata de un recinto romanizado, un poblado galaico-romano que me impresiona por lo poco habitual y lo bien conservado que se encuentra. Aunque en realidad es continuación del anterior castro (continuación física y temporal, pues este sería el lugar en el que se instalaría la población tras la conquista romana), recibe un nombre propio: el castro de la Atalaia de Armea.

Se trata de un espacio amplio, con calles pavimentadas, casas cuadradas, red de saneamiento, canales de evacuación de agua, casas de dos pisos, pórticos, columnas... Un conjunto de lo más llamativo, un claro avance arquitectónico y urbanístico respecto del período anterior que habla de las indudables mejoras traídas por los romanos. Y que habla también de una población próspera que perduró durante siglos, antes y después de la conquista romana. 

Tras pasar un buen rato explorando el castro de Atalaia, prosigo el camino. Todo cuanto veo despierta mi imaginación. Este es en verdad el escenario no de una, sino de muchas novelas posibles. En pocos lugares he encontrado tal conjunción de elementos: leyendas, iglesias medievales, templarios, castros, criptas prerromanas, un bosque caducifolio profundamente hermoso... Aunque no los he visto, he leído que en la zona también hay petroglifos, lo que es una clara muestra de la larga ocupación humana de la zona.

En pocos lugares he encontrado tal conjunción de elementos: leyendas, iglesias medievales, templarios, castros, criptas prerromanas, un bosque caducifolio profundamente hermoso...

La última sorpresa me la llevo un poco después, muy cerca de la aldea de Armea. Un poco antes de alcanzarla, a la derecha del camino (un camino romano, por cierto, pues forma parte de la Vía Nova, el itinerario que comunicaba Braga con Astorga) me encuentro en el lugar llamado Monte do Señoriño con los restos de una construcción recientemente descubierta, posiblemente una mansio romana, una estructura de control del territorio desde la que el gobernador de turno ejercía el dominio sobre los lugareños (y, también, una explotación agrícola-ganadera y una posada para viajeros). La funcionalidad no está clara, pero no puedo dejar de pensar, la imaginación sirve para esto, que quizá se trate de la residencia de Olibrio, el romano que mandó decapitar a Mariña... Pero la luz mengua y he de apurar el paso, de regreso a la Lagartija. 

Por la noche, en el aparcamiento de Allariz, no dejo de repasar cuanto he visto y recorrido hoy. Me cuesta hacerme a la idea de que me desperté en Combarro, a un mundo de distancia de aquí. Tengo la sensación de que he pasado el día explorando un territorio legendario, como si hubiera atravesado las mareas del tiempo para percibir, espectador privilegiado, el pulso de un mundo hace tiempo desaparecido, débil pero todavía vivo en la tierra, en la espesura, en las creencias que son, quién lo duda, el aliento de los sueños... 

 

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Información para autocaravanistas y furgoneteros

En la entrada del pueblo de Augas Santas hay una gran explanada en la que se puede aparcar y dormir sin problema, aunque no tiene ningún servicio, ni siquiera una cafetería o tienda cercana, y está ligeramente inclinada. La mejor opción es descansar en la ribera del Arnoia, a la altura del puente romano de Allariz. Tampoco hay servicios de carga o descarga de aguas, pero es un lugar de lo más apacible y hermoso y está muy cerca de la población, a la que se accede por el puente en un corto paseo. Allariz, además, es un lugar de visita inexcusable, tanto si te atrae la historia como si te guía el estómago, pues cuenta con excelentes restaurantes. 

 

¿Has visitado este lugar? Me encantaría conocer tus impresiones, comentarios y sugerencias.

 

Viaje al interior. 80 días en furgo por la España olvidada

 

 

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