La novedad histórica de la semana: «La tierra maldita», de Juan Francisco Ferrándiz

La tierra maldita Título: La tierra maldita

Autora: Juan Francisco Ferrándiz

Editorial: Grijalbo

Páginas: 672

Publicación: 1 de noviembre de 2018

 

Sinopsis

En el siglo IX, Barcelona se encontraba en los confines más lejanos del Sacro Imperio. Gobernada por los francos desde la distancia, la ciudad, de apenas mil quinientas almas, se había convertido en una tierra abandonada, asolada por intentos de conquista de los sarracenos y las hordas salvajes, y sometida a la tiranía de unos nobles corruptos que explotaban a sus habitantes.

A esa tierra maldita llega el joven obispo Frodoí. Recién nombrado para el cargo por el rey franco, su destino se asemeja más a un castigo que a un honor, pero algo en su interior, la rebeldía y ambición que le son innatas, le lleva a aceptar el reto y viajar hasta allí acompañado por una comitiva de colonos, que anhelan una nueva oportunidad en la última frontera.

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Viaje al interior: por la tierra de los grandes horizontes

Viaje al interior por la tierra de los grandes horizontes

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Tras unos días de sol y calor, el País Valencià me despide con lluvias intermitentes y un viento intenso que sacude lateralmente La Largartija y hace rodar rastrojos que atraviesan la carretera como si de súbito hubiera sido trasladado al Lejano Oeste.

Pero no, no son rastrojos, sino el resultado de uno de esos procesos de adaptación al medio que tanto me fascinan en la naturaleza. En realidad se trata de una planta arbustiva, la barrilla, que al llegar el otoño se desprende de sus raíces y se desplaza con el viento para esparcir sus semillas a lo largo de un amplio territorio. Plantas móviles... gracias al viento. ¿Cuántos millones de años tardó la evolución en desarrollar una solución tan ingeniosa?

Nada más entrar en La Mancha, los horizontes se amplían y la vista se pierde en el infinito. Avanzo a través de una llanura interminable en la que medran el cereal, olivos y encinas dispersas y, aquí y allá, los nietos de aquellos molinos quijotescos, mucho más estilizados pero igualmente señores del viento. Me llama la atención que los campos, que comienzan a verdear, son muy pedregosos, complicados de labrar. No es difícil detectar los esfuerzos de los campesinos por librarse de esa plaga bíblica: la llanura está salpicada de pequeñas montañas de piedras, como ofrendas a una insaciable deidad prehistórica.

Dicen que esta tierra era llamada Espartaria por los visigodos, nombre que perpetuaron los musulmanes al traducirlo a su lengua: Manxaf, tierra de espartos, tierra seca, de donde se cree que procede el actual topónimo Mancha. La vegetación es sin duda esteparia allá donde la agricultura le da un respiro: arbustos y matorrales de tomillo, espliego, romero y jaras que se transforman en las riberas de los ríos en fresnos y abedules. 

Me dirijo a Alcalá del Júcar, pero a medida que me aproximo comienzo a preocuparme. Por lo que sé, se trata de una pequeña población coronada por un castillo en lo alto de un cerro. Sin embargo, aunque el GPS me dice que estoy ya muy cerca, a solo dos o tres kilómetros, en derredor solo distingo la llanura infinita. Estoy preguntándome si habré equivocado el camino cuando, de repente, la tierra se abre bajo las ruedas de La Lagartija...

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«Una columna de fuego», de Ken Follet: un panfleto entretenido

Thumb Una columna de fuego ken follet Basta echar un vistazo a internet para comprobar que Una columna de fuego, la nueva entrega de la serie histórica de Ken Follet ambientada en Kingsbridge, está arrasando en ventas y opiniones positivas, así que me temo que hoy voy a nadar contra corriente.

Ken Follet es un maestro del best seller. Sabe muy bien cómo atrapar al lector y cómo envolverlo en las redes de la trama para que no seas capaz de dejar la lectura hasta que todas las intrigas se resuelvan y todos los destinos queden desvelados. Conoce bien la psicología humana y sabe que nos encantan las historias de buenos y malos, las que acaban bien, las que enfrentan al protagonista con retos casi imposibles (que por supuesto acaba superando) y aquellas en las que se impone la justicia, el honor y la verdad.

Sabe todo eso y lo utiliza con éxito indiscutible: vende millones de ejemplares de cada nuevo libro que publica.

Sin embargo, esta vez se ha pasado de rosca. Porque no todo vale con tal de enganchar y entretener. O al menos no vale todo si respetas al lector. Si crees que tiene derecho a sacar sus propias conclusiones. Si consideras que no es un mero consumidor de dramas sin criterio.

Y aquí es donde, esta vez, Ken Follet se mete en el fango. Hasta el fondo.

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Viaje al interior: por las entrañas del Levante

Viaje al interior por las entrañas del levante

Un viaje en furgoneta camper por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Decía Lao Tse, uno de los filósofos más influyentes de la antigua China (cuya existencia, como la de todo filósofo que se precie, no está del todo demostrada), que un buen viajero no tiene planes fijos ni la intención de llegar. A esa idea me aferro el domingo por la tarde cuando, tras un buen rato comprobando las previsiones del tiempo, decido renunciar a uno de los destinos que más me apetecía visitar: el Parque natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, en Jaén, el mayor espacio protegido de España y el segundo de Europa, en el que se encuentra el bosque más extenso de nuestro país. 

Pero no tengo ganas de visitar el parque natural bajo una lluvia intensa y eso es lo que anuncian las previsiones metereológicas para los próximos días, así que decido abandonar Andalucía y a media tarde me subo a La Lagartija para dirigirme a Caravaca de la Cruz, en una tierra en la que nunca he puesto un pie: la Región de Murcia.

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Viaje al interior: entre olivos, desiertos y montañas

Viaje al interior entre olivos desiertos y montanas

Un viaje en furgo por la España olvidada. Si has llegado aquí por casualidad y quieres empezar por el principio, tienes las entradas organizadas en el Diario de Viaje.

Olivos. De repente, el mundo se ha inundado de olivos. Conduzco hacia el sur a través de Jaén, aunque en realidad tengo la impresión de nadar en un mar de aceite. Los olivos se extienden en todas direcciones hasta perderse en la lejanía, tenues manchas de un verde viejo que, al soplar la brisa, se convierten en destellos de luz plateada. Entre las ordenadas filas de los pequeños árboles reluce la tierra parda y desnuda, sin apenas hierbas. Limpiar tantas hectáreas de terreno se me antoja una labor colosal, casi un empeño imposible, y sin embargo ahí está, muy real. Me pregunto cuál será la razón que obliga a tan desmesurado esfuerzo.

Solo llevo tres semanas de viaje a lomos de La Lagartija, pero algunas cosas comienzan a resultarme evidentes. Si las extensas dehesas de Extremadura son la manifestación de una naturaleza felizmente domesticada, en el interior andaluz esa misma naturaleza ha sido sometida, domeñada por miles de años de labor.

Ayer, durante el trayecto entre Almodóvar del Río y Jaén, recorrí parte de la vega del Guadalquivir. Mirara hacia donde mirase, los campos se extendían llanos, vastos, con los brotes de cereal comenzando a asomar como una alfombra verde. Naranjos, cereales, huertos, vides y olivos, una inmensa fábrica de alimentos engrasada con la experiencia acumulada a lo largo de miles de años. Campos que ya se cultivaban cuando los romanos introdujeron los animales de tiro, el regadío y el barbecho; o cuando los musulmanes construyeron sus acequias y sistemas de riego y plantaron los primeros cítricos, como el limonero, el pomelo o el cidro, cuya naranja se empleaba para elaborar miel de azahar.

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