«Cada libro en su lugar»: en el castillo de Vimianzo

Videoblog Cada libro en su lugar Vimianzo

Nueva entrada del videoblog «Cada libro en su lugar», en la que te recomiendo una novela histórica ambientada en cada uno de los lugares que visito.

¿Conoces el castillo de Vimianzo, en A Coruña? Es una de las fortalezas mejor conservadas de Galicia, un castillo pequeño pero muy interesante situado en el corazón de la Costa da Morte. Fue la residencia de una de las familias más aguerridas de la Terra de Santiago, los Moscoso.

Si has leído mi novela En tiempo de halcones, conocerás de sobra a Bernal Eáns de Moscoso, que fue cabeza del linaje y señor de este castillo allá por 1458. Un tipo de armas tomar, tan bravo y despiadado como solo podía serlo un noble gallego del siglo XV, acostumbrado a imponer su voluntad a caballeros, arzobispos, burgueses y campesinos por igual. 

Este es el escenario de la novela que hoy te recomiendo, una historia que se desarrolla unos siglos antes, cuando el entonces señor de estas tierras regresa de las cruzadas tras una larga ausencia y se encuentra con que a sus hijos, ya crecidos, no les hace ninguna gracia su retorno...

¿Quieres saber de qué novela te hablo? Pues dale a «Leer más» y averígualo...

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Viaje al interior: el murmullo de las piedras

Viaje al interior el murmullo de las piedras

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Llego a Belmonte, en Cuenca, el domingo por la tarde, atraído por la impresionante silueta de su castillo sobre un altozano y, muy especialmente, por el personaje que dominó la vida de Castilla a finales del siglo XV: Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón, señor de Belmonte y primer marqués de Villena, entre muchos otros títulos y dignidades poco merecidas... como suele suceder.

Pacheco fue uno de esos nobles rapaces, manipuladores y ambiciosos que no paran mientes en provocar guerras y orquestar traiciones para medrar, amigo de puñaladas traperas y siempre dispuesto a cambiar de bando a la menor ocasión. Antiguo conocido mío, pues es uno de los personajes que se pasean por mi novela En tiempo de halcones, razón por la que tenía ganas de visitar su ciudad natal.

Aparco en la plaza del Pilar, un espacio amplio rodeado de casas bajas, muchas encaladas, y una iglesia. Desde aquí se divisa la silueta cercana de la fortaleza. Dos chiquillos juegan al fútbol en medio de la calle, indiferentes al peligro potencial de unos coches que nunca llegan. Utilizan de portería la entrada señorial de una casa enmarcada por una arquería. Los golpes del balón contra la madera centenaria resuenan como cañonazos en el silencio de la plaza. Una anciana avanza con paso cansino, derrotado. No se ve a nadie más.

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Viaje al interior: entre godos, órdenes militares y quijotes

 

Viaje al interior entre godos ordenes militares y quijotes

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Hay lugares en los que, nada más poner un pie en ellos, notas que son especiales. O que lo son para ti en ese momento, sin saber bien la razón, por una de esas afortunadas sinapsis cerebrales que llamamos intuición. No se trata de la belleza de la arquitectura o de la grandiosidad del paisaje, sino de alguna sustancia sutil que emana de ellos, un efluvio que se te pega a las ropas e impregna tu piel.

Eso al menos es lo que siento el domingo, de buena mañana, al llegar a una pequeña localidad del sureste de la provincia de Toledo tras atravesar una inmensa llanura, uno de esos panoramas infinitos que hacen que la imaginación remonte el vuelo sin trabas.

Lo primero que veo es la silueta inconfundible de los molinos, en fila en la cresta de un cerro alargado, como imperturbables guardianes del infinito. A su lado, la masa pétrea de una fortaleza, y a sus pies, en el llano, atravesado por un río, mi destino...

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La novedad histórica de la semana: «La tierra maldita», de Juan Francisco Ferrándiz

La tierra maldita Título: La tierra maldita

Autora: Juan Francisco Ferrándiz

Editorial: Grijalbo

Páginas: 672

Publicación: 1 de noviembre de 2018

 

Sinopsis

En el siglo IX, Barcelona se encontraba en los confines más lejanos del Sacro Imperio. Gobernada por los francos desde la distancia, la ciudad, de apenas mil quinientas almas, se había convertido en una tierra abandonada, asolada por intentos de conquista de los sarracenos y las hordas salvajes, y sometida a la tiranía de unos nobles corruptos que explotaban a sus habitantes.

A esa tierra maldita llega el joven obispo Frodoí. Recién nombrado para el cargo por el rey franco, su destino se asemeja más a un castigo que a un honor, pero algo en su interior, la rebeldía y ambición que le son innatas, le lleva a aceptar el reto y viajar hasta allí acompañado por una comitiva de colonos, que anhelan una nueva oportunidad en la última frontera.

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Viaje al interior: por la tierra de los grandes horizontes

Viaje al interior por la tierra de los grandes horizontes

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Tras unos días de sol y calor, el País Valencià me despide con lluvias intermitentes y un viento intenso que sacude lateralmente La Largartija y hace rodar rastrojos que atraviesan la carretera como si de súbito hubiera sido trasladado al Lejano Oeste.

Pero no, no son rastrojos, sino el resultado de uno de esos procesos de adaptación al medio que tanto me fascinan en la naturaleza. En realidad se trata de una planta arbustiva, la barrilla, que al llegar el otoño se desprende de sus raíces y se desplaza con el viento para esparcir sus semillas a lo largo de un amplio territorio. Plantas móviles... gracias al viento. ¿Cuántos millones de años tardó la evolución en desarrollar una solución tan ingeniosa?

Nada más entrar en La Mancha, los horizontes se amplían y la vista se pierde en el infinito. Avanzo a través de una llanura interminable en la que medran el cereal, olivos y encinas dispersas y, aquí y allá, los nietos de aquellos molinos quijotescos, mucho más estilizados pero igualmente señores del viento. Me llama la atención que los campos, que comienzan a verdear, son muy pedregosos, complicados de labrar. No es difícil detectar los esfuerzos de los campesinos por librarse de esa plaga bíblica: la llanura está salpicada de pequeñas montañas de piedras, como ofrendas a una insaciable deidad prehistórica.

Dicen que esta tierra era llamada Espartaria por los visigodos, nombre que perpetuaron los musulmanes al traducirlo a su lengua: Manxaf, tierra de espartos, tierra seca, de donde se cree que procede el actual topónimo Mancha. La vegetación es sin duda esteparia allá donde la agricultura le da un respiro: arbustos y matorrales de tomillo, espliego, romero y jaras que se transforman en las riberas de los ríos en fresnos y abedules. 

Me dirijo a Alcalá del Júcar, pero a medida que me aproximo comienzo a preocuparme. Por lo que sé, se trata de una pequeña población coronada por un castillo en lo alto de un cerro. Sin embargo, aunque el GPS me dice que estoy ya muy cerca, a solo dos o tres kilómetros, en derredor solo distingo la llanura infinita. Estoy preguntándome si habré equivocado el camino cuando, de repente, la tierra se abre bajo las ruedas de La Lagartija...

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