«En las antípodas», de Bill Bryson: un desternillante viaje por Australia

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En las antipodas, Bill Bryson Me encantaría conocer a Bill Bryson. Siempre que leo un libro suyo me quedo con la misma sensación: de que debe de ser un tipo de lo más interesante, una de esas personas con la que disfrutar a fondo de una charla, un viaje o una borrachera. Un tipo ingenioso, culto y tremendamente ameno, con ese fino humor que te arranca carcajadas de pura sutileza.

Sí, me encanta Bill Bryson. O, al menos, me encantan sus libros. Todos sus libros, hasta el momento. Tanto que termino releyéndolos una y otra vez, como viejos amigos a los que visitar de cuando en cuando. Me pasó con Una breve historia de casi todo y con En casa, que reseñé en el bloc y que cito ampliamente en Viaje al interior. Y me pasa con el libro que hoy te traigo, el desternillante En las antípodas...

 

Australia es mucho más que un enorme país. Y mucho más que la isla la más grande del mundo. Es un universo aparte. Árida, con una climatología extrema y una fauna atípica (y en muchos casos muy peligrosa), Australia también tiene gentes hospitalarias, ciudades muy modernas y otros muchos secretos por descubrir. ¿Cómo no enamorarse de un lugar fascinante que no se parece a ningún otro?

 

Lo confieso: me encantaría escribir como Bill Bryson. Qué digo, me encantaría ser la mitad de ameno que él. Y es que si por algo se caracterizan sus libros es porque conjugan de forma magistral la erudición, la amenidad y el humor. ¿Hay algo mejor que aprender de forma amena, tan amena que a menudo no puedes parar de reír?

Su humor, además, no es socarrón, ni negro, ni burdo y ramplón, como tanto abunda por ahí. Qué va. El humor de Bryson es sutil, ingenioso, y va directo al meollo de la cuestión, como un dardo muy afilado y mejor dirigido (a menudo hacia él mismo, pues no le hace ascos a meterse consigo mismo). El humor de Bryson nace de una inteligencia activa y certera, y ese, al menos para mí, es el mejor humor. El que te hace pensar.

Te voy a poner unos cuantos ejemplos, a ver si te convenzo. Todos de En las antípodas, que, por cierto, por si no ha quedado claro, cuenta un viaje por el continente australiano.

Al hablarnos del diario del capitán Cook (que pasa por ser el descubridor de Australia) y que es uno de los grandes tesoros del país, conservado con gran pompa en la Biblioteca Nacional, Bryson asegura que el gobierno australiano «...lo trata con la clase de reverencia que en Estados Unidos reservamos a antiguos tesoros como la Constitución y Nancy Reagan».

Un poco más adelante se dedica a destripar el cricket, un deporte que goza de gran aceptación en Australia, que él considera soporífero, y asegura: «No es mi intención denigrar un deporte que gusta a tantas personas, algunas de ellas despiertas y mirando al lado adecuado, pero es un juego curioso». 

En otro lugar expone las bondades de los desayunos australianos: «Una parte muy importante consiste en el tocino. En lugar de las lenguas de zapato curvas que se consumen en Gran Bretaña o las aburridas tiras crujientes de regimiento que nos zampamos en América, el tocino australiano tiene una calidad honestamente carnosa y recia. Parece que se lo hayan extraído al cerdo mientras intentaba escapar. Casi puedes oír cómo chilla al morderlo. Me encanta. Además, cortan las tostadas gruesas. Vamos, que los australianos saben lo que se hacen con el desayuno». Y concluye, tan feliz, por si no nos había quedado claro: «Una vez repleto de colesterol y satisfacción, volví a la solitaria carretera».

Otro más, sobre las emisoras de radio australianas, que le acompañaban mientras conducía a través del inmenso país: «Sería injusto generalizar acerca de las emisoras de radio rurales de Australia porque no escuché más de seis o siete mil horas mientras estuve allí, o sea que pude haberme perdido algo bueno, pero esto puedo decirlo: cuando nuestros monumentos modernos se hayan convertido en polvo, cuando la mano implacable del tiempo haya borrado todos los trazos del siglo XX, puedes estar seguro de que en algún pueblo interior australiano habrá un pinchadiscos que diga: 'Y ahora Doris Day con su clásico éxito Qué será será'. Esto también me gustó. Más o menos durante una semana».

Termino, que si me lanzo no paro. Solo una más: sus primeras impresiones de Canberra, que al parecer es una ciudad muy extensa y muy verde: «...si algún día vais a Canberra, no salgáis del hotel sin un buen mapa, una brújula, provisiones para varios días y un teléfono móvil con el número del servicio de socorro. Anduve dos horas por barrios verdes, agradables, interminables e idénticos, sin saber si estaba dando vueltas en círculo. De vez en cuando llegaba a una rotonda frondosa, con calles que partían en todas direcciones, y que ofrecían una vista idéntica de aquel paraíso suburbano de las antípodas. Yo me aventuraba por la que creía que podía devolverme a la civilización, pero siempre acababa saliendo diez minutos después a otra rotonda idéntica. No vi a nadie andando o que regara el césped. Muy de vez en cuando pasaba algún coche, que se paraba en los cruces, y el conductor miraba a su alrededor con una cara desesperada que parecía decir: ¿Dónde demonios estará mi casa?».  

En fin. El texto entero está plagado de giros ingeniosos y mordaces que convierten la lectura en una sonrisa permanente, cuando no en carcajadas solitarias que no hacen nada recomendable su lectura en un transporte público. Lo digo por experiencia.

El texto entero está plagado de giros ingeniosos y mordaces que convierten la lectura en una sonrisa permanente, cuando no en carcajadas solitarias que no hacen nada recomendable su lectura en un transporte público. Lo digo por experiencia.

Aunque el viaje lo realizó hace ya veinte años, en 1998, sigue siendo de gran actualidad. Por cierto: no, Bill Bryson no odia Australia, como podría deducirse de los ejemplos anteriores. Al contrario, siente una profunda admiración por el país, y esa admiración se hace evidente en la mayor parte de las páginas. Y la contagia: no te extrañes si te descubres a mitad de la lectura buscando un pasaje de avión para las antípodas.

 

 

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