Viajando en furgoneta camper: León, entre Babia y la Luna

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Viajando en furgoneta camper: León, entre Babia y la Luna

Viajo en la Lagartija, mi furgoneta camperizada, persiguiendo historias, lugares y momentos. 

Durante mi reciente viaje en furgo por la España olvidada estuve a punto de satisfacer un viejo deseo: conocer Babia y Luna, dos valles leoneses de nombres tremendamente sugerentes. Sobre todo si tienes la cabeza a pájaros y sueñas con mundos olvidados y paraísos perdidos, como me temo es mi caso. La expresión «estar en Babia» siempre me ha evocado relax, ausencia, contemplación y ensimismamiento, y de ahí a tener ganas de conocer el valle que provoca tales efectos hay un paso.

Luna también me atraía por razones similares, pero a ellas se unía otro motivo: en ese valle se alzó en su tiempo el castillo de Luna, en el que el último rey de Galicia, García II, pasó sus últimos diecisiete años encadenado. La historia la cuento en el relato Con los fierros, incluido en mi libro Medievalario, y me apetecía mucho comprobar hasta qué punto el escenario imaginado se correspondía con el real.       

Siempre me asombran las curiosas formas que tiene la vida de satisfacer nuestros deseos. Mientras estaba dando vueltas por la España interior recibí un mensaje de una pareja, Alberto y Marga, que vivían entre Babia y Ponferrada y se ofrecían para mostrármela. Encantado, quedé en avisarles cuando pasara por la provincia de León. Lo hice, aunque con poca suerte: cuando les llamé estaban en Ponferrada. Quedé con ellos y pasé una memorable noche, pero tuve que posponer mi viaje a Babia y Luna porque era ya el día 79 de mi viaje y el tiempo se me echaba encima.

Pero la idea de visitar Babia y Luna no se me quitó de la cabeza, y menos ahora que tenía dos estupendos guías de la zona. Por eso, apenas dos meses después de volver a casa, llamé a Marga y Alberto, me subí de nuevo a la Lagartija y me puse en marcha: por fin iba a conocer Babia y Luna.

 

Un castillo imaginado y un dibujante escondido

Marga me recibe en La Magdalena, una localidad del norte de León bañada por el río Luna y que sirve de puerta de entrada al Parque Natural de Babia y Luna, creado el 31 de marzo de 2015. 

Mapa del Parque Natural de Babia y Luna

Aunque es domingo por la mañana, Alberto no estará libre hasta primera hora de la tarde. Tiene uno de esos trabajos con los que muchos fantaseamos: es agente medioambiental. Se encarga de proteger el patrimonio natural, un trabajo perfecto para alguien que, como él, disfruta viviendo en un entorno natural. Y en Babia y Luna, pronto lo comprobaré, la naturaleza es omnipresente. 

—Vendrá a comer, pero mientras podemos acercarnos hasta el embalse de Barrios de Luna, si te parece —me propone Marga. 

Nos subimos a su coche y emprendemos el camino. El paisaje de este final de junio es una exhuberancia verde y tan intensa que me hace pensar que he venido en el mejor momento posible: justo cuando la naturaleza se halla en plena expansión tras el frío invernal y antes de que los calores del verano apaguen los colores. Las laderas de las montañas rebosan de vegetación: fresnos, arces, nogales, chopos, sauces, avellanos... Aquí y allá, donde la pendiente es demasiado fuerte, aflora el blanco de la roca caliza, que crea un hermoso contraste.

El embalse, al que no tardamos en llegar, me quita el hipo: un azul reluciente rodeado de montañas que se funden con el cielo. Un paisaje profundamente sereno, cuya simple contemplación acalla los ruidos de la mente. Dejamos el coche y recorremos sus márgenes casi en silencio, subyugados por la belleza intemporal que nos rodea. Solo por ver esto ya merece la pena recorrer los kilómetros que me separan de Vigo.

—Mira, allí está el castillo de Luna.

Me vuelvo hacia donde Marga me señala. No esperaba encontrármelo tan pronto, nada más llegar, había leído en alguna parte que no resultaba fácil de localizar. Y es cierto, pero por motivos diferentes a los imaginados, como estoy a punto de comprobar.

—¿Dónde? No veo nada... —Lo que distingo al fondo es la presa de Barrios de Luna, flanqueada a ambos lados por un abrupto afloramiento rocoso muy escarpado.

—No me extraña, es que casi no quedan restos. Ven, nos acercamos y lo verás mejor.

Lo hacemos y cuando llegamos me cuesta contener mi decepción. Del castillo de Barrios de Luna apenas quedan unas pocas piedras, algunos trozos de lienzo encastrados en las rocas que rodean la actual presa. Había supuesto que al menos quedaría una torre, un trozo de muralla...

Aun así, el panorama que tengo ante mí es realmente hermoso. No me cuesta ningún esfuerzo imaginar al desdichado García II cargando con sus cadenas y contemplando desde la ventana de alguna torre el espectáculo del valle, verde en verano, blanco en invierno, en una sucesión sin fin de estaciones.

No me cuesta ningún esfuerzo imaginar al desdichado García II cargando con sus cadenas y contemplando desde la ventana de alguna torre el espectáculo del valle, verde en verano, blanco en invierno, en una sucesión sin fin de estaciones.

La historia, además de en mi Medievalario, la conté hace poco en este blog al hablar de Zamora, donde tuvo lugar otro de los episodios del mismo conflicto: la muerte del rey Sancho, el hermano de García a manos de Vellido Dolfos, así que la resumiré. En 1065, el rey Fernando I de León murió dejando el reino a sus tres hijos varones: Sancho recibió el condado de Castilla, aunque transformado de condado en reino; Alfonso recibió León y el título de emperador, con preminencia sobre sus hermanos; al tercero, García, le correspondió el reino de Galicia.

Sancho, descontento con su herencia, se lanzó a la conquista de los reinos de sus hermanos. Tras muchas vueltas y revueltas, cuando estaba a punto de conseguir su objetivo fue asesinado con una lanza en las afueras de Zamora. Alfonso se quedó con su reino y se convirtió en uno de los reyes más destacados de la Edad Media peninsular, en el gran reconquistador de Toledo.

Poco después, García, que estaba exiliado en Sevilla, regresó al norte con la intención de recuperar su reino. Pero Alfonso no estaba por la labor. El 13 de febrero de 1073 apresó a García, lo cargó de cadenas y lo encerró aquí, en el valle de Luna, donde permaneció hasta su muerte, acaecida diecisiete años después, el 22 de marzo de 1090. Eso sí: una vez muerto, fue enterrado con todos los honores en el Panteón Real de San Isidoro de León.

—Te voy a presentar a alguien de lo más interesante...

Marga me conduce hasta el pueblo de Barrios de Luna, de apenas 317 habitantes, situado aguas abajo de la presa. Desde aquí da la impresión de que si algún día se resquebraja la inmensa muralla de cemento que cierra la angostura del valle no habrá quien salve a uno solo de sus habitantes. Aparcamos ante el Bar.co, un local de tapas de las afueras, muy cerca del embalse. Por el camino, Marga me ha informado de que el local lo lleva un dibujante de manga que tiene, asegura, fama internacional, y que lleva unos años viviendo aquí. 

Nada más entrar en el bar algo me llama la atención: un cuadro que reproduce el afloramiento rocoso que flanquea la presa... con un castillo sobre él.

—Este es Raúl...

Me acerco y le saludo. Al instante me cae bien: transmite una cordialidad espontánea y natural. Le pregunto por el cuadro y entonces me llevo la sorpresa del día.

—Es una recreación lo más exacta posible del castillo. No veas lo que he investigado para dibujarla.

Antes de que me dé cuenta, estamos enfrascados en una interesante conversación. Me cuenta que todo comenzó porque los vecinos de la localidad apenas daban crédito a la existencia de un castillo en este lugar, así que se propuso demostrárselo y comenzó a investigar. Rastreó cuanta documentación existe, e incluso solicitó copias de documentos del Archivo Histórico Nacional, en un intento por reconstruir sobre el papel la estructura y características de la fortaleza. Anotó cuanta mención encontró a torres, lienzos, escarpas y estructuras. Un riguroso y considerable trabajo de documentación que, al parecer, cuando finalmente lo plasmó en el cuadro que acabo de ver, no despertó más que algún que otro encogimiento de hombros entre los paisanos. 

—Qué se le va a hacer —también él se encoge de hombros mientras sonríe.

—Si te sirve de consuelo, yo sí te lo agradezco, y mucho. No sabes las ganas que tenía de ver este castillo, y me he llevado una buena decepción cuando vi que no quedaba nada...

 

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Un romance, un desfiladero y una tarde de Kayak

Por la tarde, Alberto y Marga se convierten en voluntariosos cicerones y me organizan un rápido tour por los valles de Omaña y Ordás, que limitan con los de Babia y Luna por el sur. Son paisajes de transición entre las montañas del norte y los páramos del sur, una tierra fértil y muy arbolada que me recuerda a la Galicia que fue una vez, antes de que la plaga del eucalipto acabara con cualquier recuerdo de la vegetación autóctona.

Recorremos el estrecho valle del río Negro y visitamos una fortificación que, pese a que desde la distancia parece pequeña, tiene considerables dimensiones: la torre de Villarodrigo de Ordás, de cinco plantas y veinte metros de altura, levantada en el siglo XIV a orillas del río Luna por el adelantado mayor de León y Asturias, don Pedro Suárez de Quiñones.

El tal Pedro debió de ser un tipo de armas tomar, a juzgar por lo que se cuente de él. Una historia, quién sabe si leyenda, tan conocida en su tiempo que dio lugar a un romance y que tuvo lugar en esta misma torre en la que nos encontramos. Una historia trágica, por supuesto, pues no hay nada como la tragedia entre los poderosos para equilibrar el destino de los humildes.

Una historia trágica, por supuesto, pues no hay nada como la tragedia entre los poderosos para equilibrar el destino de los humildes.

El caso es que Pedro Suárez de Quiñones era un hombre soberbio y autoritario, poco dado a que le llevaran la contraria. Un mal día, su sobrino y heredero, Ares de Omaña, osó llevarle la contraria: se opuso a que su tío construyera un palacio en León adosado a la muralla, pues la edificación pondría en peligro la defensa de la ciudad. Pedro se tomó la oposición de su sobrino como una afrenta personal. Mala cosa, pues era un tipo artero y vengativo, como pronto demostró.

Un tiempo después, Pedro invitó a su sobrino a esta torre de Ordás con el pretexto de hacer las paces con él, pues desde el incidente del palacio la relación estaba rota. Los amigos de Ares le previnieron de que se trataba de una trampa, pero este era de noble corazón, lo que muy a menudo quiere decir que era un pardillo, y aceptó la invitación. Al llegar a la torre, su tío salió a recibirle con muestras de gran contento, tan cordial que Ares se dijo que sus temores eran infundados y, para demostrarle a su tío que todo estaba olvidado y que no temía nada, ordenó a la guardia que le acompañaba que acampara fuera.

Esa noche se celebró un banquete en honor de Ares y ambos, tío y sobrino, se profesaron juramentos mutuos de fidelidad y lealtad. La típica exaltación de la amistad que tanto propicia el vino, imagino, aunque en este caso no demasiado sincera. Esa noche, mientras Ares dormía, su propio tío le cortó la cabeza. Después se asomó a una ventana de la torre y la arrojó al lugar donde acampaban los guardias de su sobrino.

—¡Llevádsela a su madre! —les ordenó, muy satisfecho de su venganza.

Y así se consumó la tragedia. Desde entonces, cuentan, Pedro cayó en desgracia ante sus propios súbditos... algo que no debió de importarle demasiado, pues tenía hombres de armas de sobra para obligarles a pagar las rentas debidas. 

La torre merece sin duda la visita. Majestuosa y altiva, vacía por dentro salvo por una estrecha escalera de caracol que permite ascender (si no tienes vértigo) hasta las plantas superiores, se haya emplazada en un lugar privilegiado desde el que se divisa buena parte del valle de Ordás: una tierra verde y apacible que hoy, un domingo de finales de junio, parece dormitar bajo un sol tan intenso como poco habitual. Es una vista profundamente hermosa. 

Al día siguiente, aconsejado por Marga y Alberto, me dirijo a Piedrasecha, a siete kilómetros al norte de La Magdalena, para recorrer un sendero de unos trece kilómetros que atraviesa en su primera parte un espectacular paraje: el desfiladero de Los Calderones.

Lo atravieso con la boca abierta. Se trata de una profunda hendidura en la roca, un paisaje kárstico en el que el agua ha ido perforando a lo largo de los siglos un estrecho paso, una garganta de paredes escarpadas repleta de cavidades, grutas y recovecos, un territorio que casi parece lunar. El río que ha excavado el paso discurre hoy bajo la superficie repleta de piedras sueltas que atraviesa el sendero, pero solo porque el día es seco y caluroso. Al parecer, en la época de las lluvias este vuelve a aflorar. No me gustaría nada estar aquí en esos momentos, cuando lo angosto del espacio produce verdaderas trombas de agua.

 

 

Por el camino, en la entrada del desfiladero, me topo con una gruta en cuyo interior mana una corriente de agua. Es la ermita de la Virgen del Manadero, el enésimo intento de la iglesia católica de cristianizar lugares de cultos paganos: sin duda también aquí, como en las cercanas Galicia y Asturias, los primitivos pobladores adoraban a los espíritus de los bosques y las fuentes. Imagino que en sus orígenes esta virgen sería una lamia (o lumia, que tanto monta), esos terribles seres con cara de mujer hermosa y cuerpo de dragón que vivían en grutas cerca de las fuentes y se entretenían seduciendo a los hombres... y devorándolos después al mejor estilo mantis. Y es que eran mujeres terriblemente lujuriosas, como demuestra que lumia hoy, en castellano, sea sinónimo de prostituta. 

Pero no tengo suerte (o mala suerte, quién sabe): pese a quedarme un rato en la cueva, no encuentro rastro de lamia alguna. Supongo que la imagen de la virgen con niño y corderitos a los pies que preside ahora el lugar es capaz de cortar en seco la lujuria de la más pintada, y de ahuyentarla para siempre. En fin, qué se le va a hacer...

Ya de regreso en La Magdalena, Marga, Alberto y yo nos acercamos hasta el pequeño embalse de Selga de Ordás, en realidad un contraembalse (una presa pequeña situada por debajo de una de mayor tamaño que sirve para regular el caudal y cuya agua se utiliza para propósitos diferentes a los de la presa mayor, generalmente para el riego o el consumo humano mientras que las de la presa mayor suelen dedicarse a la producción eléctrica). Pasamos la tarde haciendo un poco de ejercicio en kayak y disfrutando de la naturaleza. El lugar es un paraíso para las aves y aquí suelen observarse sin dificultad somormujos lavancos, porrones europeos y moñudos, cormoranes o ánades azulones, entre otros. 

 

 

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En la tierra del descanso y la añoranza

Al día siguiente, cargado de sugerencias y recomendaciones, me despido de Alberto y Marga y me adentro en el Parque Natural. Mi intención es pasar tres o cuatro días recorriéndolo, visitando sus pueblos, pateando sus senderos y, si es posible, alcanzar el nacimiento del río Sil, que brota en las cercanías de Peña Ubiña. El tiempo es caluroso, aunque se avecinan tormentas, si se cumple la predicción metereológica. Por el momento, pese a estar bajo este implacable y desusado calor de junio, las montañas relucen impresionantes y altivas, todavía con neveros aferrados a sus cumbres. 

Atravieso el corazón de Babia con maravillado respeto. Es un valle glaciar de formas curvas y muy amplio, un lugar en el que la vista no queda atrapada por obstáculos cercanos: solo el verde intenso, el azul del cielo y una placidez profunda, un silencio de piares y brisas que lo inunda todo, que baña el cuerpo y aquieta la mente. Atravieso y recorro pequeñas poblaciones de casas de piedra caliza y pizarra que hablan de aislamiento, sí, pero también de prosperidad: Pobladura de Luna, Sena de Luna, Rabanal de Luna, y después, ya en Babia, Truébano, Villasecino, Huergas de Babia, Riolago.

En esta última, Riolago, una pequeña y señorial población muy bien conservada, visito la Casa del Parque de Babia y Luna, un centro de interpretación muy interesante y original que se aloja en una antigua casona, el palacio de los Quiñones, y en donde descubro el origen de la expresión «Estar en Babia».

Al parecer, esta comarca fue durante mucho tiempo el lugar de reposo de los reyes de León. Cuando alguien en la corte reclamaba al rey, sus ministros respondían que este estaba en Babia...

Cuando alguien en la corte reclamaba al rey, sus ministros respondían que este estaba en Babia...

Claro que también hay quien defiende otro origen. Esta es una zona intensamente ganadera, el destino final de aquellos inmensos rebaños de la Mesta que cada año ascendían desde Extremadura y Castilla-La Mancha en busca de sus agostaderos en los verdes pastos del norte. Todavía hoy se ven por todas partes rebaños de ovejas, vacas y yeguas de raza hispano-bretona, de gran alzada y capa alazana, que pastan por los montes a su aire, protegidos del lobo por los grandes mastines leoneses, y todavía hoy se alquilan en subastas públicas las praderas para que pasten los rebaños, praderas que aquí llaman, curiosamente, puertos pirenaicos

Cuando llegaba el otoño, muchos babianos encontraban trabajo como pastores para llevar de regreso al sur a los rebaños. Era un viaje lento y duro en el que algunos ven el origen de la expresión: la añoranza que los naturales de estas montañas sentían al alejarse de ellas eran tan intensa que a menudo parecían seguir en Babia...

—Pero, ¿tú dónde andas? ¡Espabila, mozo, que parece que todavía estás en Babia!

Y no les faltaba razó. Es muy fácil comprender que la cabeza se te quede prendada de esta belleza.

Por la tarde pensaba recorrer una nueva senda, la que lleva hasta la laguna de Las Verdes, de la que me habían hablado maravillas, pero la predicción da tormentas y lluvia y no me apetece encontrarme en plena montaña con una tormenta, así que cambio el destino y me acerco hasta otro lugar que se puede visitar en coche, y que se halla a poca distancia del pueblo de Lago de Babia: la Laguna Grande.

La decisión no puede ser más acertada. Se trata de un lago de origen glaciar rodeado por montañas. Desde sus proximidades, la vista se pierde en crestas calizas y neveros, un paisaje completamente solitario, como si esta tierra no hubiera sido todavía descubierta por el ser humano. O lo parecería si no fuera por algo que me acompañará durante toda mi estancia en Babia: la abundancia de la vida animal.

Por todas partes se ven no solo rebaños pastando; también la vida salvaje abunda, incluso la que se deja ver: águilas reales, alimoches, halcones, cigüeñas, perdices, liebres, rebecos, ranas, lagartos y también gamos, que en dos ocasiones cruzan la carretera ante mí. Por no hablar de los que no se dejan ver, como el lobo o el oso pardo. Saber que rondan estos parajes —como demuestra la abundancia de mastines que protegen los rebaños— me obliga a estar siempre atento durante mis pateadas en solitario.

Estoy, al cabo, en su territorio. En su último territorio. La idea me hace recordar algo que leí en un extraordinario libro de viajes, Tierra, del biólogo gallego Xurxo Mariño, en el que cuenta su particular vuelta al mundo. Durante su estancia en África, Xurxo comenta que una de las cosas que más le llamaban la atención es que algo tan habitual en Europa como salir a pasear por el campo era una locura en la mayor parte de África, donde la naturaleza todavía rebosa de animales salvajes que estarían encantados de encontrarse a un ingenuo y solitario paseante en medio de la sabana.

 

En Bostwana, por ejemplo, es muy patente lo cerca que está la vida cotidiana de la gente de la naturaleza más salvaje. Aunque hay zonas valladas y en cierta medida acotadas, no es posible ponerle puertas a un campo en el que viven corpulentos y peligrosos búfalos, leones, elefantes y leopardos. Estos y muchos otros animales se mueven por el norte del país con facilidad, por lo que el concepto de «irse a dar una vuelta por el campo» es por completo diferente al que podemos tener nosotros. 

 

En realidad, en Europa vivimos rodeados de una naturaleza domesticada, convertida en poco más que un parque temático para esparcimiento de los ciudadanos. Ya no recordamos el terror que inspiraban estos parajes durante buena parte de nuestra historia, cuando bosques y montañas eran lugares tenebrosos en los que acechaban grandes peligros: animales salvajes, espíritus y seres mágicos, forajidos, perseguidos por la justicia y asaltantes de caminos...

De hecho, esa misma sensación de seguridad y tranquilidad que sentimos en el campo la percibimos también en la mayor parte de nuestros pueblos y ciudades, afortunadamente. Sí, por supuesto que existen los ladrones y el peligro de sufrir un asalto, un robo o una violación, pero en realidad en la inmensa mayoría de nuestros pueblos y ciudades esos peligros son casi despreciables: en todo el país se respira un ambiente de satisfecha tranquilidad, fruto de siglos de lentos avances sociales.

Pese a todo, pese a las crisis sobrevenidas y a las provocadas por nuestros políticos, el mundo en que vivimos es infinitamente más seguro y estable que el de nuestros abuelos... Y que el actual en una gran parte del planeta. Cualquiera que lo dude, que se pase un mes en una barriada de São Paulo, Calcuta o Johanesburgo, por ejemplo.

Pese a todo, pese a las crisis sobrevenidas y a las provocadas por nuestros políticos, el mundo en que vivimos es infinitamente más seguro y estable que el de nuestros abuelos... Y que el actual en una gran parte del planeta.

     

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Una pateada brutal

Al día siguiente me levanto temprano, dispuesto a hacer la ruta que lleva a las fuentes del río Sil. La idea de ver al caudaloso Sil, el mismo que excava profundos barrancos en Ourense, cuando no es más que un pequeño arroyo me atrae mucho, así que tras desayunar arranco la Lagartija y me dirijo a La Cueta, el pueblo situado a más altura de León, 1442 m de altitud, desde donde parte el sendero. Ayer, tras volver de Lago de Babia, hubo finalmente tormenta y cayó una tremenda granizada, y hoy las previsiones anuncian también lluvias y nuevas tormentas a partir de mediodía, pero confío en que para entonces estaré de vuelta.

Sin embargo, las cosas pronto se tuercen, y de la forma más peculiar. Estoy a unos pocos kilómetros de La Cueta, a la que lleva una estrecha carretera de montaña, cuando me topo con un rebaño de ovejas. Un inmenso rebaño de ovejas que ha teñido literalmente de negro el camino con las deposiciones de los animales. Al ver que me aproximo por detrás, el pastor se me acerca. Es un hombre mayor, de sesenta y tantos años, con un cayado en la mano y un gran mastín a su lado.

—¿Adónde va? —me pregunta.

—A La Cueta...

Menea la cabeza, escéptico, aunque amable:

—Pues lo mejor será que lo deje... Yo voy al mismo sitio y me queda una hora de camino, como poco...

En efecto, el rebaño, de dos mil seiscientas cabezas, ocupa todo el ancho de la vía y una inmensa extensión. Se trata de uno de los últimos rebaños de ovejas trashumantes, que está llegando a su agostadero. O acepto ir tras él a paso de oveja o cambio de planes. Pero, si continúo adelante, ya no llegaré a tiempo de terminar la pateada antes de que empiece a llover.

La decisión está clara. Al menos, me digo, he tenido el privilegio de ver algo que hasta entonces solo conocía por los libros: un verdadero rebaño de ovejas trashumantes. Me encojo de hombros y busco en Wikiloc alguna ruta cercana para sustituir a la del Sil. En estas montañas hay rutas por todas partes. 

En efecto: a escasos cien metros de donde estoy, a orillas del que probablemente es el primer puente de piedra sobre el Sil, comienza una, de solo ocho o nueve kilómetros y unos seiscientos metros de desnivel: el ascenso a Peña Grachera. Perfectamente asumible, o al menos tal parece: el que realizó y subió la ruta a la aplicación la cataloga como fácil. Aparco la Lagartija y comienzo a andar, sin sospechar lo mucho que me voy a acordar de ese descerebrado... 

 

 

Nada más empezar surge el primer problema: la ruta acaba bruscamente en un terreno cercado tras el que pasta un hato de vacas. Tras analizar un rato la situación, llego a la conclusión de que la única forma es saltar la valla y seguir el camino. Así lo hago... y al instante aparecen dos inmensos mastines que se me acercan ladrando furiosamente. Alguna vez leí que lo peor que se puede hacer es mostrar miedo y salir corriendo, así que, con el corazón convertido en un tambor, me vuelvo hacia ellos y les grito un puñado de incoherencias con cara de mucho cabreo.

Asombrosamente, se detienen en seco a unos veinte metros. Dudan, vuelven a ladrarme, pero esta vez menos convencidos. Me doy la vuelta y continúo mi camino, pero nada más hacerlo rompen de nuevo a ladrar y a correr tras de mí. Me cuesta un riñón no echar a correr, pero consigo volverme:

—¿Qué mierda queréis? ¡Quietos! ¡Que no voy a comerme una maldita vaca, coño! —grito, mientras gesticulo con grandes aspavientos.

El discurso parece convencerles y se detienen de nuevo, esta vez a diez metros. Son inmensos, del tamaño de terneras. Por sus mandíbulas gotea la saliva, imagino que porque ya estaban relamiéndose ante la perspectiva de darse un banquete con mis apetitosos muslos. Pero algo en sus cerebros de perros pastores comienza a comprender que, por mi parte, no tengo intención alguna de darle un mordisco a la primera vaca que me cruce. Aprovecho el desconcierto para alejarme unos pasos sin dejar de observarlos de reojo. Y así, lentamente, transpirando por cada poro, consigo dejarlos atrás.

Algo en sus cerebros de perros pastores comienza a comprender que, por mi parte, no tengo intención alguna de darle un mordisco a la primera vaca que me cruce.

Continúo la ascensión por un estrecho sendero de montaña. El paisaje es hermoso y va ganando en majestuosidad a medida que gano altura. El cielo está cubriéndose de nubes, pero por el momento no son amenazadoras, antes al contrario, agradezco su presencia que me libra del intenso sol. 

El camino termina abruptamente en un altozano en el que distingo una extraña construcción circular, quizá la versión moderna de una cabaña de pastores. Desde aquí se divisa una amplia perspectiva de valles y montañas. Salvo esta construcción y las dos o tres casas que había al inicio del sendero, y que ahora distingo allá abajo, a lo lejos, no se divisa ninguna otra construcción humana. Un grupo de rebecos, al verme, se escapa vertiente arriba por una senda imposible. Me alegro de no tener que seguirlos... sin saber que esa es exactamente la trocha por la que tengo que ir.

Lo voy descubriendo poco a poco. Dejo atrás una yeguada que pasta solitaria en un prado al borde de un abismo y reinicio la ascensión por un sendero abierto por los animales, probablemente por esos mismos rebecos que se escapaban de mí hace un rato. Confío en que solo tendré que seguirlo durante un trecho, que tarde o temprano, como muy lejos en la cima, para el descenso, comenzará otro sendero. La vertiente se va haciendo más y más empinada, hasta que me obliga a ir eligiendo con cuidado cada paso, de piedra en piedra, esquivando los arbustos espinosos que lo llenan todo y buscando sujeción con las manos antes de continuar lo que ya es una ascensión en toda regla. 

Estoy empapado en sudor. La vista es espectacular, pero me limito a sacar alguna foto de cuando en cuando, preocupado por las nubes que van arracimándose alrededor de la montaña. He tardado media hora en recorrer el último kilómetro, y me quedan seis todavía. En realidad apenas he empezado, pero me fallan las fuerzas y no veo la forma de seguir. Sin embargo, cuando echo un vistazo al trecho recorrido, me doy cuenta de que el regreso no será fácil. No tengo más remedio que continuar. Ya veo la cima cercana, y probablemente allí empezará una nueva senda...

En realidad apenas he empezado, pero me fallan las fuerzas y no veo la forma de seguir. Sin embargo, cuando echo un vistazo al trecho recorrido, me doy cuenta de que el regreso no será fácil.

Cuando la alcanzo, descubro que no es la cima: tras ella se alza en la distancia, separada de esta por canchales pedregosos, otra cima. Desesperado, me siento a recuperar el aliento. El último tramo ha sido agotador. Ante mí se extienden inmensas montañas de roca caliza desnuda. Me asalta el pensamiento de que a estas alturas no vive nadie, solo las cabras. Y los lobos que se las comen. Y osos.

Me pongo en marcha una vez más. He recorrido aproximadamente la mitad del trayecto. Avanzo por una arista de piedra suelta, muy incómoda, rodeada por ambos lados por caídas casi verticales. Continúo adelante siguiendo las indicaciones del gps, recorriendo longitudinalmente la cima y equivocándome con frecuencia. Ya estoy arriba, pero aquí no hay senda. De hecho, ahora que lo pienso, ¿qué sentido tendría que aquí hubiera una senda?

Desalentado, atravieso una zona de neveros. Los rebecos parecen burlarse de mí, saltando alegremente de piedra en piedra mientras yo voy ya arrastrando los pies. Estoy agotado por la dureza de la ascensión, empapado en sudor. Los músculos de las piernas parecen tocones de madera. 

Cae una gota. La noto en la frente y me detengo de golpe. Si ahora se pone a llover... Afortunadamente, parece que solo ha sido una gota. Sigo adelante y un poco después, cuando estoy a punto de alcanzar la cima a 1.993 m de altitud, dos águilas se lanzan al vuelo justo ante mis narices. Las observo maravillado y envidioso mientras planean sobre mí, vigilantes. Comprendo que deben de tener una o varias crías en su nido y que temen que me acerque. Por un momento, estoy tentado de acercarme al precipicio a explorar, pero estoy tan fatigado que no confío en mis pies y decido continuar adelante.

Cuando me doy cuenta de por dónde he de descender me quedo paralizado, incrédulo: es una vertiente de una inclinación brutal, que rondará el sesenta o setenta por ciento, y que me va a obligar a descender a cuatro manos, con la dificultad añadida de tener que hacerlo de espaldas. Comienzo a maldecir en voz alta al malnacido que catalogó este sendero como fácil. ¿Cómo se puede ser tan rematadamente imbécil, tan prepotente? Mentalmente, mientras inicio el descenso, maquino furiosas y retorcidas venganzas contra él. Al menos, de esa forma el descenso se me hace más llevadero...

Comienzo a maldecir en voz alta al malnacido que catalogó este sendero como fácil. ¿Cómo se puede ser tan rematadamente imbécil, tan prepotente?

Avanzo y retrocedo, ya olvidado cualquier atisbo de senda, buscando simplemente la mejor forma de descender. Tras un recodo, diviso al fondo el mismo lago en el que estuve ayer en coche, solo que ahora empequeñecido por la distancia. Hasta este momento ni me había percatado de que estaba cerca, pero así es: la subida a La Cueta se realiza por un valle paralelo, y al superar la cumbre he entrado en el valle del lago. De hecho, el sendero desciende hasta él y lo recorre por entero antes de regresar al inicio.

Me dejo caer, desalentado. Todavía me queda muchísimo trecho. No llueve, pero no tardará en hacerlo. Me duelen las rodillas de lo pronunciado del descenso. ¿Qué narices estoy haciendo aquí, solo, perdido en medio de estas montañas? Pero, una vez más, un vistazo a cuanto me rodea me basta para tranquilizarme. Qué belleza. Qué lugar. 

Una hora después, agotado, empapado en sudor y extrañamente feliz por haber conseguido superar el reto, regreso a la Lagartija. Maldigo al imbécil que ha clasificado como fácil esta senda. Pero lo he logrado. La he terminado...

Todavía me quedo más días en Babia y Luna. Visito el Puerto de la Ventana, a 1554 m., desde donde observo las moles impresionantes de Peña Ubiña y Peña Ubiña Chica, me acerco hasta San Emiliano, disfruto del espectáculo de la cascada de Foz en Torrestío y me dejo subyugar por los paisajes verdes que brotan allá donde mire a lo largo de todo el parque natural. Cuando dejo finalmente Babia, lo hago enamorado de una tierra agreste, feraz e intensamente hermosa y convencido de que he de volver para seguir explorando los muchos rincones que no he tenido todavía ocasión de descubrir.

Mientras me alejo en la Lagartija, con la cabeza todavía llena de las imágenes de estos días, comprendo muy bien a los pastores que, al alejarse, parecían seguir en Babia...   

 

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Información para autocaravanistas y furgoneteros

A lo largo de Babia y Luna no es difícil encontrar lugares aparftados y tranquilos con hermosas vistas donde pernoctar sin molestar a nadie y sin que nadie nos moleste. De entre los que he podido ver me quedo sin duda con el aparcamiento situado al final de la carretera de Lago de Babia, a la vera de la Laguna Grande. No hay servicios de ningún tipo, ni falta que hace: el paisaje es tan impresionante que despertarse aquí se convierte en un lujo al alcance de pocos. 

Otro lugar, no tan impresionante pero muy adecuado, es el gran aparcamiento que se encuentra a las afueras del pueblo de Riolago (visita obligada, por otra parte, porque en él se encuentra la Casa del Parque de Babia y Luna, imprescindible). Si necesitas servicios de carga y descarga, puedes pernoctar muy cerca de aquí, en Huergas de Babia, en un área privada en la que cobran, en teoría, cinco euros por dormir y tres por cargar y descargar. En teoría, digo, porque en la práctica los dueños tienen un bar muy próximo, y cualquier consumición en él, como un simple café, exime del pago de la pernocta. Si prefieres camping, también los hay: uno en Sena de Luna y otro en Villablino, pero no los he utilizado y no puedo darte referencias de ellos.   

 

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